19 junio 2020

La camioneta que nos trajo el mar

En Jarabacoa, a 9 kilómetros de la Loma de Thoreau, solemos encontrar todo lo que necesitamos. Rara vez nos hace falta traer algo de Santo Domingo. Aquí arriba mi Cucha solo extraña los productos frescos del mar, esos pargos, pulpos y camarones que ella compra en la pescadería de los Berges.
Justo hoy, cuando bajábamos al mercado a buscar frutas y vegetales, me lo comentó: “Este pueblo lo único que necesita es una buena pescadería”. Frente a la iglesia vimos a una señora muy elegante que conversaba con el cura. “Esa es la Aracelia de aquí”, dije, recordando a uno de los personajes más queridos del Paradero de Camarones.
En la puerta del mercado sentimos un raro olor a mar. Entonces descubrimos una vieja camioneta que chorreaba agua salada. Enseguida supimos que viene todos los viernes desde Sánchez, el puerto de la bahía de Samaná. Una afónica bocina anunciaba que todo era fresco, pescado la noche anterior.
Puse en práctica todo lo que aprendí con Serafín a la hora de elegir. “Él sabe más que yo”, le dijo a Diana el señor del mercado. Volvimos eufóricos. Hicimos una sopa con las cabezas y ruedas fritas, con mucho ajo y limón. La casa olía como si estuviéramos en la costa. 
Al final, mientras nos bebíamos el café, hice la inevitable comparación, la odiosa pregunta: “¿Por qué en Cuba nada de esto es posible?”. Hoy una camioneta nos trajo el mar. Estaba destartalada y chorreaba agua salada. Debe ser duro ese trabajo de cargar con una bahía loma arriba.


La primera sopa de cabeza de pescado que hacemos en la Loma.

El colibrí y el torrente


Ayer, 18 de junio, Diana Sarlabous cumplió 55 años. Como siempre estoy tratando de darle alcance en todo, el 16 de julio cumpliré 53. Nada nos hace más felices que el haber llegado a esta edad juntos. Por eso hemos decidido hacerle mucho caso a Henry David Thoreau y “vivir la vida que nos imaginamos”. 
Pronto hará dos semanas que estamos en la Loma. Nunca habíamos podido pasar tanto tiempo seguido aquí. Una vez más, hemos comprobado que queremos envejecer en este pequeño píxel de la Cordillera Central dominicana. Aquí, todo el desarraigo que traíamos con nosotros ha podido enraizar.
Como de costumbre ya había colado el Bustelo y tenía el desayuno listo cuando ella subió. Pan chapata recién horneado, tocineta y un revoltillo con queso, cebolla, tomate, perejil y una pizca de orégano. En los desayunos en la Loma tampoco falta un yogurt delicioso que hacen en Jarabacoa.
Luego bajamos al pueblo a comprar el cake. Nunca me han gustado los bizcochos dominicanos. Pero en la dulcería Abreu los hacen como en Cuba y en Miami, con almíbar en la masa. Compramos uno de dulce de leche acabado de hacer. De regreso, en el colmado Juana Iris, compramos lo que nos faltaba.
A las 11, bajamos con María a la cascada de los Monjes (la llaman así porque está dentro de un monasterio cisterciense que colinda con Quintas del Bosque). El agua estaba helada, pero ya nos hemos acostumbrado. En mi caso, siempre me auxilio de un Brugal Extra Viejo. En ese entorno saca todo su mundo interior.
Estábamos muy cerca de la cascada, solo con las cabezas fuera del agua, cuando pasó un colibrí entre nosotros. Sin el más mínimo, temor nos enseñó su nido. La más hermosa casa que he visto jamás en estas montañas. Colgando sobre el agua, protegido por las piedras y la vegetación.
No me quedó más remedio que tararear una de las canciones más lindas que he oído en mi vida:

 

Crecía una flor a orillas de una fuente,

más pura que la flor de la ilusión.

Y el huracán trónchala de repente,

cayendo al agua la preciosa flor.

 

Un colibrí que en su enramada estaba,

corrió a salvarla solícito y veloz.

Y cada vez que con el pico la tocaba

sumergíase en el agua con la flor.

 

El colibrí la persiguió constante

sin dejar de buscarla en su aflicción.

Y cayendo desmayado en la corriente,

corrió la misma suerte que la flor.

 

Así hay en el mundo seres

que la vida cuesta un tesoro.

