20 mayo 2008

Sin evasión

De izquierda a derecha: Camilo Venegas, Avelino Stanley, Zoé Valdés,
Alejandro Arvelo y Marino Berigüete.
Hace unos días corroboré una vieja sospecha. El cobarde acto de repudió que se orquestó en la Feria del Libro de Santo Domingo contra Zoé Valdés, contó con la complicidad de una poetisa dominicana. Omar Córdoba, el ex-embajador cubano, tuvo una eficiente secuaz en esa escritora.
Recuerdo que dos días antes de la presentación de Zoé, Avelino Stanley me llamó para transmitirme un mensaje de José Rafael Lantigua. “Asere, estás a tiempo y tienes todo el derecho. Si quieres evitarte un problema, no presentes a Zoé”, me dijo el viceministro de parte del ministro. En ese momento pasaron por mi cabeza los recuerdos muy precisos que aún tengo de los actos de repudio en mi pueblo.
Sólo recordaré uno, el más triste de todos. Mi maestra de prescolar, quien me enseñó a cantar el himno y a entender los significados de la bandera, fue arrastrada por las calles de Manicaragua como en los tiempos de las Brujas de Salem. Ella no robó ni cometió ningún delito. Le pegaron, la escupieron y le tiraron huevos podridos por el solo hecho de preferir el exilio.
“Hasta hoy yo lo iba hacer por ustedes. Ahora lo quiero hacer por mí”, le respondía a Avelino. El acto de repudio fue tan burdo, que no tuvo ninguna trascendencia, más bien le “regaló” a Zoé Valdés los titulares en la prensa por varios días y un aumento considerable en la venta de sus obras.
Cuatro o cinco gatos se quedaron afuera, disfrazados de esperpentos "bolivarianos" y con los bolsillos llenos de piedras y huevos. Sólo dos o tres lograron entrar al salón del Teatro Nacional. Sus intervenciones fueron penosas. Era obvio que no habían tenido tiempo de aprenderse el guión que les habían preparado el ex-embajador y la poetisa.
Omar Córdoba tuvo que ser sustituido después del escandaloso incidente. El único pago que recibió por sus acciones injerencistas, es la forma en que lo recuerdan los dominicanos. De la poetisa tampoco hay mucho que decir; la mejor manera de comprobar la calidad de sus versos, es leyendo sus actos.

19 mayo 2008

Volver a Las Villas

Umberto Eco publicó el año pasado una extraña compilación de pesimismos: A paso de cangrejo. Artículos, reflexiones y decepciones, 2000-2006. En el prefacio del volumen (donde se reúnen textos que hacen referencia a “acontecimientos políticos y mediáticos”, fundamentalmente), Eco usa a los mapas para demostrar su teoría de que avanzamos hacia atrás.
Según el escritor, con la caída del muro de Berlín, los editores de atlas tuvieron que desechar todo los ejemplares que tenían almacenados “e inspirarse en los publicados antes de 1914, con sus mapas de Serbia, Montenegro, de los estados bálticos…”.
Hace unos días, Iván Pérez Carrión y yo tuvimos una discusión sobre el mapa de Cuba. Iván, que lo recuerda casi todo, había olvidado que alguna vez la ciénaga de Zapata fue parte de la antigua provincia de Las Villas. Tuvimos que ir hasta el estudio de Luis González Ruisánchez, donde cuelga una isla entera, para salir de dudas.
Recuerdo que cuando se dividieron las 6 provincias originales (Oriente, Camagüey, Las Villas, Matanzas, La Habana y Pinar del Río), sucedieron cosas tan absurdas como la de una mujer que vivía en lo más intrincado del Escambray y su pequeña finca quedó partida en tres por Sancti Spíritus, Villa Clara y Cienfuegos.
En el Paradero de Camarones, mi pueblo, los que viven en la cuneta sur de la carretera de San Fernando, tienen que ir a la OFICODA de Palmira; a sus vecinos de enfrente, les toca la de Cruces. Ya han pasado casi treinta años de aquella repartición y aún hay muchos que no se acostumbran o no la entienden. Ellos prefieren volver a Las Villas, aunque sea a paso de cangrejo.

