17 mayo 2009

Andrés incompleto

Todo el fin de semana ha estado sonando Andrés. Obras incompletas, recortadas, copiadas y pegadas para armar casi cuatro horas de imágenes paganas, de vértigo y genialidad. En Calle 54, Fernando Trueba admite que no conoce un mejor remedio contra la melancolía que el sonido del saxo de Paquito D’Rivera. Por esa frase revisé el contador de reproducciones de mi iPod.

Es probable que, cada vez que sonó Paquito, yo estuviera tratando de salirle al paso a la melancolía. Ahora no puedo asegurarlo, aunque estoy sí estoy convencido de que para casi todo lo demás, existen las canciones de Andrés Calamaro. Ellos dos son los que más han sonado en los últimos meses y le llevan una ventaja considerable a los que siguen.

Imágenes paganas y Antihéroes son dos DVDs de los que no podré desprenderme en un buen tiempo. “Qué otras cosas pueden comprarse con 50 euros? ─le preguntó Andrés al público cuando anunció el precio del nuevo paquete de obras que, por cierto, fue presentado por Fernando Trueba. Yo no lo sé, ni me importa. A estas alturas del domingo ya recuperé la inversión y estoy teniendo ganancias.

15 mayo 2009

Oda a la guarandinga

A finales de la década del 70 estuve becado en la escuela secundaria de El Nicho, uno de los puntos más intrincados del Escambray cienfueguero. Sólo había dos maneras de llegar hasta allí: en barco, a través del lago Hanabanilla, o en una guarandiga que trepaba por la loma de Los Músicos con un paso tan lento como el del mulo de Lezama por el abismo.
Éramos alrededor de 400 alumnos que permanecíamos cercados por las montañas y el lago. Vivíamos dentro de unas naves prefabricadas de madera y fibrocemento. No teníamos ni televisión ni radio. A diario recibíamos muy pocas señales del mundo exterior: el sonido de un avión que atravesaba el cielo por las tardes, el martilleo de los barcos que trasegaban por el lago y el ruido ensordecedor de la guarandinga.
Su interior tenía muy poca ventilación y casi siempre olía a vómito, pero nada de eso nos importó nunca; porque gracias a la guarandinga podíamos bajar a Cumanayagua y tomar el tren para el Paradero de Camarones. Desapareció sin penas ni glorias, pero aquel artefacto, armado con un Zil de Guerra y un pedazo de guagua, nos desvolvía una felicidad incalculable cuando desataba sus estruendos y se lanzaba loma abajo.

13 mayo 2009

Trapitos sucios

Casi todos los escritores cubanos que han decidido decir lo que realmente piensan de la dictadura, han sido blancos de cobardes ataques. Entre las miserias perpetradas contra ellos, hay una que se repite como una constante: los trapitos sucios. Manuel Díaz Martínez, Jesús Díaz, Raúl Rivero, Jorge Luis Arcos y Ángel Santiesteban, entre muchos otros, han sido víctimas de ese juego sucio del régimen y sus comisarios.
El vehículo predilecto para cometer la fechoría, hasta ahora, ha sido La Jiribilla, un órgano donde los “talibanes” más fundamentalistas ha encontrado un servidor con una capacidad inagotable, tanto en terabytes como en infamia. En esa web volvieron a publicar recientemente unas fotos donde se ve a Jorge Luis Arcos participando en actividades de la UNEAC. Admito que, al menos en este caso, sigo sin entender el “chiste”.
Por más que he tratado de seguir su burda lógica, no logro captar la ironía. Aun así, gracias a esa lamentable publicación contra Yoyi Arcos, reconstruí en mi cabeza todos aquellos años que trabajamos puerta con puerta. Él era director de la revista Unión y yo redactor de La Gaceta de Cuba. Una vez, no recuerdo por qué razón, los equipos de La Gaceta y Unión fuimos convocados a casa de Graziella Pogolotti.
Asistimos todos: Norberto Codina, Arturo Arango, Enrique Saínz, Yoyi y yo. No olvido que llovía a cántaros y que nos bebimos al menos dos botellas de ron de contrabando. En algún momento de la conversación, donde supongo que planificábamos los próximos números de las revistas, Graziella mencionó a Fidel Castro. Desinhibido ya por los efectos de aquel alcohol mal destilado, Yoyi se puso de pie y salió al balcón.
En lugar de dirigirse a nosotros, gritó hacia la Plaza de la Revolución (que quedaba en línea recta, subiendo por la calle Paseo): “¡Fidel Castro es un asesino, Graziella, Fidel Castro es un asesino!”. Sólo pudo repetirlo dos veces, porque Norberto Codina le cayó encima y logró taparle la boca. Puestos a sacar trapitos, rescato este, cuyo recuerdo mantengo límpido.

