25 julio 2013

730 días con sus noches


Hoy se cumplen 730 días de aquella noche en que los ojos azules de Diana Sarlabous me encandilaron. Debo admitir que yo estaba muy borracho (por culpa de Alejandro Aguilar). Cuando me dijo que era cubana traté de decirle que también era muy linda, pero lo que me salió fue una pregunta: "¿Te quieres casar conmigo?".
Puso una cara de desconcierto tan grande, que lo único que se me ocurrió fue darle un beso en la boca. Pocas semanas después, en el andén de la estación de trenes de El Cristo, su pueblo natal, me dijo que sí, que se quería casar conmigo. 
Colorín, colorado, este cuento aún no se ha acabado. 

15 julio 2013

Tomeguín de la tierra


A Mario Dávalos,
un amigo de la infancia que conocí en la vejez.

Yo tenía 8 años. Lo sé porque recuerdo muy bien que estaba en las vacaciones de cuarto grado. Laika, mi primera perra, era todavía una cachorrita. Cuando salía de la escuela, me iba con ella por el triángulo del ramal Cumanayagua. A esa hora ya no pasaban trenes por allí.
Un día Laika siguió un errático rastro entre la hierba.  Al final dio con un nido. Dos días después descubrimos a los propietarios. Eran una pareja de tomeguines de la tierra. En el Paradero de Camarones había varios coleccionistas de tomeguines. Construían las más sofisticadas trampas para atraparlos.
Un hijo de Cheo Ortega tenía una jaula de seis pisos con más de siete trampas. Un cundiamor era todo lo que se necesitaba para que los tomeguines sucumbieran a la tentación y acabaran atrapados. La mayoría moría de tristeza, pero unos pocos acababan adaptándose a la prisión.
Ya en ese momento, mi abuelo había logrado convencerme de que nunca tuviera un ave encerrada en una jaula. Por eso no le conté ni a mis mejores amigos del hallazgo. El Chiqui, Norberto, Alexis y Gabi no se enteraron que detrás de la pila de traviesas, en la cerca del potrero de Felo López, había un nido de tomeguines.
Tengo 45 años y otra perra que se llama Laika. Todos los días camino con ella hasta el final de una calle de Santo Domingo. Nos detenemos justo en una casa abandonada donde ha crecido la hierba. Hace unos días Laika descubrió un nido de cigüitas de hierba, que es como los dominicanos le dicen a los tomeguines.
A mi hermano Mario Dávalos, que hace fotos de aves por todo el mundo, le pedí una imagen para ilustrar el post. Me envió esta hembra de tiaris olivácea, que es el nombre científico del tomeguín de la tierra. La “capturó” en una montaña de Jarabacoa.
Ayer encubrí mejor el nido con una yagua. Todas las madrugadas, Laika y yo nos encontramos con la pareja de tomeguines, que canta desde lo alto de un árbol seco. Con un poco de suerte, los pichones aprenderán a volar antes de que demuelan la casa.
Si no, me las ingeniaré para salvar el nido. Será mi homenaje al niño aquel, que supo guardar hasta el final uno de los secretos más grandes de su infancia. Luego cayó en la trampa del adulto que soy, y desde entonces vive encerrado en mi cuerpo viejo y adolorido.