Ocho onzas de tasajo

El viejo La Fayé nunca en su vida había oído el nombre de Manuel Moreno Fraginals. Al cabo de treinta años como maestro puntista se acaba de enterar de que ese tal Fraginals era el hombre que más sabía de azúcar en Cuba y que escribió un libro llamado El ingenio.
Todavía faltan tres horas para que llegue el mediodía y ya todo está ardiendo. El viejo La Fayé lo único que tiene en el estómago es un pedazo de pan que sobró de ayer y un vaso de refresco de naranja agria. “No había más ná”, piensa mientras el cítrico se ensaña con su úlcera.
El aula fue construida dentro del coche Pullman, el antiguo vagón de los dueños del ingenio. Ya no queda nada de todo el lujo que hubo en su interior. Ni las lámparas de araña, ni la vajilla del alquimista alemán Friedrich Böttger, ni los muebles de maderas preciosas. Lo único que permanece es el armazón oxidado, revestido por dentro con tablas de bagazo y adornado por fuera con un cartel de letras góticas: Cursos de Superación para Trabajadores Azucareros.
En la zafra de 2002 fueron clausurados 84 centrales azucareros en toda Cuba. Los obreros y los trabajadores agrícolas de esas industrias fueron enviados a estudiar.
“Por primera vez se pone en práctica el concepto del estudio como empleo, y seguramente uno de los más importantes empleos. Un contingente de varios miles de trabajadores azucareros, excedentes, podemos decir, como consecuencia de la reestructuración de la industria azucarera, se inicia en un ambicioso y grandioso programa de superación”, dijo Fidel Castro en el acto inaugural del curso.
Mientras el calor y el ácido de la naranja agria desvanecían el cuerpo del viejo La Fayé, el maestro comentaba el capítulo Trabajo y sociedad de El ingenio.
−Como pueden ver −dijo el maestro mirando por una de las ventanillas del vagón, como si deseara que aquel hierro varado se pusiera en marcha−, las raciones diarias para los negros esclavos del camino de hierro Habana-Güines eran de ocho onzas de tasajo, ocho plátanos y dieciocho onzas de harina de maíz…
−Oiga, maestro −dijo el viejo La Fayé quitándose el sudor de encima con las dos manos−, ahora mismo, por ocho onzas de tasajo, yo solito chapeo la línea de aquí a Palmira y después me dejo dar cien latigazos.

18 mayo 2008

La carta negra de Marta Rojas

Al parecer Marta no siempre fue “roja”. Así lo atestigua una carta fechada el 24 de abril de 1957, donde le hace llegar “un mensaje de felicitación y cariño” a Fulgencio Batista. “Se portó usted valiente y grande y sigue amplio y generoso, lo admiro'”, le dijo Rojas al dictador, después que se frustrara el asalto al Palacio Presidencial encabezado por José Antonio Echevarría y el Directorio Revolucionario.
“He esperado hasta hoy para hacerle estas líneas desde el pasado 13 de Marzo, porque no quería que mi mensaje se perdiera entre los múltiples que usted estaba recibiendo”, afirma la periodista, apenas cuatro días después de los sucesos de Humboldt 7, donde fueron asesinados cuatro sobrevivientes del fallido asalto: José Machado Rodríguez, Juan Pedro Carbó Serviá, Fructuoso Rodríguez y Joe Westbrook.
Una copia del documento fue entregada a El Nuevo Herald por Osvaldo Fructuoso Rodríguez. “He conservado esta carta por muchos años, pero pienso que ya es hora de que comencemos a contar la historia reciente de Cuba con la más plena verdad”, dijo Osvaldo, quien es hijo del mártir.
Según un reportaje de Wilfredo Cancio Isla, publicado en el Nuevo Herald, el documento en poder de Rodríguez pertenece al “Fondo de la Secretaría de la Presidencia, Legajo 23 No. 5, que fue hallado en los archivos de Batista en los primeros años de la revolución castrista”.
En el penúltimo Congreso de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba (UNEAC), Marta Rojas pidió que La historia me absolverá, alegato de Fidel Castro en el juicio que se le siguió por asaltar el Cuartel Moncada, fuera considerada una “obra trascendental de la literatura cubana”. De ser cierta su carta a Fulgencio Batista, la UNEAC misma debería declararla una de las páginas más infames y bochornosas escritas en Cuba, tanto en la ficción como en la realidad.
Fascimilar de la carta de la periodista Marta Rojas al dictador Fulgencio Batista.