Yo soy el colibrí si tú me quieres,

mi pasión es el torrente y tú, la flor.

Yo soy el colibrí si tú me quieres,

mi pasión es el torrente y tú, la flor.

 

Amable, dejó que me acercara a la intimidad de su nido y le hiciera varias fotos con mi iPhone. Diana asumió el suceso como regalo de cumpleaños. Antes de que oscureciera ya estábamos en la cama. Exhaustos del día que habíamos pasado en solitario, disfrutando las cosas que de verdad queremos disfrutar.

No tengo que contar lo que ocurrirá el 16 de julio. La única diferencia ese día pudiera ser el colibrí. A lo mejor nos saluda cuando estemos en el torrente.


A la izquierda de Diana, junto a las rocas y colgando de unos
juncos, está el nido del colibrí. ¡Salud!

13 junio 2020

Freddy Pérez acabó volviendo a Cumanayagua

No recuerdo cómo llegó, pero no olvido la humildad con la que se puso siempre a la altura de las circunstancias. Éramos un grupo de recién graduados de las escuelas de arte de La Habana, teníamos unos deseos incontenibles de cambiar el mundo desde una ciudad de provincia. 
Así fue que el Cienfuegos de finales de los ochenta del siglo pasado fue testigo de la fundación de Teatro Acuestas. Ricardo Muñoz, Eloy Ganuza, Mérida Urquía y yo queríamos hacer teatro de vanguardia. Freddy no estaba muy claro, pero nunca dijo que no. Ricardo, Eloy, Mérida y yo queríamos provocar. Freddy, aun cuando no estaba de acuerdo, siempre nos apoyó.
El día que lo conocí estaba leyendo a un poeta lamentable. Arrogante, le regalé un libro de Borges (acababa de publicarse en Cuba la antología de Retamar). Dos semanas después, humildemente, me demostró que se sabía poemas enteros de memoria. Nosotros hablábamos de París o Praga, él no se imaginaba fuera de Cumanayagua.
Esta mañana leí que Claribel Terré Morell se despedía de un Freddy. Luego me llegó el lamento de Miguel Cañellas, otro amigo entrañable de aquellos años. Pregunté para asegurarme de que era nuestro Freddy. “Sí, amigo, esa es la dolorosa y triste historia de un simple buen hombre”, me respondió Cañellas.
Nunca más nos volvimos a ver. Ahora lamento no haber tenido tiempo para darle la razón. He visto una foto suya a caballo, a la orilla de un río que debe ser el Arimao. Todo largo viaje se acaba en el lugar de donde salimos. Freddy Pérez acabó volviendo a Cumanayagua. 
Ya en la vejez nos damos cuenta de que, de la misma manera que tenemos que cargar con inútiles todas nuestras vidas,  hay personas con las que compartimos muy poco tiempo y dejan una huella que no se borra. Algo fértil nacerá en el lugar donde reposa.

Marianela Boán hace bailar a la Loma de Thoreau

Con la Loma de Thoreau, Diana Sarlabous y yo comprobamos que a la tercera es la vencida. Cuando tuvimos claro que los dos compartíamos el deseo de refugiarnos en una montaña, compramos un terreno cerca de unos amigos muy queridos, 400 metros más abajo (del nivel del mar, quiero decir).
Luego, ante la premura de tener un techo propio en la Cordillera Central, optamos por una cabaña ya construida. Llegamos a cerrar el contrato. Pero la misma noche de la celebración, José Roberto Hernández, el promotor de Quintas del Bosque, nos dijo que ese no era nuestro espacio.
Ebrios (de gozo y de Brugal), salimos a esa hora de la madrugada loma arriba en el Jeep. Nos desmontamos un monte virgen. Cuando solo teníamos oscuridad alrededor de nosotros, una nube de luciérnagas nos alumbró. “¡Es aquí!”, sentenció Diana. Con nosotros iban Alejandro Aguilar y Marianela Boán.
Eso fue en 2006. Cuatro años después, la Loma de Thoreau se ha convertido en nuestro lugar en el mundo. Alejandro y Marianela han sido testigos de excepción de todo lo que hemos construido y —¡sobre todo!— sembrado en esta montaña a más de 900 metros sobre el nivel del mar.
Como ellos llevaban dos meses encerrados en su apartamento de la ciudad, les ofrecimos la cabaña del Arriero para que se pasaran una temporada. Era la primera vez que se quedaban aquí sin nosotros. Aunque se trataba de un territorio conocido, la experiencia acabó resultando toda una exploración.
Cuando volvimos nos tenían esta obra de regalo. Siempre quisimos que la Loma de Thoreau, además de ser una oportunidad única para dialogar con la naturaleza, fuera un espacio creativo. He escrito mucho aquí. Unos metros más abajo, Mario Dávalos compone su testimonio de vida.
Pero nunca antes se había compuesto algo así, de principio a fin, dentro de este bosque. Gracias, Ale, por el poema, y gracias, Boancita, por los gestos. Ustedes dos acaban de darle sentido a la actuación de las luciérnagas.

