09 diciembre 2015

Hoy he visto el Paraíso

En el año 2000, cuando llegué a República Dominicana, me sentí muy solo. Mi soledad no era física. Muchísimos dominicanos, a quienes siempre recordaré agradecido, me tendieron la mano por donde quiera que pasé. Mi soledad era por Cuba, por lo que tuve que dejar atrás, por lo que me vi obligado a abandonar.
El día que Alejandro Aguilar y Marianela Boán me anunciaron su intención de mudarse a Santo Domingo, di brincos de la felicidad (literalmente). Recuerdo que aquella misma noche, después del segundo Brugal, le confesé a Alejandro mi soledad. A ustedes no les pasará lo mismo, le prometí, porque ya hay un cubano esperándolos.
Por esa misma época nacieron las redes sociales y de, pronto, sin que me diera cuenta, me encontré viviendo en el mismo espacio que mucha de la gente que quiero y admiro. La Habana ya no es el lugar donde tuve una casa y que a veces añoro; pero el muro de Facebook de muchos de mis amigos, sí.
Un ejemplo de eso es la comunidad Hoy no he visto el Paraíso, creada por Margo Reina de Groenlandia (Margarita García Alonso, para lo que no la conocen). Ayer, sin ir más lejos, publicó esta foto. Aunque se trata de una de las escenas más tristes de la historia de Cuba, me hizo feliz por el resto del día.
“No más de 40 personas. ¿Quiénes serán esos dolientes que ahí aparecen, con sus sombreros a la rodillas...?”, se preguntó Sindo Pacheco. Se trata del 7 de diciembre de 1895. En un bohío de Punta Brava, de espaldas a una raída bandera y dándole la cara al olvido, los cubanos se despiden de Antonio Maceo, quien acababa de caer en combate.
“Guárdenla preciosamente, no duden en imprimirla, esa foto es la decencia cubana. Sindo, cuando la rescaté, lloré una tarde, es tan grande que me pongo de rodillas”, agregó Margarita.
Y aquí estoy, fijándola para siempre en El Fogonero. Ojalá que la humildísima eternidad de esa imagen no se me olvide nunca, incluso cuando ya no me quede memoria ni para recordar mi nombre.

05 diciembre 2015

La vaquera de Piantini

(Escrito para la columna Como si fuera sábado de la revista Estilos)

Santo Domingo, viernes 20 de noviembre de 2015. Son las cuatro de la mañana y un joven, que se dirige a su trabajo en un taxi, graba un video que unas tres horas después será una tendencia en las principales redes sociales donde interactúan los dominicanos.
Al principio solo se ve una Ford Explorer estacionada en el mismo medio de la calle (se trata de la Gustavo Mejía Ricart, una arteria clave en el corazón de la ciudad). Se oyen bocinas y sirenas (las cuales no provienen de patrullas ni de ambulancias sino de uno de esos vehículos que, violando la Ley, las usan).
—¡Esto es grande, amigo! ¿Eh? —Se oye que le dice el taxista al que graba el video.
La escena, alumbrada por las luces de los automóviles, permanece vacía hasta que por fin un hombre entra en ella. Se mueve en contra de su voluntad. Una  mujer lo empuja por la espalda. Ambos se tambalean. Cuando ella logra convencerlo de que se suba al vehículo que mantiene paralizado el tráfico, se oye un disparo.
Al parecer lo hizo uno de los que permanecían atrapados en el taponamiento, después de perder la paciencia. Asustada, la mujer se lleva las manos al pecho y grita. Luego mete la cabeza en el vehículo y saca una pistola. Dispara al aire. Apunta desafiante a la fila de vehículos. Abre los brazos.
—Lo más terrible de esta injustificable situación es que el disparo lo hiciera una mujer, coñazo, una maldita mujer —dijo cuatro horas después un comentarista en la radio— ¿En qué país estamos viviendo?
La respuesta a esa pregunta empieza por él mismo. Vivimos en un país donde, después de una escena tan desconcertante, a un periodista lo que más le llama la atención es que el segundo disparo (ese detalle es muy importante) lo hiciera una mujer.
Las reacciones de una parte de la sociedad, de la prensa y del Ministerio Público ante ese segundo disparo, demuestran cuan primitivo puede llegar a ser todavía nuestro machismo. La mujer, incluso para algunas instituciones, sigue siendo un ser inferior que debe una particular obediencia.
Hace unos días me contaron el caso de una madre que decidió divorciarse por razones de suficiente peso: ya no amaba a su marido ni sentía la más mínima admiración por él. Solo pudo retener la custodia de sus hijos cuando se comprometió a ir a misa todos los días y a confesarse una vez a la semana.
Al parecer, para su devoto y obcecado ex marido esa era la garantía de que ella, aun lejos de él, mantendría la calidad moral para criar a sus hijos. Ojo. Eso no ocurrió en el Estado Islámico ni en el territorio ocupado por los talibanes en Afganistán. Sucedió a unos pasos de usted, en un hogar de la clase media alta dominicana.
Si un hombre tiene una amante, es un héroe que merece admiración y su esposa no debe poner en riesgo el matrimonio (por algo juró ante Dios que en las buenas y en las malas). En cambio, si es la mujer la que decide romper un lazo nocivo incluso para los hijos, merece duros cuestionamientos y graves consecuencias (hasta laborales, si fuera posible).
Él siempre es un santo. Ella, dependiendo de su docilidad y sometimiento (al esposo, a la sociedad y a ciertas instituciones). La vaquera de Piantini —como comenzaron a llamarle en las redes sociales— fue una entre todos los que hicieron mal las cosas en la madrugada del 20 de noviembre, cuando la circulación se detuvo en una de las arterias del corazón de Santo Domingo.
Pero solo ella fue condenada y de manera desproporcionada. No fue por el disparo al aire, fue por ser mujer.

