La noche estaba nublada y no hubo Luna sobre el Jaragua, pero el saxofón de Paquito D’Rivera ofreció toda la claridad que allí hacía falta. Estoy entre los que dejó un asiento vacío en el Teatro Nacional. Tuve que elegir entre un ser de este mundo y alguien que regresa de la posteridad para seguir siendo contemporáneo, indispensable. Esa fue mi excusa. Para Pedro Guerra siempre habrá tiempo. A diferencia de Drexler o Calamaro, que permanecen inagotables, al canario ya le empieza a pesar el tiempo. Oír sus últimos discos es como caminar en círculos, visitando y revisitando las mismas ideas y los mismos sonidos.
Paquito D’Rivera en cambio, aunque ya está blanco en canas, sigue siendo el niño prodigio que llegó a convertirse en uno de los más importantes saxofonistas de la historia del jazz. Apenas unos segundos lo justifican todo: cuando el piano barroco de Bach se fusionó con el pambiche de una tambora cibaeña. La opción era Paquito, claro que era Paquito.