10 junio 2020

La última vedette y el próximo olvido

Durante toda mi infancia oí radio y vi televisión junto a mis abuelos. Eso me convirtió, de manera involuntaria, en un conocedor de sus gustos musicales y de la Cuba en la que ellos fueron jóvenes. Gracias a esas largas sesiones entre Aurelio y Atlántida pude apreciar a un país que me hubiera perdido de no ser por ellos. 
El programa Danzonísimo tenía un espacio donde los oyentes debían adivinar el nombre de una pieza musical. Ese reto me llenó la cabeza de nombres de danzones: “El cadete constitucional”, “Central Constancia”, “Fefita”, “El bombín de Barreto”, “La flauta mágica”, “Isora Club”, “Unión Cienfueguera”…
Nunca reuní el valor suficiente para reconocer, delante de mis amigos de infancia, que yo veía Álbum de Cuba,un programa de televisión donde una cantante lírica repasaba el cancionero clásico cubano. Ahora sé que fue un verdadero lujo escuchar, al mismo tiempo, a Esther Borja y a Eagles.
De toda la música que vi y oí en aquel tiempo, la de Rosita Fornés era probablemente la que menos me gustaba. Cuando aparecía en Juntos a las 9, aprovechaba para ir a la tinaja a buscar un vaso de agua o para meter una cuchara en el caldero de dulce de leche acabado de hacer, aún caliente.
Eso no quiere decir que niegue lo que representó en una época determinada (que ella se empecinó en estirar tanto como a su rostro). Es todo un símbolo que la última vedette de Cuba fuera a morir a Miami, el único lugar del territorio cubano donde aún se conserva la cultura a la que ella perteneció.

09 junio 2020

La ciberclaria, la más reciente mutación del hombre nuevo

Ayer fui víctima de varios ataques de ciberclarias. Compartí dos avisos al respecto. Con la primera mantenía una “amistad” de 6 meses. Hibernó (o me observó) durante todo ese tiempo. Supongo que había aceptado su solicitud porque teníamos en común amigos que aprecio mucho. 
Empezó poniendo varios “me gusta” en publicaciones insulsas. Luego arremetió contra una de mis gusanerías. Poco después, otra ciberclaria, con la que tenía en común 46 amigos, también embistió un comentario mío en un post que ni siquiera estaba relacionado con Cuba.
Cuando advertí la presencia de los detestables intrusos, algunos que aún no están familiarizados con el término preguntaron qué era una ciberclaria. Para responderles, le pedí ayuda a amigos que también han sido víctimas de los ataques y los susurros de la más reciente mutación del hombre nuevo.

“Es difícil hacer una definición académica de la ciberclaria. Pero partiendo de que la claria o pez gato es un alimento aborrecible introducido por el estado a la fuerza y en detrimento del ecosistema, parece justo adjudicar estas características a los troles que hacen propaganda oficial en las redes sociales”.
Jorge Luis (Wichy) García Fuentes

“La ciberclaria es un trol en coyuntura. Habita en los comentarios y vive de poner la cosa mala”.
Antonio José Ponte

“Vienen en formas y tamaños diversos. A ratos, son solo voyeristas destinados a escribir grises informes. A ratos, la versión virtual de aquellas Brigadas de Respuesta Rápida que de modo acrítico salían a interponerse entre una idea o un cuerpo y lo que esa idea o ese cuerpo querían expresar. Son víctimas asalariadas de un sistema que les roba, entre tantas cosas, su dignidad y su futuro”.
Mabel Cuesta

Mejor, no lo hubiera podido explicar. En el diccionario de cubanismos del tardo castrismo, muy cerca de ciberchancleteo, habrá que hacerle espacio a la ciberclaria. Ambas definiciones tendrán que estar relacionadas entre sí, porque son producto del mismo oprobio.