02 diciembre 2015

Las caras trocadas

La foto de Stalin que Margarita García puso en Facebook.
Hoy me levanté con algo de resaca. Anoche, gracias a una de esas detestables declaraciones que hace a menudo el cardenal dominicano Nicolás de Jesús López Rodríguez, Mario Dávalos y yo decidimos juntarnos y hacer lo que mejor sabemos hacer: abrir un buen destilado y sentarnos a tratar de arreglar el mundo.
Todavía tenía la vista borrosa cuando respondí una pregunta de Margarita García (esa Veuve Clicquot que vive en Normandía, reina en Groenlandia y brinda su inteligencia y su amor a medio mundo). Al pie de una foto de un ruso de 23 años, preguntaba quién era.
“Seguéi Esenin —respondí con prisa, para tratar de ganar el ‘concurso’—, uno de mis poetas jóvenes preferido. Promete muchísimo”. Entonces Margarita me aclaró que no podía ser Esenin, el amante de Isadora Duncan y el marido de una nieta de Tolstoi, porque se ahorcó antes de que le creciera la barba.
En verdad el retrato del joven apuesto correspondía a Iósif Vissariónovich Stalin, quien acabó siendo uno de los más terribles ancianos que ha tenido la humanidad. Con esta historia de caras trocadas empezó mi día. Gracias a ella, he vuelto a leer poemas de Esenin, algo que hice mucho cuando yo también tenía 23 años.
Te debo eso, Margarita, entre muchísimas otras cosas.
Serguéi Esenin con Isadora Duncan.

01 diciembre 2015

Medio básico

Viví toda mi infancia en un “medio básico”. Ese es el nombre que le daba el Estado cubano a las cosas que le pertenecían (mi casa era la mitad de una estación de trenes. En la otra mitad estaba la oficina, el salón de espera y el almacén).
Luego, cuando crecí, me di cuenta que yo también era un “medio básico”. Yo y los once millones que convivían conmigo en una isla donde todo, desde las vacas hasta el mar, le pertenecía al Estado. No me liberé de esa circunstancia hasta que entré por primera vez a un consulado cubano.
Nunca, ninguna autoridad de ningún país me ha maltratado como en los consulados del mío. La primera vez que estuve en uno, en México allá por 1995, sentí que me arrancaban de la piel la placa de aluminio con la que la revolución identificaba sus bienes: reses, muebles, vehículos...
“Si te quedas, dejas de ser un cubano de Cuba”, me dijo el cónsul. Ahora la frase me suena hasta ridícula, pero en el momento en que me la dijeron, con mi hija y mi madre en la isla, me estremeció por dentro. Aún recuerdo el viento helado que se coló en mi estómago.
La crisis de los miles de cubanos varados en la frontera de Costa Rica con Nicaragua y la criminal desidia con la que el régimen de la isla ha tratado el asunto, me recordó la época en que yo era un “medio básico”. Las imágenes de los niños que permanecen allí, me llevó hasta los retratos de mi hija que me hicieron volver.
Ignorar la angustia de esa gente, es la manera de arrancarles de la piel la placa de aluminio, de forzarlos a que sientan un viento helado en sus estómagos y sigan naufragando, así en el mar como en tierra firme, para que la decisión de ser libres parezca un dolor y no la necesidad de tener alguna esperanza.

24 noviembre 2015

Guanuma

El Paradero de Camarones estaba rodeado de polleras. Todos sus puntos cardinales estaban determinados por granjas en plena producción. Todavía no sé cuál fue la razón por la que el gobierno revolucionario decidío construir a nuestro alrededor tantas naves para gallinas ponedoras, pollos de ceba y hasta guanajos.
Lo primero que yo veía de mi pueblo cuando llegaba a él en el tren de Cumanayagua, era el tanque de agua de la granja Panamá. Es curioso, pero el nombre de ese pequeño istmo significaba para mí el enorme continente donde mi infancia tuvo lugar: una estación de trenes, cuatro calles, dos tiendas, una botica, una oficina de correos y las manos de los viajeros que decían adiós desde los trenes.
Nuestras gallinas ponedoras alimentaron (de manera lícita o ilícita) a todos los pueblos que teníamos en los alrededores. Por eso me alegró tanto que Miguel Lajara me propusiera colaborar con las comunicaciones de Sanut (el principal importador de alimento animal en República Dominicana) y Granja Guanuma, la joya de su corona. 
Este es el primer anuncio institucional que publicaremos en la prensa. Para la gente de mi pueblo no tiene el más mínimo significado. Sin embargo, desde lo más hondo de mí quiero dedicarselo a ellos, porque fueron mi inspiración cada vez que pedí la palabra y aporté una idea.

