30 marzo 2019

Yo también soy serrano

Desde la ventana de la cocina de mi casa, cuando no estaba pasando un tren, se veían las lomas del Escambray. De noche, mi abuela señalaba las luces que se distinguían como un mapa: “Aquella amarilla que parpadea es El Mamey. Las de más acá, Crucecitas. Aquel resplandor es el Salto del Habanilla…”, decía.
A los 11 años, cuando terminé la primaria en la escuela rural Conrado Benítez, me subieron a un ómnibus escolar junto a El Chiqui, Miriam, Aldo, María Isabel, El Negro, Osley, Yayo, Rita y Diego. Nos enviaban a un ESBEC en El Nicho, un intrincado pueblo al que se llegaba en lancha a través del lago Hanabanilla.
Así es que fui a parar al mapa de luces de Atlántida, estaba en uno de los puntos que ella señalaba. Desde entonces las montañas son parte de mi vida y de mi manera de ser. Aunque me crié en el llano, tengo un lado intrincado, que prefiere el frío, la humedad y la neblina.
Hoy, mientras leía el libro La sierra,editado por Frank Moya Pons (Banco Popular, 2017), sobre la naturaleza y la sociedad de la Cordillera Central dominicana, hice un recuento interior de mi relación con las montañas y mi fascinación por el Cibao y su gente.
En la Loma de Thoreau, donde Diana Sarlabous y yo nos hemos sembrado con la intención de ser felices, hacer lo que nos gusta y esperar la vejez, he vuelto a ser el niño que atravesaba un lago rodeado de montañas par sembrar café, mitigarel hambre con frutos de guamo y escaparse al río con sus compañeros de aula.
Antiguamente, a los cibaeños que vivían en lo más intrincado de la Cordillera les llamaban, despectivamente, serranos. Hoy en estas lomas, después de quedarse casi vacías y deforestadas, la población de campesinos y de árboles crece. Me llena de orgullo ser parte de ese entorno.
Estoy otra vez entre las luces que se ven parpadear cuando se mira desde el llano. “Yo también soy serrano”, pensé mientras me tomaba el primer café de la fría mañana, rodeado de neblina.

La neblina

No es cierto que esta casa
sea nuestra,
ni que todos esos árboles
(que sembramos
para que nos acompañen
en la vejez)
nos pertenezcan.
Al final 
no podremos 
quedarnos con nada.
Ni la vieja lámpara
de keroseno
que fue de mi abuelo,
ni los santos de palo
que trajiste
de Guatemala,
ni los calderos
que tanto cuidas
para que duren siempre.
Todo es suyo.
Acabará apropiándose
de cosa que hay
a nuestro alrededor.
El día que tú y yo
no estemos,
ella llegará igual 
que hoy.
En silencio,
sin que nadie
lo advierta,
se colará 
entre las ramas,
por las ventanas 
y las puertas.
Aprovechará 
cada resquicio
para establecer 
su dominio.
Entonces será
ella quien le dé
de beber a las aves
y cierre
en la noche
por si llega 
la lluvia de pronto.
Al final 
no podremos
quedarnos con nada.
Aunque, eso sí,
vamos a dejarlo todo
en las mejores manos.

27 marzo 2019

Carlos y Camila en la Tegucigalpa del Caribe

El Príncipe Carlos de Inglaterra y su esposa Camila, duquesa de Cornualles, atravesaron El Vedado en un viejo descapotable. Si se mira a grandes rasgos, la escena es tan ridícula que produce risa. Parece una de aquellas crónicas que René Méndez Capote, la cubanita que nació con el siglo, bordaba con inigualable sarcasmo. 
Cuando se repara en los detalles, sin embargo, se descubre la impostura. Un cordón de agentes disfrazados de paisanos media entre la nobleza británica y la chusma habanera. En el escudo policial, se distinguen con facilidad los agentes del Reino Unido de los cubanos. Renée se hubiera dado gusto destacando las diferencias.
A Carlos y Camila les costó trabajo salir del auténtico Morris Garages (los MG actuales se fabrican en China). La edad les pesa, el entorno los desencaja. Todo parece de utilería, incluso la ropa que llevan puesta. Así llegaron a 17 y 6, ese parque hueco (está lleno de túneles para “resistir al enemigo”) donde se exhibe una estatua de John Lennon.
Para la ocasión, al autor de “Imagine” le pusieron las gafas (si no se las quitaron en cuanto se acabó el acto, ya se las deben haber robado). A través de ellas, mira a los dos personajes que se le han sentado al lado. Parece un sketch de San Nicolás del Peladero. ¿O es que La Habana ya es un pueblo de Carballido Rey?
“Desde que se quemó El Encanto, La Habana parece una ciudad de provincia —dice Sergio, el personaje de Memorias del subdesarrollo, mientras camina por una realidad donde ya no encuentra sitio—. Pensar que antes la llamaban el París del Caribe. Al menos así le decían los turistas y las putas. Ahora más bien parece una Tegucigalpa del Caribe”.
La escena es tan ridícula que produce risa, hasta que se descubre a los habaneros al fondo, mirando a través del cordón policial.  San Nicolás del Peladero. Una ciudad de provincia. La Tegucigalpa del Caribe. Una escenografía de cartón para el príncipe de Inglaterra, la duquesa de Cornualles, los turistas y las putas.

