07 julio 2014

¡Qué vivan los cinco! (Héroes cubanos en el Juego de las Estrellas)

Yasiel Puig hizo historia al obtener 4.9 millones de votos de los fanáticos.
Por primera vez en las Grandes Ligas desde 1968, cinco cubanos asistirán al Juego de las Estrellas. Ese es el tipo de frase que le encantaba decir al Fidel Castro mercadólogo. Si se revisan sus 47 años de discursos interminables, cada dos o tres párrafos se tropezará con una.
“Por primera vez en las Grandes Ligas desde 1968, cinco cubanos asistirán al Juego de las Estrellas”, habría dicho Fidel después de reacomodar los micrófonos a la altura del momento histórico, no sin antes levantar el dedo índice como si fuera una mirilla telescópica.
Con toda seguridad, al publicista que creó eslóganes tan audaces como “Convertir el revés en victoria”, le habría encantado ser el portavoz de esta gran noticia. Si no fuera porque significa la derrota definitiva de su atroz política deportiva, la cual condujo a la catástrofe, inning tras inning, a un deporte que es un signo de identidad de Cuba.
Los cinco peloteros cubanos que fueron reconocidos con los votos de los fanáticos, debieron recorrer un camino mucho más largo y denigrante que ningún otro jugador de ninguna otra nacionalidad. Para empezar, tuvieron que escapar de su propio país, donde aún les llaman desertores y prohíben toda noticia relacionada con ellos.
Para algunas de las leyendas del béisbol cubano reservó Fidel Castro sus peores insultos. “¡Despreciemos a esos que se venden por treinta monedas, como dicen que fueron las monedas que recibió Judas por su traición!”, llegó a pedirle al pueblo cuando el astro Rolando Arrojo decidió probar suerte en el mejor béisbol del mundo.
Han pasado 18 años de aquella penosa alocución. Para los jóvenes cubanos, Fidel Castro ahora no es más que el fantasma viejo y perdulario que les dejó un país sin futuro. Yasiel Puig, Yoenis Céspedes, Aroldis Chapman, Alexei Ramírez y José Dariel Abreu, en cambio, son héroes, ídolos, ejemplos a seguir.
Por primera vez en Grandes Ligas, desde el remoto año de 1968, cinco cubanos asistirán al Juego de las Estrellas. Sospecho que para este revés, Fidel Castro no habría encontrado la frase que pudiera convertirlo en victoria. A fuerza de batazos, lanzamientos a las esquinas y jugadas espectaculares, estos muchachos han derrotado cinco décadas de intolerancia y absolutismo.
Aunque es un hecho histórico para la historia de Cuba, la prensa del régimen se asegurará de no mencionarlo. A pesar de que significa una de las mayores hazañas del deporte nacional, ningún periodista se atreverá a comentarlo.
Resulta demasiado peligroso y sumamente desestabilizador el hecho de que cinco cubanos se atrevieran a lograr el sueño de sus vidas. Que lo intentaran sin pedirle permiso a nadie y a riesgo de perderlo todo, incluso la vida, es una derrota que el invicto Comandante ya no está en condiciones de asimilar. 

