08 noviembre 2015

Hazte Leyenda

Me llena de orgullo haber participado en el proceso de creación, desde su concepción hasta su nacimiento, de esta obra de arte. Lo he dicho muchas veces, pero nunca las suficientes: no sé cómo saldar mi deuda con Luis Concepción por haber confiado en mí más de la cuenta y muchísimo más de lo que merezco. 
Gracias a eso, he podido colaborar por años (acabo de caer en cuenta que es el trabajo en que más he durado en mi vida) con la marca más internacional de República Dominicana (la única que está presente en más de 50 países y en las principales capitales del mundo). Estoy orgulloso de cada estrategia de comunicación, de cada pieza de contenido y hasta de cada error, porque cuando uno yerra dejándose llevar por la pasión duele un tilín menos y deja una rara satisfacción. 
De niño quería ser ferroviario. Luego, en vano, traté de ser director de teatro. Más tarde me dediqué a editar revistas y escribir libros. Durante todo ese tiempo, jamás me pasó por la cabeza que también podría ser consultor en comunicaciones y relaciones públicas. Pero con el mejor ron a mano uno es capaz de lograr lo que se proponga. Hoy me gustaría hacer con cada uno de ustedes un brindis de Leyenda.

07 noviembre 2015

La casa del escritor

La Underwood Portable donde se escribió Por quién doblan las campanas.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Viví 33 años en Cuba y visité una sola vez a la casa que tuvo en mi país Ernest Hemingway. No me sentía atraído por el refugio insular de un hombre que vivió como si el mundo fuera un enorme continente. Aun cuando fue un gran marinero, todo a su alrededor parecía tierra firme, lo mismo en San Francisco de Paula que en Whitehead Street.
La semana pasada, sin embargo, fuimos hasta Cayo Hueso y no nos detuvimos hasta encontrar la casa donde se terminó Adiós a las armas y se escribió de principio a fin Por quién doblan las campanas, dos novelas que le explicaron al adolescente que fui el horror de la guerra como ningún libro de historia.
De los 10 años que vivió allí el escritor solo se conservan algunos muebles, la pared de ladrillos que hizo alrededor de la casa —como si se tratara de un fuerte y no de una residencia— y los descendientes de Snow White, una estirpe gatos de seis dedos a los que se les permite dormir hasta encima de las reliquias más valiosas.
“En esta casa se escribió el 70% de la obra de Ernest Hemingway”, nos dijo el guía con una emoción aprendida de memoria. Parecía tasar los libros con el mismo criterio que su autor calculaba el valor de los enormes peces que sacaba de la corriente del golfo: por libras y por pies.
Sillas españolas, lámparas venecianas, máscaras africanas, fotografías de famosos y una botella de licor ¡con una llave! (todo parece indicar que con esa cerradura ‘Papá’ se aseguraba de que nadie se le adelantara en el brindis). Aunque se conserven sus muebles, libros y cuadros, no hay un lugar más vacío en el mundo que la casa donde vivió un escritor.
Es por eso que los turistas que descansan en los corredores de la casa parecen haber tirado un ancla. Se comportan como barcos, el mundo perdido de Hemingway es su fondeadero. Algunos, para tener una constancia de su viaje, tiran una moneda en una vieja máquina para imprimir sobre ella la barba borrosa del escritor.
Estábamos en la Florida y nos fuimos hasta Cayo Hueso para estar más cerca de Cuba que de Miami. Pero acabamos en la casa de un hombre que jamás se detuvo ante ninguna distancia. Las fotos que se exponen son la mayor prueba de ello: combates en Europa, cacerías en África, pesquerías en el Golfo, borracheras en el Sloppy Joe's o en El Floridita.
“Hemingway escribía durante las primeras horas de la mañana, de pie y desnudo —detalló el guía—. El resto del día lo empleaba en vivir”. Con la última parte de la frase hizo dos gestos. Primero empinó el codo y luego extendió el brazo como si fuera una caña de pescar. Esas dos acciones parecen ser parte del guión. Aun cuando caricaturizan al personaje, describen una parte esencial de él.
El viejo faro de Cayo Hueso está justo al lado de la casa de Ernest Hemingway. No tengo noticia de otro faro que se haya construido a más de un kilómetro del mar. Los que lo construyeron parecen haber intuido que llegaría un día en que la elevada lámpara sería inútil para la navegación. Su oscuridad, sin embargo, seguiría señalando el camino a la casa del escritor.
Cuando nos fuimos de Cayo Hueso comenzaba una fiesta de disfraces. Hombres vestidos de mujer, mujeres sin vestir, esqueletos, monstruos, esperpentos, hazmerreíres y mamarrachos. A nadie se le ocurrió disfrazarse de Hemingway.
76 años después de que el escritor abandonara a Pauline y a Cayo Hueso, solo él interpreta a su fantasma en esa pequeña isla. Lo demás hay que preguntárselo a los más de 50 gatos de seis dedos que custodian su ausencia.

