28 septiembre 2021

Aleida Pis

A la izquierda, la casa de Aleida Pis y el portal donde tejía.

En las tardes, si uno se asomaba a la puerta de calle de la casa de vivienda de la estación de ferrocarril, podía verla. Del otro lado del andén, de las dos líneas, del patio de Merceditas y de la carretera de Cienfuegos, estaba Aleida Pis sentada en el portal de su casa. Siempre tenía dos agujas entre las manos.
Se ponía a tejer en cuanto el sol abandonaba su sillón preferido. Hacía las medias, gorros y prendas de vestir que luego usarían los recién nacidos del pueblo. Era la mujer más buena del mundo, pero, según ella misma, tenía mal de ojo. No se atrevía a celebrar a un niño sin antes asegurarse de que llevara un azabache.
Mi abuela y ella se querían como hermanas, porque Atlántida había sido como una hija para sus padres, Tina y Pedro Pis Prieto, el célebre presidente del Patronato Pro Luz Paradero de Camarones. A menudo la oíamos llamar por las ventanas. A veces no entraba, solo le alcanzaba un dulce a mi abuela y se iba.
Un día sacaron relojes despertadores en la tienda de Blanca Llerena. Eran Slava, un artefacto soviético que parecían tener la misma maquinaria de los tractores MTZ. Una mujer que vivía por la Loma del Chino Piloto quiso mostrárselo a Aleida. “¡No lo saques de la caja!”, le advirtió.
Pero la mujer insistió y, en cuanto Aleida dijo que estaba bonito, se le fue de las manos y cayó hecho trizas. A finales de los 80, Aleida viajó a Miami invitada por su hermano Landy. Fue a preguntarme qué quería que me trajera. Le pedí lo que más falta me hacía en aquel momento: una cinta de máquina de escribir.
Gracias a ese regalo, pude pasar en limpio el borrador de Los trenes no vuelven, el primer libro que publiqué. En la dedicatoria del ejemplar que le regalé, le di las gracias por la cinta y por cada dulce que llevó a mi casa durante toda mi infancia. Con el libro entre sus manos, me miró agradecida.
—Gracias, mi niño —me dijo—. Tú sabes que no puedo decir que está bonito, ¿verdad?