05 julio 2014

Lyle O’Reitzel, el arte sin concesiones


Katja Loher y José Bedia en el privé de Interplanetary Kisses.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Todas las mañanas, cuando voy camino de mis labores, elijo la Gustavo Mejía Ricart. Muchas veces me he preguntado por qué lo hago, sometiéndome a los tapones que provocan los restaurantes y colegios que pululan en esa avenida.
Un día me di cuenta de que era por la Galería de Lyle O’Reitzel. Es una gran recompensa esperar la luz verde mientras miro, a través de unas vidrieras, obras de José Bedia, Jorge Pineda, José García Cordero, Hulda Guzmán, Edouard Duval-Carrié, Luis Cruz Azaceta, Gustavo Acosta y Gerard Ellis, entre otros.
La Galería no es más que unos pocos metros cuadrados dentro de una torre de Piantini, en el nuevo corazón de Santo Domingo. Pero la oferta cultural que genera ese espacio es mucho mayor y más significativa que la de enormes edificios con abultadas nóminas y presupuestos millonarios.
Un día le pregunté a Lyle cómo era capaz de organizar tantas exposiciones de primer nivel con los más importantes artistas del Caribe. “Yo no tengo plan B —fue su parca respuesta—. Solo me dedico a esto”. Implícita, estaba una larga explicación sobre cómo una galería puede ser sostenible aun ofreciendo arte de vanguardia y de gran calidad.
Por eso uno de los más importantes méritos de Lyle O’Reitzel es el de contribuir a consolidar un mercado para el arte contemporáneo, sobre todo en un país donde la mayoría de los que pueden comprar una obra de arte, prefieren los tópicos facilistas de algunos “maestros” o los lugares comunes de la tradición, que no es lo mismo pero es igual.  
“Interplanetary Kisses”, la exposición que se acaba de inaugurar en la Galería de Lyle O’Reitzel, pone a Santo Domingo en la órbita de la vanguardia mundial. Las obras que la suiza Katja Loher y el cubano José Bedia concibieron especialmente para la muestra, proponen en la capital dominicana un diálogo sobre los problemas más graves de la cultura y el hombre contemporáneos.
Bedia, quien permanece en suelo dominicano gran parte del año, traza una serie de círculos donde se hace viejas preguntas que siguen sin tener respuesta. Valiéndose del modo de representación preferido de las culturas originarias, el pintor contrapone los mayores avances tecnológicos con un hecho tan tremendo como el de detenerse a contemplar la naturaleza.
Katja, por su lado, acude a la esfera, un elemento desconocido para las culturas en las que Bedia ha basado su poética. A diferencia del cubano, que se ha mantenido siendo un pintor tradicional, la suiza se vale de la danza, el video y las más sofisticadas tecnologías para también cuestionar la relación entre la humanidad y el universo.
Insisto, en unos pocos metros cuadrados, en una esquina del corazón de Santo Domingo, se exhibe una exposición que podría estar ahora mismo en la más exigente galería de Nueva York, Londres, París o cualquiera de las capitales del arte contemporáneo.
La clave para sostener una oferta cultural de extrema vanguardia sin dejarse derrotar por la autocomplacencia o el asistencialismo (este último, uno de los males que más amenaza a la creatividad en República Dominicana), está en la escueta respuesta de Lyle: no tener plan B, convertir su proyecto en un sentido de vida.
Mientras muchas galerías insisten en comerciar objetos decorativos (no se le puede llamar arte a eso) y la mayoría de las instituciones culturales se ahogan en el activismo y la mediocridad, Lyle prefiere organizar muestras que en verdad agreguen significados y aporten valor.
Es así que un solo cuadro de Hulda Guzmán puede ser más valioso para la cultura dominicana que una millonaria feria de fanfarrias, derroche y politiquería. Es rentable, es un negocio, pero también es arte sin concesiones.

03 julio 2014

Rafael Alcides, ante un terrible temporal

La primera vez que vi en persona a Rafael Alcides fue en una tarde de mayo, allá por Pasacaballos, con rumbo hacia Rancho Luna. Corrían los años finales de la década del 80 y nos dirigíamos hacia un hotel donde se celebraría un encuentro de escritores.
Su voz de bajo se oía aún más alto que el pertinaz traqueteo del autobús Ikarus. “¿Quién es ese del vozarrón?”, le pregunté a Alfredo Zaldívar. “Rafael Alcides, el de la pata de palo”, me respondió el fundador de las Ediciones Vigía.
Obviamente, Zaldívar no se refería a una condición física del escritor sino a un título suyo, que es uno de los más importantes poemarios de la generación del 50. Luego, ya en tierra, me lo presentaron. Me estrechó la mano rudamente, como si aún viviera en su natal Veguitas y se dedicara a la agricultura.
Al día siguiente fuimos sorprendidos por un terrible temporal y, prácticamente, acabamos convirtiéndonos en náufragos. Ninguno de los que estuvimos allí olvidamos aquel episodio. Una y otra vez contamos las anécdotas, los chistes y las discusiones como si fueran capítulos de un libro de aventuras.
Una de aquellas noches, sin luz y con todo el hotel anegado, se armó un círculo alrededor de Raúl Rivero y Rafael Alcides. Uno de los temas centrales del debate fue la Perestroika, que en aquel momento revolucionaba a la Unión Soviética. Alguien advirtió que eso se apartaba de lo literario y el vozarrón de Alcides la salió al paso: “La libertad es más importante que la literatura”, dijo tajante.
Siendo consecuente con esa frase, pocos meses después el poeta firmó una carta donde reclamaba libertades para los cubanos. Desde entonces Rafael Alcides es un inxiliado. Solo los que conocen de verdad a la sociedad cubana y los métodos represivos del régimen, saben lo que significa resistir 30 años dentro de la Isla admitiendo públicamente que no se está de acuerdo.
Hace unos días, el poeta Rafael Alcides le hizo llegar una carta al funcionario Miguel Barnet: “En vista de que ya a mis libros no los dejan entrar en Cuba (…), lo que es igual a prohibirme como autor, renuncio a la UNEAC”, le puso Alcides a Barnet. Al final de la carta, le advirtió que su decisión era irrevocable.
En el mismo sobre, junto a la misiva, devolvió una condecoración: la Medalla Conmemorativa del 50 Aniversario, que recibió como fundador de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba. Ya tiene 80 años y conserva el mismo vozarrón. Pero, sobre todas las cosas, sigue siendo un hombre que antepone la libertad a todas las cosas.
Lo conocí en una tarde de mayo, allá por Pasacaballos, con rumbo hacia Rancho Luna. Cada día que pasa, recuerdo con más orgullo su inolvidable lección, su valentía.

