24 febrero 2025

Ponte llega a las 19:00


(De Estación del Norte,  Libros del Fogonero, 2024)
 
Puntual, albariño en mano, Ponte llega a las 19:00. 
Se sienta de espaldas a Madrid y rara vez
vuelve a reparar en ella.
Puestos al día, repartidos los encargos
y servidos los abrazos,
nos alistamos para irnos a La Habana
o perdernos en una de aquellas seis provincias
que acabaron siendo borradas de los mapas.
Porque el destino, 
en un principio,
siempre será aquel país
del que tanto se habla y tan poco queda.
El polvo de las ruinas acaba cayendo
sobre los versos de un poeta,
portugués posiblemente,
inglés si viene al caso, 
ruso si resulta inevitable.
Pasa lista.
Alaba,
inculpa,
celebra,
condena,
rinde honores.
Pero a lo que más tiempo dedica
es a modificar el pasado,
a establecer el relato
de lo que no ocurrió,
de lo que pudo haber sido,
esa página en blanco a la que también 
debemos llamar nación cubana
para no quedarnos con las manos vacías.
Se pone de pie para decir el nombre
de José Alfredo Jiménez,
quita una canción de un manotazo
y pide que la Lupe suba por fin a escena.
Entre bolero y bolero demuestra alguna tesis,
luego se queja de la pobreza
de los postres de Castilla
o canta en italiano una balada de amor.
Lola Flores puede hacerlo llorar
si promete, con Celia Cruz como testigo,
que jamás volvería.
También llora si se imagina el regreso
y cae en cuenta de que Sigfredo Ariel
no estará allí para esperarnos.
Invocamos por última vez
a la delicada isla,
no la de Borges sino la íntima,
la nuestra,
esa que por perder
acabó perdiéndonos.
Ya de madrugada,
si Elena decide cantar lo sentimental,
un vecino puede tocar
para hacernos entender la hora que es.
 
Llegado el momento de irse
por fin vuelve a mirar a Madrid,
lo hace como si tratara
de recordar cómo vino
a parar aquí,
cómo aprendió a orientarse
sin esa brújula que es el mar.
La mañana entonces está por llegar
y ya sabemos que, en esta ciudad,
espera hasta el último minuto 
para hacerlo.
Nos asomamos a la terraza para verlo ir.
Camina de prisa,
como si siguieran esperando por él.
Siempre me queda la duda
si en verdad se dirige a la Estación del Norte
o aún va del Vedado a La Habana Vieja.
Le preguntaré eso la próxima vez,
cuando llegue puntual, albariño en mano, a las 19:00.

23 febrero 2025

La vi caer


La tarde yace del otro lado del río,

la vi caer poco después

de una llovizna que nos obligó 

a recoger todo

lo que habíamos tendido.

La tarde en blanco y negro,

ligeramente desenfocada,

se tumbó sobre la tierra.

La lluvia arreció,

ya Madrid parecía lista

para enfrentar

otra noche difícil.

Fue entonces que abrí

el libro de Robert Capa,

justo en la foto

del pesado cañón

emplazado en los trigales.

Los sublevados estaban

en las puertas

de la ciudad

y la tarde, 

justo delante de ellos,

se daba por vencida.

A diferencia

del bando perdedor,

no ofrecía

la más mínima resistencia.

Al parecer ella conoce mejor 

que nadie a esta ciudad,

sabe muy bien cuando

llega el momento

de llevarse las manos

a la nuca,

tumbarse en el suelo 

y rendirse.

13 febrero 2025

Bajo el incomprensible sol de la Florida


El viaje de Inés y Miguel 
acabó aquí, 
junto a esas flores 
que su nieta 
les acaba de poner, 
después de lavar 
delicadamente 
el bronce 
de su lápida.
Nacieron
en Gran Canaria
(él en 1892,
ella en 1901)
y se conocieron
en Cuba,
donde tuvieron
hijos, una finca, 
una mina, 
una gasolinera
y un Willys.
Querían morir allí,
pero una revolución
(que ellos mismos
contribuyeron
a sufragar)
se los quitó todo.
Esa es la razón
por la que su viaje
acabó aquí
(el de él en 1979,
el de ella en 1987),
tan lejos
de Gran Canaria
y de Cuba, 
bajo el incomprensible 
sol de la Florida.
Aun así, 
no parecen extraños.
Uno al lado del otro,
en un lugar 
del que no tendrán
que irse
y donde ya nadie 
podrá quitarles nada.

