11 abril 2013

No entiendo en qué momento dejamos de ser eternos


Nunca fui amigo de Bertico porque lo era de su hermano Gabi. Aunque se quería muchísimo, eran como Abel y Caín, pero sin el odio a muerte. Porque cuando se tiene menos de 20 años en un pueblo de provincia, se es bueno, infalible y eterno.
Cuando coincidíamos tratábamos de ser cordiales. Nos saludábamos con ese “heeeeeyyy” que decimos los guajiros como si lleváramos un eco por dentro. Ni siquiera recuerdo que compartiéramos un ron, que en el Paradero de Camarones es el punto de partida de la camaradería.
Yo ya militaba al bando de Gabi, eso impedía la cercanía que tuvieron con él otros amigos comunes. Hace dos años, cuando volví al Paradero de Camarones, le pedí a Diana que me acompañara a casa de mi maestra Estrella. Detesto dar pésames, pero esta vez quería hacerlo.
—Gabi y él eran como hermanos —le dijo a mi compañera, tratando de evitar mi mirada todo el tiempo. Al parecer no quería que alguna lágrima empañara mi regreso.
Cuando ya nos íbamos, llegó Bertico. Fue el primer y último abrazo que nos dimos.
—Qué pasa, compay —me dijo.
—Qué pasa, compay —le respondí.
Ya en Santo Domingo, cuando le conté todo aquello a mi madre, profirió uno de sus suspiros: “Al menos le queda ese hijo a la pobre Estrella —dijo compungida— ¡Tú sabes lo que es perder al esposo y a un hijo!” (Mi madre tenía razón, cuando Gabi y Bertico eran niños, su padre fue víctima de una resaca y cayó desde lo alto del central Espartaco).
Uno era la negación del otro hasta que la cirrosis los hizo coincidir en las muertes. Cuando compartíamos los peores rones y oíamos las más trágicas canciones, algo nos hacía creer que éramos eternos. ¿Qué hizo que las cosas cambiaran, en qué punto cambió todo?
Encarnaban el mito de Abel y Caín en un pueblo donde no hay espacio para una simbología tan grande.

09 abril 2013

Un cicatriz en el asfalto


Lo único que queda es una cicatriz en el asfalto. Solo los más viejos saben a qué se debe. Para los que nacieron después, les es difícil suponer que ese rastro, que atraviesa a la calle principal de El Cristo, es el antiguo trazado del Ferrocarril Central. Lo que ahora es una esquina cualquiera, igual de destruida que las demás, hace más de 30 años era peligroso cruce a nivel.
Cuando conocí a Diana y le dije que había pasado toda mi infancia en una estación de trenes, me hizo una historia que siempre la pone melancólica y a veces la hace llorar. Una tarde, mientras caminaba por su padre por la Zona Colonial de Santo Domingo, se quedó paralizada. “¡Aquí huele a Cuba! —dijo tratando de descubrir de dónde salía aquella rara esencia.
Estaban justo al lado de un poste del tendido eléctrico, de esos que embadurnan con alquitrán. El único olor que recordaba de los cinco años que vivió en su patria era el de los travesaños del ferrocarril. Todos los días, cuando salía del colegio, pasaba del brazo de su madre por el crucero de la calle principal de El Cristo.
No recuerda ningún tren que no sea el del viaje final a La Habana. Es muy probable que viera pasar muchos, pero todos se le fueron de su cabeza. Como se le extraviaron también muchas otras cosas que ahora solo intuye cuando sus padres hablan de aquella época.
Más de una vez la he visto en Google Earth, buscando el lugar exacto. Lo único que queda es una cicatriz en el asfalto. Pero ese rastro, que solo los más viejos saben a qué se debe, le enseñó el camino de regreso, la hizo volver al lugar del que se la llevaron cuando solo tenía cinco años  y su nostalgia aún estaba sin estrenar.

08 abril 2013

La roña


Fidel Sendagorta, un diplomático español que estuvo destacado en La Habana a principios de los años 90, me regaló mi primer ejemplar de Mea Cuba, el libro donde Guillermo Cabrera Infante reunió gran parte de lo que había dicho sobre su país en innumerables publicaciones periódicas.
—El libro es muy bueno —me dijo un día Cintio Vitier—, pero está escrito con demasiada roña.
En el momento en que oí la frase, yo solo había visto a Cuba desde adentro. Mi primer viaje al mundo exterior se produjo en el verano de 1993. El propio Cintio y su esposa, Fina García Marruz, fueron mis compañeros de viaje. Volví a La Habana dos semanas después, no tuve tiempo para entender nada.
Fue en República Dominicana, donde vivo desde el año 2000, que por fin pude tener una idea mucho más exacta de la tragedia cubana, de ese medio siglo donde mi país abandonó la órbita del mundo y se aisló de una manera criminal (y no me refiero al embargo norteamericano, que tiene mucho menos culpa en eso que la revolución).
Eso también me explicó la conducta de Guillermo Cabrera Infante. Cuando los años empiezan a caerte encima, cuando la vejez amenaza con darte alcance y las ausencias se postergan, una y otra vez, la mayoría de los sentimientos comienzan a ser reemplazados por una dolorosa impotencia.
Cada día que pasa Mea Cuba cobra más vigencia, lástima que ya no pueda hablar con Cintio de eso. Me gustaría hacerlo, aunque le diera mucha roña.