26 junio 2014

El tren de las 11

Esta viñeta formaba parte del libro ¿Por qué decimos adiós cuando pasan los trenes? (Capital Books, 2011). Ya no recuerdo cuál fue la razón por la que acabé excluyéndola. La recuperé hoy, cuando di con estas dos fotos. La primera,  justo en el crucero del Paradero de Camarones; la segunda, en el andén 2 de Cienfuegos Viajeros.
La imágenes son de 1998. Corrían los días finales de la 61620, cuyos restos acabaron siendo desguazados en el taller de Cienfuegos. Ninguna otra locomotora pasó tantas veces por mi infancia. Recuperar imágenes suyas, aun en su peor momento, me ha llenado de felicidad.

Por lo regular, el tren de las once solía pasar a las once.
A las 10:59 se oía el primer pitazo. Un zumbido parecido al que hacen los barcos lo estremecía todo. La locomotora era una M62. Los ferroviarios soviéticos le llamaban "Gagarin"; los cubanos, “Melón”. La forma cilíndrica de la máquina y su color carmesí, como la masa jugosa de la sandía, fue suficiente para que tuviera un sonombre menos heroico y más tropical.
Entre 1974 y 1975 arribaron 20 melones a los puertos de Cuba. La inmensa mayoría fueron construidos en Woroschilowgrad, un punto al este de Ucrania que jamás aparece en los mapas. El destino original de las máquinas era arrastrar el tren de La Habana a Santiago.
Pero las altas temperaturas del Caribe y el exceso de trabajo hicieron que dos máquinas se incendiaran a mitad de camino. Las 18 locomotoras que sobrevivieron fueron relegadas a la terminal de Cienfuegos, donde se hicieron cargo del lechero de Línea Sur y de varios viajeros de corta distancia en la región central de la Isla.
La 61620 le fue asignada al tren de las 11. Marino Vega, alias Caballo Loco, era su maquinista. La formación del melón y sus vagones tenía la longitud exacta del andén de Camarones. Cada vez que el tren se detenía, la abatida máquina arrojaba chorros de aceite requemado y un gas fuliginoso que lo empaña todo.
La parada reglamentaria era de dos minutos, pero jamás se cumplía. 120 segundos era muy poco tiempo para romper la inercia del Paradero de Camarones. Kake, el guardafrenos, el único miembro de la tripulación que ponía pies en tierra, necesitaba de al menos tres minutos.
Primero hacía la señal de aplicar los frenos. Luego ayudaba a la señora del vestido azul a bajar los cuatro escalones del estribo. La dama, con displicencia, permitía que Kake la tomara de la mano. Una vez liberado de su caballerosa responsabilidad, el guardafrenos saludaba al Jefe de Estación. 
Lo hacía dándole una palmada en el hombro. Sin que Kake lo notara, el Jefe de Estación solía mirarse de soslayo la parte de la camisa donde se había  posaba la mano seguramente sucia. Era un gesto mecánico, inevitable. En lo que eso sucedía, el conductor de expreso bajaba las latas de la película que ya estaba anunciada en el cine Justo.
—¿Cómo estará esto? —Preguntaba Chena con un gesto de repugnancia.
—Seguro que es rusa —fue la respuesta del mensajero—. Nunca logro entender las películas rusas.
Por último, Kake hacía una señal muy parecida a la de decir adiós. Marino Vega daba dos pitazos y hacía que el tren saliera a todo galope. En el trayecto hacia Hormiguero, la próxima estación, el maquinista se aseguraba de recuperar el minuto de retraso.
Por lo regular, el tren de las once solía pasar a las once. La última vez que esperaron por él, una multitud contrariada permaneció a ambos lados de la vía hasta pasadas las 4 de la tarde. En un extremo del andén, Chena se mantuvo a un lado de la carretilla donde cargaba las películas.
A lo lejos se vio venir una mancha. Poco a poco se empezó a distinguir la mujer del vestido azul. Pasó con las manos vacías, sin saludar a nadie. El Jefe de Estación se miró de soslayo la parte de la camisa donde siempre caía la mano seguramente sucia del guardafrenos.
Fue un gesto mecánico, inevitable.