13 julio 2013

Madiba


(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Vivimos en una época donde los ídolos ascienden con la misma facilidad que se derrumban o se olvidan. Una muchacha totalmente desconocida, pudo llegar a convertirse en una celebridad por los votos que recibió a través de mini mensajes. En un abrir y cerrar de ojos, paso de un anonimato casi marginal a una celebridad que no tuvo tiempo de digerir.
Con una facilidad pasmosa ahora cualquiera se gana el título de héroe nacional. Para lograrlo, algunos hacen el esfuerzo de nadar kilómetros y kilómetros a lo largo de la costa. A otros, en cambio, les basta con dar una muestra de honradez. Se trata de algo tan poco común en estos días, que se valora como un acto sobrehumano.
Muchos líderes políticos han fabricado su caudillismo con acciones populistas y consignas huecas. Hace unos meses murió el presidente de un país. Nunca fue una guerra. El único combate que libró en su vida lo perdió a los pocos minutos de haber disparado el primer tiro (si es que tuvo tiempo de hacerlo).
Pero después de contar el número de mandatarios que asistieron a su funeral, alguien dijo que se trataba de un prócer. Conmovido, su sucesor aseguró que le había hablado a través de un pajarito. Hicieron el intento, incluso, de momificarle. Su nombre ahora se conjuga, como si fuera un verbo, con toda clase de rimbombancias.
¿Tan necesitados estamos de ídolos? ¿Tanta falta nos hace tener a gente a la que adorar y venerar? El Dalai Lama escribió una vez que no pasaba un día sin que le presentaran líderes espirituales, monarcas, premios Nobel, mandatarios y celebridades de toda clase. La mayoría de las veces, dijo, la reputación que les antecede es exagerada.
“Cada vez que me encuentro con ellos, descubro que las personas no son tan grandes como su reputación. Preparando mi encuentro con Nelson Mandela, descubrí que su reputación era, de hecho, la más grande del mundo. No hay nadie más grande que él vivo en el Planeta en este momento”, aseguró.
Su nombre verdadero es Rolihlahla Dalibhunga Mandela. Su profesora, una misionera británica, lo rebautizó como Nelson. Pero su gente le llama Madiba, que es el nombre del clan en el que nació, el 18 de julio de 1918. Durante más de 27 años su rostro permaneció inmutable, sin que envejeciera ninguno de sus rasgos.
El día que por fin salió de la prisión racista de Robben Island, el 11 de febrero de 1990, el ícono resultó irreconocible. El líder temerario, aquel joven iracundo que desafió a uno de los regímenes más abominables que ha engendrado la especie humana, se había convertido en un anciano que sonreía sabiamente.
En el momento en que fue liberado, en el mundo se estaban produciendo enormes cambios. Las dictaduras socialistas de Europa se derrumbaban. Algunos, ingenuamente, llegaron a pensar que se trataba del fin de la historia. Aunque era comprensible que Mandela tratara de vengarse de sus verdugos, no lo hizo. En lugar de mandar a buscar culpas, propuso encontrar soluciones.
Gracias a eso, en Sudáfrica comenzaron a cicatrizar las heridas del Apartheid y se empezó a construir una nueva sociedad, tolerante, incluyente, con oportunidades para todos. Cuando se convirtió en el presidente del país, muchos creyeron que trataría de perpetuarse en el poder. Algunos, incluso, justificaron esa posibilidad con su hoja de servicio a la patria.
Pero cuando se cumplió su período, Madiba, aquel muchacho que más de una vez tuvo miedo, que en una ocasión robó un rebaño y en otra mintió, pidió que le permitieran retirarse. Con el mismo énfasis que exigió una vez que no ocultaran los puntos negros de su vida, reclamó el derecho que tenían las nuevas generaciones de tomar las riendas del país.
“No me llamen, ya les llamo yo —dijo—. Quiero jubilarme de la jubilación”.
Ojalá que Nelson Mandela en el futuro sea algo más que el nombre de una calle, una estatua en un parque o un busto en una escuela. En una época donde los ídolos ascienden con la misma facilidad que se derrumban o se olvidan, sus lecciones serán siempre imperecederas.
En la era donde los ídolos se construyen con mini mensajes, él fue un héroe que nunca se creyó imprescindible, insustituible, inmortal. Justo eso hace eterno a Madiba.

12 julio 2013

Libreta de Abastecimiento*

 
Cada cruz es un recorrido,
un trayecto que Aurelio tiene que salvar a través del andén,
sobre las piedras de la carreterita, pasando la línea principal y el apartadero,
hasta dar la vuelta por la única calle del pueblo
(frente al colegio, la barbería, el cine y el portal de Chena;
donde siempre se pregunta sobre la posibilidad de un temporal).
Cada página es un mes, cada mes son alrededor de treinta espacios por tachar.

Frijoles, manteca, harina, sal, algo de carne y el pan nuestro de cada día
(mal horneado y duro,  pero que partimos simulando un rito y comemos despacio:
«¡Bocato di Cardelale!», suele decir Aurelio, antes de empujar con agua a la masa).

Doce páginas y la angustia de tener que ver a las manos de Atlántida en su desespero,
levantadas en alto,
rezando por que el mes se acabe y Aurelio salga otra vez, jaba en mano.

*Hoy cumple 50 años la Libreta de Abastecimiento, esa penosa cartilla que ha racionado la mesa y las costumbres de varias generaciones de cubanos. Este poema pertenece a mi libro Itinerario (2003).