09 mayo 2009

El largo regreso a casa

Mi padre tenía un Dodge 1500. Era amarillo. El número 8 de la flota de taxis de la base de Manicaragua. Solía pasar mis vacaciones con él, era una especie de copiloto. Cuando iban más de dos pasajeros, me sentaba a su lado, sobre un banquito que él mismo hizo con los restos de un sillón de majagua que el comején había devastado. 
Un día estábamos en la piquera del hospital y llegó un señor muy viejo con una tristeza enorme. No tenía dientes ni fuerza, pero a juzgar por su tamaño se deducía que había sido corpulento alguna vez. “¿Me puede llevar a La Felicidad?”, preguntó cabizbajo. Mi padre le dijo el precio del viaje y él asintió sin levantar la vista. Cuando llegamos a la Loma del Sijú empezó a llorar. 
A principios de los años 60, en el Escambray, una cordillera que hay en el centro de Cuba, hubo una guerra civil. Antiguos revolucionarios, terratenientes y opositores al socialismo se levantaron en armas. Fidel Castro bautizó aquel suceso como “lucha contra bandidos” y los campesinos de la zona que apoyaron a los alzados fueron reconcentrados en el extremo occidental de la isla. 
Sandino, un lugar que no existía, se convirtió en el pueblo fantasma donde vivieron su forzado destierro todas aquellas familias. A su alrededor sólo había mangle y el fin de una península donde también se acaban el golfo de México y el mar Caribe. El hombre cabizbajo venía de Sandino. Veinte años después, regresaba a su lugar en el mundo. 
Cuando llegamos le dio a mi padre un billete de 20 pesos (que en aquel entonces era muchísimo dinero) y dijo que no le devolviera nada. Hacía mucho frío y acababa de llover. Mi padre dobló en "u" y el Dodge 1500 emprendió el descenso hacia Manicaragua por aquella carretera llena de abismos. Miré hacia atrás y el hombre sin dientes seguía sin moverse. Doblado sobre sí mismo, lloraba como un niño. 
Me resultó extraño que alguien se comportara de ese modo, justo en un lugar llamado La Felicidad.

08 mayo 2009

El “planeta bolivariano” destierra al Principito

Una vez le oí decir a Roberto Fernández Retamar que ningún libro merecía ser quemado. “Ni siquiera Mein Kampf, de Adolfo Hitler”, enfatizó. Esa convicción del autor de Calibán nunca fue escuchada en Cuba, donde libros de importantes poetas de la isla fueron convertidos en pulpa antes de llegar a las librerías.
La revolución de Chávez, que ha imitado a la de Fidel en todo, ya ha comenzado a quemar libros. El Nuevo Herald publica hoy un reportaje de Casto Ocando donde se relacionan los títulos de algunos de los libros que ha sido retirados de las bibliotecas venezolanas porque “promueven los valores del capitalismo y la sociedad de consumo”.
“En el más reciente frente de lucha de la revolución bolivariana, la principal amenaza no proviene de oscuras conspiraciones urdidas por la oposición ni de curtidos mercenarios de la CIA que buscan derribar al jefe de Estado, sino de las ideas de autores tan variados como el venezolano Arturo Uslar Pietri, el francés Antoine de Saint-Exupery, el británico Alfred Hitchcock o el ex presidente de Venezuela Rómulo Betancourt”, dice Casto Ocando.
Más de 60,000 volúmenes ya han sido retirados de las bibliotecas públicas venezolanas por razones “ideológicas”. Algunos fueron convertidos en pulpa de papel y otros fueron a parar a la hoguera. En la lista de los segundos, aparece el célebre personaje de Saint-Exupery. “Sólo se conocen bien las cosas que se domestican”. Por frases como esa el Principito fue condenado al destierro en el “planeta bolivariano”.