06 noviembre 2015

El faro de Whitehead Street

Cuando hacen un faro tierra adentro,
a más de un kilómetro de la costa,
no es para alumbrarle el camino
a los que llegan
sino para ocultárselo
a los que no se quieren ir.

Un faro que permanece a oscuras
y lejos del mar,
está hecho para que sigas su sombra.
Camina junto al muro de ladrillos.
Sigue el sendero de los gallos de pelea,
las tumbas de los gatos de seis dedos
y las botellas de ron vacías.
No te detengas hasta que llegues
a la vieja máquina de imprimir barbas.

Hazte una moneda que no sirva para nada
y deja de pensar en el camino de regreso.
A veces es bueno creer
que en lugares como este
uno se puede quedar para siempre;
aún cuando tengamos que abandonarlo
antes de que caiga la tarde,
en silencio,
hambrientos y borrachos,
dejando que la oscuridad del faro
quede a nuestras espaldas.

05 noviembre 2015

Un coro de garzas que fue testigo de todo lo que hicimos

Nos rompió el día de Santo Domingo a La Vega, igual que a José Martí aquel 16 de febrero de 1895. Solo que él iba en dirección contraria a nosotros, rumbo a la Capital, y a lomo de caballo. Llevábamos con nosotros las posturas que nos regaló el Ingeniero Taveras y un arrayán que compramos en Bonao.
El Ingeniero (que fue quien nos vendió el terreno en Jarabacoa Montain Village) consiguió las semillas en el patio de una familia cubana que vive en Santiago desde mediados del siglo pasado. Dos toronjas (de las grandes, de esas con las que se hace dulce en tajadas), dos anones (la fruta preferida de mi abuelo Aurelio) y dos canisteles.
Cuando llegamos, Don Mon nos esperaba pico al hombro. Afortunadamente ya empezó a llover. Las palmas, las araucarias, las gravileas y los cipreses han crecido muchísimo. Fuimos a Foresta para conseguir más posturas de pinos Caribaea y Occidentalis. Repusimos todos los que nos soportaron el largo verano.
Un enorme aguacero nos sorprendió en plena faena. Diana se guareció en el Jeep, pero Don Mon y yo nos quedamos sembrando. Al final, podamos una pomarrosa que le estaba dando demasiada sombra a los sauces. Salimos justo antes de que empezara a caer la noche.
Cuando entramos a Santo Domingo, Diana le bajó el volumen a la última canción del viaje y me tomó de la mano. “¡Qué día más lindo!”, dijo sin apartar la vista del camino (ese trecho de la autopista Duarte siempre tiene mucho tráfico y eso la pone tensa).
Hicimos una sola foto: un coro de garzas que fue testigo de todo lo que hicimos. Cuando los árboles crezcan, ellas nos seguirán recordando el día que los sembramos sobre un sábado inolvidable.

27 octubre 2015

Sobre fusilados y verdades incómodas

Hoy el periódico El Mundo recuerda el viernes 6 de noviembre de 1936. Ese día, en horas de la tarde, Santiago Carrillo Solares, el secretario general de las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU) de España, fue el “facilitador” de una matanza de prisioneros en Paracuellos de Jarama.
Hay un detalle que divide a los fusilados en dos injustos bandos. Los que son llevados al paredón por un régimen de derecha, aun cuando en vida fueran unos cobardes y unos patanes, en el acto se convierten en héroes de la patria. Justo después de caer abatidos, por obra y gracia de un tiro en la sien, sus nombres quedan expeditos para bautizar escuelas, calles y parques.
Pero si es un régimen de izquierda quien te ejecuta, no importa cuan valiente hayas sido ni las razones por las que acabaste de espaldas a un muro. La historia suele ser muy escrupulosa con las “causas justas” y se cuida mucho de empañarlas con verdades incómodas. Sobre todo porque a los niños, en las aulas, les gusta que los buenos sean buenos-buenos y los malos, recontramalos. 
Los fusilados de Paracuellos, como los de La Campana (ese infame paraje rural del Escambray donde el régimen de Fidel Castro ejecutó a cientos de alzados), deberán soportar el peso de la indiferencia sobre sus restos. Todos caen de la misma manera, solo los separa el modo en que se les recuerda o se les olvida.