08 febrero 2025

La burra de Marlow


Esperamos por ella en el andén

de la estación de Maidenhead,

mientras veíamos pasar,

uno tras otro,

esos apurados convoyes 

que buscan el mar

al final de la niebla.

Retrocedió perezosamente

y esperó la hora exacta

para volver a internarse.

La burra de Marlow

no busca el mar

sino los recodos del río,

esos que le van señalando

los cisnes salvajes

y las reses que permanecen

hundidas en el agua.

Aquel viejo tren,

lento y soñoliento,

supo llevarte de regreso.

Aún no sé cómo se las arregló

para que el caudaloso Támesis

se pareciera tanto

al moribundo Arimao.

Pero lo cierto es que logró

convencerte,

sentiste exactamente 

lo mismo 

cuando cruzaron el puente

y, con la misma ilusión

que solías decirlo,

te pusiste de pie

para avisarle a Diana

que ya estaban llegando.

03 febrero 2025

El pequeño hombre de Abegongo


Y, entonces, justo antes de empezar a subir la más larga cuesta del camino, apareció aquel pequeño hombre con un perrito atado de una fina cuerda. Se detuvo para saludarnos como si nos conociera, el perrito se nos abalanzó para que jugáramos con él. Con el movimiento del bastón terminaba las frases.
Sabía de abejas como Bencho Llenera. Hablaba tan rápido como Felipe Cervera. Tenía las manos llenas de callos y tierra como las manos llenas de callos y tierra de Felo el de Carmen, Benigno el de Ada, Manuel el de Edilia, Ramón el de Natividad, Madrazo el de Cuquita…
Pero de todos al que más se parecía era a Carlos Ayala, el pequeño hombre que le prestaba los arados a mi abuelo Aurelio. Le confesamos nuestro temor por la más larga cuesta del camino. Él se limitó a decirnos que la subía y la bajaba todos los días. Me llenó la cabeza de nombres, pero olvidé preguntarle el suyo.

30 enero 2025

Reynaldo Fernández Chávez rescata el mundo perdido de Siguanea

El valle de Siguanea antes de quedar en el fondo
del lago Hanabanilla.

Conocí a Reynaldo Fernández Chávez en Moa, justo el día que presenté la obra con la que me gradué de dirección teatral. Entonces apenas hablamos, de haberlo hecho, un lugar en común nos hubiera hecho amigos mucho antes. Él fue médico en el hospital de El Nicho, el remoto lugar del Escambray donde hice la secundaria.
Nos volvimos a encontrar en Facebook, ese otro lugar donde tantos coincidimos a diario. Ahí fue que supe que escribía un libro sobre Siguanea, el pueblo que se tragaron las aguas del lago Hanabanilla. Mi urgencia por leerlo me llevó a insistirle, casi a diario, que buscara una manera de publicarlo. Y aquí estoy, celebrando que Siguanea: la Atlántida de Cuba, ya esté disponible en Amazon. 
 
¿Qué impulsó a un doctor en medicina a rescatar la memoria inundada de un pueblo del Escambray cubano?
Mi primer enamoramiento con Siguanea ocurrió después de ver la puesta escena que Teatro de los Elementos hizo, en 1999, de Ten mi nombre como un sueño, una obra de Atilio Caballero. Me fascinó la historia de aquel pueblo fantasma, perdido bajo las aguas de un lago. 
La pieza recrea de forma muy dramática la huida de los pobladores ante la inminencia de que el valle acabara siendo inundado por el río Hanabanilla, dejando atrás sus pertenencias, sus recuerdos, sus muertos… 
A partir de 2008, comencé una relación muy cercana con Doraida Manrresa, la madre de mi esposa. Ella vivió allí con su esposo y dos de sus hijas hasta 1957. Sus historias sobre aquel valle casi mágico fueron sedimentando en mí la necesidad de recoger todo ese anecdotario en peligro de desaparecer también. Seis años después comencé a escribir.
 
