12 julio 2021

11 de julio de 2021


La inmensa mayoría de los cubanos que se lanzaron a las calles ayer, no habían nacido cuando se cayó el Muro de Berlín. No conocieron la épica de la revolución, ni los años de bonanza por los subsidios soviéticos. Las canciones del Silvio para ellos hablan de un pasado remoto, como las de Compay Segundo.
Les tocó nacer en un país en ruinas y se criaron en la precariedad. Pero, a diferencia de sus padres, no están dispuestos a ser sobrevivientes por el resto de sus vidas. Quieren un futuro, tanto para ellos como para sus hijos. Por eso, tarde o temprano, ese estallido contra el inmovilismo acabaría ocurriendo. 
Los gritos de libertad llegaron por San Antonio de los Baños y se extendieron a toda la isla de manera espontánea. No hubo un líder, nadie dio una sola orden. La falta de esperanza los acabó esperanzando a todos. La dictadura ya había perdido los símbolos, ayer perdió al pueblo.

¡Viva Cuba libre!


A Miguel Díaz-Canel ya solo se le puede llamar dictador. Ayer, en un acto de desesperada cobardía, llamó a los cubanos a pelear contra los cubanos. La revolución que cacareaba el ideal martiano "con todos y para el bien de todos", reconoció públicamente que no es más que un régimen opresor.
Mi mayor admiración por cada compatriota que se manifestó ayer contra "esa plaga infernal de gobernantes indeseables y de tiranos insaciables que a Cuba han hundido en el mal". Toda mi solidaridad con los que fueron brutalmente reprimidos. 
Ayer también se demostró que ellos siguen teniendo las armas y los esbirros, pero ya perdieron al pueblo "que sumido en su dolor se siente herido". Por primera vez una mayoría de cubanos salió a las calles a manifestarse contra el régimen y a gritar lo que habían sido obligados a callar por más de 60 años.
El 11 de julio de 2021 ya está escrito en la historia de Cuba con las mismas letras que el 10 de octubre de 1868. Miles de cubanos se liberaron ayer de la esclavitud. Es el principio de fin de una dictadura que solo ha sabido parasitar, destruir y oprimir. ¡Viva Cuba libre!

10 julio 2021

¡Han vuelto las manzanas!


Hace 18 años un querido amigo que aún vive en Cuba estuvo de visita en Santo Domingo. Entonces yo laboraba de editor en un diario y él, con asombro, me preguntó para qué un país donde no pasa nada necesitaba periódicos de 80 páginas. Se me ocurrieron tantas respuestas que me quedé callado.

Apenas habíamos estado dos años sin vernos y ya no lográbamos ser los mismos. Cualquier tema de conversación se convertía en un ladrillo más sobre el muro que, sin saberlo, habíamos estado levantando entre nosotros. Cuando me vio tan estresado por pagar las cuentas, me recordó que antes jamás me preocupaba por eso.

Era las vacas gordas del chavismo y el ALBA. En el stand de Cuba en la Feria del Libro, había tantas fotos de Hugo como de Fidel. Cuando le dije que estaba buscando un patrocinio para publicar un librito de poemas, me restregó que “allá a cada provincia le asignaron una imprenta y un triciclo Piaggio”.

Además, estaban pintando toda La Habana, habían llegado más de cien locomotoras de China (“¡A ti que te gustan tanto los trenes”), una nueva carretera acortaría la distancia entre Cienfuegos y La Habana, los cubanos ya podíamos ir a los hoteles, a Varadero se entra sin problemas…

Cada cosa que dijo me hizo sentir mal (a veces horriblemente mal). Lo único que quería, me dijo, era un par de botas Timberland. Lo llevé a la tienda y se las regalé (yo no tenía unas así en aquel entonces, todavía no me podía dar el lujo de elegir una marca en específico). Pagué con la tarjeta de crédito.

“El capitalismo es deuda”, subrayó. De regreso a casa pasamos por un supermercado a comprar un churrasco. Quería hacerle una parrillada en mi BBQ de entonces, que era el más enclenque del mercado. “¿Quieres manzanas?”, le pregunté. “Nooo… ¡Han vuelto las manzanas, siempre tengo en casa!”.

Hoy leí que había escrito el hasgtag #SOSCuba en Twitter y sentí un triste alivio por dentro. Aunque me duele mucho, muchísimo, la terrible situación que él y todos mis compatriotas están pasando; me alegra que mi hija no esté allí, haber pedido auxilio 20 años atrás.

