30 mayo 2008

Acuse de recibo

Hoy he vuelto a ver un cartero en persona. Por mucho tiempo creí que ese era un oficio extinto. Daba como un hecho que los modernos servicios de mensajería habían forzado la desaparición de ese individuo que, de silbatazo en silbatazo, nos advertía de su presencia y de las buenas nuevas que cargaba en su alforja.
El último cartero que conocí fue el del Paradero de Camarones. Isidro era un hombre zambo y lentísimo que recorría mi pueblo con las manos llenas de periódicos del día anterior, revistas de la semana pasada y publicaciones soviéticas de quinquenios vencidos. Isidro andaba en una yegua que lucía más cansada que él y llamaba a todos con una misma frase: “¡Preeeeensa!”.
Estaba lloviznando y el cartero llamó una sola vez. Me trajo un sobre de Manila que enviaron desde Barcelona. Mi nombre y la dirección aparecían escritos justo debajo del logo de Tusquets Editores. Abilio Estévez cumplió su palabra. Ya tengo en mis manos El navegante dormido.
Esto me obliga a detener al menos por una semana la lectura de El autobús perdido, una obra de John Steinbeck que encontré el supermercado, justo al lado de una oferta de vinos de California, que es donde sucede la historia. Me sedujo la coincidencia y la portada, que tiene una foto bellísima de una vieja "camberra", aquellas ruidosas guaguas que iban de Cienfuegos a San Fernando.
Más adelante les comento qué me pareció la novela que pone fin a “la triología cubana de Abilio Estévez”. Ahora sólo hago el acuse de recibo, mientras comparto mi alegría por haber visto otra vez a un cartero en persona.

29 mayo 2008

Isabela de Sagua

Imitación de R. F. Burton, con dos líneas de Reinaldo Arenas

La Estación de Isabela de Sagua tiene un cartel donde dice que el pueblo se llama Concha. En casi dos siglos nadie corrigió el equívoco. Sólo Eloy Aparicio, el antiguo Jefe de Estación, se preocupaba de advertir a los viajeros.
–¡Han llegado a Isabela de Sagua! –Le gritaba a los recién llegados–. ¡Dice Concha, pero es Isabela de Sagua!
Aparicio se jubiló al cumplir los setenta años. Tenía sacro lumbalgia y los médicos le indicaron reposo. Pero no pudo dejar de correr al andén cada vez que oía al tren pitando por las salinas. Tres veces al día el pequeño anciano cumplía rigurosamente con aquella misión que nadie le había asignado.
–¡Han llegado a Isabela de Sagua! –Gritaba con puntualidad, sin importar aguaceros o frentes fríos–. ¡Dice Concha, pero es Isabela de Sagua!
En octubre pasado un ciclón destruyó lo poco que quedaba de la Venecia de Cuba. Las ruinas de las inmensas casas de maderas que aún se sostenían por los canales del pantanoso lugar, fueron arrastradas con facilidad por los fuertes vientos. El pueblo, que carecía de plataforma, se hundió en el mar entre un fragor de gritos de protesta, de insultos, de maldiciones, de glugluteos y de ahogados susurros.
Aparicio fue uno de los pocos que logró sobrevivir. Se levantó en cuanto aclaró el día. Con un par de vistazos a su alrededor pudo comprobar que ya no le quedaba nada en este mundo. Pero aún así, no pudo resistir la tentación de correr cuando oyó, vago, perdido en el cielo todavía lleno de nubes, el primer pitazo.
–¡Vuelvan! ¡No han llegado a ninguna parte! –Gritaba–. ¡Aquí no queda ni Concha, ni Isabela de Sagua!

28 mayo 2008

Marx es inocente

En la prensa dominicana suele calificarse a las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) como “guerrilla marxista”. En este caso, como en muchos otros, Carlos Marx es inocente. Nada más lejos del ideólogo alemán que esa banda terrorista que extorsiona, trafica y asesina contra el gobierno democrático más popular de América Latina.
Según la más reciente encuesta de Gallup, Álvaro Uribe goza en estos momentos de una popularidad superior al 80%, muy por encima, por ejemplo, de su vecino Hugo Chávez, quien tiene cerca de un 30%. Chávez, sin embargo, es el principal aliado de las FARC en la región y, según pruebas encontradas en el ordenador de un cabecilla insurgente, una vital fuente de subvención.
El más importante mensaje de Carlos Marx a sus correligionarios era que siempre fueran dialécticos y que tuvieran la capacidad de asimilar los cambios que se produjeran en la historia para que luego pudieran cambiarla a ella. Cuando uno oye a los viejos comunistas dominicanos defendiendo a la FARC con una retórica inverosímil hasta para ellos mismos, vuelve a pensar en Marx, a exculparlo. Él nunca tuvo las más mínima idea de los horrores que se llegarían a cometer en nombre de sus ideales.