Río Negro, la película


Calculo que fue un día de 1976. Mi padre me llevó a casa de Daniel Peña, un amigo suyo que vivía en el valle de Jibacoa, allá arriba, entre las lomas del Escambray. Era una hermosa residencia con grandes terrazas, secaderos de café, despulpadora y almacenes. Todo ya estaba abandonado, en apenas 17 años de revolución se había decretado su ruina.
Cuando estábamos en Manicaragua, le conté a Diana de aquella mañana. Mi padre me había prometido una sorpresa y lo consiguió. Cuando llegamos encontramos varios camiones, reflectores enormes, cámaras, pantallas, sombrillas… En cuanto oscureciera, filmarían una escena de Río Negro, la película que Manuel Pérez hizo después de El hombre de Maisinicú.
He olvidado muchos detalles, pero aún conservo el momento en que mi padre y Sergio Corrieri se dieron un abrazo. “Aquí tienes a Alberto Delgado”, me dijo Serafín como quien regala un trofeo. El actor me despeinó con una mano y se empinó una botella de ron con la otra.
En cuanto cayó la noche, la casa de Daniel Peña se convirtió en un campo de batalla. Se hicieron dos tomas del combate. La primera se dañó con los gritos de los espectadores (entre ellos estaba yo, eufórico, alucinado). En la película la escena es muy breve, nunca he logrado ver en ella todo lo que viví aquel día.
—Si estuvieran vivos —le dije a Diana—, fuéramos con mi padre al Grupo de Teatro Escambray, en La Macagua, para que conocieras a Sergio Corrieri. Ellos dos se abrazarían y el actor me despeinaría con una mano y se empinaría una botella de ron con la otra.

06 abril 2013

Santo Domingo no es un show de televisión


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Hace unos días hice una de las cosas que más me gusta: leer ciudades. Estábamos en un apartamento con una ubicación estratégica, en un noveno piso. Desde allí Santo Domingo se dejaba ver en todas direcciones. Compartí la experiencia con Mario Dávalos y Maurice Sánchez.
Avanzamos muy despacio, mirando siempre hacia el mismo punto, como si compartiéramos un mismo catalejo. Comenzamos por dividir a la ciudad en diferentes épocas. De los ochenta, sobreviven edificios espléndidos, que vindican los materiales con los que se construyeron y proponen una identidad para la ciudad.
Luego llegaron los terribles noventa, una década fatal en cuanto a arquitectura. No solo por lo que se hizo sino por lo que se perdió. Parecería que fue atacada por una epidemia kitsch. Visto desde arriba, da la impresión de que ridículas casas de muñecas fueran elevadas por siete, ocho, nueve y hasta diez pisos.
Por culpa de esas torres, con absurdos tejados y entoldadas hasta parecer bizcochos, se rompe el diálogo con las construcciones actuales, donde se ha recuperado la racionalidad y hasta el sentido común. Gracias a la obra de arquitectos como Yuyo Sánchez, Antonio Segundo Imbert y Cuquito Moré, la ciudad ha retomado su discurso.
Justo hablábamos de eso cuando llegamos al parque de la Kennedy con Los Próceres, ese que el sarcasmo popular bautizó como Zooberto. Entonces, no nos quedó más remedio que resumir el funesto legado del alcalde de Santo Domingo en cuanto a soluciones urbanas.
Nada impide que un comediante de televisión sea un gran gestor de un ayuntamiento, salvo que empiece a ver a la ciudad como un show que busca elevar los ratings. Esa puede ser la razón de que patéticos monstruos de plástico fueran emplazados en un sitio clave, donde hubiera sido muchísimo más barato, simple y hermoso sembrar árboles endémicos.  
Si se baja en dirección al mar, por la Winston Churchill, se encontrará una estatua de Casandra Damirón. Por ella, se adecuó una cuadra entera, trastocando el “discurso” de la avenida. El nombre de la soberana, inexplicablemente, aparece en letras mucho más pequeñas que el de Roberto Salcedo. Más que una tarja, parecen los créditos de un espectáculo.
Pero ninguno de esos absurdos alcanza el nivel de disparate de la playa artificial que el alcalde de la capital dominicana construye en Semana Santa. A unos escasos metros del mar Caribe, el balneario más deseado del planeta Tierra, Salcedo se gasta la broma de colmar una avenida de arena y, en medio de una severa sequía, llenar piscinas de plástico.
Lo más penoso es que luego, gracias a las relaciones públicas, algún que otro diario asegurará en su portada que la experiencia fue todo un éxito. Para probarlo, publicarán una foto de las piscina repleta de bañistas. Lástima que el encuadre no sea lo suficientemente amplio, para que se vea, un poco más al Sur, al espléndido Caribe desolado.
Si algo urge en Santo Domingo es promover el sentido de pertenencia, hacer que la gente quiera y valore el espacio en el que vive. La mayoría de las acciones que hace Roberto Salcedo, sin embargo, invitan a burlarse de él, a menospreciarlo.
Mario y Maurice nacieron en Santo Domingo, para ellos este sitio es su lugar en el mundo. Cuando lo miraban desde arriba, incluso en los momentos en que más lo criticaban, se notaba el amor que había detrás de su vehemencia.
Santo Domingo es la primera ciudad de América, su Zonal Colonial es insustituible por ningún otro enclave urbano de la región y su Malecón, el mejor portal que se pueda conseguir con vistas al mar Caribe.
Por eso llega un punto en que confundirla con un show de televisión se convierte en un crimen.