26 marzo 2019

Serafín Venegas Nodal

Cuando camino por el campo
o doy vueltas en la casa,
no reconozco mis sombras.
Sobre la hierba o en las paredes,
como una mancha
a punto de borrarse,
es a mi padre a quien veo.
Son suyos los gestos
que proyecto,
mi silueta 
ya no se parece
a mí sino a él.
Cada día que pasa
me sigo distanciando
de lo que fui
y me asemejo más
al hombre 
de cincuenta y pico
que tantas veces contradije.
Prefiero sus canciones
a las que trataba 
de sembrarle,
repito sus frases
cada vez que reniego 
de las mías,
reproduzco su tono de voz
cuando el que tengo
me parece insuficiente.
Por más que me esfuerzo,
no logro reconstruir
con todos los detalles
que quisiera
cada cosa 
que me enseñó,
lo que quiso
que no olvidara
por nada del mundo.

No sé hacer nudos
como un marino,
no podría cazar 
un pez
con un arpón.
Nada sé, en esencia,
de la Cuba que él vivió
y a mí me fue negada.
Sobre la hierba o en las paredes,
como una mancha
a punto de borrarse,
mi padre se proyecta
en el lugar
que debe ocupar mi sombra.
Esa es su huella, 
el pago de mi deuda.

24 marzo 2019

La flor de la carolina

De aquel mundo
que creías tuyo
para siempre,
solo ella
sobrevive.
Todo lo demás
se apagó:
La llama
de las canciones
que gritabas
a coro,
la enorme noche
que esperaba
por ti
en la estación
terminal,
el teatro
donde un viejo
se ponía a mirar
por un telescopio
después 
de advertirte
el precio
que te harían
pagar los héroes...
No pudiste salvar
ni siquiera
la indispensable 
fluorescencia
que caía
sobre
la vieja Underwood
donde escribiste
tus primeros poemas.

Todo se apagó.
Solo la flor
de la carolina
se mantuvo
encendida
hasta nuestros días.

21 marzo 2019

Nunca supieron el peligro que corrían

Mi abuelo Aurelio Yero fue el jefe de estación del Paradero de Camarones hasta marzo de 1974. Tenía 66 años cuando se jubiló. De no haber sido por aquel tren cargado con posturas de naranjas para el Plan Cítrico de Cumanayagua, podía haber trabajado algunos años más.
—Yero, yo le aseguro que nosotros llegamos antes que el tren de viajeros —le dijo el conductor desde la ventana de la oficina—. Márquenos el cruce en San Fernando.
—No —insistió mi abuelo— el cruce es en Malezas. 
—Mire todo el tiempo que tenemos para llegar a San Fernando —dijo el conductor señalando el enorme reloj de pared.
—No —repitió mi abuelo— el cruce es en Malezas. 
Terminó de redactar la vía, se la entregó a la tripulación y les dio la salida. Desde su mesa, oyó a la locomotora resoplar en la boca del ramal. Mientras se levantaba para asegurarse de que la principal ya estaba libre, clavó la copia de la Orden de Vía en un gancho que tenía justo en frente.
En lugar de salir al andén, se desplomó sobre el asiento con las manos en la cabeza. Siempre se refirió a esos segundos como los más largos de su vida. El tren de viajeros ya había salido de Cumanayagua y la estación de San Fernando estaba incomunicada por una avería.
El Curro, el viejo chuchero de Malezas, estaba casi sordo. Rara vez escuchaba el timbre del teléfono. Ese día, sin embargo, respondió al segundo timbrazo. 
—Qué hubo, Yero —se le oyó decir en medio de todos los ruidos de la línea.
—¡Cambia el chucho, Curro, cambia el chucho!
—¿Qué?
—¡Que cambies el cucho!
—¿Quéee?
—¡Cambiaaa el chuchooo!
—Aaahhh… —dijo cuando por fin entendió—. ¡All righ!
Los viajeros que miraban al apacible caserío por las ventanillas, nunca supieron el peligro que corrían. Solo vieron a un tren cargado de posturas de naranjas desviarse a toda velocidad hacia el chucho de caña. Esa misma semana mi abuelo mandó a buscar a todos sus hijos y los sentó frente a él.
—Me voy a jubilar —dijo mientras bajaba la cabeza.
—Papá, tú todavía estás joven —le dijo mi tío Aldo—. El ferrocarril es tu vida.
—Me voy a jubilar —dijo sin subir la cabeza.
—Papá, tú todavía estás joven —repitieron Cary, Titita y Lérida a la vez.
—Tuve un conato de choque.
Por la insistencia del conductor del tren cargado con posturas de naranjas, se confundió y puso en la vía que el cruce era en San Fernando. Aunque nadie reportó el incidente, no se volvió a sentar en la mesa. Hasta que murió, en 1987, siguió dando vías imaginarias desde el andén a todos los trenes que pasaban. Pero nunca más escribió una.