11 julio 2013

El último ómnibus Menéndez


Estaba tan destartalado como el autobús perdido de John Steinbeck. Solo que no viajaba entre Rebel Corners y San Juan de la Cruz, en California; sino entre Cienfuegos y San Fernando de Camarones, un desaparecido municipio de la antigua provincia de Las Villas.
De niño, yo padecía de la garganta y, cada dos o tres semanas, mi abuela Atlántida tenía que salir corriendo conmigo para el Policlínico. Nos levantábamos a las cinco de la mañana para poder alcanzar un turno. A lo lejos se oían los rugidos de la guagua.
—¿Otra vez ese niño tiene fiebre? —Preguntaba con desconcierto Yuyo Serralvo, que trabajaba en el Ingenio Hormiguero por el día, era sereno por las noches y en sus pocos ratos libres fungía como delegado del Poder Popular—. ¡Van a tener que llevárselo para La Habana!
El interior de la guagua siempre olía terrible. La mezcla del humo del motor y el del tabaco del chofer obligaba a mi abuela a entreabrir la ventanilla. El frío cortante de la madrugada me hacía temblar, pero era la única manera de evitar que vomitara.
—Si hubieras conocido a esta guagua cuando era un Ómnibus Menéndez —me decía entonces mi abuela—. Estaban limpiecitas y olían riquísimo.
Estuvo cubriendo la ruta de San Fernando hasta finales de la década del setenta. Llegó a estar tan despintada, que sus antiguos carteles resurgieron. “Cienfuegos = Habana”, volvió a decir en el sitio donde habían puesto “Ministerio de Transporte”. Un día pasó a remolque, enganchada de una grúa como si fuera un pez atrapado por un anzuelo.
No volvimos a verla. Una pequeña guagua Girón V fue puesta en su lugar. Aunque mi abuela la recordaba límpida y olorosa, por mi infancia siempre pasó tan destartalada como el autobús perdido de John Steinbeck. Sus rugidos empujaban al amanecer cada vez que yo me enfermaba de la garganta.

30 junio 2013

Nuestra tierra

Dice José Saramago que para poder construir en un terreno, primero es necesario darle nombre. Antes de sembrar o levantar algo, el hombre realiza la “operación lingüística de nombrar las cosas”. Justo esa acción provocó que Eliseo Diego escribiera uno de los más hermosos textos de la poesía cubana. 
Al Paradero de Camarones no encontraron cómo llamarle. Mi pueblo tiene uno de los nombres más literales que conozco. En ese punto se bajaban del tren los viajeros que iban para San Fernando de Camarones. Esa parada, esa acción, nos describe a todos, incluso a los que nunca llegaron a salir de aquí. 
Luego nuestra tierra empezó a tener otros nombres y tuvimos cómo llamar a cada esquina de este reducido lugar: la Vía Estrecha, la represa de Ciprian, la tienda de Luis Vada, la bodega de Chena, la barbería de Felipe Marín, la poza de El Tranvía, la quinta de Ojeda, el garaje de Luzbel, el barrio de Las Latas, el bar de Roberto, el Callejón de La Flora, la valla de Rigo, el potrero de Felo López… 
Nada aquí se basta por sí mismo para tener un nombre, como el pueblo, acaba adoptando la denominación que le dio origen. Quizás todo hubiera sido distinto si antes de clavar la primera tabla de lo que fue el primer anden, se hubieran dignado a llamar al lugar con un nombre propio, independiente al de un caserío que distaba 7 kilómetros al Este. 
Nuestra tierra debe todos sus nombres, nunca tuvo uno que fuera suyo y de nadie más.

