17 agosto 2019

La luz del patio

Ahí tienes por fin la luz amarilla
que tanta falta te hacía.
Asediada 
por mariposas nocturnas,
parpadeando al final 
de las nerviosas sombras
que vuelan a su alrededor.
Al encender la lámpara
(que le pediste
al maestro constructor
en lo alto de la pared
de ladrillos),
has podido comprobar
que ya no necesitas
la tarde de tu país,
ni el olor a basura quemada
que siempre flota en él
cuando empieza la noche.
Tampoco requieres
esos sonidos tan familiares
que cruzan sigilosamente,
de patio en patio,
como si se tratara 
de algún contrabando.
A partir de ahora
lo único realmente
innegociable para ti
es esta luz amarilla,
asediada 
por mariposas nocturnas,
parpadeando al final 
de las nerviosas sombras
que vuelan a su alrededor.
Eso basta para que vuelvas
a estar en casa,
para que recuperes
lo que tanta falta
te hacía
entre todo 
lo que has perdido 
para siempre.

09 agosto 2019

Mi sacrificio

La ONU ha hecho una dramática advertencia: para combatir la crisis climática, la humanidad tiene que hacer un urgente cambio en su modelo alimentario. Según expertos, la producción de carne vacuna y el derroche de alimentos son responsables del 10% de todos los gases de efecto invernadero que se producen.
En otras palabras: debemos reducir drásticamente el consumo de carne y leche vacuna, optando por dietas más equilibradas basadas en alimentos de origen vegetal como cereales, legumbres, frutas y verduras. Estoy dispuesto a sacrificarme…, solo que de manera retroactiva.
Durante toda la década de los 90 del siglo pasado, llevé un estilo de vida tan austero como el de la Orden de los Cartujos, célebre por su sencillez, su moderación y su tenaz resistencia a la ostentación, la pompa y el lujo. No estaba solo, once millones de cubanos me acompañaban.
La desaparición de la Unión Soviética supuso también el desmoronamiento de la utopía que el dictador Fidel Castro construía en Cuba. Tras la firma del Tratado de Belavezha, el 8 de diciembre de 1991, dejaron de llegar los barcos con banderas rojas y comenzó eso que denominaron con un cruel eufemismo: Periodo Especial.
Los ancianos se marchitaron en cuestión de semanas, las embarazadas perdieron los dientes, los niños dejaron de crecer y una epidemia de neuritis óptica y polineuropatía periférica carencial invadió todo el territorio nacional. Desde entonces, el hombre nuevo empezó a comportarse como un zombi.
Todavía arrastro traumas de esa época. A menudo Diana me llama la atención por la cantidad de embutidos, quesos, conservas, leches, jabones y pasta dental que acumulo. Es por todo eso que, aunque suscribo el llamado de la ONU, pido que se tome en cuenta mi pasado de abstinencia.
Cada vez que me vean frente a un barbacue, recuerden la década que me mantuve pedaleando con el estómago vacío.

08 agosto 2019

Charco Azul y Serafín

Mi primer carro fue Charco Azul, un Toyota Corolla del 90 que compré a las pocas semanas de llegar a República Dominicana. Corrían los días finales del siglo XX. En él conocí la fascinante geografía de este país, desde Jimaní (en la frontera con Haití) hasta Punta Cana y por todo el Cibao hasta Dajabón.
Tengo de mi primer carro, como de mi primer tren eléctrico, mi primera bicicleta y mi primera novia, recuerdos imborrables. Viajando en él, por las rutas dominicanas, experimenté esa rarísima sensación que se produce cuando te das cuenta de que eres un individuo realmente libre.
Cuando lo vendí, mis últimos cassettes se quedaron en su guantera. Siempre que me cruzo con un Toyota Corolla del 90 y de su mismo color, pienso en Charco Azul. Como ayer, en el parqueo de Casa Brugal en Downtown Business Tower, que encontré uno estacionado junto a Serafín, mi Jeep.
La historia de mis carros, de mis trayectos dominicanos y, todo sea dicho, de mi libertad, estaba resumida por ese golpe de azar. Aunque sus vidrios eran oscuros, traté de ver hacia su interior. Como Charco Azul, aún conservaba su radio original. A lo mejor en su guantera todavía están mis últimos cassettes.