Las dos horas y 15 minutos en que el tiempo se detuvo


(Fragmento de la novela Atlántida)

Todas las mañanas, después de abrir las dos puertas del salón de espera y las dos ventanas de la oficina, Aurelio se toma un tiempo en darle cuerda al reloj de la estación. Lo trata con mucho cuidado, como si su vieja armazón de madera o su fino cristal pudieran deshacérsele entre las manos.

Durante las ocho horas que se mantiene atento a los teléfonos y al movimiento de los trenes, mira incontables veces la esfera para comprobar la hora exacta. Al oír que alguien desde otra estación da el paso de un tren, él lo contrasta con las enormes manecillas que tiene delante.

El reloj es el más grande del Paradero de Camarones. Vino de Inglaterra en 1899, cuando la Cuban Central Railways puso uno en cada estación. Su esfera tiene grandes manchas de humedad y se ha empezado a borrar, pero todavía puede leerse claramente “20 Moorgate Street, Londres”. 

A las 09:10, Aurelio recibió una llamada de Cruces. Una tolva de azúcar se había descarrilado en el enlace del ramal Santo Domingo, impidiendo el paso hacia Camarones. Aurelio, después de comprobar que el reloj de la estación tenía esa misma hora, preguntó cuán grave era el accidente.

—Solo se le cayó un truck—aseguró Ucha, el operador de la estación vecina—.

—All right —respondió Aurelio. 

Eran las 09:12. Se paró en la ventana de la oficina que da a la ventana del comedor a través del andén de Cumanayagua y le comentó a Atlántida que no había paso por un pequeño accidente en Cruces. Calculó que tardarían unas tres horas en levantar la tolva y restablecer el paso.

De regreso a su mesa, volvió a mirar el reloj. Eran las 09:15. En la matiné del cine Justo, hace como tres o cuatro domingos, pasaron comedias silentes. Cuando Harold Lloyd, después de escalar por las paredes de un edificio alcanzó un enorme reloj, Carlos el de Pascualita saltó de su asiento.

—¡Miren el reloj de la estación! —gritó mientras todos reían a carcajadas.

Los tranvías, los carros y los transeúntes se veían pequeñitos allá abajo, mientras el Hombre Mosca se agarraba del minutero para no caerse. Al final, la maquinaria del reloj no pudo soportar su peso y acabó zafándose. Entonces Harold, sin que ni siquiera se le callera el sombrero, quedó colgando hacia el vacío.

Las palmadas, las risas y los gritos del cine Justo fueron tantas, que Chena tuvo que encender su linterna y pedirnos que nos calmáramos. Eso mismo tuvo que decirle Atlántida a Aurelio cuando mi abuelo la llamó alarmado. Casi una hora después de que lo mirara por última vez, el reloj todavía tenía las 09:15.

Estuvo un largo rato con las manos en la cabeza. No puedo decir cuánto duró porque ya no había manera de medir el tiempo. Luego mi abuela le trajo la pequeña latica de aceite de su máquina de coser Singer y Aurelio atinó a bajar el reloj de la pared.

Su maquinaria no se parecía al de la película. Tenía varias ruedas dentadas y una pieza larga que, según Aurelio, se llama vástago. Primero sopló cada pieza y luego les puso aceite. Después de atornillarlo de nuevo a la armazón de madera, le dio cuerda. Con un gesto nos pidió que hiciéramos absoluto silencio.

Se mantuvo así hasta que escuchó el primer tic tac. Entonces llamó a la estación de Cruces y le preguntó qué hora era. Las 10:30, se le oyó decir a Ucha. Luego llamó a San Fernando y Hugo Lois le dijo lo mismo. Desde la saleta, después de sintonizar Radio Reloj, Atlántida lo confirmó.

Feliz, se recostó en su asiento y permaneció con la vista fija en la esfera del reloj hasta que el minutero alcanzó las 10:31. Al final fueron dos horas y 15 minutos. Ese fue lo que duró detenido el viejo reloj inglés. El sonido de sus engranajes y su volanta ya marcaba otra vez el compás de la mañana.

Cuando pasó el primer tren, Aurelio saludó al maquinista eufórico. Pepe Guerén respondió el saludo muy animado también. Es probable que pensara que mi abuelo estaba así porque se había restablecido la circulación entre Cruces y Cienfuegos. Pero yo sé que la razón era otra.

En el momento que Harold Lloy llegó a los brazos de su novia, después de perder el sombrero y quedarse colgando por un pie de una cuerda, todos aplaudimos. Eso hicimos también Atlántida y yo cuando vimos a Aurelio de regreso a su mesa, después de recuperar la confianza en las manecillas del reloj.