20 mayo 2008

Sin evasión

De izquierda a derecha: Camilo Venegas, Avelino Stanley, Zoé Valdés,
Alejandro Arvelo y Marino Berigüete.
Hace unos días corroboré una vieja sospecha. El cobarde acto de repudió que se orquestó en la Feria del Libro de Santo Domingo contra Zoé Valdés, contó con la complicidad de una poetisa dominicana. Omar Córdoba, el ex-embajador cubano, tuvo una eficiente secuaz en esa escritora.
Recuerdo que dos días antes de la presentación de Zoé, Avelino Stanley me llamó para transmitirme un mensaje de José Rafael Lantigua. “Asere, estás a tiempo y tienes todo el derecho. Si quieres evitarte un problema, no presentes a Zoé”, me dijo el viceministro de parte del ministro. En ese momento pasaron por mi cabeza los recuerdos muy precisos que aún tengo de los actos de repudio en mi pueblo.
Sólo recordaré uno, el más triste de todos. Mi maestra de prescolar, quien me enseñó a cantar el himno y a entender los significados de la bandera, fue arrastrada por las calles de Manicaragua como en los tiempos de las Brujas de Salem. Ella no robó ni cometió ningún delito. Le pegaron, la escupieron y le tiraron huevos podridos por el solo hecho de preferir el exilio.
“Hasta hoy yo lo iba hacer por ustedes. Ahora lo quiero hacer por mí”, le respondía a Avelino. El acto de repudio fue tan burdo, que no tuvo ninguna trascendencia, más bien le “regaló” a Zoé Valdés los titulares en la prensa por varios días y un aumento considerable en la venta de sus obras.
Cuatro o cinco gatos se quedaron afuera, disfrazados de esperpentos "bolivarianos" y con los bolsillos llenos de piedras y huevos. Sólo dos o tres lograron entrar al salón del Teatro Nacional. Sus intervenciones fueron penosas. Era obvio que no habían tenido tiempo de aprenderse el guión que les habían preparado el ex-embajador y la poetisa.
Omar Córdoba tuvo que ser sustituido después del escandaloso incidente. El único pago que recibió por sus acciones injerencistas, es la forma en que lo recuerdan los dominicanos. De la poetisa tampoco hay mucho que decir; la mejor manera de comprobar la calidad de sus versos, es leyendo sus actos.

19 mayo 2008

Volver a Las Villas

Umberto Eco publicó el año pasado una extraña compilación de pesimismos: A paso de cangrejo. Artículos, reflexiones y decepciones, 2000-2006. En el prefacio del volumen (donde se reúnen textos que hacen referencia a “acontecimientos políticos y mediáticos”, fundamentalmente), Eco usa a los mapas para demostrar su teoría de que avanzamos hacia atrás.
Según el escritor, con la caída del muro de Berlín, los editores de atlas tuvieron que desechar todo los ejemplares que tenían almacenados “e inspirarse en los publicados antes de 1914, con sus mapas de Serbia, Montenegro, de los estados bálticos…”.
Hace unos días, Iván Pérez Carrión y yo tuvimos una discusión sobre el mapa de Cuba. Iván, que lo recuerda casi todo, había olvidado que alguna vez la ciénaga de Zapata fue parte de la antigua provincia de Las Villas. Tuvimos que ir hasta el estudio de Luis González Ruisánchez, donde cuelga una isla entera, para salir de dudas.
Recuerdo que cuando se dividieron las 6 provincias originales (Oriente, Camagüey, Las Villas, Matanzas, La Habana y Pinar del Río), sucedieron cosas tan absurdas como la de una mujer que vivía en lo más intrincado del Escambray y su pequeña finca quedó partida en tres por Sancti Spíritus, Villa Clara y Cienfuegos.
En el Paradero de Camarones, mi pueblo, los que viven en la cuneta sur de la carretera de San Fernando, tienen que ir a la OFICODA de Palmira; a sus vecinos de enfrente, les toca la de Cruces. Ya han pasado casi treinta años de aquella repartición y aún hay muchos que no se acostumbran o no la entienden. Ellos prefieren volver a Las Villas, aunque sea a paso de cangrejo.

