07 octubre 2020

Alzehimer

Empezaste por olvidar la tarde
que teníamos delante.
Luego, poco a poco,

lo fuiste extraviando todo.

Primero se te perdieron

las costumbres de la mañana,

los días correlativos

y la manera de llamar

a los objetos que adorabas.

Luego se apagaron tu país,

tu pueblo y los rostros

de tus seres queridos.

Creo que fui

tu última pertenencia.

Aunque al final

también desaparecí,

tus ojos no me engañaron.

Siempre supe

que en esa mirada

(que a veces era de miedo

y a veces de una ternura

indescriptible)

estaban la tarde,

las mañanas,

los objetos,

tu país, 

tu pueblo,

tus seres queridos

y lo que veías en mí

cuando por fin me descubrías.

Nunca olvidaré esa ansiedad

con la que intentabas

recordar algo,

hallar la manera de salir 

de ese atroz laberinto

en el que se había

trocado tu memoria.

Perdóname 

por entenderlo

cuando ya era 

demasiado tarde.

Ahora sé 

que solo querías 

reconocer el mundo

que te rodeaba 

antes de que se convirtiera 

en la sombra de un sauce, 

en una pequeñísima 

porción del verano

donde florece 

el más hermoso jardín.

05 octubre 2020

La tatagua

La noche no existiera

sin las alas extendidas 

de la tatagua.

En esa oscuridad,

enorme y sigilosa,

alguien trama

la luz

de nuestros días.

La tatagua

es un recuerdo

que nos persigue 

por todas partes.

A veces se anticipa

y nos espera

en los lugares

donde acabamos

huyendo.

Aun en sueños,

pasa agitando

su misterio.

Tenaz 

como un ángel

y con el lustre

de un demonio,

sobrevuela 

a lo largo 

de los años.

 

La tatagua no existiera

sin ese tiempo extendido.

La vasija

En esa vasija,

amasada

con el barro

de un país

que creíamos

irrompible,

mi madre

cultivó 

la extensa

primavera

que tenía

a su alrededor

y la soledad

que al final

le trajeron

los veranos.

 

Esa vasija,

que alguna vez

admiramos

por la  

hermosura

de sus flores,

hoy es

el vencido

barro

de un país

sin estaciones

que se nos cayó

de las manos

y se hizo polvo.

04 octubre 2020

Tiempo en pantalla

Mi AppleWatch me acaba de felicitar. Dice que la semana pasada reduje en un 19% mi tiempo en pantalla. Cada vez estoy más atento a esa cifra. Al principio de la pandemia, como casi todo el mundo (en casi todo el mundo), clavé los ojos en mis dispositivos. Ese fue mi primer instinto de conservación al aislamiento.
Luego fui buscando otros recursos para nadar a favor de la corriente del tiempo en aquellos días interminables. Trasplanté las palmas de Manila de la terraza, corregí filtraciones, organicé el estudio y logré reducir considerablemente la montaña de libros que tenía en mi mesita de noche.
Si bien es cierto que las redes sociales nos permiten interactuar en tiempo real con amigos y gente querida que están a distancias insalvables, también nos hacen perder muchísimo tiempo en discusiones inútiles y boberías. A veces, lejos de conectarnos, nos aíslan en afinidades, nos recluyen en guetos, nos atrincheran…
Conozco a muchos que ya son incapaces de participar en un encuentro presencial sin tener su teléfono a mano. Al más mínimo descuido, sueltan el hilo de la conversación real y se trasladan a las virtuales. Es como si el mundo que tienen delante de sus ojos siempre les interesara menos que el ajeno.
Aunque cada vez hay más alertas al respecto, el poder de contagio de la nomofobia (el miedo irracional a permanecer sin mirar el teléfono) es mucho mayor. Como necesitamos unas tumbonas para un nuevo deck que construimos al borde de la cañada, recorrimos la carretera de La Vega a Santiago.
Después de parar en varias de las incontables tiendas de muebles que hay en ese trayecto, volvimos a la casa de Ortiz, el carpintero que nos ha hecho casi todo en la Loma de Thoreau. Seguramente mañana compartiré en Facebook una foto que le hice a un columpio que nos gustó mucho.
Pero la experiencia que vivimos y lo que apreciamos en el recorrido será siempre intraducible a las palabras y a la realidad virtual. Esa ventaja tenían sobre nosotros nuestros antepasados. Su Instagram era interior. Sus relojes de cuerda ni siquiera tenían la capacidad de medir lo que hacían con su tiempo.

