19 junio 2014

La voz del guerrero

(Publicado originalmente en Diario de Cuba)

Bajo el cielo viscoso de Montecristi,
dentro de una mañana opaca
que se tendía en dirección
al océano,
cargamos las piedras
que podremos en la nueva casa.
El mar, a lo lejos,
parecía el fondo de una batalla,
los restos de algún pasaje
que la historia dejó al descuido.

Luego llegó la noche, estricta
como un manifiesto,
y leímos a Máximo a la intemperie.
La vuelta a su tierra
del guerrero
se oyó en voz alta
sobre la sal dormida
y el silencio
conforme de la montaña.

Bajo el cielo viscoso de Montecristi
te volviste para hacer una última foto.
Antes de que la noche
nos diera otra vez alcance,
empacamos
y salimos de regreso a Santo Domingo.
La lluvia del Cibao
borró las huellas de la huida.
Recuerdo que apagaste la música
para que se oyera el agua sobre el vidrio.
Ninguno de los dos lo admitiría,
pero justo en ese momento
se oyó otra vez la voz del guerrero.
Parecía exhausto,
vencido;
rogaba por Montecristi, al abandonarlo.

18 junio 2014

A Diana, en su cumpleaños

 
El día que sus ojos azules me encandilaron, me puse tan torpe que en vez de preguntarle su nombre le dije que me quería casar con ella. Minutos despues, cuando nos íbamos a despedir, le fui a dar la mano y, nervioso, acabé dándole un beso (demasiado largo, tratandose del primero). A todo dijo que sí, a nada dijo que no. Hoy, en su cumpleaños, sigo celebrando la suerte de haberla hallado. Estoy convencido de que si nuestro encuentro hubiera ocurrido en otro año, época o estado, el resultado habría sido exactamente el mismo. 
Esta foto es del día en que le regalé la bahía de Cienfuegos y el cielo de mi provincia. Todavía todo eso, conmigo incluído, sigue siendo de ella. Feliz cumpleaños, mi amor. 

16 junio 2014

Un día de Iván Cañas en la filmación de la “pelea…”

















Fotos: Iván Cañas (1971)
Apenas unos minutos después de publicar el post de “La pelea cubana de Titón”, recibí un misterioso email de Alba Borrego: “Entre nos... pídele a Iván las fotos de la filmación. Él las tiene [¡¿qué él no tiene?!]* y son totalmente inéditas”.
Por más rápido que traté de actuar, ella lo hizo todo antes de que me pusiera en contacto con el maestro. El propio Iván lo advierte cada vez que puede: nadie conoce su archivo como su esposa. Justo iba a darle send al email, cuando entró el de Alba con las ¡20 fotografías! que se incluyen en este post.
Se trata, sin duda, de un testimonio gráfico único. A simple vista parecen un grupo de jóvenes jugando a hacer cine. Pero en realidad se trata del rodaje de una de las más importantes película cubanas, la cual contó con la participación de figuras que ahora son claves en nuestra cultura: Tomás Gutiérrez Alea (Titón), Vicente Revuelta, Mario García Joya, Raúl Martínez, Reinaldo Miravalles, Raúl Pomares…
Le pedí a Iván que me contara en un párrafo cómo acabó enrolándose en esa filmación. Esta fue su respuesta:

Caro Fogónico... Este raro testimonio gráfico es de los días en que coincidí en Trinidad con afectos muy cercanos como son, o fueron, Raúl Martínez, Mario García Joya (Mayito), Vicente Revuelta y el Niño Conte (aunque no sé por qué no aparece ahí, estuvo a mi lado como casi siempre durante su estancia en la revista Cuba).
Viaje a Trinidad con Conte, durante la ocupación inmisericorde de la querida revista Cuba, en el 71. Íbamos a hacer un reportaje sobre esa muy especial ciudad, que aún conservaba, a pesar de los avatares que conocemos, gran parte de su esplendor colonial. Sabía yo que íbamos a coincidir con el staff del ICAIC, y así fue.
El día que los visité, Titón me pidió que figurara como extra en alguna toma, como podrás comprobar en las fotos número 2, 3 y 9. Raúl [Martínez] aparece en la 15, agachado. Atrás está [Reinaldo] Miravalles.
Aquí también aparecen mucha gente del ICAIC, que podría identificar preguntándole a mis amigos el Flaco Luis García, así como a Roberto Bravo. Solo déjame saber, compadre. Abrazotes, Iván.