06 mayo 2009

Los asaltantes del Hotel Hanabanilla

En las montañas del Escambray, justo en el punto donde hubo un célebre salto, ahora sólo queda un hotel con vistas a un lago artificial. Todos los que crecimos en Manicaragua, Cumanayagua y los pueblos que hay entre esos dos puntos, tenemos algún recuerdo imborrable del Hotel Hanabanilla. Yo, por ejemplo, aprendí allí dos cosas que, según mi padre, todo hombre debe saber: nadar y remar.
A principios de la década del ochenta se reiniciaron los viajes de turistas norteamericanos a Cuba y muchos de ellos preferían irse al lago Hanabanilla a pescar truchas. Ese hecho llamó la atención de tres jóvenes, más o menos de mi edad, que se sabían de memoria todas las canciones del Hit Parade y querían vivir una vida más libre: Orlando Domínguez de la Coba, Niurka Flores y Diego Lino.
Nadie sabe cómo se les ocurrió irrumpir en el Hotel y tomar a tres turistas como rehenes. Nunca se dijo de qué película aprendieron eso de poner condiciones. Pedían un vía de escape hacia Estados Unidos. Sólo eso. Pero una operación de las tropas especiales frustró su sueño y acabaron condenados a un número de años que para alguien que no ha cumplido los 20 parecen inalcanzables. Busqué sus nombres en Google y sólo Orlandito aparece.
Un reporte de Amnistía Internacional, fechado en 1991, dice que había sido golpeado en la cárcel y que estaba hospitalizado. Traté de hallarlos poniendo distintas combinaciones de palabras, pero no di con ellos. Tampoco se dice nada de aquel suceso. Al parecer nadie ha contado la historia de los asaltantes del hotel Hanabanilla. Orlandito se inyectó keroseno en las venas y perdió un brazo. Luego, ya en el exilio, murió en un absurdo accidente. De Niurka y Diego no he vuelto a saber. Orlandito, el hijo de Tubo de Escape (aquel señor de cuello y corbata que manejaba la guagua de Santa Clara), fue mi primer instructor de teatro, quien me explicó en qué consistía eso de la cuarta pared.
El Hotel Hanabanilla es un apacible lugar con vistas a un lago artificial. Cuando se le ve en las postales, parece un sitio donde nunca ha ocurrido nada. Pero en los años ochenta, mucho antes de que pasara todo lo que ha pasado, sucedió lo que acabo de contar.

P.S. A propósito de este post, Carlos Alberto Montaner me envió desde Madrid un email que reproduzco íntegro. Este es el verdadero final de la historia: Camilo, conocí a Orlando en Madrid. Efectivamente, había perdido un brazo en la cárcel. Para castigarlo, lo esposaron a los barrotes de la celda por el brazo que se salvó. En esa época, a principios de los noventa (si no recuerdo mal) componía canciones. Le pagué un video para que pudiera presentarse como compositor. No guardo copia. Murió accidentalmente. Me contaron que estaba en una fiesta, en un piso alto, y trató de sentarse en el muro. Como tenía poco control del equilibrio, se cayó y murió. Del entierro se ocuparon Gema Corredera y Pavel Urquiza, que por entonces estaban en Madrid. Todo fue muy triste. Un abrazo, CA.

