12 octubre 2021

Casilda


(Fragmento de la novela Atlántida)

Dormimos en la cubierta del barco. Nunca el cielo había tenido tantas estrellas. Serafín me enseñó a encontrar la Osa Mayor en aquel enjambre de luces titilantes. Luego, después de trazar una diagonal desde Merak, dimos con la estrella Polar. Al final me puso a buscar la doble ve de Casiopea.

Llegamos al puerto de Casilda en el Willys de Eulogio, un amigo de mi padre. Llevaba el parabrisas abatido sobre el motor y a cada rato se me metía un insecto en los ojos. Solo nos detuvimos para ver al lago Hanabanilla desde lo alto. En Topes de Collantes, después de atravesar una nube, comenzamos a descender hacia el mar.

Frente a nosotros, en el muelle que está del otro lado de la ensenada, una locomotora formaba un tren de combustible. En unas horas estaría vadeando las montañas del Escambray y pasando sobre los altísimos puentes del ramal Trinidad. A Serafín le molestó que estuviera pendiente de sus maniobras.

—Vas a navegar por primera vez en tu vida —me dijo—. ¡Olvídate por una vez de los trenes!

La tripulación estaba integrada por tres hombres. Blas, el capitán, es viejo y está todo lleno de arrugas. Pero tiene una fuerza descomunal, apretó mi mano como si estuviera exprimiendo una naranja. Le prometí que no me iba a marear y él me dijo que así hablaban los hombres.

Aunque Enrique es hijo de Blas, tiene tantas arrugas como su padre. También exprimió mi mano al saludarme. Octavio está casado con una hija del capitán. Salimos del puerto al mismo tiempo que el tren. Al pasar junto a una boya enorme, nos cruzamos con un barco idéntico al nuestro.

—¡Blaaaaas! —dijeron todos desde la otra cubierta.

—¡Santiagooooo! —dijeron todos desde la nuestra, incluyendo a mi padre.

En la popa de las embarcaciones ondeaban sendas banderas cubanas. Ambas estaban desteñidas y deshilachadas. Poco a poco la costa se fue borrando. Lo último en perderse de vista fue la enorme silueta de las montañas. La próxima semana la pasaría descalzo y sin pisar tierra firme.

Blas solo quitaba las manos del timón al final de la tarde, cuando fondeábamos cerca de un cayo o de algún barco hundido para dormir. Enrique, con la ayuda de mi padre, se encargaba de las nasas y los palangres. Octavio de la cocina y del cuarto frío donde se guardaba la pesca.

La tripulación dormía en el camarote de popa, mi padre y yo en el de proa. En el segundo día, Blas me dijo que al principio creía que yo iba a ser un peor marino. Serafín, después de poner cara de orgullo, me prometió que la siguiente jornada sería la más emocionante de todas.

Como estaba muy oscuro, no advertí que habíamos fondeado junto a un cayo. Se llama Macho Afuera. De ahí en adelante, me dijo Blas, solo veríamos mar. Pusimos proa al punto más oscuro, justo donde, cerca del mediodía, se armó una tormenta. Decenas de peces voladores parecían tener el mismo derrotero que nosotros.

Las olas eran cada vez más altas. Blas prácticamente se tuvo que abrazar al timón para poder mantener el rumbo. Octavio apagó el fogón y aseguró todo. Enrique y Serafín, en la proa, buscaban algo en el mar. “¡Allá!”, dijo por fin el hijo del capitán y mantuvo el brazo en alto hasta que su padre distinguió una boya roja. 

El güinche empezó a tirar del cable al que estaba atada la marca. Un primer anzuelo salió vacío y todos dijeron una mala palabra. El segundo anzuelo tampoco traía nada y las malas palabras se repitieron. El tercero fue la vencida, un enorme tiburón quedó extendido sobre cubierta.

Aunque no se movía, me le acerqué lentamente. Su piel era como una gruesa lija. Mi padre gritó para que me quitara. Otro tiburón cayó justo a mi lado. Cuchillo en mano, Octavio los iba destripando y lanzando hacia el cuarto frío. El olor de aquella tarde se me quedó en las manos por días.

En la noche estaba tan cansado que me fui solo para el camarote. Dejé la puerta abierta para oír las voces de Blas, Enrique, Octavio y Serafín, quienes comían chicharrones de cerdo y bebían ron a pico de botella. El agua dejó de chocar contra el casco. Nada se movía, hasta el mar parecía estar exhausto.

De regreso, entramos al puerto bajo un torrencial aguacero. El muelle donde se forman los trenes de combustible había siete tanques sin la locomotora. Me pregunté si el tren aún no había llegado o ya se había marchado. Durante la maniobra de atraque, lancé uno de los cabos.

