| Serafín Erundino Apolinar Venegas Nodal (General Carrillo, 23 de julio de 1926 - La Habana, 23 de junio de 1993). |
Yo tenía siete años y aún no sabía nadar. Él, en cambio, era un pez en el agua. Mientras yo permanecía en el área infantil de las piscinas, él se subía al trampolín más alto y se lanzaba al vacío. Antes de tocar el agua, daba incontables vueltas que siempre provocaban asombro y hasta aplausos.
Un día, harto de mi ineptitud para mantenerme a flote, me llevó a dar una vuelta en un bote de remos. Puso proa a una isla del lago Hanabanilla a la que él llamaba cayo Confites, por el cayo del norte de Cuba donde entrenaron cubanos y dominicanos con la intención de derrocar a Trujillo. Me lanzó al agua en medio del lago.
—O nadas o te ahogas —me advirtió.
Nadé.
Tiempo después me llevó a pescar en alta mar y, orgulloso, esperó en el agua para ver cómo me lanzaba de cabeza desde el barco —un ferrocemento de la cooperativa pesquera de Casilda—. Estábamos al sur del cayo Macho Afuera, sin tierra a la vista.
Mientras los dos braceábamos para mantenernos a flote, me preguntó si aquella experiencia me hacía tan feliz como a él. Solo sonreí, no respondí para no contradecirlo. ¿Cómo decirle que prefería pasarme las vacaciones en mi casa, jugando pelota y viendo pasar los trenes?
Siempre me echó en cara que yo prefería parecerme a mi abuelo Aurelio y no a él. Ahora me gustaría decirle que, con los años, cada vez nos parecemos más. Además de heredar su columna de vidrio —me tuvieron que operar igual que a él—, acabé caminando igual a él y con muchísimas de sus manías.
Mi madre, cuando me veía conducir, decía que lo hacíamos “igualito”. A menudo escucho a la Aragón, su orquesta preferida, y ya nunca pongo a los trovadores que yo oía para disgusto suyo. Además, cuido de un pedacito de montaña, algo con lo que él siempre soñó para su vejez.
Creo que todas esas cosas suyas que hoy llevo conmigo son la mejor manera que tengo de celebrar sus cien años.
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