19 marzo 2019

Mi orgullo y mi nostalgia también se fueron de Cuba

No hace tanto, Miguel Díaz-Canel se refirió a los cubanos que vivimos en el exilio y disentimos del régimen que él encabeza. Nos llamó “mal nacidos por error en Cuba”. Ahora le ha pedido al Ministerio de Relaciones Exteriores que no desconozca “a los muchos cubanos que viven en el exterior orgullosos y nostálgicos de su patria”.
La primera vez me sentí más aludido que en la segunda. Hace muchos años asumí las consecuencias de dejar por escrito mi oposición a una dictadura que arruinó a la nación cubana económica, civil y moralmente. Enfrenté las presiones de enviados y simpatizantes, pagué por los temores de quienes me empleaban. 
Según Díaz-Canel, la política migratoria de su régimen debe convidar a todos los cubanos “a contribuir al desarrollo y la defensa de la patria hasta donde cada uno pueda. No tenemos que coincidir en todo, pero podemos sumarnos”. ¿Cómo se puede lograr eso con infames habilitaciones y repatriaciones?
Además de condicionar el regreso y la permanencia en nuestro propio país, el régimen se ampara en disposiciones leoninas para que los exiliados cubanos paguemos el mayor precio posible por nuestra decisión de vivir en un mundo libre.
Desde 2006, año que escribí el primer post de El Fogonero, reconstruyo con ideas, metáforas, dudas, aciertos y errores el lugar al que creo pertenecer. Ya no puedo señalarlo en un mapa, no podría precisar sus límites, solo puedo asegurar que soy plenamente libre en él.
Al país en el que nací y crecí ya solo puedo volver a través de los recuerdos, las palabras y algunos seres queridos. Mi orgullo y mi nostalgia también se fueron de Cuba.

No olvides que Celia Cruz nunca pudo volver a Cuba

La historia de Cuba ya no se basa en hechos sino en omisiones. La obsesión de la dictadura por contar las cosas a su manera y el desprecio del cubano por la memoria, han permitido que el relato oficial se impusiera a punta de tergiversaciones, exclusiones y falsedades. 
Cubadebate entrevistó recientemente a Haila. Aunque el motivo del diálogo era un concurso de canto donde la popular intérprete es parte del jurado, la conversación no pudo evitar la política. “Yo soy libre de viajar a donde quiera a cantar, a cocinar, a vacacionar, a pasear, a comprar”, aseguró Haila.
La “Diva del Pueblo”, como la llaman en la Isla, se refería a las críticas que recibió por haber ido a Miami a celebrar su cumpleaños. Una lectora, Damarys Ortega, escribió un comentario que fue leído por la entrevistadora: “Haila, ríete bastante, que eso le duele a la gusanera. Paséate por Miami que eso les duele más”.
Haila, por su puesto, río, bastante, casi a carcajadas. “Nadie tiene el derecho de poner un obstáculo para que un artista no vaya a una ciudad o país”, aseguró. ¿Acaso ella desconoce que Cuba nunca permitió que Celia Cruz, la más universal intérprete de su música, volviera a Pinar del Río a reencontrarse con su familia?
Tras la decisión del gobierno de Estados Unidos de reducir de 5 años a 3 meses la visa B2 que otorga a ciudadanos cubanos, el Ministerio de Relaciones Exteriores de Cuba aseguró que eso “constituye un obstáculo adicional al ejercicio del derecho de los ciudadanos cubanos de visitar a sus familiares en ese país”.
De la manera más descarada, el Ministerio de Relaciones Exteriores le exige a Estados Unidos que le garantice a los cubanos derechos que en Cuba se les niegan.  Una vez más, la dictadura vira la tortilla y usa a sus desmemoriados ciudadanos para fabricar su relato oficial.
“Lo importante es que yo me río, me divierto y la paso de maravilla”, advirtió Haila en la entrevista que le hizo Cubadebate. Ese es el punto donde la frivolidad se convierte en complicidad. Con su desprecio por la memoria, la “Diva del Pueblo” contribuyó a que la historia de Cuba se siga basando en omisiones.
Y lo peor es que ella de verdad se cree libre. Por eso ríe, bastante, casi a carcajadas.