20 enero 2013

Puertas del cielo


La semana pasada irrumpieron en mi oficina dos mujeres muy sobrias. Eran vendedoras de Puertas del Cielo, el más exclusivo cementerio de Santo Domingo. Aunque fui tajante desde el principio, insistieron. No les cabía en la cabeza el hecho de que me negara a tener una tumba.
—Le he dado instrucciones a mi esposa y a mi hija para que echen mis cenizas en el potrero de mi abuelo —Les dije— Quiero quedarme para siempre en el Paradero de Camarones y esa es la manera más factible.
Esa extraña experiencia, me llevó a releer las peripecias de Patricia Gutiérrez Menoyo con las cenizas de su padre. La hija del comandante recorrió casi todos los paisajes de mi infancia esparciendo sus restos: Manicaragua, Cumanayagua, Charco Azul, El Nicho…
Como una niña que aún no ha conocido el rencor, Patricia regresó a los lugares donde el héroe protagonizó sus más grandes hazañas. Puñado a puñado, devolvió su cuerpo al único lugar en el mundo al que verdad pertenecía: las montañas del Escambray.
Mi sentido de pertenencia es mucho más estrecho. Si uno camina por la línea de ferrocarril en dirección al Norte, una vez que se acaba el andén de la estación, encontrará un pequeño puentecito. En época de lluvias, por ahí corre una sinuosa cañada.
Si me echan en época de lluvias, podré llegar hasta el río Caunao y luego desembocar en la bahía de Cienfuegos. Con un poco de suerte, una milésima parte de mí podría alcanzar el mar Caribe. No pretendo tanto, pero para algo existe la ley de las probabilidades.
Digo todo esto para demostrarme a mí mismo que me sobra tiempo para volver y, sobre todo, para quedarme. Si el cielo tuviera puertas, esas serían las más grandes en mi caso.

15 enero 2013

Los cubanos solo quieren irse


Lo he contado muchas veces, pero nunca he logrado describir con exactitud todo lo que me pasaba por la cabeza. La primera vez que salí de Cuba fue en el verano de 1993. Mi hija apenas tenía un mes de nacida y mi padre acababa de morir.
Me tocó conocer a esas tres cosas al mismo tiempo: la vida, la muerte y el mundo. Tuve la fortuna de tener dos compañeros de viaje excepcionales: Fina García Marruz y Cintio Vitier. Fue el propio Cintio quien se ocupó de presentarme cada detalle del exterior.
Cuando llegamos a la raya roja del aeropuerto José Martí, me pidió que la saltara: “Nunca pises el fin de Cuba”, me dijo burlón, apurándose un tabaco (en ese entonces aún se podía fumar en las salas de espera). Luego, en el avión, me dio otra lección inolvidable.
La aeromoza de Iberia repartió unas vendas para los ojos y anunció las películas que se proyectarían durante el cruce del océano. “A partir de ahora eres tú el que eliges: ¿la venda o la película?”, me dijo mientras le alcanzaba la venda a Fina, convidándola a dormir.
Al final eso es lo que desean la inmensa mayoría de los cubanos que nunca han viajado: tener la posibilidad de elegir entre una cosa y la otra, sea cual sea. Es cierto que el mundo exterior no es eso que ellos creen que es, pero su país tampoco llegó a ser nunca lo que les prometieron que sería.
Alejo Carpentier aseguró que los habitantes de las islas siempre llevan consigo el deseo de abandonarlas. En los cubanos, que han permanecido encerrados en la suya por más de medio siglo, ese anhelo se ha convertido en una obsesión compulsiva.
Cuando uno solo quiere irse, llegar es lo menos importante. Aunque me costó entenderlo, eso también lo aprendí la primera vez que me fui.

