En las montañas del Escambray, justo en el punto donde hubo un célebre salto, ahora sólo queda un hotel con vistas a un lago artificial. Todos los que crecimos en Manicaragua, Cumanayagua y los pueblos que hay entre esos dos puntos, tenemos algún recuerdo imborrable del Hotel Hanabanilla. Yo, por ejemplo, aprendí allí dos cosas que, según mi padre, todo hombre debe saber: nadar y remar.
A principios de la década del ochenta se reiniciaron los viajes de turistas norteamericanos a Cuba y muchos de ellos preferían irse al lago Hanabanilla a pescar truchas. Ese hecho llamó la atención de tres jóvenes, más o menos de mi edad, que se sabían de memoria todas las canciones del Hit Parade y querían vivir una vida más libre: Orlando Domínguez de la Coba, Niurka Flores y Diego Lino.
Nadie sabe cómo se les ocurrió irrumpir en el Hotel y tomar a tres turistas como rehenes. Nunca se dijo de qué película aprendieron eso de poner condiciones. Pedían un vía de escape hacia Estados Unidos. Sólo eso. Pero una operación de las tropas especiales frustró su sueño y acabaron condenados a un número de años que para alguien que no ha cumplido los 20 parecen inalcanzables. Busqué sus nombres en Google y sólo Orlandito aparece.
Un reporte de Amnistía Internacional, fechado en 1991, dice que había sido golpeado en la cárcel y que estaba hospitalizado. Traté de hallarlos poniendo distintas combinaciones de palabras, pero no di con ellos. Tampoco se dice nada de aquel suceso. Al parecer nadie ha contado la historia de los asaltantes del hotel Hanabanilla. Orlandito se inyectó keroseno en las venas y perdió un brazo. Luego, ya en el exilio, murió en un absurdo accidente. De Niurka y Diego no he vuelto a saber. Orlandito, el hijo de Tubo de Escape (aquel señor de cuello y corbata que manejaba la guagua de Santa Clara), fue mi primer instructor de teatro, quien me explicó en qué consistía eso de la cuarta pared.
El Hotel Hanabanilla es un apacible lugar con vistas a un lago artificial. Cuando se le ve en las postales, parece un sitio donde nunca ha ocurrido nada. Pero en los años ochenta, mucho antes de que pasara todo lo que ha pasado, sucedió lo que acabo de contar.
P.S. A propósito de este post, Carlos Alberto Montaner me envió desde Madrid un email que reproduzco íntegro. Este es el verdadero final de la historia: Camilo, conocí a Orlando en Madrid. Efectivamente, había perdido un brazo en la cárcel. Para castigarlo, lo esposaron a los barrotes de la celda por el brazo que se salvó. En esa época, a principios de los noventa (si no recuerdo mal) componía canciones. Le pagué un video para que pudiera presentarse como compositor. No guardo copia. Murió accidentalmente. Me contaron que estaba en una fiesta, en un piso alto, y trató de sentarse en el muro. Como tenía poco control del equilibrio, se cayó y murió. Del entierro se ocuparon Gema Corredera y Pavel Urquiza, que por entonces estaban en Madrid. Todo fue muy triste. Un abrazo, CA.