25 junio 2014

Yo también fui Giuseppe Tornatore

Llamémosle Anónimo de las 12:57. Como no tuvo el valor de firmar con su nombre, no hay otra manera de referirse a él. En Cuba nadie tiene libre acceso a Internet, nadie que no forme parte del aparato represivo que se dedica, con tenacidad y escarnio, al asesinato de la reputación de todo cubano que se oponga de una manera pública a la dictadura.
Si se revisan las publicaciones sobre asuntos cubanos que se mantienen activas en la web, ahí se les encontrará con la misma profusión de las moscas. Jamás ponen su verdadero nombre. Los que tienen una pizca de imaginación se inventa un seudónimo; el resto, se parapeta cobardemente en el anonimato.
Anónimo de las 12:57 ha puesto (al menos hasta el momento en que redacto este post) dos comentarios en “A nadie le pedirán disculpas”, un texto aparecido originalmente en El Fogonero y que Diario de Cuba (probablemente el medio más completo sobre mi país) reprodujo en su muro.
Anónimo de las 12:57 se mofa de mi relato sobre Chena, el dueño del Cine del Paradero de Camarones, sugiriendo que me robé lo que cuento de Cinema Paradiso. Aprovecho su cizaña para volver a contar la historia del hombre que atravesaba mi pueblo todas las mañanas con una carretilla llena de latas.
He contado esto muchas veces, la primera vez fue en una edición de El Caimán Barbudo (calculo que de 1990 ó 1991) cuyo facsímil reproduzco aquí. El Cine de Chena en verdad se llamaba Justo, pero los interventores del gobierno revolucionario decidieron ponerle Jobusí (nunca supimos por qué). Justo de eso trataba mi reportaje en el Caimán
En “A nadie le pedirán disculpas” yo decía que Chena me había regalado una caja con muchas de las fotografías de la cartelera. Ese obsequio es insignificante con el que él le hizo a la gente de mi pueblo: por décadas se sentó en la última butaca a leer y comentar las películas. Su arte, créanme, era tan sofisticado como el de Armando Calderón.
A raíz de la publicación de mi reportaje, la Dirección de Cultura de Cienfuegos decidió restituirle el nombre de Justo al Cine de Chena. Cuando volvimos a vernos me abrazó lloroso, como si acabara de ver una de las tantas muertes de Erroll Flint. Poco después me hizo otro regalo: decenas de fotos antiguas del pueblo, en una de ellas, el Paradero de Camarones inauguraba su Cine. Corría el 23 de febrero de 1953.
La inmensa mayoría de los cubanos atesoramos nuestro propio Cinema Paradiso. La Habana, en 1959, tenía más cines que Roma y que ¡Nueva York! En ese entonces en mi pueblo no había más de 900 habitantes y podían darse el lujo de ir todas las noches al cine.
Ahora, con 2.000 inquilinos (hemos crecido tan poco porque la mayoría de los jóvenes se marcharon a Islas Canarias, lugar de origen de sus antepasados), el Paradero de Camarones no tiene cine, porque está en ruinas, como la estación, como el bar, como la barbería... y como Cuba entera.
Nada, Anónimo de las 12:57, gracias a ti volví a recordar a Chena. Aquel hombre de película que atravesaba el Paradero de Camarones con una carretilla llena de rollos. “¡No dejes de ir esta noche! —le decía a todos los que encontraba a su paso— ¡Está bárbara!”. Entonces ya era el portero, pero su corazón se mantenía adueñado del Cine Justo.