Gracias al aceite de la máquina de coser Singer, el tiempo nunca más volvió a detenerse en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones.

08 julio 2021

Aldo y Loli


Fueron mis compañeros de estudios en las montañas de El Nicho. Navegamos juntos en aquel barco que nos llevó, a través del lago Hanabanilla, a los albergues de madera donde viviríamos los tres años de la secundaria básica. Solo teníamos 11 años, pero nos obligaban a comportarnos como hombres y mujeres.

Aldo era mi vecino. Su casa estaba junto a la carreterita de grava que llega a la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. A él, como a mí, lo crió su abuela. Desde muy pequeño tuvo que hacerse cargo de sus hermanos y por eso le quedaba muy poco tiempo para jugar. Era muy rudo, pero cuando no podía ser de otra manera. El resto del tiempo su nobleza se imponía.

Loli era muy tímida, tardamos meses en oírla hablar. Era de Cruces y viajaba en otra guagua, pero coincidíamos en el embarcadero de El Salto. Al final del viaje en el barco, debíamos subir un empinado trillo que nos llevaba hasta el camino de Cien Rosas a El Nicho. Por él llegábamos a la escuela.

Los varones ayudábamos a las hembras a subir la loma y muchas veces cargábamos con sus maletas encima de las nuestras. Así fue que muchos nos enamoramos por primera vez. Los años 70 llegaban a su fin, era la época de Para bailar y el Mariel.

El país se dividía en bandos irreconciliables: los que apoyaban la pareja de baile de los hermanos Francia o a la de los hermanos Santos, los que habían decidido quedarse y los querían marcharse. Eso hacía que el más mínimo incidente se convirtiera en una declaración de principios.

En esas circunstancias Aldo y Loli se enamoraron y fueron sorprendidos en una de las oscuridades de la escuela. El director nos formó en la plaza y los subió en una tarima de madera para avergonzarlos delante de todos. El Chiqui, Yayo, el Negro, Diego, Osley, Javie y yo, bajamos la cabeza en nombre del Paradero de Camarones.

A partir de ese momento, Loli fue una muchacha aún más callada. No volví a oírla hablar hasta que su familia se mudó a nuestro pueblo. Al poco tiempo, ella se fue a vivir a la casa que estaba junto a la carreterita de grava que llega a la estación de ferrocarril. Se casó con Aldo y tuvieron dos hijas. 

Todavía están juntos.



CODA



Aldo y Loli volvieron con sus hijas y nietos a la escuela de El Nicho, en el Escambray. Aunque encontraron todo en ruinas, pudieron identificar cada espacio y encontrarse con sobrevivientes de aquella época en el pueblo. Las aulas desaparecieron, el comedor está a punto de derrumbarse, los albergues fueron convertidos en casas...
Ahí están, 40 años después, en el lugar exacto donde los pararon delante de todos. Orgullosos de que sus nietos conozcan el lugar exacto donde empezó la historia de amor de sus abuelos.

05 julio 2021

Felo López y Carmen Rodríguez


Eran nuestros vecinos más cercanos. Vivían en la antigua casa del reparador de vías. Ambos trabajaban en los ferrocarriles. Felo era el farolero y Carmen la guarda crucero. Como a mi abuelo Aurelio no le gustaba el agua de nuestro pozo, íbamos a su casa a buscar la que bebíamos.

Al pie de una inmensa ceiba, una pequeña bomba sacaba el agua más fresca que he probado en mi vida. Aurelio tenía la teoría de que la ceiba era clave para ese pozo, porque su sombra mantenía al agua fría y sus raíces le daban ese sabor único que tanto nos gustaba.

En el patio de la estación del Paradero de Camarones había cinco cambiavías. Cuando el sol empezaba a caer sobre las matas de mango de Mercedita, Felo López salía con un galón de keroseno y una lata de estopa. Limpiaba y encendía cada indicador. Esas luces marcaban el principio y el fin de nuestro pueblo.

A primera hora de la mañana hacía el mismo recorrido, pero solo para soplar las llamas y dejar que el sol se ocupara de alumbrarnos. Al final volvía a casa abrazado de Carmen. Caminaban por el medio de la línea, entrelazados, como si al cabo de tantos años y achaques aún fueran novios.

Los recuerdo así, saltando de travesaño en travesaño, alumbrados por la luz del amanecer. Si nuestras vacas dejaban de dar leche, Felo nos traía de las suyas. Lo mismo hacía mi abuelo si eran las de él las que se secaban. Si en alguna de las dos casas mataban un cerdo, un enorme pedazo de carne era enviado a la otra. 

