29 octubre 2017

La dictadura de Cuba le devuelve cuatro derechos a los cubanos

El anuncio fue hecho en el periódico Granma, principal vocero de la dictadura de Cuba. El diario, que se dedica a sobredimensionar noticias irrelevantes, a tergiversar lo realmente importante y a maquillar con eufemismos la crítica realidad de la isla, estableció cuatro puntos:
  • Eliminar la “Habilitación” del pasaporte para los viajes a Cuba de los emigrados cubanos.
  • Autorizar la entrada y salida a Cuba de ciudadanos cubanos residentes en el exterior en embarcaciones de recreo, a través de las Marinas Turísticas Internacionales Hemingway y Gaviota-Varadero. Una vez que estén creadas las condiciones, se ampliaría progresivamente a otras marinas.
  • Permitir la entrada a Cuba de los ciudadanos cubanos que salieron ilegalmente del país, excepto aquellos que lo hicieron a través de la Base Naval de los Estados Unidos en Guantánamo.
  • Eliminar el requisito de avecindamiento para que los hijos de cubanos residentes en el exterior, que hayan nacido en el extranjero, puedan obtener la ciudadanía cubana y su documento de identidad.
Lo que Granma llama “irreversible proceso de actualización de la política migratoria del país”, no es más que es una devolución. Durante casi 60 años el régimen ha privado a los cubanos de muchos de sus derechos fundamentales, como el de poder salir y entrar a su país con total libertad.
“¿Cómo así? —Me preguntó desconcertado un amigo cibaeño—. O sea, viejo, ¿que tú no podías salir y entrar de tu país cada vez que te diera la maldita gana?”. Su asombro es lógico. Para un dominicano, un jamaiquino o incluso un haitiano, esos cuatros puntos resultarían incomprensible.
Muchos cubanos, en cambio, los asumen como una buena noticia. Algunos, incluso, se muestran agradecidos. “Viejo, ¿y por qué en Cuba la gente no se rebela?”, me preguntó el amigo cibaeño. “Es difícil y largo de explicar —le dije—, pero este hecho te puede ayudar a entender”.
Primero le mostré la manera en que el Granma lo anunciaba, luego le di un paseo por varias reacciones de cubanos en Facebook. “Mierda, loco…”, fue lo único que dijo. Luego se sirvió un largo trago de Brugal y me invitó a mirar en dirección al oeste, donde una tarde libre se despedía de la Cordillera Central dominicana.
Poco después, ya en Cuba, caería presa de la Sierra Maestra.

27 octubre 2017

Cuatro apuntes para un viernes que será demasiado largo

I.
Viendo en Netflix un documental sobre la Segunda Guerra Mundial, confirmé que el paradigma de Fidel Castro nunca fue José Martí. Él solo se aprovechó del Apóstol para sacar de los cubanos ese infantilismo patriotero que nos llevó a la ruina. Ni siquiera los dictadores de izquierda lo inspiraron tanto como Benito Amilcare Andrea Mussolini. 
Lo imitó en todo: en los gestos, en los discursos, en los actos, en las fotos, en las imágenes en movimiento... Vean al Duce dando un discurso, cosechando junto a campesinos o compartiendo con obreros, fíjense en su gestualidad y en las caras de los que le rodean. Luego busquen en YouTube un Noticiero ICAIC y comparen.

II.
Insisto, nunca compartiría una causa con la desfachatez y la doble moral de Pablo Iglesias y sus correligionarios, que son tan impresentables como él. No se puede estar del lado de la libertad y simpatizar con Podemos, porque son conceptos antagónicos. Desde que nací hasta los 33 años, viví dentro de una dictadura. 
No pude entender de verdad el oprobio del populismo, el mesianismo y el autoritarismo, hasta que lo vi desde afuera; por eso sería incapaz de volverme a meter en él por mi propia voluntad.

III.
Si Cataluña fuera parte del territorio de Rusia o Venezuela (los dos países que, de la manera más descarada, han alentado su separatismo), ahora mismo habría allí una carnicería. Más allá de la torpeza congénita de Rajoy (gallego al fin), la paciencia de España ha sido admirable.

IV. 
Silvio Rodríguez, que es cubano y adora a una de las dictaduras más viejas y reaccionarias del mundo, apoya el separatismo catalán. Joan Manuel Serrat, que es catalán y ha sido siempre muy consecuente con sus ideales progresistas, defiende la autonomía como parte de España.
Solo en base a esos dos juicios uno puede llegar a su propia conclusión.