25 septiembre 2021

Laika y Nerón


Laika y Nerón tuvieron un amor a primera vista. Desde el día en que se conocieron, vivieron para encontrarse entre la línea principal y el apartadero. Ella dejó de jugar conmigo y voló por encima de los raíles. Él logró pasar a través de los alambres del patio de Mercedita. Cada quien llegó hasta la mitad del camino.
Se estuvieron olfateándose un largo rato. Ella se quedó inmóvil, para que él explorara todo su cuerpo. La llamé varias veces y, por primera vez, no me hizo caso. Se había paralizado. La voz ronca de Talín tronó en la ventana de la cocina de su casa, donde siempre resplandecía una temblorosa bombilla.
—¡Neeeeerón!
El grito fue tan fuerte que espantó a unas auras tiñosas que se estaban comiendo los restos de una gallina. Nerón, sin embargo, ignoró el llamado de su dueño. Siguió husmeando cada palmo de Laika, mientras las colas de ambos se movían sin cesar y, a veces, se entrelazaban.
Un día que Chena vino a dejar una carretilla de películas en la estación, me preguntó si quería uno de los cachorros de Loba. Me encogí de hombros. Con ese gesto le quería decir que me encantaría, pero que mi abuelo siempre se ha negado a que tengamos un perro en casa.
Chena me entendió perfectamente y me dijo que, si yo quería, él hablaba con Aurelio. le dije que no con la cabeza. “¿Eso quiere decir que sí?”, me preguntó. Volví a decir que no con la cabeza. Entonces me dijo que me lo traía al día siguiente y que por mi abuelo no me preocupara.
—¡Y para colmo es una hembra! —protestó Aurelio cuando me vio con la cachorra entre las manos.
Chena se reía a carcajadas y mi abuela fue a la cocina a buscarle leche. Mercedes Cabrera le había regalado los dos machos que quedaban a un chofer de los pepinos de Santa Clara. Los pepinos son unas viejas guaguas checoslovacas que suenan muchísimo, su ronroneo se oye a kilómetros de distancia. 
—Es igualita a la madre —me dijo Chena.
—¿Cómo le vamos a poner? —me preguntó Atlántida.
Unos días atrás yo había leído, en la revista Unión Soviética, la historia de una perra callejera que se convirtió en el primer ser vivo en viajar al espacio. El 3 de noviembre de 1957, a bordo del Sputnik I, orbitó sobre la Tierra. No sobrevivió, pero gracias a ella Gagarin sí pudo hacerlo.
—Laika —dije.
—¿Laika? —preguntó Atlántida.
—Por la perra que fue al espacio —dijo Aurelio.
—Por suerte en el Paradero de Camarones no hay cohetes —dijo Chena y se fue con su carretilla llena de rollos de películas, traqueteando por todo el pueblo.
Laika me esperaba todos los días en la punta del andén. Aunque el timbre de la escuela no se escuchaba en la estación, ella sabía perfectamente que había sonado, porque se quedaba inmóvil hasta que yo aparecía. La habíamos enseñado a no cruzar las vías del tren y por eso no salía a mi encuentro.
Los fines de semana me iba con ella a correr para el potrero. En época de lluvias, cuando la cañada tenía agua, ella se lanzaba y trataba de pescar guajacones con el hocico. No me consta que lograra atrapar alguno, pero eso no hizo que desistiera. Todo lo contrario.
Siempre fue muy obediente… hasta que conoció a Nerón. El perro de Talín y Mercedita era negro como un azabache y fiero. Enloquecía cuando las auras tiñosas se posaban en las matas de mango del patio. No descansaba hasta que lograba espantarlas. 
No sé cómo llegó a tener el nombre de un emperador romano en un pueblo donde los perros se llaman Verduga, Mocho o simplemente Perra, como la de Aldo y Tony Pérez. Pero Nerón, en honor a la verdad, reinaba en aquellos patios. Todos le temía, tanto los animales como las personas, excepto Laika. 
En cada una de las estaciones donde mi familia vivió, perdió un perro o un gato bajo las ruedas de los trenes. A veces, en la sobremesa, Atlántida recuerda la tarde en que un tren mató a Motica, la perra más querida la familia. Fue en el andén de San Juan de los Yeras. 
Mi abuelo le iba a dar la vía a un tren de caña y la perra, que ya estaba ciega, lo siguió. Parece que con el enorme estruendo que hacía la locomotora de vapor, Motica se desorientó y cayó a la línea. Hubo que esperar que pasara el caboose para recuperarla. Ese día Aurelio juró que nunca más tendríamos un perro.
Hasta el día en que Laika, después de beberse un plato de leche, fue donde él y se echó en sus zapatos. Aceptó con la condición de que la enseñáramos desde chiquitica a que no podía bajar del andén a la línea. Aprendió enseguida y fue muy obediente hasta que conoció a Nerón.
Una tarde estaba corriendo con Laika por el potrero. Ella se detuvo de pronto y paró las orejas. Olfateó el aire, como si quiera asegurarse de lo que estaba sintiendo. Me miró y volvió a olfatear. Cuando estuvo segura, salió corriendo. La llamé muchísimo, pero no me hizo el más mínimo caso.
Entonces se oyeron los pitazos de un largo tren de carga. Por más que corriera no iba a llegar a tiempo. Cuando subí las escaleras del patio, Atlántida estaba llorando. “¡No vayas para el andén!”, fue lo único que me dijo. A Nerón lo mató en el acto, porque puso su cuerpo entre Laika y la locomotora.
Aurelio la trajo cargada y la acostó sobre un saco en el último cuarto. El veterinario de Cruces dijo que no había nada que hacer, porque tenía varias fracturas en la columna vertebral. Esa noche los aullidos de su dolor no nos dejaron dormir.
Al día siguiente, cuando volvía de la escuela, oí un disparo de escopeta. Benigno había ido a sacrificarla. La enterramos en el patio. Encima de su tumba, Atlántida sembró una mata de naranjas dulces. Justo enfrente, del otro lado de la línea principal y el apartadero, está la tumba de Nerón.
—En el Paradero de Camarones no hay cohetes —dijo Chena cuando lo supo—, pero los trenes pasan volando.
Desde entonces las auras tiñosas duermen en las matas de mango del patio de Merceditas. Le perdieron el miedo a la voz ronca de Talín.