15 mayo 2008

Pascual Tartavull

Pascual Tartavull es un negro de seis pies que fue maquinista del central Espartaco 40 años y doce días. Él los lleva uno por uno en su cabeza y a cada rato se los recuerda a Chicho Iznaga, que perdió la cuenta del tiempo que pasó colgado del último vagón, protegiendo la cola del tren que buscaba las cañas de Manaquitas.
Por las tardes, sin que nadie lo vea, Tartavull se va al final del patio del ingenio y se sube en las ruinas de su locomotora. Su asiento aún está intacto, pero el cundiamor ya empezó a trepar por la máquina y casi no se ve nada a su alrededor.
La 1326 tenía fama de ser la locomotora que más fuerza tenía en Espartaco. Tartavull siempre estuvo arriba de ella con la estopa y el lubricante. Sus bronces aún hoy, hundidos en la maleza, relumbran. Cuando Tartavull se sube en las ruinas de su locomotora revisa que todo esté en orden. Él sabe que nunca más volverá a moverse, pero al menos no quiere que se la roben a pedazos, como pasó con la 1328 y la 1329.
La 1326 llegó a Cuba en 1895 y fue a buscar el último tren de caña el 28 de enero de 2002. 40 años y doce días después que Tartavull se subió en ella por primera vez. El 16 de enero de 1962, Benny Moré todavía estaba vivo, aún vendían Bacardí en la tienda del pueblo y por la cabeza de nadie podía pasar que el ingenio Hormiguero, nada más y nada menos que el ingenio Hormiguero, se convertiría en un amasijo de hierros inservibles.
El hombre y la máquina están solos en medio de la tarde. Por la escotilla de la caldera se oye un silencio que molesta. Por última vez el negro se pone de pie y revisa el interior de la estrecha cabina donde sudó la gota gorda zafra tras zafra.
−Bueno, nos vamos −le dijo el hombre a la máquina y jaló de la cuerda del silbato. Sólo él escuchó aquel estremecedor pitazo que se repitió una vez más, para confirmar que el tren se pondría en movimiento.
Encorvado, producto de una hernia discal y la artrosis, Pascual Tartavull avanza a toda velocidad, moviendo los brazos como un molino, quitándose de encima el cundiamor y las zarzas que dentro de poco no le dejarán llegar hasta su locomotora.

14 mayo 2008

El zoológico de cristal

En el batey del ingenio Hormiguero había un zoológico. Al final de un laberinto de hiedras y arbustos desconocidos, estaban las jaulas. Como una de las hijas de don Fernando De la Riva padecía de claustrofobia y aborrecía cualquier tipo de encierro, tuvieron que retirar los balaustres y en su lugar pusieron gruesos cristales.
Un león de los pantanos del Okavango, un tigre siberiano, un oso pardo y una infinidad de monos procedentes de las más remotas latitudes, permanecieron allí por años. El zoológico de cristal del ingenio Hormiguero fue la gran atracción de la zona y el trasfondo de innumerables fiestas de quinces y bodas.
En la noche, los rugidos de aquellas fieras se escuchaban aún más alto que el ruido incesante de la maquinaria del ingenio. Nunca le faltó nada a ninguno de aquellos animales. Cada semana se sacrificaba un toro para los felinos y en el tren de la madrugada, con toda puntualidad, llegaba desde La Habana una caja con salmones de Alaska para el oso.
Cuando la familia De la Riva abandonó el país, a mediados de 1960, le fue imposible cargar con sus fieras. El león del delta del Okavango, el tigre siberiano, el oso pardo y la infinidad de monos pasaron a formar parte de los bienes intervenidos por el Gobierno Revolucionario.
Muy poco tiempo después el oso tuvo que acostumbrarse al sabor a tierra de las biajacas. El león y el tigre aprendieron a comer del mismo salcocho que les daban a los cerdos. La mayoría de los monos se murió de una enfermedad fulminante y los que quedaron fueron desapareciendo poco a poco.
El los días más tensos de la zafra del 70, hubo un problema con el abastecimiento de comida y el central amaneció sin nada que echarle a los calderos para el almuerzo. De inmediato alguien dio la orden de que se sacrificaran las fieras del zoológico. El asunto se manejó con tanta discreción, que ninguno de los obreros supo que aquel fricasé era de tres carnes: león, tigre y oso.
Pocos días después, el nuevo administrador del central hizo que colgaran la cabeza disecada del león en su oficina, entre una foto de Camilo Cienfuegos y otra de Ernesto Guevara. Los tres, tanto el felino como los guerrilleros, lucían unas melenas impecables.