25 octubre 2015

Gracias, República Dominicana, por la libertad

Junto a Silvio Herasme Peña y Soledad Álvarez, quienes también fueron premiados.
Foto: Abigaíl García
(Palabras leídas al recibir el Premio Caonabo de Oro en el Auditorio Juan Bosch de la Biblioteca Nacional Pedro Henríquez Ureña)

Gracias, querido Mario. Todas las mañanas de mi infancia me obligaron a gritar “¡Pioneros por el comunismo, seremos como el Che!”. Al filo de los 50 años, estaría muchísimo más orgulloso de mí mismo si pudiera ser como Mario Rivadulla hasta la edad que tiene hoy Mario Rivadulla.
William Faulkner aseguraba que el mundo estaba hecho para los que se enfrentan a los problemas y los resuelven. Los que son incapaces de hacer algo así y sufren por ello —decía—, escriben. Admito que si no pudiera escribir, el mundo para mí tendría muy poco sentido; que me paguen y hasta me premien por hacerlo, es un verdadero alivio.
Llegué a República Dominicana el 30 de noviembre de 2000. Al día siguiente amanecí en la redacción de un diario. Aunque en Cuba había laborado en dos revistas y llegué a estar al frente de una editorial, esas experiencias de poco me servían para cerrar un periódico en un país en el que solo había permanecido algunas horas.
El 2 de diciembre salió publicado, en la sección de Cultura de El Caribe, mi primer reportaje escrito aquí. Aunque es irrefutable que soy el autor de ese texto, no hubiera sido posible sin la confianza, el respaldo y la solidaridad de todos los que formaban parte de aquella redacción.
Debo aclarar que fui a dar ahí gracias a Freddy Ginebra, mi padre dominicano, quien me abrió las puertas de este país como si fueran las de su casa. También debo agradecerle a Luis Canela, Bernardo Vega, Fernando Ferrán, Margarita Cordero, Adriano Miguel Tejada, Rafael Emilio Yunén y Alejandra Pellerano los riegos que corrieron al tenerme en sus equipos de trabajo.
Al mencionarlos a ellos, reconozco a todos los que compartieron experiencias conmigo en El Caribe, Diario Libre, el Centro León y Newlink Communications. No los menciono porque son muchos, muchísimos, y una sola omisión sería inexcusable. Aun así, me siento en la obligación de reconocer a a una persona más.
A Luis Concepción, quien siempre ha depositado en mí mucha más confianza de la que merezco y me ha dado la oportunidad de colaborar por años con la marca más internacional de República Dominicana y con un símbolo de la alegría de su gente: Ron Brugal.
Hace ya 15 años que vivo en República Dominicana. Cada uno de los logros que he tenido aquí se deben, en gran medida, a todos los que me tendieron la mano al pasar. Si algún mérito tengo, es haber logrado adaptarme al gran cambio que significa vivir en una democracia después de haber nacido y crecido dentro de una dictadura.
Es por eso que, cada vez que puedo, dejo constancia de mi impagable deuda con este país. Como si todo eso fuera poco, aquí también encontré a una cubana que es el amor de mi vida desde la misma noche en que nos conocimos. Tengo miles de razones por las que estar agradecido, pero si tuviera que elegir solo las más importantes, serían esas: Gracias, República Dominicana, por Diana y por la libertad.

24 octubre 2015

Aprender a mirar, volver a tocar

Italo Calvino retratado por Sebastião Salgado. 
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