Me había pasado navegando libros enteros. Muchas de las palabras que le oí decir a Blas, Enrique, Octavio y Serafín ya me resultaban conocidas gracias al capitán Nemo, Pencroff, Sandokán o el Corsario Negro. Incluso la extraña calma de las noches en alta mar me resultaba familiar. 

Pero los olores fueron totalmente nuevos para mí. Cada cosa que tocaba se me quedaba impregnada como una marca invisible. En el Willys de Eulogio, ya con los zapatos puestos y de regreso a Manicaragua, me olía las manos y todavía estaba allí la tarde de los tiburones.

11 octubre 2021

Empieza la aventura de Guanaroca


Cuando Diana y yo tomamos la decisión de construir una pequeña cabaña cerca de la nuestra, para alquilarla a quien se aventurara a subir hasta la Loma de Thoreau, no nos imaginábamos cuánto íbamos a disfrutar esa experiencia. Lo mejor de todo es que cada huésped de Arriero se va con las ganas de volver.
No hemos podido conocerlos a todos, pero siempre nos emocionan sus reseñas, sus evaluaciones y los testimonios que nos hacen llegar. Aunque hasta ahora tenemos en Airbnb una puntuación perfecta (como Nadia Comăneci), seguimos esmerándonos en cuidar cada detalle y en mejorar aún más.
Todo empezó como un divertimento, pero cada vez nos lo tomamos más en serio. Tanto, que nos gustaría seguir haciéndolo cuando nos jubilemos. Por eso acabamos de invertir en un apartamento junto a un pequeño lago, a unos pocos pasos de una de las playas más hermosas de la península de Samaná.
Cuentan que en Cienfuegos, en el centro de la isla de donde Diana y yo venimos, una aborigen llamada Guanaroca abrió un higüero y de él salieron los peces, las aves y las aguas de la laguna que lleva su nombre. Al final del Malecón de la ciudad hay una escultura de Rita Longa que recuerda esa leyenda. 
Justo delante de nuestro nuevo apartamento hay un higüero cuyas ramas caen sobre el lago. A su alrededor hay una rica vida silvestre. Es por eso que le hemos dedicado el nuevo refugio a la remota deidad cienfueguera. Esperamos que aquí también ella siga haciendo maravillas para nosotros y para los que nos visiten.
Mi Cucha disfruta la montaña tanto como yo, pero a ella también le fascina el mar y ha llegado el momento de complacerla. Una nueva aventura acaba de empezar.

07 octubre 2021

El día que me leí "Caleidoscopio"


El Nicho, el sitio del Escambray donde cursé la secundaria, más que una escuela parecía un campamento militar. Las aulas, los dormitorios y el comedor eran largos barracones de madera con el techo de asbesto. Al final de la primera nave de aulas estaba la biblioteca. Pasé largas horas encerrado en aquel lugar.
Desde sus amplias ventanas de cristal se veía un cafetal y luego las montañas. Aunque la escuela en general era fea, aquel lugar me fascinaba. Allí conocí a Raymond Douglas Bradbury, en una edición de El hombre ilustrado de 1967. Recuerdo el año, porque me resultó curioso que el libro tuviera la misma edad que yo. 
Para empezar, busqué en el índice un cuento corto. Así fue que elegí “Caleidoscopio”. Aunque suelo emocionarme con facilidad con las lecturas, el cine o el teatro, aquel pequeño relato me conmovió de tal manera, que empecé a releerlo inmediatamente después de acabarlo.
La historia de aquellos astronautas que se vieron flotando en el espacio, tras la destrucción de su nave, y que se mantuvieron comunicándose por radio mientras caían hacia una muerte inevitable, me estuvo dando vueltas en la cabeza por semanas. A veces dejaba por mitad otro cuento del libro y volvía a juntarme con Barkley, Woode, Stone, Hollis, Stimson, Applegate y Lespere.
Más de una vez miré hacia el cielo polvoriento del municipio Cumanayagua como si fuera el de Illinois, tratando de encontrar la estrella fugaz que creyó ver el niño en el momento en que el cuerpo de Hollis ardió como una cerilla. En estos días he vuelto a leer El hombre ilustrado. Otra vez empecé por “Caleidoscopio”. 
Si alguno de ustedes me sorprende mirando al cielo en Santo Domingo o en la Loma de Thoreau, ya sabe lo que busco.

