Luego recordó a los compatriotas que él había tenido que despedir, antes de que descansaran en suelo dominicano. Aprovechó la ocasión para darle las gracias a la “tierra de Gómez”, por haber acogido a tantos cubanos y por haberles devuelto la libertad perdida.
Isela era la mejor amiga de Elia, mi suegra. Se conocieron al llegar al exilio, cuando se convirtieron en vecinas en un edificio del Santo Domingo colonial. Hace unos años, Diana y yo organizamos un reencuentro en la terraza de nuestra casa. Hoy en la mañana busqué las fotos de aquella tarde.
Al fondo, delante de su hija, Jorge Sarlabous levanta su vaso de ron. A su lado está Pepe, el esposo de Zenaida, la hermana de Isela. Luego Tito, el asturiano más cubano que he conocido. Después Isela; Lérida, mi madre; Zenaida, quien propone el brindis, y Elia, mi suegra.
Aquel día, Isela me pidió que pusiera a Guillermo Portabales y todos cantaron a dúo con él:
Nunca podré morirme,
mi corazón no lo tengo aquí.
Alguién me está esperando,
me está aguardando que vuelva aquí.
Cuando salí de Cuba
dejé mi vida, dejé mi amor.
Cuando salí de Cuba
dejé enterrado mi corazón.
Ayer, en la funeraria, antes de la salida del cortejo, volvimos a cantarla. Me conmovió ver que los dominicanos presentes lloraban tanto como los cubanos. No recuerdo haber mirado a una bandera cubana con la emoción que miré ayer la que cubría el ataúd. Fijé mi vista en ella hasta que se borró en lágrimas.
Isela fue una humilde pinareña que se enamoró de un asturiano al que le dedicó el resto de su vida. Cuando perdieron la bodega, emigraron a Santo Domingo, donde la familia de Tito logró convertir un colmado (así les llaman los dominicanos a las bodegas) en una exitosa cadena de supermercados.
La tarde que estuvieron en casa oí las historias de cada uno. Aunque todos lograron prosperar, se quejaban de haberlo tenido que hacer sin corazón. Porque lo habían dejado enterrado en Cuba, al salir. “Por eso ahora ninguno de nosotros se podrá morir”, dijo don Jorge y volvió a levantar su vaso de ron.
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