20 junio 2013

La primera vez que somos campeones sin Víctor Mesa


En un principio, a Víctor Mesa teníamos que escucharlo jugar. Los estudiantes de la escuela de El Nicho, en lo alto de las montañas del Escambray, hacíamos un círculo alrededor de un radicieto Taíno. A duras penas aquel pequeño artefacto lograba sintonizar la señal de Radio Rebelde.
Bobby Salamanca describía cada gesto del número 32. Entonces, ya lo había bautizado como la “Explosión Naranja” y narraba con pasión sus carreras en círculos por el jardín central, sus brincos, sus manoteos, sus gritos. Luego, cuando por fin pudimos verlo en un televisor, comprobamos que era tal como lo describía el gran Bobby.
Ese año Villa Clara implantó un récord que aún está vigente en el béisbol cubano: 41 victorias y solo 8 derrotas. La revista Bohemia publicó una foto donde Víctor Mesa llegaba a home con los brazos abiertos, envuelto en una nube de polvo, después de conseguir una de sus estafas más memorables. La recorté y la pegué encima de mi litera.
Luego, en los años 90, fuimos campeones por tres años consecutivos. El héroe indiscutible volvió a ser Víctor, quien convertía cada juego en un espectáculo inolvidable. Desde entonces, a muchos les pareció que esa inteligencia natural de la Explosión Naranja para jugar al béisbol, podía convertirlo en un gran mánager cuando llegara el momento del retiro.
Así fue. Víctor primero dirigió a Villa Clara (hasta que la relación fue insostenible), luego a Matanzas y por último acabó consiguiendo las riendas del Cuba. Justo al mando de esa última escuadra, decidió prescindir de los servicios de Ariel Pestano, el mejor receptor que ha tenido Cuba y viejo compañero de equipo. “Se había acostumbrado a perder”, fue su excusa.
A la final del campeonato nacional llegaron Villa Clara y Matanzas. Un jonrón con bases llenas de Pestano nos devolvió la corona y derrotó una vez más a Víctor Mesa como mánager. “Fue justicia divina”, dijo Ariel, quien le hizo un gesto desafiante a Víctor cuando pasó frente a él, mientras corría las bases y celebraba el batazo.
Es la primera vez que somos campeones sin que Víctor Mesa sea uno de los nuestros, mejor dicho, sin que Víctor Mesa sea el mejor de los nuestros. 

19 junio 2013

La vuelta a Cuba en 16 días


(Introducción al libro La vuelta a Cuba, que Capital Books presentará en septiembre de 2013)

La inmensa mayoría de los textos que aquí se recogen están publicados en mi blog El Fogonero. Ninguno de ellos fue concebido para que resistiera la prueba de la tinta. Su hábitat es una bitácora virtual, donde rehago, corrijo y borro constantemente. Estas son las más recientes versiones, pero no las últimas. Es probable que, si se vuelve a la web, se hallen más cambios y recreaciones. Esa obsesión es ya incorregible.
El mismo día que Diana Sarlabous me propuso que hiciéramos juntos un viaje de regreso a Cuba, decidí llevar un diario. Lo hice tratando de no volver a caer en una trampa. Muchas veces, cuando intento recordar alguna experiencia, los detalles son tan insuficientes que no puedo resolver nada con ellos. Siempre acabo haciéndome la misma pregunta: ¿por qué no hice apuntes?
Me compré un cuaderno Black n’ Red, tijeras y lápices. Pegué en ellas los itinerarios que haríamos, la tabla de distancias y un sinnúmero de claves que nos guiarían durante los trayectos. Cada vez que llegábamos a un hotel, Diana sacaba el cuaderno y me lo ponía delante. Pero nunca funcionó. No escribí casi nada y lo poco que puse apenas tiene relevancia.
Cuba me dejó sin palabras, literalmente. Una vez de regreso en Santo Domingo, se me deshizo el nudo que tenía en la cabeza y comencé a publicar los posts en el blog. Debo confesar que, de no haber sido por las interacciones de muchos amigos y no pocos desconocidos, no habría escrito tanto. Este libro existe por ellos y por Diana, que tiene una manera de dar aliento que no deja cabida al reposo.
Llegamos al aeropuerto de Rancho Boyeros en la tarde del 17 de septiembre de 2011. Nos fuimos de Cuba el 2 de octubre. Entre esas dos fechas ocurrieron la mayoría de las cosas que aquí se cuentan. Al principio advertí que estos textos están sacados de su ambiente original, que es la web. Es probable que el papel aumente sus defectos. Si alguna queja tengo de ellos, es que no alcanzan a traducir la intensidad de todo lo que vivimos.
Mientras estaba en el proceso de copiar y pegar los posts en un archivo de Word, di con otros textos que también encontraron cabida aquí. Me cuesta mucho trabajo respetar la pureza de los géneros, me agobia atenerme a los hechos; prefiero intercambiar formas literarias y subvertir fechas. Eso me ayuda a que las cosas se parezcan más a lo que hubiera querido que fueran.
Cuando era niño, mi padre solía llevarme de vacaciones al Hotel Hanabanilla, en las montañas del Escambray. Hasta allí llegaban unos ómnibus enormes con una gran cartel en el costado: “La vuelta a Cuba”. Mi cara de asombro durante este viaje de regreso, debió parecerse mucho a la de aquellos turistas, que por lo regular eran soviéticos, húngaros o búlgaros. Los lugares me parecieron tan extraños como a ellos.
A Diana se la llevaron de Cuba a los cinco años y no volvió hasta cuatro décadas después (justo unos meses antes de nuestro viaje). Por eso insistía en que le enseñara el país que ella no pudo vivir. Eso me convirtió, sin quererlo, en un guía turístico. Pero no previmos algo y eso nos hizo cometer un error de cálculo. Ninguno de los dos, ni Cuba ni yo, éramos los mismos.
No intentamos conocer ni entender la Cuba actual. Las experiencias que vivimos sucedieron dentro de la ruta que nos habíamos trazado: los amigos más entrañables que quedan en La Habana y los familiares que aún viven en Las Villas y Oriente. Este libro es fruto de esos encuentros y de varios cotejos: nostalgia y presente, pasado y realidad, literatura y olvido.
La ilustración de la portada del libro, realizada por Basic, está basada en una fotografía que hizo Diana Sarlabous de la puerta de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones.