1971 fue uno de los años más duros del llamado Quinquenio Gris, ese negro lustro donde el régimen de Fidel Castro persiguió, condenó y censuró a muchos de los más importantes creadores cubanos. 43 años después, Una pelea cubana contra los demonios parece una metáfora de lo vivido en aquel momento.
A nombre de todos los que pasan por El Fogonero, le doy las gracias a Iván y Alba por su enorme generosidad. Gracias a eso podemos disfrutar hoy de este tesoro único. Por esta vez, la pelea se le ha ganado al olvido.

*Los signos de interrogación son de Alba. Los de admiración, míos.

La pelea cubana de Titón

Filmación de Una pelea cubana contra los demonios (1971). De izquierda a derecha:
Raúl Pomares, Tomás Gutiérrez Alea, Mario García Joya y Vicente Revuelta.
(Foto publicada por cortesía de Iván Cañas)
Hace mucho que andaba buscando Una pelea cubana contra los demonios (1971). Anoche me llamó Juan Carlos Popa para decirme que por fin la había encontrado en YouTube. Nos dejamos con la palabra en la boca. Él, allá en Punta Cana, y yo, aquí en Santo Domingo, nos fuimos detrás del link que conducía a la película.
Ahora está mejor que la última vez que la vi. Eso siempre me sucede con el cine de Tomás Gutiérrez Alea, va mejorando en la medida en que pasan los años. Por eso, cada vez que termino de ver una obra suya, me produce el mismo desasosiego. Pienso en los proyectos que no realizó, en las ideas que le frustraron y en los filmes que le mutilaron.
Recientemente, la revista mexicana Letras Libres publicó una entrevista a un desfachatado Alfredo Guevara. Con una total falta de pudor (que uno al final acaba agradeciendo), el célebre censor cubano confiesa algunas de las atrocidades cometidas, por él y por otros líderes, durante el proceso que fue convirtiendo a la revolución cubana en una dictadura.
Hay historias que Guevara escenifica, como la expropiación de la televisora de Gaspar Pumarejo. “Fui acompañado de unos cuantos salvajes con mandarrias”, confesó el anciano. ¿Qué habrán pensando de él los artistas que le vieron llegar, con dos pistolas al cinto y un saco por encima de los hombros, como si fueran las alas de Maléfica?
Ya sin las pistolas, pero aún con el saco, Alfredo Guevara se encargó de decidir cuáles películas se hacían en Cuba y cuáles no. Esa caprichosa política en manos de alguien tan caprichoso acabó teniendo unas consecuencias terribles en la obra de Titón, quien en la década del 80, en su momento de mayor madurez, solo pudo hacer dos películas.
Tratando de justificar las impúdicas confidencias de Guevara (las cuales fueron desnudadas con lucidez por Haroldo Dilla), Julio César Guanche recordó que gracias al burócrata se produjeron “expresiones fundamentales de la cultura cubana y latinoamericana contemporáneas”.
Lástima que esa vocación de hada madrina del funcionario no alcanzara para salvaguardar la obra de Tomás Guiérrez Alea, el único genio del cine cubano, a quien el Guevara censor le paralizó, frustró o rechazó varios proyectos. Justo a Titón, quien supo traducir a una pantalla, como nadie, las claves de lo cubano.
Quizás la frase más insultante de Alfredo Guevara es esa donde asegura que el pueblo de Cuba no vale la pena. “¿Tú crees que con esos culos y con esas licras alguien puede entender Ludwig Feuerbach y el fin de la filosofía clásica alemana?”, le preguntó a su entrevistador. La conversación ocurrió en La Habana, en 2013, poco antes de su muerte.
En 1971, en una escena ambientada en el Remedios del siglo XVII, Titón hace que José Antonio Rodríguez, desde la piel de un inquisidor, se queje de lo mismo que Alfredo Guevara:
—Mira este pueblo, Evaristo —dice el sacerdote—:  Ladrones, miserables, anormales, enfermos, resentidos, incapaces, negros, viciosos, brujos, mujeres libres, aventureros, criminales… Qué gente supersticiosa y malvada, qué vida suelta y ancha. ¡En España muchos hubieran acabado en la hoguera, pero aquí andan haciendo de las suyas. ¡Qué pueblo este!”
Tanto Una pelea cubana contra los demonios, como la entrevista, están basadas en hechos reales.  En la distancia, filme y cuestionario acaban abordando la misma Cuba, esa donde la chispa que prende la hoguera depende de las ambiciones y la vanidad de un solo individuo. A veces lleva sotana, a veces un uniforme verde olivo y a veces un saco por encima de los hombros.