Ocho onzas de tasajo

El viejo La Fayé nunca en su vida había oído el nombre de Manuel Moreno Fraginals. Al cabo de treinta años como maestro puntista se acaba de enterar de que ese tal Fraginals era el hombre que más sabía de azúcar en Cuba y que escribió un libro llamado El ingenio.
Todavía faltan tres horas para que llegue el mediodía y ya todo está ardiendo. El viejo La Fayé lo único que tiene en el estómago es un pedazo de pan que sobró de ayer y un vaso de refresco de naranja agria. “No había más ná”, piensa mientras el cítrico se ensaña con su úlcera.
El aula fue construida dentro del coche Pullman, el antiguo vagón de los dueños del ingenio. Ya no queda nada de todo el lujo que hubo en su interior. Ni las lámparas de araña, ni la vajilla del alquimista alemán Friedrich Böttger, ni los muebles de maderas preciosas. Lo único que permanece es el armazón oxidado, revestido por dentro con tablas de bagazo y adornado por fuera con un cartel de letras góticas: Cursos de Superación para Trabajadores Azucareros.
En la zafra de 2002 fueron clausurados 84 centrales azucareros en toda Cuba. Los obreros y los trabajadores agrícolas de esas industrias fueron enviados a estudiar.
“Por primera vez se pone en práctica el concepto del estudio como empleo, y seguramente uno de los más importantes empleos. Un contingente de varios miles de trabajadores azucareros, excedentes, podemos decir, como consecuencia de la reestructuración de la industria azucarera, se inicia en un ambicioso y grandioso programa de superación”, dijo Fidel Castro en el acto inaugural del curso.
Mientras el calor y el ácido de la naranja agria desvanecían el cuerpo del viejo La Fayé, el maestro comentaba el capítulo Trabajo y sociedad de El ingenio.
−Como pueden ver −dijo el maestro mirando por una de las ventanillas del vagón, como si deseara que aquel hierro varado se pusiera en marcha−, las raciones diarias para los negros esclavos del camino de hierro Habana-Güines eran de ocho onzas de tasajo, ocho plátanos y dieciocho onzas de harina de maíz…
−Oiga, maestro −dijo el viejo La Fayé quitándose el sudor de encima con las dos manos−, ahora mismo, por ocho onzas de tasajo, yo solito chapeo la línea de aquí a Palmira y después me dejo dar cien latigazos.

18 mayo 2008

La carta negra de Marta Rojas

Al parecer Marta no siempre fue “roja”. Así lo atestigua una carta fechada el 24 de abril de 1957, donde le hace llegar “un mensaje de felicitación y cariño” a Fulgencio Batista. “Se portó usted valiente y grande y sigue amplio y generoso, lo admiro'”, le dijo Rojas al dictador, después que se frustrara el asalto al Palacio Presidencial encabezado por José Antonio Echevarría y el Directorio Revolucionario.
“He esperado hasta hoy para hacerle estas líneas desde el pasado 13 de Marzo, porque no quería que mi mensaje se perdiera entre los múltiples que usted estaba recibiendo”, afirma la periodista, apenas cuatro días después de los sucesos de Humboldt 7, donde fueron asesinados cuatro sobrevivientes del fallido asalto: José Machado Rodríguez, Juan Pedro Carbó Serviá, Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook.
Una copia del documento fue entregada a El Nuevo Herald por Osvaldo Fructuoso Rodríguez. “He conservado esta carta por muchos años, pero pienso que ya es hora de que comencemos a contar la historia reciente de Cuba con la más plena verdad”, dijo Osvaldo, quien es hijo del mártir.
Según un reportaje de Wilfredo Cancio Isla, publicado en el Nuevo Herald, el documento en poder de Rodríguez pertenece al “Fondo de la Secretaría de la Presidencia, Legajo 23 No. 5, que fue hallado en los archivos de Batista en los primeros años de la revolución castrista”.
En el penúltimo Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Marta Rojas pidió que La historia me absolverá, alegato de Fidel Castro en el juicio que se le siguió por asaltar el Cuartel Moncada, fuera considerada una “obra trascendental de la literatura cubana”. De ser cierta su carta a Fulgencio Batista, la UNEAC misma debería declararla una de las páginas más infames y bochornosas escritas en Cuba, tanto en la ficción como en la realidad.
Fascimilar de la carta de la periodista Marta Rojas al dictador Fulgencio Batista.