15 junio 2013

"Caribe Deluxe", la poesía de los gestos dominicanos


(Publicado en la columna Como si fuera sábado, dela revista Estilos)

Hace más de cuatro semanas que vi “Caribe Deluxe”, la más reciente obra de Marianela Boán, y todavía me está haciendo pensar. El espectáculo del Proyecto de Danza Contemporánea, como cada obra que he visto de la maestra Boán, en cualquier geografía o circunstancia, me llenó de cuestionamientos y reafirmaciones.
Cuando salí de Bellas Artes, en la noche del estreno, llevaba una especie de euforia por dentro. Había visto sobre el escenario, representadas con gestos, música, luces, ironías, silencios y oscuridades, algunas de las esencias más dramáticas de la República Dominicana contemporánea.
Por eso me llamó tanto la atención la crítica, “Caribe Deluxe, crónica de sol y sucesos”, que Carmen Heredia publicó en el periódico Hoy. Por un momento pensé que Heredia se refería a otro espectáculo. Me costaba trabajo entender cómo fuimos capaces de estar en un mismo sitio, a la misma hora, y sacar conclusiones tan diametralmente opuestas.
La única explicación que le encontré es que tenemos concepciones muy diferentes de lo que es la cultura y para qué sirve producirla. A juzgar por su texto, Heredia quiere que la danza sea un espectáculo que exalte la belleza y complazca al espectador. Yo, en cambio, me niego a entrar a un teatro donde no se me convide a pensar.
“Este ballet hecho por dominicanos, por una compañía nacional, no contribuye a elevar la imagen de nuestro país”, subraya Carmen Heredia. Se equivoca por partida doble. Primero, el ballet no solo fue hecho por dominicanos. En él también participaron cubanos y costarricenses, gracias a eso, puede presumir de una gran riqueza multicultural, algo que tanto se agradece en estos días. Segundo, “elevar la imagen de un país” no es algo que le corresponda al arte.
Creo que Heredia confunde la danza contemporánea con esos espectáculos pueriles que se producen en las piscinas de los hoteles para los turistas. Ese tipo de postales complacientes le corresponden al Ministerio de Turismo, no al de Cultura, que está para apoyar a los creadores y facilitar espacios donde se puedan expresar con libertad.
Donde Carmen Heredia ve “habilidades físicas”, yo veo riqueza expresiva. Donde ella solo advierte “proezas gimnásticas”, yo veo una eficaz teatralidad. Lo que para ella es repetitivo, para mí es una necesaria insistencia. Lo que a ella le resulta “falto de poesía” (sic), para mí es simplemente poesía, construida de una manera honesta, sin artificios ni concesiones.
Durante muchos años, el Teatro Nacional fue una vitrina donde se exhibía, con unas galas insultantes para un país tan pobre, lo que una élite reducidísima reconocía por cultura. Por eso Montserrat Caballé era bienvenida y Fefita la Grande despreciada. Afortunadamente ya eso cambió.
Me contaron que una vez José Antonio Rodríguez, el actual ministro de Cultura, tuvo problemas para entrar a un espectáculo. Había pagado su boleta pero andaba en jeans y tenis. Las apariencias eran más importantes que las esencias. Parecería que es justo eso es lo que quiere la crítico que haga Marianela Boán en “Caribe Deluxe”.
Si a Carmen Heredia le parece violento lo que pasa en el preámbulo de la obra, la convido a que baje los vidrios de su carro en cualquier semáforo de la ciudad. A lo mejor respirar ese aire y mirar el paisaje sin el filtro del papel entintado, le ayudará a entender mejor. Vivimos en el exótico trópico, eso es cierto. Pero somos un país, lleno de tragedias y virtudes, insisto, un país, no una postal para turistas.