28 jul 2021

El día que conocí al Caballo Mayor


Fue en el año 2004. Entonces laboraba en el Centro Cultural Eduardo León Jiménes. Rafael Emilio Yunén, el director, me llamó a su oficina. “Tengo que salir y Jhonny está por llegar, ¿puedes recibirlo?”, me preguntó. Nunca he sido bueno en cuestiones de protocolo, le advertí. Aún así, él insistió.
Mientras esperaba su Jeep, en el puente del edificio donde los visitantes suelen arrojar monedas, mis recuerdos de su música fueron cayendo en mi cabeza. En las actividades recreativas de la escuela de El Nicho, un viejo cassette con sus merengues más famosos sonó hasta quedar totalmente inaudible.
A la estación de ferrocarril llegaba el ruido de la cervecera, el lugar donde el Paradero de Camarones pasaba las noches de los viernes y los sábados. Allí también sonaba aquella orquesta de dominicanos una y otra vez. Entonces ni por la cabeza me pasaba que esos sonidos eran el sendero por el que llegaría al exilio.
—¿Tú eres cubano, chicho? —me preguntó cuando me le presenté, tratando de imitar nuestro acento.
Sin que yo se lo pidiera, empezó a hablar de compatriotas míos. Cada vez que mencionaba sus nombres levantaba las cejas, tratando de que intuyera en ese gesto los signos de admiración. Dejó para el final a Celia Cruz y Beny Moré. “¡Los más grandes!”, dijo levantando también sus enormes brazos.
Le hablé de los guajiros de mi pueblo, de cuánto habían bailado su música. “Los cubanos bailan a contratiempo —comentó—; a diferencia de los dominicanos, que bailamos a tiempo”. Su sencillez era realmente conmovedora, quien no lo conociera no podría ni siquiera imaginar de quién se trataba.
Hoy vi a muchos dominicanos comentar la noticia y todos lo hacían cabizbajos. Es comprensible. Acababan de perder a uno de los más grandes embajadores que ha tenido su manera de ser. Cada gesto suyo era una auténtica expresión de una cultura que empieza y acaba en la alegría.
Se los digo yo, que estuve parado delante de él, le di la mano y hasta llegué a despedirlo con un abrazo. El día que conocí al Caballo Mayor entendí por qué en este país se le rinden culto a la felicidad. Lo tenía delante y solo deseaba estar frente a todo el Paradero de Camarones.
Que me vieran junto al gran Jhonny Ventura, porque ni yo me lo creía.

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