04 octubre 2021

Tres cuartos de pan


(Fragmento de la novela Atlántida)

Nunca he tenido en las manos un pan entero, pensé en eso mientras hundía los dedos en la masa que dejó al descubierto el corte. La Conga, que es quien se encarga de despachar el pan en la tienda de Chena, siempre abre la Libreta de Abastecimiento en la hoja correspondiente. 
Escribe “¾” en la casilla del día y toma una barra de pan de la caja de madera. Antes de alcanzármela, cercena uno de sus extremos. Con el dorso del cuchillo, empuja el pedazo restante de vuelta a la caja. Muchas veces me he preguntado a quién le tocará esa ración, quién se comerá la otra punta de nuestro pan.
En la tienda de Chena nunca hay claridad, pero a partir de septiembre se pone aún más oscura. Un único bombillo, nublado de moscas, surte la indispensable luz para que La Conga y Zaida apunten en las libretas y despachen. Como todo está en penumbras, la gente no se mira para hablar.
—Eeeyyy —dicen a veces los que acaban de llegar.
—Eeeyyy —responden algunos de los que están adentro.
—Qué hubo —pregunta un viejo de Marsellán.
—Qué hubo —le responde un viejo de La Flora.
—Qué hay —saluda una señora de la Vía Estrecha.
—Qué hay —saluda una señora de La Chirigota.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor de La Pedrera.
—Ya está empezando a oscurecer temprano —comenta un señor del Callejón.
—Parece que va a llover —dice alguien de la Valla.
—Parece que va a llover —dice alguien del barrio de las Latas.
Nunca se miran para preguntar, responder, saludar comentar, decir o repetir. Casi todos los que compran en esta tienda viven en las afueras del pueblo. Algunos llegan a caballo y otros en bicicleta, pero la mayoría lo hace a pie. Dentro de la tienda nada de eso importa, porque todos se comportan igual.
A veces se ponen de acuerdo en hacer silencio y lo único que se escucha es el sonido del papel de la Libreta de Abastecimiento, mientras los dedos de La Conga buscan la página precisa. Aunque el único bombillo está lejos, en ese momento también se oye el zumbido de las moscas. 
Casi siempre las frases reciben la misma respuesta. Salvo en un caso, que es cuando alguien llega y hace una pregunta que todos se sienten en la obligación de responder. Aunque tampoco se miran, es la vez que más cerca están de hacerlo. Para evitarlo, cada quien mira hacia los estantes.
—¿Cómo está la cosa? —inquiere el recién llegado.
—Aaaaahí —responden todos a coro.
Después de eso, cada quien se queda pendiente del punto fijo que halló. El viejo de Marsellán mira las latas de leche condensada Nela, el viejo de La Flora a los jabones Batey, la señora de la Vía Estrecha a los jabones Nácar, el señor de La Pedrera a los paquetes de gofio y el señor del Callejón a las botellas de sirope.
Algunos, incluso, coinciden en un mismo punto. Las latas de carne rusa, por ejemplo, atraen mucho la atención. Son anaranjadas y tienen una cabeza de vaca encerrada en un círculo. Se llaman Slava, igual que los relojes despertadores. A mí me gusta la carne rusa, pero a mis abuelos le parece algo asqueroso.
En la medida en que se acercan las seis de la tarde, que es la hora de cerrar y el momento en que la noche cae de golpe sobre el Paradero de Camarones, todos parecen querer salir corriendo. Eso hice yo. Le entregué a Atlántida la jaba con los tres cuartos de pan y traté de escabullirme. Pero ella la revisó enseguida.
—¡Siempre le metes los dedos! —se quejó. 
—Ya está empezando a oscurecer temprano —le respondí.
Desconcertada, me dijo que me lavara las manos y que me pusiera a ver televisión hasta que estuviera la comida.
—Parece que va a llover —dije camino a la sala, sin darle tiempo a reaccionar.

02 octubre 2021

Juguete básico


(Fragmento de la novela Atlántida)