23 junio 2014

El día en que la Casa Vega se convirtió en la Unidad 0215

© Iván Cañas (1968)

El régimen de Cuba ha decidido privatizar los establecimientos de servicios gastronómicos, personales y técnicos de la Isla. Ha pasado ya medio siglo del año en que, por iniciativa del argentino Ernesto Guevara, los pequeños empresarios cubanos fueron expropiados.
De una manera empírica, radical e inapelable, los eufóricos barbudos desarticularon en cuestión de días una compleja y eficiente red de servicios que cubría las necesidades de la Isla de extremo a extremo. A partir de ese momento, el Estado se hizo responsable de tareas tan embarazosas para él como freír una croqueta, colar un café o remendar un zapato.
Bodegas, barberías, restaurantes, zapaterías y cafeterías sufrieron una larga y extenuante metamorfosis. El resentimiento y la incapacidad fueron desfigurando el esplendor de la República con saña, hasta convertirlo todo en una humillante ruina.
Mi abuela Atlántida solía resumirlo en una frase: “cuando se acabó el tiempo de antes y empezó la miseria”. Entonces, en lugar de comida, enseres y ropa, las vidrieras empezaron a exhibir banderitas de papel, plantones de caña, implementos agrícolas, fotos de mártires y consignas.
La mayoría de los fotógrafos cubanos de esa época estaban demasiado concentrados en los lugares más comunes de la gesta. Iván Cañas, en cambio, con un ojo neorrealista y ya desencantado, supo mirar para otra parte y revelarnos los sitios que los flashes de la historia no tocaban.
Gracias una vez más a la generosidad del maestro Iván Cañas y de su esposa Alba Borrego (vigía incansable de su archivo), publicamos en El Fogonero 18 fotos inéditas sobre el momento en que se produjeron las intervenciones. Este invaluable documento gráfico nos permite volver al punto exacto donde el incapaz régimen nos lleva de regreso.
Pronto estaremos de vuelta en el día en que la Casa Vega, de Santa Clara, se convirtió en la Unidad 0215.












© Iván Cañas (1968 y 1969).

A nadie le pedirán disculpas

"Siempre en Combate", reza un cartel en las ruinas del Cine de Chena. 
Medio siglo después, el Paradero de Camarones no ha olvidado los nombres originales de las cosas; por eso mencionan a sus antiguos dueños cuando las señalan: el Bar de Roberto, la Barbería de Felipe Marín, el Garaje de Luzbel Cabrera, la Carnicería de Rao, la Tienda de Luis Bada, el Cine de Chena…
Tengo recuerdos muy nítidos de aquellos emprendedores frente a las ruinas de sus sueños. Una vez, en el bar de mi tío Roberto Yero, había una larga cola para comprar guarapo. Ya él se había tomado los dos rones de “por las tardes” y reaccionó molesto cuando me vio al final de la larga fila.
—¿Cómo tu vas a hacer cola en algo que era de nosotros, Camilito? —me dijo mientras me tiraba del brazo—. ¿Tú estás loco, chico? Ve a la casa y dile a Helemenia [su esposa] que te haga una limonada.
Mi tío Rao Yero nunca dejó de cortar filetes, alfileres, palomillas, hígados y ternillas en el aire. Sus brazos se agitaban como dos cuchillos, mientras él manoteaba sus recuerdos, frustraciones y rabias. “Antes hasta el más pobre comía carne por las tardes —repetía una y otra vez—. Ahora todos estamos comiendo mierda a partes iguales”.
Pero quizás el caso más triste fue el de Chena, quien aceptó la humillación de convertirse en el portero de su propio cine por tal de seguir abriéndolo todas las noches. Un tarde me llevó una enorme caja de regalo: Eran las fotos de la cartelera, una estremecedora colección de los rostros que habían hecho reír y llorar a mi pueblo por décadas.
La idea de intervenir todos los negocios, abolir a los pequeños empresarios y hacer que el Estado se encargara hasta de remendar zapatos, fue del argentino Ernesto Guevara (quien también tiene el tristísimo "mérito" de ser el extranjero que más cubanos ha fusilado).
55 años después, con una Cuba arruinada y una cultura empresarial destruida, el régimen anuncia que todos los servicios volverán a ser privados. A nadie le pedirán disculpas. A ninguna de las miles de familias arruinadas se les devolverá nada, ni siquiera el cascarón vacío donde estuvo su negocio.
Nadie asumirá la responsabilidad por algo que obligó a los cubanos a pasar innumerables y absurdas carencias por más de medio siglo. Ya sabemos que el bienestar de los cubanos es lo que menos le importa a la anciana dictadura, tan concentrada como está en sobrevivir a su propia muerte.
Mientras tanto, en el Paradero de Camarones se seguirá llamando a las cosas por su nombre: el Bar de Roberto, la Barbería de Felipe Marín, el Garaje de Luzbel Cabrera, la Carnicería de Rao, la Tienda de Luis Vada, el Cine de Chena…