22 septiembre 2021

El primer aguacero de mayo


(Fragmento de la novela Atlántida)

La sequía ha sido larga. En el callejón de La Flora, nadie se atreve a dejar abiertas las puertas y las ventanas que dan al frente. Constantemente se forman remolinos de polvo que dejan a la gente que parecen fantasmas, con las caras y el pelo totalmente blancos.
Cuba se haya situada muy cerca al Trópico de Cáncer, entre los 20º y los 23º de latitud norte. “Aunque estamos en la misma franja del Planeta que atraviesa el Sahara y Arabia, las regiones más desérticas del mundo —nos explicó el maestro Gustavo—, vivimos en una isla de una fertilidad extraordinaria”.
Ese día también nos explicó la influencia de los vientos alisios y cómo son interrumpidos por corrientes inferiores y por sistemas circulatorios locales que dan lugar a las brisas desde el mar, por el día, y los terrales, durante toda la noche. Esos mismos vientos influyen sobre las lluvias.
Según Aurelio, cuando el cielo se nubla al sur del pueblo, sobre la granja Panamá o la Vía Estrecha, el aguacero acaba cayendo en Hormiguero. Para que caiga sobre nosotros, debe de estar nublado del lado de Cruces, en la loma de la Rioja o en la represa de Ciprián Pis.
En las últimas semanas se ha estado nublando, pero siempre del lado equivocado. Los trenes que vuelven del puerto de Cienfuegos en la tarde, pasan empapados y levantando todo el polvo eque se ha ido acumulando en el suelo del pueblo. “¡Llévatelo, viento de agua!”, gritan los viejos frustrados.
Hoy todo parece haber cambiado de repente. El cielo en dirección a Cruces se ha puesto negro y un círculo de auras tiñosas nos avisa que esta tarde sí puede llover. “¿Crees que caiga?”, se preguntan unos a otros en el bar, la tienda y el Liceo, Todos consultan a los más viejos, que concuerdan en decir que sí con la cabeza.
La distribución mensual de las precipitaciones en Cuba está dividida en dos estaciones: la seca y la de lluvia. La época de seca se extiende desde noviembre hasta abril. La de lluvias, de mayo a octubre. El mes más seco del año es diciembre y el menos lluvioso, agosto. Las Villas es la provincia donde más llueve.
Este año, sin embargo, la seca fue más larga que nunca. Muchos pozos se han secado y las vacas apenas dan leche. Mi tío Rao Yero culpa de todo al gobierno. “¡A esta gente ni les llueve!”, dice a cada rato, mientras trata de enderezarse para alcanzar a ver el cielo.
—¿Crees que caiga? —Le preguntó Felo López a mi abuelo.
—Vamos a ver —respondió Aurelio escéptico.
—Ay, dios mío, con la falta que hace —dijo Atlántida desde la cocina.
Aproveché ese momento para mencionar algo que la pone de muy mal humor. Como padezco de la garganta y me dan unas fiebres muy altas, a ella no le guste que me moje con agua de lluvia. Muchísimo menos que me bañe en los aguaceros. Aurelio y Felo me apoyaron. “¡Sería el primero de mayo!”, le dijeron.
—¡Si no truena! —aceptó a regañadientes.
Un enorme estruendo siguió a sus palabras y estremeció a todo el pueblo. “¡Je, míralo ahí!”, dijo Atlántida aliviada. Pero fue el único, poco después se desató un aguacero torrencial. A través de los patios se oían las exclamaciones de felicidad de la gente. “¡Al fin!”, repetían.
Entonces empezó a flotar en el aire el olor más rico que es capaz de producir el planeta, ese que despide cuando al agua cae sobre la hierba, las piedras de la línea y el techo de zinc de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Siempre que lo respiro, una extraña felicidad se me mente en el cuerpo.
Estaba mirando el aguacero por la ventana del comedor cuando Atlántida se me acercó. Su mirada quería decir que me podía bañar. Me quité la camisa y salí corriendo para el andén. La mitad del pueblo se había borrado. Apenas quedaban la casa de Felo López y las matas de mango del patio del Chiqui.
Metí la cabeza en el corro de la canal, por donde sale gran parte del agua que se acumula en el techo de la estación. Aunque es muy fuerte y a veces duele, se siente como si uno estuviera debajo de una catarata. No había otro sonido en el mundo que el del aguacero cayendo contra el andén.
Me quedé alrededor del chorro de la canal hasta que dejó de caer. Cuando escampó y reapareció el pueblo, las cosas parecían tener un color diferente. Todo se veía como si estuviera acabado de pintar. A lo lejos, por la carreterita, apareció Basilia. Se fue acercando lentamente,venía empapada. 
—Tremendo aguacero —dijo cuando pasaba junto a mí—. No encontré donde meterme.
Me fue imposible responderle. No me aparecía la lengua dentro de la boca. El agua había hecho que su blusa fuera totalmente transparente. Se le veía todo y los segundos en que tuve esa imagen delante de mí hicieron que todo lo demás dejara de ser importante, incluyendo el aguacero y la catarata de la canal.
Atlántida me preguntó si el baño en el aguacero me había gustado, pero mi lengua seguía sin aparecer. “¡Sécate rápido!”, me ordenó. Fui a ciegas hasta el baño. Delante de mí seguía teniendo aquella imagen fija. Mirara donde la mirara, lo seguía viendo era la blusa y lo que había detrás de la blusa.
Nunca olvidaré el primer aguacero de mayo de 1978, pero por una razón ajena al Trópico de Cáncer, las brisas que vienen del mar y los terrales, las estaciones de la seca y las lluvias… El primer aguacero de mayo será siempre para mí Basilia acercándose lentamente, empapada.