De no ser por ella

La mañana nos trajo esa temprana
frialdad de octubre y un profundo 
silencio que, con toda seguridad,
encontró en el océano.
Llegó puntual, 
justo a la hora que predecían
los artefactos que nos rodean.
Hice que oliera nuestro café
y la puse a oír 
viejas canciones cubanas.
Tardará apenas unos minutos 
en alcanzar
el potrero de Felo López
y las ruinas 
del Paradero de Camarones,
el lugar en el que pienso
cada vez que me despierto.
Reconocer que ella,
como las aves migratorias,
tiene la posibilidad 
de viajar a sitios
que para nosotros
ya no existen,
me produce 
una rara ansiedad, 
me desconcierta.

La mañana 
que unas semanas atrás 
nos trajo 
arena del desierto
y sal de Samaná,
hoy nos deja un silencio
que acaba callando
a las viejas 
canciones cubanas.
La luz que en sus ojos arde
alumbra las oscuridades 
de mi memoria.
Gracias a eso puedo ver,
con asombrosa nitidez,
lo que de no ser por ella
también se hubiera perdido.

01 octubre 2020

El último viaje por Línea Sur

Mi abuela Atlántida ya había perdido el juicio. Unas veces me confundía con mi abuelo Aurelio. Otras, no me reconocía. Mi madre tenía la edad que tengo yo ahora. Era una mujer fuerte y voluntariosa. A lo único que le temía Lérida era a la enfermedad de mi abuela, como si desde entonces supiera que también la padecería.

Las dos se habían pasado unos meses conmigo en La Habana y necesitaban volver al Paradero de Camarones para renovar sus chequeras. No hubo forma de conseguir los pasajes en ómnibus. El único camino de regreso que quedaba era el lechero, un tren que se tomaba un día entero en recorrer 304 kilómetros.

Para ayudar a mi madre con mi abuela, decidí hacer el viaje con ellas. Salimos de la Estación Central en hora, lo cual significaba poco para un viaje tan lento. Cuando el tren hizo su entrada en Bejucal, mi abuela se puso de pie y nos ordenó que hiciéramos lo mismo. “¡Vamos, que llegamos a Camarones!”, aseguró. 

Hizo exactamente lo mismo en Quivicán, San Felipe, Guara, Melena del Sur, Güines, Vegas, Palos, Bermeja, Unión de Reyes, Bolondrón, Navajas, Pedro Betancourt, Isabel, Agramonte, Baro, Guareiras, Manguito, Calimete, Amarillas, Aguada de Pasajeros, Carreño, Perseverancia, Rodas, Congojas y Arriete.

Aunque llevábamos panes con tortilla, jugos y suficiente agua, fuimos comprando cosas por el camino. En un apeadero perdido en la llanura púrpura de Matanzas, mi madre consiguió una ristra con cien cabezas de ajo. Aproveché un cruce con un tren de caña para correr hasta un pozo y rellenar todas las vasijas de agua.

Llegamos a Cherepa justo a tiempo para subirnos al tren de Cienfuegos a Sancti Spíritus, que nos dejaría en Camarones 14 minutos después. “Vamos, mamá, que ya llegamos”, le dijo mi madre a mi abuela. “Estoy cansada de decírselos, pero ustedes ya no me hacen caso”, replicó Atlántida.

Mi tío Rao se había encargado de abrir la casa y limpiarla. Todo estaba impecable y tenía el mismo olor de siempre. Aunque a mi madre le encantaba pasarse tiempo conmigo, nada le gustaba más que estar en aquella vieja estación de trenes. Hervimos leche y nos hicimos un café. Eso fue todo lo que cenamos.

Fue un viaje terriblemente largo y tenso, por la condición de mi abuela, pero lo repetiría infinidad de veces. Ese día, entonces no lo sospechaba, recorrí por última vez la Línea Sur, ese hilo de acero que parece atravesar el tiempo en lugar de cinco provincias. También fue mi último viaje en tren con Atlántida.

No siempre es la felicidad quien nos hace volver a los lugares que más añoramos, la angustia también nos empuja hacia ellos con una fascinación incontenible.