21 junio 2014

La historia de Montecristi merece empezar de nuevo

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

El Listín Diario del 28 de mayo de 1900 publicó una de las más hermosas crónicas de Máximo Gómez: “La vuelta a mi tierra”. El breve texto, reúne la experiencia dominicana del anciano guerrero, “después de largos años de ausencia de la Patria amada”.
Hay pasajes que parecen sacados de una película, como ese donde, luego de que su caballo abrevara en “las aguas del caudaloso Nizao”, entra en Baní y reconoce que su pueblo está casi convertido en una ciudad: “El templo de madera que dejé es hoy de piedra”, dice admirado.
Después del reencuentro con el lugar donde transcurrió su infancia, emprendió un viaje por mar hacia Montecristi. Sus rápidas descripciones de Samaná y Puerto Plata también parecen proyectarse sobre una pantalla, con el sepia irreductible de una identidad que se fue conformando durante 56 años de soledad.
Cuando zarparon de la Novia del Atlántico, “abrumado con el peso de la deuda de tantos cariños y consideraciones” de los puertoplateños, Gómez se fue a su camarote. Lo despertó la luz de Montecristi. “De aquí partimos seis y solo han podido volver dos”, escribió como si todavía tuviera la responsabilidad de redactar partes del guerra.
Al entrar por la puerta de su casa, sintió “flotar el espíritu de Martí bravo y sapiente, de Borrero, Guerra y César arrojados, y solo se siente vivo a Marcos del Rosario, el dominicano bravo, de pierna rota de un balazo, en Coliseo célebre”. En el fondo, el viento agitaba las ramas de los árboles del patio.
Volvimos a la Casa Museo de Máximo Gómez tratando de revivir esa experiencia, siguiendo el hilo de sus propias palabras. Pero nos fue imposible. Justo frente a la casa museo hay un colmado con dos inmensos juegos de bocinas enfilados hacia la calle. Apenas eran la 9 de la mañana y ya los decibles de la música resultaban intolerables.
Unos turistas españoles, que también se habían interesado por el antiguo caserón donde se firmó el hermoso “Manifiesto” (tan creativo como el de Tzara, tan revolucionario como el de Duchamp), se quejaron por señas.
Luego, señalando el rostro de un candidato con el que habían empapelado toda la ciudad, nos preguntaron por  qué el Ministerio de Turismo no impedía la propaganda política en una ciudad con tanto valor patrimonial.
—Justo ese candidato es el Ministro de Turismo —le respondí con los hombros encogidos.
Fundada por Nicolás de Ovando en 1506, fue despoblada por las devastaciones de Osorio justo en el año de su centenario. Antes y después de eso, la mala suerte y la indiferencia han acompañado a Montecristi con el mismo ímpetu que la perseverancia de sus habitantes.
Así ha llegado hasta hoy una de las ciudades más hermosas del Caribe, quizás la que con más obstinación encara a los Vientos Alisios. La prueba de ello es el erosionado rostro del Morro, esa montaña mágica que se levanta como un faro entre la enorme llanura y el mar.
Los montecristeños construyeron acueductos y ferrocarriles, llegaron incluso a desviar el curso de los ríos, pero el país parece empecinarse en darles la espalda a una ciudad que pudiera ser uno de sus más auténticos atractivos. Ella solo necesita que la vean, que la tomen en cuenta, que regresen, que piensen en su futuro a largo plazo y no en las circunstancias de una campaña.
La historia de Montecristi merece empezar de nuevo, de una vez y por todas.