21 septiembre 2021

Cada cosa está en su sitio


(Fragmento de la novela Atlántida)

Mercedita ya empezó a barrer todas las hojas que cayeron en su patio durante la noche. Carmen regresa del crucero y Felo López de apagar los faroles de los cambiavías. Berto Aguilar cruza el apartadero, primero, y la línea principal, después, rumbo a la granja Panamá. 

Cebollón anuncia que seguirá sin llover en los próximos días, mientras lanza periódicos por ventanas y postigos. Cundunga da tumbos por la carretera, la guagua de Palmira estuvo a punto de atropellarlo. Luzbel Cabrera enciende el compresor del garaje y Chola se mira las manos, que ya están llenas de grasa.

Yuyo Serralvo le manotea a alguien, prometiéndole que cualquier tiempo futuro será mejor. Claudio el Zapatero, convertido en dependiente del bar Arelita, comienza a batallar con una nube de moscas. Castellanos el barbero le saca filo a su navaja y corrige, acercándose al espejo, su impecable bigote.

Aracelia le abre las puertas de su casa a la mañana y su hija Nancy se sienta en el columpio a conversar con Basilia, para probarle a todo el que pase que las mujeres más lindas de la provincia viven en el Paradero de Camarones.  Las dos echan la cabeza hacia atrás cuando se ríen. Basilia, además, cierra los ojos.

Ciro y Juan José Monzoña ya llenan cartuchos mientras Blanca Llerena empieza a cortar telas. Macho Calixto, entalcado y perfumado, acaba de tomar el banco donde permanecerá el resto del día. Felipe Cervera, apostado frente a él, ya está listo para enfrentar los ataques de todos. Orgulloso de ser el único fanático de Industriales en el pueblo, discutirá hasta que le suba la presión. 

Felo el Mulo, Pepe el Sordo y Granados esperan en sus impecables máquinas por los pasajeros a San Fernando. Chena acaba de salir con la carretilla del cine a buscar la película que llegará en el tren de las 10:27, tiene tiempo suficiente para saludar y conversar con todos los que encuentre en su camino.

Aleida Pis se ha sentado a tejer mientras Paco de la Rosa, su marido, se abre la camisa, como si todavía le ardiera el agua hirviendo que le cayó en el pecho hace años. Justo al lado de su casa, Chano Monzón acababa de darle de comer a sus conejos y ahora cuida de sus lechugas como si fueran flores.

Pipio Pis y Julito Monterito atraviesan el pueblo como si fueran personajes de una película del Oeste, dejando a su paso la larga sombra de sus caballos. Pura Carballosa abre las puertas de la farmacia. El sol se refleja en los vidrios de los estantes y enceguece por un momento a los que esperan la guagua de Cienfuegos.

En una pequeña puerta que hay al lado, Ramona abre el buzón para ver si echaron alguna carta durante la noche. El tractor con la carreta de los macheteros millonarios deja una nube de humo negro mientras se aleja por el callejón de La Flora. Garay, el hijo de Rao, pasa a toda velocidad en su Plymouth Fury. 

Rigo, el antiguo dueño de la valla de gallos, no le quita la vista de encima a la Conga, su mujer, que se aleja en dirección a la bodega de Chena. Edilia, después de tomar la precaución de ponerse Kikos plásticos, une los cables pelados que encienden las aulas.

Gustavo el maestro nos ha mandado a formar y se ha quedado mirando a Basilia. Ella, después de darle un beso a su hija, mira a ninguna parte. El tolvero de Sagua, con dos locomotoras Tem 4 y 850 toneladas de azúcar a granel, logra convertirse en el único sonido del pueblo durante todo el tiempo que demora en pasar.

En casa de América, como todas las mañanas, tienen puesto a Radio Reloj. Anuncian cielos despejados, la venta liberada de cereal de sémola proveniente de la Unión Soviética y una zafra histórica con un recobrado nunca antes visto. Cada cosa está en su sitio, el día puede empezar.