¿Cómo lograste dar con las fuentes y con esa valiosísima documentación que, de no ser por ti, probablemente se hubiera perdido?
Después del despropio, vino el éxodo de los siguanenses hacia tierras seguras fuera del alcance del agua. Muchos desarmaron sus bohíos y los volvieron a reconstruir en las colinas que bordeaban el lago, pero la gran mayoría emigró hasta pueblos cercanos. Cumanayagua fue uno de sus destinos. 
Cuando entrevisté al primero, me llevó al segundo, de ahí al tercero y así unos a otros hasta pasar de los cien. Fue una reacción en cadena. Todos se conocían, eran como una gran familia dispersa, unidos por la necesidad de contar su historia. En periódicos y revistas de la época también logré acopiar datos importantes. 
Indagué en los archivos parroquiales de Trinidad y Cumanayagua. En los Archivos Históricos de Trinidad y Santa Clara tuve acceso a actas capitulares, sentencias de tribunales, mapas y certificaciones legales que validaban la investigación. 
Por último, Internet, con su enmarañada madeja de informaciones. Lo de las fotografías fue un hallazgo que me dejó consternado, pues los entrevistados las guardaban como tesoros valiosos. Escoger las que llevaría el libro fue muy difícil para mí.                   
 
Mucha gente desconoce el valle de Siguanea y todo lo que quedó bajo agua en él. ¿Puedes hacernos una breve descripción de la vida y la economía que había allí?
Siguanea fue un valle con varios asentamientos. El mayor de ellos le dio nombre a ese enclave intramontano. Era un lugar idílico rodeado de exuberante flora y fauna. Durante la República, fue un pueblo próspero, muy adelantado si lo comparamos con otras poblaciones de las montañas cubanas. 
La agricultura era el principal sostén económico de la región. Tuvo hacendados dueños de grandes cafetales, también arrendatarios, comerciantes menores, panaderos, herreros, boticarios, apicultores, comadronas, maestros, carboneros y desmochadores. 
Hubo fondas, hostales, escuelas, tiendas, bodegas, carnicerías, salones de baile y juegos, vallas de gallo, correo… Cuando la televisión llegó a Cuba en 1950, parecía restringida a las grandes ciudades. Sin embargo, en 1952 se instaló el primer televisor de Siguanea, tal vez fue el primero de la Isla en una zona montañosa.
 
Supe de tu expedición al lugar dónde estaba el célebre salto del Hanabanilla. ¿Qué queda de él?
El Salto del Hanabanilla fue uno de los paisajes más famosos y extraordinarios que tuvo Cuba hasta finales de 1950. Era una postal de presentación de nuestra Isla por todo el mundo y no existía un folleto de turismo que no tuviera su imagen. Fue portada de revistas y llegó a emitirse un sello postal con los afamados saltos. 
Se formaba al despeñarse el río Hanabanilla por los desfiladeros meridionales del valle, cuando bajaba hacia los llanos de Cumanayagua. Benny Moré lo inmortalizó en su canción a Cienfuegos: “Me gusta ver como baja del monte el Hanabanilla. Y cómo choca en la orilla de la roca que lo ataja”. 
Al construir la represa de la Hidroeléctrica, se detuvo el flujo natural del río, lo que conllevó la desaparición de la icónica cascada. En 2014 visité el sitio y fue muy doloroso verlo. Solo encontré un hilo de agua imperceptible, escapado de algún aliviadero de la presa, deslizándose sobre peñascos cubiertos de matorrales y musgo. 
Las piedras que una vez sirvieron para formar el abanico tan peculiar que definía el salto, son hoy un socavón de poca profundidad, donde se guarecen animales jíbaros.
 
¿Cómo lograste llevar a cabo la publicación de Siguanea: ¿La Atlántida de Cuba, qué pueden encontrar los lectores en él?
En Cuba, nunca tuve ninguna esperanza de que alguna editorial aprobara su publicación. Aunque el libro no es un texto político, aborda la historia del lugar sin los ribetes ideológicos que suelen exigir las editoriales oficiales para ese tipo de materiales. 
Después de la publicación de tu Atlántida en Amazon, sentí que la auto publicación podía ser el camino. En eso estoy en deuda contigo. Fue muy valiosa para mí toda la información que me diste sobre el tema. Otro gran amigo hizo el trabajo de maquetación. 
En Siguanea: la Atlántida de Cuba, los lectores encontrarán la historia de un pueblo rural cubano, aun bajo las aguas de un lago, se mantiene vivo en la memoria de sus últimos sobrevivientes, quienes nunca han llegado a abandonarlo del todo, siguen perteneciendo a él, vuelven a habitarlo a través de su memoria. Contribuir a que eso no se pierda, fue lo que me hizo dedicarle tanto tiempo y pasión.

El autor entrevista a los sobrevivientes de Siguanea.

Navegando por las aguas que cubren a Siguanea.

Lo que queda del mítico
Salto del Hanabanilla.