13 enero 2013

No oí ladrar los perros


Todas los días, antes de que den las 6, salgo a la madrugada de Santo Domingo con Laika. Mientras le damos la vuelta a la manzana, nos ladran desde tapias, portales y balcones. Esos sonidos, en medio de la ciudad todavía oscura, me recuerdan a los perros de mi infancia.
El más famoso de todos era Nerón, un enorme perro negro que custodiaba el patio de Talín y Mercedita. Era feroz hasta con las auras tiñosas que sobrevolaban su espacio aéreo. Benigno, el cazador, siempre andaba con Verduga, una fiel rastreadora que jamás perdía a su presa.
Una indescifrable cachorra amarilla, producto de los peores genes de su especie, nunca se separaba de los hermanos Pérez, que perdieron su apellido por la fidelidad de aquel animal. Aún hoy, ya hombres, todos en el pueblo les llaman Aldo y Tony la Perra.
El paso de un tren, el vuelo de una lechuza o la irrupción de un extraño, hacía que todos los perros del Paradero de Camarones ladraran al unísono. Aquel eco sucesivo, que se reproducía patio tras patio, era parte de nuestra identidad cuando nos quedábamos a oscuras.
Cuando ya estábamos de regreso en República Dominicana, Diana me preguntó qué cosas habían quedado pendientes. Esta fue una de las más importantes, como siempre fuimos de día y ya no tengo allí dónde dormir, me perdí ese momento que tanto me gustaba.
—No oí ladrar los perros —le dije.

11 enero 2013

Bejucal viaja feliz hacia 1837


El Granma publica hoy una noticia que ha llenado de júbilo a los pobladores de Bejucal, un pueblo que está 27 kilómetros al sur de La Habana: ya pueden viajar en tren a la capital de Cuba, luego de que por fin pudiera rescatarse la línea que los une.
175 años atrás, Bejucal vivió un momento muy parecido. El 19 de noviembre de 1937 fue inaugurado ese mismo tramo, convirtiéndose en el primer ferrocarril de Iberoamérica y en el séptimo del mundo, después de los de Inglaterra, Estados Unidos, Francia, Alemania, Bélgica y Rusia.
“Los pobladores de la capital y de la provincia de Mayabeque se encuentran beneficiados actualmente por los servicios que presta la línea ferroviaria La Habana-Bejucal, que recientemente extendió su recorrido hasta la estación de este último territorio, cuando antes llegaba solamente al poblado de El Rincón”, dice Granma.
Durante las dos horas que dura el trayecto, el tren pasa por las estaciones de Luyanó, Martí, Dolores, Víbora (Café Colón), Naranjito, Miraflores, Los Pinos, Arday, Parque Lenin, Arroyo Naranjo, Calabazar, General Peraza, Aeropuerto, Santiago de las Vegas y Rincón.
Cuando se lee eso, puede pensarse que se trata de recrear un momento histórico en la Cuba del siglo XIX. Pero todo está escrito en un presente que desconsuela. En un país que no se mueve, tres viajes al día de un coche-motor destartalado son noticia de portada.
A una velocidad de 13.5 kilómetros por hora, el Bejucal del siglo XXI ha logrado volver en tren a La Habana. Si Alejo Carpentier hubiera alcanzado a leer esa noticia, quizás su “Viaje a la semilla” no ocurriría dentro de una casa sino en todo un país, condenado a regresar a sus ruinas a través del esplendor de su pasado.

08 enero 2013

Tiempos de exposición


Enrique Meneses, el célebre reportero español, fue el primer fotógrafo extranjero que subió a la Sierra Maestra. Sus imágenes de la guerrilla y sus líderes contribuyeron a generar el fetichismo que siempre envolvió a la revolución cubana.
Por estos días, con la excusa de su muerte, se han reeditado algunos de los mejores reportajes gráficos de Meneses. Junto a los retratos de reyes, artistas y líderes de toda calaña, se encuentran los rostros de los hermanos Castro, el Che Guevara y Camilo Cienfuegos.
Cubadebate no se quiso quedar atrás y publicó las imágenes cubanas del español, acompañadas por un reportaje de El País y algunos pies de fotos. En uno de ellos, se recuerda que “Meneses presumía siempre de buen pulso y de no necesitar el flash”.
Fue así que logró esa magnífica instantánea donde Fidel redacta un mensaje en medio de la noche del campamento, mientras una mujer le alumbra el papel con una vela. Fueron necesarios 60 segundos de exposición, durante los cuales el fotógrafo no pudo hacer el más mínimo movimiento.
Muchas de las imágenes de Enrique Meneses han sido reproducidas hasta la saciedad por el régimen cubano. Ellas son parte esencial de la iconografía revolucionaria y han apuntalado, con su simbología, un tiempo de exposición mucho mayor.
Durante 53 años los cubanos han tenido que permanecer inmóviles y evitar el más mínimo gesto contradictorio. Esa hemiplejía también ha afectado a la nación, que medio siglo después exhibe un paisaje de ruinas vergonzosas. Es cierto que la foto de Meneses no salió movida, pero contribuyó a que nos paralizaran a todos.