15 mayo 2008

Pascual Tartavull

Pascual Tartavull es un negro de seis pies que fue maquinista del central Espartaco 40 años y doce días. Él los lleva uno por uno en su cabeza y a cada rato se los recuerda a Chicho Iznaga, que perdió la cuenta del tiempo que pasó colgado del último vagón, protegiendo la cola del tren que buscaba las cañas de Manaquitas.
Por las tardes, sin que nadie lo vea, Tartavull se va al final del patio del ingenio y se sube en las ruinas de su locomotora. Su asiento aún está intacto, pero el cundiamor ya empezó a trepar por la máquina y casi no se ve nada a su alrededor.
La 1326 tenía fama de ser la locomotora que más fuerza tenía en Espartaco. Tartavull siempre estuvo arriba de ella con la estopa y el lubricante. Sus bronces aún hoy, hundidos en la maleza, relumbran. Cuando Tartavull se sube en las ruinas de su locomotora revisa que todo esté en orden. Él sabe que nunca más volverá a moverse, pero al menos no quiere que se la roben a pedazos, como pasó con la 1328 y la 1329.
La 1326 llegó a Cuba en 1895 y fue a buscar el último tren de caña el 28 de enero de 2002. 40 años y doce días después que Tartavull se subió en ella por primera vez. El 16 de enero de 1962, Benny Moré todavía estaba vivo, aún vendían Bacardí en la tienda del pueblo y por la cabeza de nadie podía pasar que el ingenio Hormiguero, nada más y nada menos que el ingenio Hormiguero, se convertiría en un amasijo de hierros inservibles.
El hombre y la máquina están solos en medio de la tarde. Por la escotilla de la caldera se oye un silencio que molesta. Por última vez el negro se pone de pie y revisa el interior de la estrecha cabina donde sudó la gota gorda zafra tras zafra.
−Bueno, nos vamos −le dijo el hombre a la máquina y jaló de la cuerda del silbato. Sólo él escuchó aquel estremecedor pitazo que se repitió una vez más, para confirmar que el tren se pondría en movimiento.
Encorvado, producto de una hernia discal y la artrosis, Pascual Tartavull avanza a toda velocidad, moviendo los brazos como un molino, quitándose de encima el cundiamor y las zarzas que dentro de poco no le dejarán llegar hasta su locomotora.

14 mayo 2008

El zoológico de cristal

En el batey del ingenio Hormiguero había un zoológico. Al final de un laberinto de hiedras y arbustos desconocidos, estaban las jaulas. Como una de las hijas de don Fernando De la Riva padecía de claustrofobia y aborrecía cualquier tipo de encierro, tuvieron que retirar los balaustres y en su lugar pusieron gruesos cristales.
Un león de los pantanos del Okavango, un tigre siberiano, un oso pardo y una infinidad de monos procedentes de las más remotas latitudes, permanecieron allí por años. El zoológico de cristal del ingenio Hormiguero fue la gran atracción de la zona y el trasfondo de innumerables fiestas de quinces y bodas.
En la noche, los rugidos de aquellas fieras se escuchaban aún más alto que el ruido incesante de la maquinaria del ingenio. Nunca le faltó nada a ninguno de aquellos animales. Cada semana se sacrificaba un toro para los felinos y en el tren de la madrugada, con toda puntualidad, llegaba desde La Habana una caja con salmones de Alaska para el oso.
Cuando la familia De la Riva abandonó el país, a mediados de 1960, le fue imposible cargar con sus fieras. El león del delta del Okavango, el tigre siberiano, el oso pardo y la infinidad de monos pasaron a formar parte de los bienes intervenidos por el Gobierno Revolucionario.
Muy poco tiempo después el oso tuvo que acostumbrarse al sabor a tierra de las biajacas. El león y el tigre aprendieron a comer del mismo salcocho que les daban a los cerdos. La mayoría de los monos se murió de una enfermedad fulminante y los que quedaron fueron desapareciendo poco a poco.
El los días más tensos de la zafra del 70, hubo un problema con el abastecimiento de comida y el central amaneció sin nada que echarle a los calderos para el almuerzo. De inmediato alguien dio la orden de que se sacrificaran las fieras del zoológico. El asunto se manejó con tanta discreción, que ninguno de los obreros supo que aquel fricasé era de tres carnes: león, tigre y oso.
Pocos días después, el nuevo administrador del central hizo que colgaran la cabeza disecada del león en su oficina, entre una foto de Camilo Cienfuegos y otra de Ernesto Guevara. Los tres, tanto el felino como los guerrilleros, lucían unas melenas impecables.