A Basilio Beliard solo le veo de vez en cuando y siempre en el mismo lugar, en los vericuetos de la librería Cuesta. Cada vez que tropezamos, intercambiamos abrazos y algún comentario sobre los libros que tenemos alrededor o llevamos en las manos.
Así pude enterarme que era un gran lector de Italo Calvino, uno de los escritores que más he releído en mi vida. Ambos alardeamos de atesorar la edición de su obra que Ciruela hizo en 32 tomos, esa que llega hasta Orlando furioso, la narración en prosa del poema de Ludovico Ariosto.
Por eso me sorprendió tanto la columna “El futuro del lector y del autor”, publicada en el periódico El Día, donde Basilio se confiesa alarmado por las nuevas reglas del juego que establecen los libros digitales. “Esa libertad que da el mundo virtual también se ha convertido en una trampa laberíntica de comunicación, que nos volverá afásicos y tartamudos”, asegura.
Comencé a escribirle un email donde le reclamaba que un lector de Calvino debería estar mejor preparado para los cambios. Pero justo en ese momento di con una noticia que me provocó pavor: Patrick Peterson acababa de imponer un record Guinness al hacerse 1.449 selfies en una hora.
Entonces decidí posponer el diálogo con Basilio hasta el próximo encuentro en Cuesta. Aunque sigo estando en desacuerdo con su visión apocalíptica del libro digital, es cierto que la democratización de los medios de comunicación ha permitido que la estupidez tenga más difusión que nunca.
Aun así, hay algo inobjetable. Las mismas boberías que dicen los libros digitales de Pablo Coelho, aparecen en los impresos en papel. El problema no está en el soporte sino en el contenido. Mi amigo Rogelio Obaya, ese personaje casi borgiano que es indispensable a la hora de explorar Cuesta, suele lamentarse del gigantesco volumen del mercado de la autoayuda.
Según Rogelio, gracias a la enorme demanda que tienen todos los subproductos mercadológicos de Coelho y sus congéneres, las librerías de hoy pueden sostenerse y continuar ofreciendo servicio a los que acudimos a ella en busca de bienes culturales.
La psicóloga Linda Henkel publicó recientemente una investigación en la Universidad de Fairfield, en Connecticut, que nos ayuda a entender lo que está ocurriendo.  Linda, después de parar a sus alumnos frente a una obra, los dividió en dos grupos.
Al primero, le pidió que retratara la obra con sus smartphones. Al segundo, se limitó a decirle que la miraran. Al día siguiente, los estudiantes que habían hecho fotografías recordaban muchos menos detalles que los que habían mirado la obra y no se llevaron consigo ninguna reproducción suya.
Los smartphones y las tabletas están cambiando para siempre nuestra manera de relacionarnos con el mundo que nos rodea. Una vez que se consigue uno de esos aparatos, nuestra mirada y nuestro tacto deben ser “reiniciados”. Debemos aprender a mirar, volver a tocar, establecer una nueva manera de relacionarnos con el entorno.
Pero eso no quiere decir, como supone Basilio, que obligatoriamente se tenga que “atropellar nuestra lengua y los principios más simples de la normativa escrita, y aún de la gramática”. Habrá literatura mientras sobreviva el lector. Él, y no el soporte de los libros, será quien decida si sobrevive o muere.
Yo, que soy un hombre del siglo pasado, no sé vivir lejos de mis libros de papel. Pero mi biblioteca virtual va creciendo poco a poco. No está lejos el día en que tenga la misma cantidad de volúmenes dentro del iPad que en los libreros.
Para mí el único problema de los libros virtuales es que no hace falta ir a la librería a comprarlos. Porque entonces pierdo la oportunidad de reencontrarme con Basilio y de seguir discutiendo con él sobre el tema, sin que una pantalla tenga que servirnos de intermediaria. 

23 octubre 2015

Jorge Valls, el poeta del presidio

Ese hombre tan delgado y vulnerable que usted ve ahí, preso de una tupida vegetación, resistió 20 años en presidio. La dictadura del Fidel Castro lo condenó por pensar diferente. Él solo quería ser poeta y decir lo que pensaba, pero eso no estaba permitido en la Cuba que le tocó vivir y pagó las consecuencias.
En el cárcel se negó a llevar el uniforme de preso común. Eso lo convirtió en “plantado” y en víctima de brutales torturas. En la Cuba de hoy, muchos presos políticos siguen su ejemplo y prefieren andar desnudos antes que llevar la ropa de la infamia. Sus escritos sobre la prisión son un invaluable testimonio donde se denuncia el horror de las cárceles cubanas y la crueldad de la dictadura.
Es una verdadera pena que muchos se enteren de su existencia con la noticia de su desaparición. Si en algo ha sido muy eficiente el régimen de los hermanos Castro, es en convertir en “no persona” a todo aquel que decida adversarlo, disentir o simplemente decir que no está de acuerdo.
Jorge Valls acaba de morir en el exilio. Este es en verdad su primer día libre desde 1964, año en que fue arrestado. A hombres con él solo la muerte lograra liberarlos de la tragedia que les tocó vivir.

22 octubre 2015

Un infame homenaje

Después de Joaquín Balaguer, nadie le ha infligido más daño al presente y al futuro de República Dominicana que Leonel Fernández. Hubo un momento precioso en que él tuvo la oportunidad de vindicar a Juan Bosch y acabar de construir el proceso democrático que quedó trunco en 1963 con el Golpe de Estado, pero el verborreico doctorcito de Villa Juan prefirió consolidar lo peor del legado de Balaguer: la corrupción, el clientelismo y la exclusión. 
Ayer, en el momento en que se archivó el expediente contra Félix Bautista, se le rindió un infame homenaje al balaguerato y a todo lo que permanece vivo de él gracias a Leonel. Por eso nunca he vuelto ni volveré a FUNGLODE. Ninguna iniciativa cultural compensa el bochorno que significa el lavado de tanta mácula.