Esos gestos ni siquiera se agradecían, porque se sobreentendían. Yo todavía estudiaba en La Habana cuando Felo murió. Mi abuela me obligó a ir a darle el pésame a Carmen. Es algo que ni entonces ni ahora me gusta. Sigo sin entender el idioma de la muerte. “Ay, Camilito”, fue lo único que me dijo. 

A partir de ahí, parecía alguien que acaba de aprender a caminar. Se había pasado toda su vida abrazada a Felo y ya no tenía en quién apoyarse. Por esa misma época sustituyeron los faroles por cristales que reflectaban la luz de las locomotoras. No hizo falta nunca más un farolero. “Menos mal que Felo no tuvo que ver esto”, decía mi abuela Atlántida, que enfurecía ante cualquier señal de modernidad.

Desde entonces para saber dónde empieza y dónde se acaba el Paradero de Camarones cuando es de noche, hay que esperar a que pase un tren.

El submarino rojo


Sonaba como si de verdad avanzara por debajo del agua. 
Clap, clap, clap, se le oía al llegar. Venía del mar de cañaverales que se extendía desde Mataguá hasta Ranchuelo, pasando por Potrerillo y San Juan de los Yeras. Aunque era un recorrido de poco más de 50 kilómetros, llegaba exhausta.

La Mak 850 D arribaron a Cuba en los años 50. Eran de fabricación alemana y tenían el mismo motor que los temibles submarinos U-boat, esos que el cazador Ernest Hemingway persiguió por la callería cubana en su Pilar. A diferencia de los sumergibles, las locomotoras estaban pintadas de rojo.

A pesar de que eran diesel (las primeras en llegar al país), eran movidas por bielas como las máquinas de vapor. Por eso las bautizaron como “pata de palo”. Tenían la transmisión hidráulica justo debajo de la cabina. Eso la hacía terriblemente calurosa en el Trópico. Gracias a Juan Carlos Portales, William Abuela nos contó una de las tantas historias que vivió en ellas.

“Salí de conductor con Óscar Portales (tío de Juan Carlos) de maquinista en el Auxilio Menor de Santa Clara. Íbamos a trabajar un accidente en Los Ángeles, ramal Caibarién. Me bajé en Carmita para coger la vía y al regresar me encontré a Óscar completamente desnudo… ¡Aquellas patas de palo eran un horno!”, dice antes de soltar una carcajada.

Guillermo Vázquez (hijo de Mandrake, el legendario maquinista) asegura que las Mak hubieran podido durar tanto como las MG 900, que llegaron a Cuba por la misma época y aún andan con el ferrocarril de la isla a cuestas. “Fueron los tecnócratas y los factores sociopolíticos los que las condenaron a muerte”, afirma.

Encima de mi cama había una enorme ventana que daba al andén. Muchas veces era su sonido quien me despertaba. Me asomaba a los postigos para verla. Después de dejar y tomar pasajeros, retrocedía para internarse en el ramal Cumanayagua. Clap, clap, clap se le oía irse con sus dos pequeños coches de pasajeros y una viejísima casilla de expreso. 

El sonido se iba apagando lentamente, mientras se sumergía otra vez en el mar de cañaverales que se extendía desde mi pueblo hasta el punto donde el Escambray se encaja en el llano.

02 julio 2021

Mi primer Brugal Doble Reserva


El primer trago de un nuevo ron de Brugal siempre es para mí una fiesta innombrable, para decirlo a la manera de Lezama. Doble Reserva es una mezcla de envejecidos en barricas de bourbon y de vino de Jerez. Tiene lo mejor de dos mundos y la esencia de un país en el que he vivido ya casi la mitad de mi vida. 
El ron dominicano, a diferencia del cubano, no contiene aguardiente. Brugal destila a tres columnas hasta lograr el corazón más puro del alcohol. Luego le añade agua de manantial de las montañas de Puerto Plata y lo envejece en barricas de roble americano o europeo que seleccionan cuidadosamente. 
Incluso los rones blancos de Brugal son envejecidos en barricas por un año. El clima único de la Novia del Atlántico, donde los vientos alisios al chocar con la cordillera Septentrional provocan lluvias durante todo el año, hace que el proceso de envejecimiento se acelere por las altas temperaturas y la elevada humedad.
Cuando uno visita las bodegas de Brugal en Puerto Plata, puede respirar ese aroma único que sale de las barricas. Eso fue lo primero que recordé en cuanto abrí mi primera botella de Brugal Doble Reserva. ¡Nunca me han faltado razones para brindar por República Dominicana y su gente!