Incomunicados

El gobierno de Cuba acaba de tomar una nueva medida para mantener a sus ciudadanos aún más incomunicados con el mundo exterior. Una resolución le prohíbe ahora a los cubanos residentes en la isla acceder a Internet en los hoteles, que era hasta hace poco una de las pocas vías que tenían para hacerlo.
Según una empleada del centro de negocios del Hotel Meliá Cohíba que fue contactada por Cubaencuentro, “el sistema ha cambiado. Ahora las tarjetas sólo se venden a extranjeros, porque hay que tomarles los datos del pasaporte”. Claudia Cadelo, autora del blog Octavo Cerco, confirmó también que las tarjetas de conexión “ya no las venden a los cubanos”.
En Generación Y, Yoani Sánchez acaba de anunciar una nueva herramienta de comunicación para burlar la extrema vigilancia del régimen al acceso a Internet: “Entre varios amigos hemos comenzado un diminuto servicio de información a través de SMS. Una noticia, no mencionada por los medios oficiales, es enviada a través del móvil a un grupo de personas que a su vez la reenvían a otras”, dice Yoani.
La autora de Generación Y reconoce que el alcance de ese pequeño newsletter puede ser muy reducido, teniendo en cuenta el número de cubanos que tiene acceso a la telefonía celular, pero dos párrafos más abajo, con una sola frase, justifica todos los esfuerzos y riesgos: “Ese pequeño accesorio colgado a la cadera, bien podría llegar a ser todos los periódicos que nos faltan en los estanquillos”.
En su carta a Pete Seeger, Silvio Rodríguez admite que su país es sin dudas “mejorable”. Antes, en otro texto tan poético como la misiva, había admitido que era “perfectible”. Pues bien, aquí tiene el trovador una magnifica oportunidad para hacer que las cosas empiecen a mejorar y a perfeccionarse. Si Silvio se pronunciara a favor de que todos los cubanos tengan derecho a disfrutar, como él, del libre acceso a Internet, le haría un gran bien a miles y miles de compatriotas suyos.
Ellos lo necesitan tanto como él, no ya para escribirle un candoroso email a un amigo del Norte, sino para contactar a sus seres queridos que andan desperdigados por todo el mundo y a los que no pueden ver por culpa de todas las prohibiciones al que el gobierno cubano los somete. A veces no hay que ir tan lejos para reparar un sueño, sobre todo ahora, que los relojes de la patria tienen tantos años de atraso.