12 junio 2014

Las ruinas de Arango*


Esta es la estación de Arango pocos días después de su desplome. En los itinerarios de los Ferrocarriles de Cuba aparecía como Cienfuegos Carga. En ella trabajaron siete de los Yero: mi abuelo, mi madre, mi tía Cary, mi tío Rafelito y mis primos Alejandro, Lazarita y Alahím.
De niño, solía pasarme buena parte de las vacaciones jugando en el andén o mirando, a través de la ventana de la oficina de mi madre, los movimientos de la locomotora de patio. Alahím, que era mucho menos obediente que yo, un día no le hizo caso a la advertencia de no bajar nunca del andén.
Fue una tarde poco después de un aguacero. Iba pasando, muy despacio, un tren de combustibles. Mi primo trató de subirse a la escalerilla de uno de los tanques, resbaló y cayó justo debajo del vagón. Es, hasta hoy, mi mayor acto de valentía. Aunque apenas tenía 9 años, reuní las fuerzas suficientes para sacarlo antes de que llegaran las ruedas.
El Curro, un guardafrenos que vio la escena, luego le confesó a mi madre que cerró lo ojos y dio la espalda. “Yo los vi picoteados”, dijo todavía tembloroso. Aunque le salvé la vida a mi primo y me gané el respeto de todos los ferroviarios que estaban presentes, nada me libró del castigo: “¡Por dejar que Alahím hiciera la payasada!”.
Eran unas pocas líneas, un taller de vagones, un muelle para descargar casillas y dos largos apartaderos donde se armaban los trenes. Sin embargo todo me parecía inmenso, inabarcable. El día que supe que la estación se había derrumbado, se cayó también algo dentro de mí.
Todavía recuerdo los nombres de aquella gente, los sonidos de aquellas locomotoras, el ruido de aquellos vagones, las voces de aquel andén, el olor perenne del mar, que permanecía agazapado, del otro lado del último chucho.
Cuando volví, hace 3 años, hasta el olor se había esfumado. Tengo el temor de que estas cosas se me olviden y entonces desaparezcan para siempre.

*Según un breve reportaje de Perlavisión, en el momento de su derrumbe, la estación de Arango era la más antigua que se conservaba en Cuba.

11 junio 2014

El abismo cultural de Cuba

Mi generación es la última análoga en la historia del mundo. Dentro de 30 años seremos piezas de museo, como lo fueron durante décadas los veteranos de las grandes guerras mundiales. Los que sobrevivan de nosotros serán los únicos que podrán dar testimonio de cómo era el mundo sin Internet, Bluetooth, Wi-Fi, redes sociales o smartphones.
Mi generación es la última análoga en la historia del mundo… menos en países como Corea del Norte y Cuba. Cuando uno llega a La Habana y logra atravesar ese sombrío túnel donde los oficiales sellan los pasaportes, cae en la duda de si hizo el viaje en una aeronave o en la máquina del tiempo. Los servicios, los vehículos, los edificios y el comportamiento de la gente pertenecen a una época remota.
La mayoría de los niños cubanos están creciendo sin tener el más mínimo acceso a las actuales tecnologías. Una película, Habanastation, de Ian Padrón, aborda el tema desde su lado más lúdico. Pero hay otro mucho más trágico, que tiene que ver con la desactualización, la desinformación y hasta la ignorancia de la mayoría de los cubanos de lo que realmente pasa en el mundo.
Algunos de los que aún defiende a la dictadura, en su afán por desacreditar a los que disienten y levantan su voz contra el anciano régimen, se mofan de empeños como 14yMedio o Estado de Sats con la excusa de que en Cuba nadie los conoce. “¿No te parece terrible eso? —Le pregunté a un dominicano que aún admira a Fidel Castro, el mayor responsable de las ruinas cubanas—. ¿Acaso no es tragedia que en pleno siglo XXI a un país se le prive hasta del derecho a navegar con libertad por Internet?”
Hace unos días un amigo de la infancia, que aún vive en mi pueblo, me mandó a preguntar en una carta por la actuación de los peloteros de nuestra provincia en Grandes Ligas. Todas las noches, Yasiel Puig y José -Pito- Abreu escriben una página de la historia del béisbol, que es uno de los signos de identidad esenciales de Cuba como nación. A los 11 millones de cubanos que viven dentro de la isla les impiden disfrutar con orgullo de eso.
Cuando la dictadura caiga, sea de la manera que sea, Cuba parecerá uno de los cacharros que pintaba Ángel Acosta León. Pero habrá algo más terrible aún que eso: el abismo cultural en el que se encontrarán los cubanos respecto al resto del mundo. Solo por ese hecho es repudiable esa enquistada tiranía que algunos insisten en llamar “revolución”.