23 noviembre 2015

Espacios de trabajo

Hace unas semanas inicié una galería en Facebook sobre el lugar donde suelen trabajar escritores y artistas que admiro. Está dividida en dos grande ámbitos. En el primero, reúno imágenes de algunos de los escritores que más he leído y releído en mi vida. En el otro, amigos cuya obra siempre ha sido un referente para mí.
El día que me robé un ejemplar de "Hambre" (en una biblioteca de Cienfuegos) y empecé a leerlo, mi vida cambió para siempre. Aunque la historia sucede por el Círculo Polar Ártico, yo me la imaginaba muy cerca del Paradero de Camarones. Algunos de sus personajes, incluso, llegaron a tener en mi cabeza el rostro de gente de mi pueblo. 
Este no es el espacio de trabajo de Knut Hamsun, pero gracias a ese espacio hizo la mayor parte de su trabajo. Si hacen click en este campo roturado, pueden acceder a las otras imágenes. Pasen, vean y aplaudan a esos trabajadores de la imaginación.

21 noviembre 2015

¿Cine? ¿dominicano? ¿apoyarlo?

Geraldine Chaplin y Janet Mojica en Dólares de arena.
(Escrito para la columna Como si fuera sábado, de la revista Estilos)

Hace unos días alguien me preguntó que me parecía la “pujante industria del cine dominicano” (puedo asegurarlo, esos fueron el adjetivo y el sustantivo que usó). Como soy muy escéptico sobre el tema, le pedí un poco de ayuda para poder responderle.
“¿Cuáles son las películas dominicanas que más te gustan?”, le pregunté. “¡Muchas!”, respondió con entusiasmo. “Mencióname las diez que más te gustan”, insistí. El tiempo que se tomó en pensar su top ten me pareció una eternidad. Al final solo pudo mencionar seis títulos; dos, estaban repetidos.
Llegados a ese punto, tuve que decirle lo que realmente pensaba. La Ley de Fomento de la Industria Cinematográfica, le dije, me parece un gran logro. Los cineastas cubanos, por ejemplo, están clamando por algo parecido y nadie los escucha.
Sin embargo, ese importante incentivo ha sido mucho más aprovechado por los empresarios que por los creadores. El hecho de que en las salas de proyecciones se exhiban materiales realizados en el país, no quiere decir que siempre sea cine y mucho menos que represente las identidades dominicanas.
Pongamos un ejemplo, quizás el peor de todos: Roberto Ángel Salcedo. El Niño Orquesta, como lo bautizó el crítico Armando Almánzar, porque prácticamente lo hace todo en sus “obras” (las comillas son de Almánzar, no mías), estrena un producto al año.
Pero a eso que él hace no se le puede llamar cine. En todo caso son programas de televisión que, a pesar de tener un pésimo guión y estar terriblemente actuados, se exhiben en pantalla grande, en el mismo espacio donde, regularmente, se proyectan películas.
Hay otros directores que, aunque no tienen el mismo talento que Salcedo para facturar bodrios, tampoco consiguen hacer obras (ya sin comillas) que realmente contribuyan a consolidar una cinematografía con los valores de  una cultura tan rica como la dominicana.
¿En verdad esos productos merecen ser apoyados? Eso es una elección de cada quien y puede hacerse con el mismo criterio que se elige una marca de corn flake, de zapatos o de ropa interior. Al fin y al cabo hablamos de una mercancía, no de un bien cultural.
Los que sí merecen apoyo son esos que buscan un camino diferente a la risa fácil (¿o debo decir tonta?) y piensan en el espectador antes que en sus bolsillos. Hablo de los que en verdad tienen algo que decir y, con los años, producirán la verdadera historia del cine dominicano.
Hablo de Ángel Muñiz, Ernesto Alemany, Laura Amelia Guzmán e Israel Cárdenas, Juan Basanta, José María Cabral, Héctor Valdés, Pedro Urrutia, Ronni Castillo, Francisco Antonio Valdés y César Rodríguez, entre otros. No puedo dejar de mencionar la labor de Frank Perozo; aunque no es director, siempre se toma su trabajo con una seriedad admirable.
Al amigo del que les hablé al principio acabé respondiéndole su pregunta con las dos películas que el repitió en su trabajosa lista. Cuando el cine dominicano tenga 20 películas como Dólares de arena o La Gunguna, entonces podremos hablar de una pujante industria. Mientras tanto, necesitamos tantos críticos como realizadores para ir separando a los verdaderos creadores de los comerciantes.
Cuando es cine y cuando es dominicano, merece ser apoyado. Pero apelar al orgullo que siente un pueblo por su identidad para luego tomarle el pelo con denigrantes facilismos, es una burla injustificable, peor aun que esos terribles chistes que se proyectan en widescreen con sonido dolby digital.