04 agosto 2019

Los dos alzamientos de Aldo Yero

Mi tío Aldo Yero días antes de alzarse por primera vez.
En mi 1957, mi tío Aldo Yero tenía 16 años. Aunque ya había decidido que quería ser ferroviario, tenía otra prioridad. Como la mayoría de los jóvenes de su generación, deseaba una Cuba mejor. Por eso, junto a un grupo de amigos, escribió “¡Abajo Batista!” en varias paredes de San Fernando de Camarones.
En el cuartel de Cruces lo salvó que mi abuelo Aurelio, al igual que el coronel que estaba a cargo, era Odd Fellows. “No siempre vas a tener esta suerte, muchacho”, le dijo el militar cuando lo dejó libre. Unas semanas después, dijo que iba al pueblo (la estación de San Fernando estaba en las afueras) y no volvió.
Cuando mi abuela Atlántida confirmó que se había alzado en el Escambray, subió a buscarlo con mi madre. Ella había pasado toda su infancia en esas montañas y conocía sus caminos como la palma de la mano. Lo buscaron en varios campamentos, pero no dieron con él. 
En una casa de Cuatro Vientos, se asombraron del parecido de mi tío con mi madre. “Ellos pasaron por aquí antes de ayer —aseguró el señor mientras le entregaba a mi abuela un libro de Tamakún, el vengador errante— Esto era del hijo suyo, se le quedó en el excusado”. 
Unos militares las encontraron exhaustas, cerca de Topes de Collantes. Atlántida les mintió, les dijo que andaba buscando a una hermana. Las llevaron al hospital y le dieron de comer. “No vuelvan por aquí, estas lomas están cada vez más peligrosas”, les advirtieron antes de enviarlas de regreso a Cienfuegos en un jeep.
Aldo Volvió a casa en enero de 1959. Feliz por el triunfo, pero decepcionado porque era lampiño y no le había salido barba. Ya en otra Cuba, podía dedicarse al ferrocarril. El día que lo nombraron como jefe de estación relevante en Sagua, mi abuelo le fue a llevar la maleta al tren de Cienfuegos.
Aurelio volvió pálido del Paradero de Camarones. “¡Aldo no iba en el tren!”, dijo. Mi abuela se llevó las manos a la cabeza y empezó a dar gritos. Esa misma madrugada volvió a salir rumbo al Escambray. “Estos no son como los de antes —dijo—. ¡Estos lo fusilan!”.
Lo encontró varias semanas después en el campamento de Jesús Mosteiro. Tenía los pies podridos. Cuando llegaron a Cienfuegos, le compró medias y zapatos. Hasta allí llegó descalzo. Se antojó de un batido de mamey. Se lo bebió tan rápido que le dio la punzada del guajiro. Atlántida lloraba de felicidad.
Por fin se subió con su maleta en el tren de Sagua. Como despachador de trenes, se convirtió en una leyenda en el centro de Cuba. Su segundo alzamiento fue, hasta pocos antes de que mi madre perdiera la memoria, el secreto mejor guardado de mi familia.

26 julio 2019

Siempre es 26

Hoy, 26 de julio, es el cumpleaños de Antonio Machado, uno de los escritores a los que más le debo. Él me enseñó lo tremendamente poética que son la vida cotidiana y esas buenas gentes que “laboran, pasan y sueñan,/ y en un día como tantos,/ descansan bajo tierra”. 
Durante buena parte de junio y julio, Diana Sarlabous y yo hicimos camino al andar por campos de España y Occitania. Uno de los momentos más inolvidables de esos trayectos fue llegar hasta la modesta pensión donde vivió el autor de Campos de Castilla en Segovia. 
Todo se conserva casi intacto. El baño, la cocina, el comedor y la habitación que usó el poeta aún reproducen con fidelidad la atmósfera que tuvo la casa entre 1919 y 1932, los años que Machado vivió en esos espacios.
En el comedor, después de cenar un plato que casi siempre era de sopa, solía quedarse a escribir y leer. Eso quiere decir que sobre esa mesa se escribieron algunos de los mejores poemas de nuestro idioma. 
No es una fecha que me gusta celebrar; pero por ti, don Antonio, siempre es 26.