06 junio 2014

Urgente: Se necesitan provocadores

(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Antes de seguir a alguien en Twitter suelo revisar su perfil. Esa mínima ventanita se ha convertido en una de las oportunidades más precisas que tenemos para sintetizar nuestro curriculum vitae. Algunos se lo toman demasiado en serio, otros lo hacen de una manera muy ridícula. Particularmente, prefiero a los que acuden al humor o al sarcasmo.
Uno de los perfiles que más he disfrutado en Twitter es el del escritor Pedro Cabiya: “agent provocateur”. Cada uno de sus tweets le hace honor a esa labor que él mismo se ha fijado. Se puede estar de acuerdo o no con lo que él dice, pero no hay manera de ser indiferente a sus afirmaciones, preguntas, dudas o desconciertos, ya sea en forma de preguntas o respuestas.
Cabiya cumple a cabalidad, dentro de la sociedad dominicana, con el rol que se espera de un intelectual, ese que los colaboradores de Wikipedia definen, en 2014, de la misma manera que lo hacían los antiguos: “el que se dedica al estudio y la reflexión crítica sobre la realidad, y comunica sus ideas con la pretensión de influir en ella, alcanzando cierto estatus de autoridad ante la opinión pública”.
El intelectual es, como acierta Cabiya, un provocador por antonomasia. Pero un provocador para bien, algo tan útil donde hay tantos provocadores para mal. Vivimos rodeados de malos ejemplos. A todos los niveles, desde los que ocupan los más importantes responsabilidades hasta los individuos que desempeñan las posiciones menos relevantes, se ha perdido la necesidad de hacer cumplir y cumplir las Leyes.
Por todos lados nos provocan. Nos provocan los que prefieren bloquear la ciudad y doblarle el pulso a la sociedad antes que respetar una señal del tránsito. Nos provoca el funcionario cuyo vehículo oficial es una despampanante Porsche Cayenne. Nos provoca el dueño del Jaguar que, en lugar de usar la misma placa que el resto de los dominicanos, presume una del Principado de Mónaco.
Cada una de esas provocaciones, precisan de otro provocador, que les salga al paso desde la responsabilidad y la inteligencia. Un provocador que no tenga más intereses ni ambiciones que la necesidad de dejar por escrito sus principios y convicciones. Un provocador que no se deba a la disciplina de un partido ni a la obediencia de una institución religiosa.
Para Nietzsche la capacidad intelectual de un hombre debía medirse por la dosis de humor que era capaz de utilizar. Al principio advertí que prefería los que se valían del humor o el sarcasmo para autodefinirse. Esa simpatía es directamente proporcional al rechazo por los rimbombantes y pretenciosos.
Ciertas columnas de opinión de algunos “intelectuales” (las comillas, obviamente, están puestas con humor y sarcasmo) son verdaderos ejercicios de funambulismo, logrando llegar de un extremo al otro del texto, haciendo un equilibrio perfecto entre la palabrería y el no tener nada que decir, ¡justo en una sociedad donde urge expresar tantas cosas!
Otros, que son los casos más tristes, aun teniendo el talento para hacer aportes realmente importantes, se conforman con un puestecito que les permita darse algunos lujitos. Nada del otro mundo: dar algún viajepor Suramérica, sentarse a la diestra del ministro de turno o quedarse con un pedacito de la cinta en algún acto inaugural. Todo lo que sacrifican por ese afán, nos priva de sus contribuciones, que en verdad hubieran sido muy útiles.
Solo por eso hay que darle las gracias a tipos como Pedro Cabiya, que no caen en la tentación de sentirse mimados ni ceden ante las presiones sociales. Nos hacen falta muchos más como él. Es urgente. República Dominicana necesita provocadores para obras de bien.
Aún estamos a tiempo. Peor si seguimos como vamos, llegará el día en que ya se nos hará demasiado tarde.

En patines o en bicicleta

Es importante que diga esto. Es probable que a muchos amigos cubanos, algunos entrañables, no les guste. No me importa. Me preocupa muchísimo más ser honesto. Nací en 1967, ocho años después de que en mi país comenzara a consolidarse una dictadura. Todos los días de mi vida lo denuncio. Lo hago con la intención de llegar a ver una Cuba plural, como no la hemos conocido millones de cubanos. 
Justo por eso necesito decir que Marco Rubio me parece un comemierda. Durante un buen rato pensé el calificativo que se merecía, pero no se me ocurre otro que ¡comemierda! Nunca, jamás en su puta vida, va a saber ese cubano de probeta lo que es ser cubano de verdad. Quizás por eso tampoco se va a enterar de que el embargo ha sido un fracaso rotundo. Me cago en Marco Rubio con los mismos deseos que me cago en Fidel y Raúl Castro. Y al que no le guste, doy la receta: monte en patines o en bicicleta.