20 octubre 2017

Historia cubana del miedo

Enrique Del Risco acaba de publicar El compañero que me atiende, un libro que —según sus editores— también pudo llamarse “historia cubana del miedo. El miedo de vivir (y sobre todo, de escribir) rodeado de un ejército de policías, agentes encubiertos, colaboradores y simples soplones encargados de pastorear las almas descarriadas de los cubanos, sean escritores o no”.
Eso me hizo pensar en todos esos compatriotas míos que siguen cargando con su terror aun cuando están bien lejos de Cuba y su viciosa realidad. Siempre tienen una excusa para justificar sus omisiones, sus silencios o su inquebrantable manía de mirar para otra parte.
A veces dicen que no hablan de Cuba porque eso es perder el tiempo, otras que no les interesa la política (lo cual es falso, porque nunca pierden la oportunidad de criticar a las democracias) o, cuando ya no pueden más, bordan sus inconformidades para que permanezcan siempre en el límite de lo admisible.
Hoy mismo me compraré el libro de Enrisco. Seguramente me ayudará a seguir venciendo mis propios miedos y a no callarme. Cuba, al menos para mí, ya es un caso perdido; pero me gustaría pensar que es recuperable para la generación de nuestros hijos o la de nuestros nietos, con esa ilusión en mente, trato de no quedarme callado nunca.

16 octubre 2017

La mata de salvia

Mi abuela Atlántida tenía una vieja mata de salvia. Estaba detrás de la casa, en la cerca del andén del ramal Cumanayagua,  justo debajo de la ventana de la cocina. Nunca supe si nació allí o fue ella quien la sembró. Cuando un gajo de la mata de magos filipinos le daba sombra, mi abuelo Aurelio se resistía a cortarlo.
“Viejo, yo sé que a ti te gustan mucho esos mangos —reconocía Atlántida antes de dictar sentencia—, pero tú sabes que a mi mata no le gusta la sombra”. Atlántida resolvía buena parte de nuestros males con aquella planta: fiebres, afecciones de la garganta, corrientes de aires....
De Niño, dormí muchísimas veces con hojas de salvia en cruz en la planta de los pies, dentro de las medias.  En cuanto amanecía, lo primero que hacía Atlántida era revisarlas. “¡Mira eso —me decía siempre con el mismo asombro— están tostadas, eso quiere decir que ya te vas a poner bien!”.
En la Loma de Thoreau ya tenemos nuestra mata de salvia. La conseguimos con Pichón, un haitiano que cuida un vivero en La Vega. A veces, cuando paso cerca de ella, machuco una de sus hojas entre mis manos, la huelo y pienso en Atlántida. 
Aunque no tenga nada, sé que algo me cura; solo su olor y las cosas que me recuerda.

15 octubre 2017

Llegada de un tren a la estación de La Ciotat

Me hubiera gustado estar
entre los primeros
que vieron llegar el tren
a la estación de La Ciotat.
Salir corriendo,
contigo de la mano,
en busca de alguna salida
a la noche de 1895.
Piensa otra vez
en aquellos 50 segundos
en el Grand Café de París.
El andén bañado por el sol,
la gente que va y viene
sin que podamos oírles,
la máquina que se acerca
con un silencio aterrador.
Me hubiera gustado
estar contigo ahí,
asegurarme
de que no te soltaras
de mi mano,
besarte cuando
estuviéramos a salvo
y, finalmente,
reírnos
de nosotros mismos,
burlarnos
de nuestro miedo
a la poesía del cine,
ese increíble invento
que anoche tampoco
te dejó dormir.

11 octubre 2017

Los sobrevivientes

Hace unos días, mientras le echaba gasolina a nuestro Jeep, un joven dominicano se aseguró de que Diana no lo escuchara y me preguntó cuántas venezolanas me "había dado". Cuando le dije que ninguna, puso cara de asombro. "Pero si están que lo dan hasta por una cena…", respondió desconcertado.
Al día siguiente, leí una entrevista a dos prostitutas venezolanas. Eran muy jóvenes. Una estudiaba arquitectura en Caracas, la otra quiere volver a estudiar mercadeo. Dejaron atrás todo: su familia, sus amigos, su cultura. “Lo único que yo pido es recuperar mi dignidad”, dijo al final una de ellas.
“Es increíble cómo Chávez destruyó a ese país”, me comentó un amigo en un semáforo, mientras un venezolano tragaba fuego delante de nosotros. “Sí –le respondí—, el chavismo también imitó al fidelismo en eso: ahora Venezuela es un país de sobrevivientes”.
 Por eso los jóvenes se ven forzados a marcharse, a hacer malabares o prostituirse, a vivir sin esperanza ni futuro. Hasta ahora, todas las revoluciones que se ha hecho en nombre de los que menos tienen lo único que han logrado es que nadie tenga nada, la mayoría de las veces ni dignidad.