20 septiembre 2021

Olor a nuevo


Descubrí el olor a nuevo en 1975, a mis 8 años. Hasta ese momento, la inmensa mayoría de las cosas que me rodeaban eran viejas y pertenecían a eso que los mayores llamaban el “tiempo de antes”. La estación de ferrocarril donde vivía con mis abuelos era de 1914. De hecho, tenía la misma edad que mi abuela Atlántida.
El televisor, la batidora, el radio, la cocina de gas… Todo en casa ya estaba ahí cuando nací. Aunque en la tienda del pueblo cada cierto tiempo vendían cosas nuevas, el olor de aquel caserón tan antiguo acababa contagiándolas. En el momento en que Blanca Llerena las tomaba del anaquel y nos la alcanzaba, ya parecía de uso.
Aquel año, debido a la reconstucción de la Línea Central, los trenes de La Habana a Santiago habían sido desviados por la Línea Sur. Eso hizo que por primera y única vez, la estación del Paradero de Camarones se mantuviera abierta las 24 horas de los siete días de la semana. Hugo Lois era uno de los operadores que se turnaban.
—¡Camilito! ¡Camilito! ¡Camilito! –me llamó una tarde por la puerta que daba de la estación a mi casa— ¡Ven para que veas una locomotora nueva!
Salí corriendo para el andén justo en el momento en que llegaba. Era color vino y relucía. Oyendo la conversación entre Hugo y la tripulación del tren, supe que acababan de llegar de Canadá, que eran 50 y que corrían muchísimo. El maquinista, al ver mi cara de asombro, me preguntó si quería subir a verla por dentro.
Nunca, ni antes ni después, un artefacto me ha deslumbrado tanto. Ni siquiera la primera vez que me subí a un barco o a un avión. Después de haber permanecido 8 años en el pasado, aquel súbito viaje al futuro acabó mareándome. Eran tantos los relojes, las luces y los botones, que la vista se me nubló. Solo retuve el olor.
Hace unos días, Diana cambió su viejo Alfa Romeo por un Jeep. Cuando nos encerramos en él y salimos en dirección a casa, lo reconocí de inmediato. Es falso que un aromatizante pueda imitarlo. Nada sustituye ese aroma de las cosas acabadas de estrenar. Ahí estaba, 46 años después, el olor que encontré en aquella locomotora.
Todo era viejo a mi alrededor hasta que llegó ella. Era color vino y relucía.

19 septiembre 2021

Talín


Siempre volvía justo antes de que cayera la noche. Su viejo camión llegaba exhausto. Las fuerzas justo le alcanzaban para retroceder por el patio y echarse bajo las matas de mango. En el fogón de Mercedita, un jarro de agua hervía. Un baño bien caliente era su remedio contra el cansancio del día y la artrosis.
Si el camión venía cargado, llamaba a sus vecinos para que tomaran algo de él. Tomates, papas, plátanos o cualquier cosa que se pudiera sumar a última hora a la mesa. “¡Camilitooo! —me llamaba su voz ronca del otro lado de las vías del tren—. ¡Trae un cubo para que le lleves algo a Atlántida!”. 
Como su patio estaba completamente cercado, yo solía saltar por encima de los alambres. Eso lo ponía de mal humor. “¡Nunca esperas a que yo te abra!”, me regañaba. Ya a esa hora, tenía puesto el pantalón del piyama y había sido entalcado por Mercedita del cuello para abajo.
Su voz ronca era parte de los sonidos que oíamos durante la noche, mezclada con los ruidos de los trenes, las canciones de Nocturno en los radios de todas las casas y la amenazante vigilia de las lechuzas. Nunca llegamos a ver su camión en las mañanas. Se marchaba antes de que el primero de nosotros abriera los ojos.
No olvido una tarde de 1993 en que llegó cargado de tomates (recuerdo la fecha porque Ana Rosario estaba recién nacida). Me llamó y, después de regañarme por no haber esperado a que me abriera, me dijo que tomara todos los que quisiera. “Dile a tu mamá que estos son los últimos, que aproveche”, me advirtió.
Me pasé casi toda la noche cargando cubos de tomates. Al día siguiente improvisé un fogón de leña con dos raíles. Gracias a eso no nos faltó puré de tomate durante todo aquel año, el más difícil que viví en Cuba. Poco después enfermó y su hijo José Luis se hizo cargo del camión.
Hasta un día en que volví y a los sonidos de la noche del Paradero de Camarones ya le faltaba su voz ronca. Nunca más me atreví a saltar por encima de los alambres de su patio.