13 mayo 2008

De cuerpo y alma

La Fundación Mapfre (http://www.fundacionmapfre.com/) ha cargado con 33 obras (12 bronces, 3 mármoles y 18 yesos) de Auguste Rodin para exhibirlas en Madrid. Cada una de esas esculturas es una prueba convincente de que, a finales del siglo XIX, Europa vivía desnuda de cuerpo y alma.
Desde el poema más breve hasta el edificio más voluptuoso, todo en aquel tiempo remitía al sexo. Mientras Sigmund Freud acostaba a Occidente en un diván para sicoanalizarlo, Gustav Klimt y Egon Schiele dejaban una escandalosa constancia de lo que sucedía a su alrededor.
Rodin, por su lado, hizo el amor, una y otra vez, a punta de cincel. Por eso sus cuerpos ahora son testigos de excepción del mundo que una década después sería borrado a cañonazos. Hombres y mujeres fueron forzados a vestirse y a combatir de un lado o del otro. Nunca más volvieron a ser los mismos después que regresaron de los campo de batalla.
De los amantes de Klimt y de las lesbianas de Schiele sólo quedaron sus siluetas inmóviles. Cualquiera de ellos pudiera ser quien grita horrorizado en un lienzo de Edvard Munch. A partir de entonces el continente no pudo volver a ser tan descaradamente libre. Es eso lo que nos dicen una y otra vez esos amantes de piedra que Mapfre llevó a Madrid con la intención de darnos envidia a todos, allá y aquí, en el pasado, en el presente y en el futuro.

12 mayo 2008

La isla baldía

Las ruinas del central Perseverancia (Primero de Mayo) vistas desde el cielo.
A la izquierda, antiguos cañaverales convertidos en tierra baldía.
Fidel Castro se confesó un enemigo acérrimo de la producción de etanol a partir de la caña de azúcar. Esa aversión la dejó por escrito en una de sus presuntas Reflexiones. Es entendible, de estar de acuerdo con los biocombustibles, el Comandante tendría que explicar antes por qué Cuba no previó esa oportunidad de oro y desmanteló su industria azucarera.
En el documental “deMoler” (2004), realizado por el joven cineasta Alejandro Ramírez, se revela la vida cotidiana en los pueblos fantasmas que sobreviven en los sitios donde antes hubo importantes ingenios. Los propios obreros que acometen la labor destructiva, confiesan que no están de acuerdo con lo que hacen.
“deMoler” es el verdadero epílogo de la Zafra de los Diez Millones, pero es también el mejor epitafio que se le pueda escribir a la industria azucarera cubana, ese sistema sociocultural que definió Manuel Moreno Fraginals. “Si azúcar no hay país”, decían Los Compadres a dos voces, mientras Lorenzo Hierrezuelo imitaba el sonido de una locomotora de vapor.
Desde Google Earth se pueden apreciar, una por una, las ruinas de los ingenios demolidos. Aunque parecen objetivos bombardeados, no son más que los esqueletos de una economía moribunda, inoperante. A su alrededor, cientos de caballerías de tierra sin cultivar se extienden en todas direcciones.
Su isla baldía, eso es lo que quiere esconder el anciano líder cuando desvía la atención con sus Reflexiones… en el hipotético caso de que sea él quien en verdad escribe, o al menos el que dicta.