En uno de los discos de Silvio Rodríguez hay un coro que entona “Entre el espanto y la ternura”. Más de veinte años después, en el país donde al trovador antiguo se le ocurrió esa metáfora, el espanto se ha multiplicado y la ternura ha quedado reducida a ruinas. Cuba ya no va a ninguna parte. Ni siquiera las desesperadas medidas neoliberales de su dictadura han logrado mover al país “ni un tantito así”.
Algunas noches, cual disciplinado masoquista, me asomo a Cubavisión para ver el Noticiero Nacional. Muchas veces, con una extrañas caras de incredulidad, me ha preguntado si eso que ve está ocurriendo es una transmisión en vivo o son imágenes diferidas desde un pasado remoto.
Al principio creí que lo decían para molestarme, como protesta por mi obcecada insistencia. Pero luego advertí que el mostacho del locutor, el tono de su voz, la escenografía y la redacción de las noticias remiten a una época imprecisa del siglo pasado. “Yo no puedo creer que eso esté ocurriendo ahora mismo”, suelen decirme.
La mayoría de las veces el hastío y la indignación me vencen. Casi nunca logro llegar hasta el final de la emisión estelar. Pero siempre que me largo a otro canal me quedo por un rato pensando en las últimas imágenes del naufragio de mi país. En la canción de Silvio, desde hora temprana “trabaja el hombre/ entre locura/ para mañana, para mañana”. Pero en la dictadura que él apuntala, solo hay ayer y antes de ayer.
Entre el espanto y las ruinas.