05 mayo 2009

Las cartas que no llegan

Dos cartas, escritas por dos figuras muy relevantes de la música cubana, abordan las dos orillas de una tragedia: la barrera de intolerancia que demarca las aguas territoriales de su isla. La primera, enviada desde afuera hacia adentro, y la segunda, desde adentro hacia afuera, contienen ideales muy parecidos, aunque en el fondo estén escritas con intenciones muy diferentes.
El pasado 22 de abril, Willy Chirino depositó en la Sección de Intereses de Cuba en Washington una misiva dirigida a Raúl Castro. El célebre salsero, que goza de una gran popularidad dentro de Cuba, le pide al mandatario que autorice la difusión de su próximo concierto, a través de una señal satelital, en una pantalla gigante que se instalaría en el malecón de La Habana.
“Quisiera compartir mi concierto del 6 de junio que se llevará a cabo aquí, en el American Airlines Arena, con mi público de la Isla (...). El acceso al lugar debe ser sin costo alguno o restricciones para todo aquel cubano que quiera asistir”, le dice Chirino al General de Ejército, comprometiéndose, además, a correr con todos los gastos que implique ese hecho cultural.
Once días después, el 3 de mayo, Silvio Rodríguez le escribió a Pete Seeger, para anunciarle que no podrá asistir a un concierto homenaje que se le dedicó al músico norteamericano. “Traté de volver a estar contigo hoy, pero, como bien sabes, no me dejaron llegar los que no quieren que los Estados Unidos y Cuba se junten, se canten, se hablen, se entiendan”, le dice Rodríguez a Seeger.
En el siguiente párrafo, el autor de “Yo te quiero libre” asegura que “son los que piensan que el mundo se divide en poderosos y en débiles; los que sólo aprecian a los que son ricos y fuertes. Son los que no nos perdonan que aún siendo pequeños hayamos decidido vivir de pie. La realidad grita que cada vez deben ser menos estos brutos, pero de alguna forma esa minoría todavía impera y manda”. Las dos historias se parecen bastante, sólo hay una pequeña diferencia.
Silvio Rodríguez está queriendo viajar a un país que no es el suyo, mientras que Willy Chirino, consciente ya de que no le permitirán regresar a su patria, al menos pide que su obra, que es patrimonio de todos los cubanos, sea compartida con ellos en libertad. Hasta donde sé, Willy Chirino nunca ha incursionado en la política. Él simplemente ha cantado todo lo que quiere para su patria y muchas de esas tonadas se han convertido en verdaderos himnos, tanto dentro como fuera de la isla.
En los noventa, durante los años más críticos del Periodo Especial, “Ya viene llegando” alimentó tanto a los cubanos como las viandas de contrabando. Silvio Rodríguez, que es probablemente el artista más universal de la cultura cubana en los últimos 50 años, sí ha tenido la oportunidad de legislar. Fue diputado en la Parlamento y delegado a un cónclave del Partido Comunista de Cuba, al que le cantó y definió como un “congreso de lo unido”.
Sin embargo, ninguna acción suya en esas instancias estuvo encaminada a lograr que los cubanos tuvieran derecho a volver a su patria cada vez que lo quisieran. En su carta a Seeger, Rodríguez le dice que algunos “vieron un peligro en que nos encontráramos y que un simple acto de fraternidad simbolizara a dos pueblos vecinos que pueden coincidir en canciones y afectos”. Esas mismas palabras suyas sirven para definir cuan brutal y necia resulta la prohibición a Chirino, quien es, por demás, su compatriota.

(El poeta cubano Emilio García Montiel ha escrito una tercera carta que, aunque está dirigida a Silvio Rodríguez, ha hecho pública en el blog Evidencias Cubanas de Verónica Cervera. En unos pocos párrafos Emilito logra decir todo lo que hay que decir al respecto).

01 mayo 2009

Rojo Aseptil

De niño padecía de la garganta. Muchas madrugadas mi abuela Atlántida tuvo que salir corriendo conmigo, en la máquina de Pepe el Sordo, para el policlínico de San Fernando de Camarones. Yo iba tiritando de la fiebre, mi abuela rezando y Pepe el Sordo cagándose en Dios por aquella neblina infranqueable que siempre nos esperaba en La Chirigota.
Como un fantasma, el tren de caña del central Espartaco nos salía al paso y se perdía otra vez entre el humo de los cañaverales incendiados en la noche. Siempre que pienso en aquellos episodios, la boca se me llena del sabor del Rojo Aseptil. Luego, en la medida en que mi afección se fue haciendo crónica, la doctora sustituyó el remedio por uno más tajante: toques yodados. Era una fórmula que preparaban allí mismo y que me anestesiaba las amígdalas por horas.
La última vez que fui a la estación de Camarones, en el botiquín de mi madre todavía sobrevivían un pomito de Rojo Aseptil y otro de toques yodados. Junto a ellos, ya sin fechas de vencimiento, se apilaba el viejo kit de primeros auxilios de Atlántida: Merthiolate, Poción Jacoud, Alcohol Boricado, Aceite de Hígado de Bacalao, Elixir Paregórico, Azul de Metileno, Yodotánico y Anís Estrellado.
Ahora está contraindicado, pero el sabor del Rojo Aseptil es uno de mis mejores recuerdos. Porque eso quiere decir que no fui a la escuela, que Atlántida me compró algún libro en la piquera de San Fernando, que me lancé por la canal del parque infantil Camilo Cienfuegos y que oí a Pepe el Sordo cargarse en Dios a gritos, como si de verdad quisiera que él lo escuchara.