La primera vez que vi al Paradero de Camarones a la velocidad de una bicicleta, todo se vio diferente. La escuela me pareció mucho más pequeña. Como recorrer el portal a pie tomaba mucho más tiempo, lo hacía parecer más largo de lo que en verdad era. En bicicleta, en cambio, bastaron dos pedalazos.
Para subir la Loma del Chino Piloto, que de lejos parece una mínima elevación, tuve que levantarme del sillín y pedalear duro. Del otro lado, estaba la recta que lleva a la Portada de Balboa y Cruces. Más de un momento estuve tentado a seguir, pero sin permiso de Atlántida eso hubiera sido una falta grave.
Al final metí la bicicleta en un charco que había frente a casa de Hilda María. No calculé que fuera tan profundo y estuve a punto de quedarme atascado en él. Salí sano y salvo, pero lleno de lodo de pies a cabeza. De regreso a casa me crucé con el maestro Gustavo. Le dio mucha gracia verme chorreando agua sucia.
Hace una semana Gustavo se despidió de nosotros, ya no será nuestro maestro en el próximo curso. A pesar de tantos cocotazos, de los borradores que tiró contra las cabezas de algunos y de los duros golpes que nos dio en el hombro, uniendo su dedo índice con el del medio, dijo que nos iba a extrañar. 
En septiembre tampoco volveremos a la misma aula. Por eso, cuando iba saliendo, me fui despidiendo de la esfera, del planisferio, del maniquí con los órganos al descubierto y de las caras de Martí, Maceo y Gómez, que siempre nos miraban como si nos estuvieran vigilando.
Sobre la mesa del maestro, estaba el borrador que tantas veces voló como un proyectil en dirección a las cabezas de Tito Migoyo, Ico y Paulín Ortiz, los tres más grandes y lo que peor se portaban. Mientras nos alejábamos, oíamos los golpes de las ventanas de aluminio cerrándose. Así permanecerían hasta septiembre. 
Tres días después fue la rifa de los números para comprar los juguetes. Los venden una vez al año y tenemos derecho a tres: el básico, el no básico y el dirigido. La rifa determina el orden en el que debemos entrar a la tienda. Siempre quise una bicicleta, pero al pueblo solo llegan diez. Se acaban enseguida.
Este año, por primera vez, tuve suerte. Cuando Nancy, la hija de Aracelia, dijo el nombre al que le tocaba el número dos, ni cuenta me di. Ni siquiera cuando Atlántida saltó de la alegría reaccioné. Esa noche no dormí, me pasé toda la madrugada imaginándome por el pueblo en bicicleta.
El Chiqui y yo fuimos a mirar por una hendija de la puerta de la tienda, pero apenas se distinguía una montaña de cajas. Blanca Llerena me dijo que me espabilara, porque una vez que tuve la bicicleta delante dejé de prestarse atención y todavía tenía que elegir el juguete no básico y el dirigido.
Al final me llevé un juego de damas chinas y una pelota de goma. Chola, el que trabaja en el garaje con Luzbel Cabrera, me engrasó la bicicleta y le llenó las gomas de aire. Con una pequeña llave, se aseguró de que los rayos estuvieran bien tensos y las llantas centradas.
Uno de mis grandes descubrimientos fueron los espejos que tenía en ambos extremos del manubrio. Gracias a ellos podía ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. Mientras el cine se alejaba, el garaje se acercaba. Mientras la estación se alejaba, la casa de Felo López se acercaba.
En muy poco tiempo aprendí a hacer piruetas. Ya estaba listo para que ella me viera. Fui dos veces a la Granja Panamá y una tercera que llegué hasta La Chirigota. En la primera, mi tía Mireya Yero me regañó, porque la máquina de Pepe el Sordo estuvo a punto de arrollarme.
—¡Deja que se lo diga a Atlántida! —decía mientras se alejaba en el espejo.
Ya volvía derrotado cuando la descubrí en la entrada de la carreterita. Estaba hablando con el hombre del Yugulí rojo. Primero me solté del manubrio, después pasé en una sola rueda y por último doblé casi acostado. Ninguna de las tres veces levantó la vista.
Por eso no pudo ver que, al dejar el asfalto y empezar a rodar sobre el camino de piedras, resbalé. Llegué a la casa con las rodillas llenas de sangre, varios vidrios encajados en las palmas de las manos y los dos espejos rotos. Atlántida lo vio todo desde su panóptico y me esperó con el Merthiolate y el algodón en las manos.
Nunca más pude ver, al mismo tiempo, hacia atrás y hacia delante. A partir de ese momento, las cosas solo se acercaban. Lo que quedaba atrás, volvió a ser invisible para mí. Incluso Basilia que, me imagino, siguió sin levantar la vista.

01 octubre 2021

Historia de un candado y una llave


Fue el candado de la puerta de la calle de mi casa, en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, durante toda mi infancia. Cualquier ferroviario hubiera podido abrirlo, porque todos llevaban la llave maestra consigo. Pero a ninguno se le hubiera ocurrido hacerlo, era una época en que las cosas ajenas se respetaban. 
Los candados de los cinco cambiavías, de la oficina, el almacén y de la caja del teléfono del andén, también se abrían con la misma llave. De manera que mi abuelo Aurelio solo necesitaba una para entrar y salir de su mundo. El día que me dieron para mí, me sentí la persona más importante del planeta.
Cuando me fui de Cuba me llevé el candado y su llave. Ahora los tengo junto a nuestra puerta en Santo Domingo. Cada vez que entro y lo veo, sé que he llegado a casa. Nada me hace sentir más seguro. Está fijado con un clavo que saqué de un travesaño en el ramal Cumanayagua. Es de 1937, el año que nació mi madre.
Cuando compartí esta foto en Facebook, Alejandro González comentó que “es una antigua costumbre sefardí guardar las llaves de la casa de donde fueron expulsados”. Como él bien apunta, Venegas es un apellido judío de Granada. Esa puede ser una de las razones por la que los traje conmigo. 
En la memoria se siguen abriendo todas las puertas, incluso las que ya se han cerrado para siempre.