Aviso a los viajeros*


La estación de Quintana, que estuvo en el kilómetro 159,2 de la Línea Norte, se desvaneció en la tarde de ayer. Por ella pasaban los trenes que circulan entre La Habana y Santiago. Algunos rastros del andén y unas ruinas en forma de baluarte no son suficientes para reconstruir la apariencia de aquel lugar. Desde las 00:00 horas de hoy su nombre fue suprimido de los itinerarios. Los viajeros que tengan boletines para ese destino deben efectuar su reintegro de inmediato.
Ya no hay manera de llegar o irse de Quintana.

*Tomado de ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes?, Capital Books, 2011.

05 abril 2013

La trampa


“Esta isla es una trampa”, dice Sergio, el personaje de Memorias del subdesarrollo, en su monólogo final. Mientras habla, el Malecón de La Habana se prepara para la guerra. Una de las más coloridas y excitantes vistas al Golfo de México se transforma en un campo de batalla.
En ese momento no hay música. En el lugar de la partitura de Leo Brouwer suenan los hierros de los cañones y los tanques que son empujados por rampas para su emplazamiento. Una Habana oscura, donde solo el gris del celuloide alumbra, parece anunciar su larga marcha hacia la decadencia.
Era el 22 de octubre de 1962.  “¿Y si ahora mismo empezara todo? —se pregunta Sergio acostado en su cama. Afuera, el resto del país se moviliza—. De nada me sirve protestar, moriré igual que los demás. Esta isla es una trampa. Somos muy pequeños, demasiado pobres. Es una dignidad muy cara”.
El 1 de octubre de 2011 pasamos por el Malecón a oscuras. No encontré a uno de los edificios que sale en la película. Hablo de aquella altísima pared por la que suben un cañón con sogas. En todo caso no lo derribó la guerra, pues nunca llegó a suceder. Todas las ruinas que saltan a la vista son obra del socialismo.
“Esta isla es una trampa”, repite Sergio en mi cabeza, mientras nos hundimos en el túnel bajo el río Almendares.

01 abril 2013

Bear Claw!

En mi escritorio tengo una garra de oso. Cuando me pica la espalda, la alargo como si fuera la antena de un viejo radio portátil. Con una precisión inmejorable, logro que las uñas de metal apacigüen el hormigueo. A veces, aun sin escozor, despliego el artefacto y paso la garra por mi espalda. Eso ya se ha convertido en un reflejo incondicionado.
La gente de mi pueblo tenía muchas maneras de rascarse la espalda. Algunos se hacían de un palo de aroma en forma de garabato. Después de cortarle las espinas y descascararlo, lo ponían al sol por un día entero. Solía usarlo para muchas cosas: chapear, tumbar limones, levantar cosas del suelo o llegar hasta ese punto de la espalda que las manos no alcanzan. 
Lo más rudos se rascaban contra el pino que había frente a la escuela. A veces la corteza del enorme árbol llegaba a romperles las camisas, pero eso no impedía que siguieran frotándose contra él. Primero hacia los lados, luego de arriba a abajo. De todas las formas que había en el Paradero de Camarones de rascarse la espalda, la más amorosa era la de Aurelio y Atlántida. 
Sentado en su sillón de majagua, mi abuelo se doblaba hacia delante y, deslizando las uñas muy suavemente, las manos de mi abuela avanzaban en la dirección que el viejo les indicaba. 
—Más arriba, no, no, baja un poquito, no tanto, sube más, un tilín a la izquierda, menos, menos, a la derecha, sí, sí, casi, casi, sube un poquitico más… ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Ay, qué alivio! 
En mi escritorio tengo una garra de oso. Cuando me pica la espalda, pienso en la gente de mi pueblo y en todas las maneras que tenían de rascarse. Pero solo la uso si no tengo a Diana cerca. De ser así, me limito a doblarme hacia delante. 
—Más arriba, no, no, baja un poquito, no tanto, sube más, un tilín a la izquierda, menos, menos, a la derecha, sí, sí, casi, casi, sube un poquitico más… ¡Ahí! ¡Ahí! ¡Ay, qué alivio!