22 julio 2019

Carcassonne

La historia también se va de los lugares.
No tenemos una explicación
para sus abandonos.
Solo se sabe
que da la espalda 
y se aleja, disimuladamente,
hasta perderse de vista.
Entonces el olvido
o, peor aún,
la mala memoria
se hace cargo de todo.

Por eso quedan tantas preguntas
sin responder en los muros 
de Carcassonne.
Conocemos lo elemental,
lo que se salvó 
de las espadas y el fuego
de bárbaros, musulmanes y cruzados.
Pero la sangre no siempre es legible.
A veces los muertos,
como las cúpulas de Viollet-le-Duc,
también mienten.

Carcassonne,
la bestia amurallada
que pace junto al río Aude,
te recordó que tú también eres 
de un lugar
que se quedó sin historia.
Que la mala memoria
se hizo cargo de los tuyos
y de los muertos que mienten
cada vez que abren la boca.
La única diferencia
es que tú ya no necesitas 
una explicación
de tu pasado,
que te da lo mismo 
lo que se salve
de las espadas y el fuego.
Diga lo que diga,
la sangre acabará decepcionándote.

Todavía ando en pantalones cortos, Roberto

Yo no sabía quién era Borges. En toda mi provincia no había ni un solo texto suyo. Tampoco conocía a Gastón Baquero. Su único libro a mi alcance, Memorial de un testigo, permaneció embargado en la biblioteca de Cienfuegos hasta que en 1987 por fin pude rescatarlo (es un eufemismo, me lo robé). 
Dickinson, Yeats y Lee Masters eran solo apellidos. Toda la poesía que conocía estaba hecha de versos sencillos, de fáciles (y a veces simplonas) rimas, hasta que encontré un libro suyo. Era una antología y gracias a aquel volumen también descubrí esa palabra, como antediluviano y ergástula.
Me recuerdo leyéndolo, una y otra vez, mientras el ómnibus escolar se envolvía en una nube de polvo para subirse en el Escambray. Mis primeros poemas (hechos con el único objetivo de llamar la atención de mis primeras novias) siempre acababan imitando a los suyos.
Muchos años después le recordé todo eso, la mañana que me llamó a La Gaceta de Cuba para decirme que quería hablar conmigo. “Roberto, ando en pantalones cortos” le advertí (no sé si Norberto Codina y Arturo Arango lo siguen haciendo hoy, pero en aquella época nos dábamos el lujo de trabajar así).
Me dijo que no importaba y 20 minutos más tarde estábamos meciéndonos frente a frente en su oficina. Él me propuso que dirigiera la editorial de Casa de las Américas. “Lo único que le pido, Camilo, es que venga en pantalones largos”, me dijo al final del encuentro.
La última vez que nos vimos fue en la Feria del Libro de Santo Domingo. Me dio el mismo abrazo de siempre, lo sé porque encajó los huesos de su hombro en mi cabeza. Quedamos en vernos aquella tarde o al otro día, pero ya no fue posible ni un encuentro más.
No hay que justificar los sentimientos, pero sí reconocerlos. Siempre lo recordaré con el mismo cariño. Guardo todas las conversaciones que tuvimos mientras nos mecíamos frente a frente, sus palmadas, su correcciones a mis textos, sus regaños. 
Todavía ando en pantalones cortos, Roberto.

02 julio 2019

El último farero de Sant Sebastià

A Renay Chinea

El 1 de agosto de 1999,
Ángel Casariego
bajó los 168 metros
que hay desde 
lo alto
del promontorio
hasta el mar.
Quería saber
cómo se veía
el faro
sin nadie 
adentro.
La luz
más solitaria
del mundo
le pasó 
por encima
y se expandió
sobre la piel
del Mediterráneo.

Ese día,
el último farero 
de Sant Sebastià
dejó 
a los navegantes
en manos 
de un logaritmo.
Ya no hacía falta
que vigilara
la lámpara 
de 3.000 watts
ni el destello
que cruza la línea 
del horizonte
cada cinco segundos.

Ángel Casariego,
el último de su especie,
ahora es un barco
perdido
en las calles
de Palafrugell.
Sus ojos fatigados
no encuentran
una señal
que los guíe.
Todo empezó
el 1 de agosto de 1999,
cuando bajó 
los 168 metros
que hay desde 
lo alto
del promontorio
hasta el mar.