31 mayo 2021

La Loma de Thoreau vista desde el cielo

Después de un año en tierra, como consecuencia de la pandemia, levantamos el vuelo. La mañana estaba muy clara. República Dominicana se distinguía con lujo de detalles, como si la estuviera viendo en Google Map. Cuando entramos en la Cordillera Central, le dije a Diana que se acercara al cristal.

El pequeño pueblo de Constanza y su aeropuerto ya estaban en el centro de la ventanilla. Muy poco después apareció Jarabacoa. Siguiendo el hilo de la carretera de Manabao, dimos con la Loma de Thoreau. Los dos nos quedamos mirándola hasta que ya no podía distinguirse.

En el fondo, el Pico Duarte, la más alta elevación del Caribe, nos despedía como un faro. Geografía siempre fue mi asignatura preferida. Aunque devolvía los libros de texto intactos, como si no los hubiera usado, me las arreglaba para quedarme con los atlas. Nunca fui capaz de deshacerme de ellos.

Afortunadamente, a Diana no le gustan las ventanillas. Cuando las nubes me lo permiten, contrasto las cartografías con la realidad. Trato de mantenerme despierto mientras cruzamos el océano de día. Así he podido ver las Azores o el momento en que entramos o salimos del triángulo de las Bermudas. 

Pero ver a la Loma de Thoreau desde el cielo va más allá de mi afición por la geografía. El día en que me marché de Cuba en un vuelo a Santo Domingo, clavé mis ojos en la bahía de Cienfuegos. Sabía que era un viaje sin regreso, que abandonaba para siempre el mapa de mi infancia.

Aunque ahora era distinto, porque sabía que volvería en menos de una semana. Aún así no pude evitar una rara angustia al dejar atrás el lugar al que pertenezco. Porque ese lomerío es ahora para mí el mar que rodea a mi mundo, el cual se circunscribe a unas pocas cosas.

La mujer que amo, los árboles que siembro, los frutos que cosecho, mis perros, la neblina, el viento que se oye en lo más alto de los pinos, el ruido de los aviones que me recuerda que estoy en tierra y la pantalla donde escribo. 

Esta última, me permite conservar en palabras las geografías que no volveré a recuperar.

27 mayo 2021

Un día entero con el Rey de la Tonada Carvajal

Foto de Ángel Peña que acompañó a la entrevista de Luis Gómez
en La Gaceta de Cuba.

En el año 1999, Lenay Blasón y yo hicimos una visita de trabajo a la provincia de Cienfuegos. El trovador Lázaro García nos invitó a su casa y, después del segundo palo de ron, le dije que quería conocer a Luis Gómez, el gran repentista de Cumanayagua y un poeta cuya profunda simplicidad siempre me había conmovido.
—¡Te lo traigo ahora mismo! —me dijo Lázaro y salió en su carro a buscarlo.
Mientras lo esperábamos, a Lenay y a mí se nos ocurrió hacerle una entrevista para La Gaceta de Cuba. Lázaro tuvo la gentileza de ofrecernos los estudios Eusebio Delfín para que las improvisaciones que hiciera Luis quedaran grabadas de manera profesional.

Al final de la conversación, le recordé que Cumanayagua acababa de perder el ramal de ferrocarril y que el pueblo nunca más vería llegar un tren. “¡Ponme un pie forzado!”, me retó. En lo primero que pensé fue “en el puente del Guajiro”. Cerró los ojos, levantó la cabeza y empezó a soltar versos:

 

Ya le arrancaron la vía

a nuestro pueblo adorado,

que era el transporte atrasado

que en otro tiempo tenía.

Sufre la melancolía

que muchos ojos no ven

y mi pueblo en su vaivén,

que tanto quiero y admiro,

en el puente del Guajiro

está esperando el tren.

 

Hoy, el fotógrafo Ángel Peña, el entrañable Peñita, me hizo llegar algunas imágenes de aquel día. Ahí estamos en Pueblo Griffo, en el enlace del ramal Cienfuegos Carga con la línea de Cienfuegos a Santa Clara. Como resultado de aquel encuentro, se produjo un concierto de Luis Gómez en Casa de las Américas cuya grabación está disponible en iTunes y Spotify.

Siempre llevaré conmigo el recuerdo del día entero que compartí con el Rey de la Tonada Carvajal. Encuentros como ese, sin yo saberlo ni proponérmelo, me han ido haciendo quien soy… o, por lo menos, quien intentaré ser siempre.

Junto al poeta Alberto Vegas Falcón, Lenay Blasón y Luis Gómez.

26 mayo 2021

1940


(Fragmento de la novela Atlántida)

 

1940 fue un año bisiesto y, para colmo, de guerra en Europa. Pero, gracias al elevado precio del azúcar, el Paradero de Camarones disfrutaba de una relativa prosperidad. En cuestión de meses habían abierto dos nuevas tiendas y una carnicería. Todos los días se mataba una res y llegaba pescado fresco. 

En el Liceo, un cartel anunciaba que la Orquesta Gigante del Mago de las Teclas tocaría el sábado en la tarde. Aunque Atlántida nunca fue fiestera, por primera y única vez le pidió a Aurelio que comprara dos entradas. Cuando las tuvo en la mano, se puso a cortar un pedazo de tela para hacerse un vestido.

Tenía 26 años y ya había parido cuatro veces. El primero, que también se llamaba Aldo, murió a los pocos meses de nacido. Luego vinieron tía Cary, tía Titita y Mami. Tío Aldo nacería nueve meses después, en mayo del 41, a él se debían tantos sudores fríos y un repentino asco a los platanitos maduros fritos. 

Atlántida nunca había visto a una orquesta. Al único músico que conocía en persona era al pianista del teatro Luisa de Cienfuegos. Cuando todavía vivía en casa de los Donato, la llevaron ver una película muda. Durante mucho tiempo tuvo que imaginarse la voz de Rodolfo Valentino.

Hasta que un día que, en un programa de danzones de RHC Cadena Azul, oyó al cantante de la Orquesta Gigante. “Así debe ser la voz de Valentino”, pensó, mientras bailaba “Tres lindas cubanas” sin moverse del lugar, tratando que la espuma del jabón Oso rindiera para dos o tres piezas de ropa más. 

El vestido era blanco, como el de la inglesa de la que se enamora el jeque en la película de Valentino. Aurelio iba de traje y corbata a pesar del sofocante calor. Los músicos se bajaron de la guagua con los instrumentos a cuestas y se subieron de una vez al escenario.  Todos llevaban trajes de drill cien. 

—Mira, aquel bizco es Antonio María Romeu —le dijo Aurelio al oído—. Yo lo vi hace poco, bajándose de un tren en Caibarién.

—¿Y cuál de ellos es el cantante? —preguntó Atlántida ansiosa.

—Qué se yo —respondió Aurelio encogiéndose de hombros—, cualquiera de esos.

Primero la flauta y después el piano enloquecieron al Paradero de Camarones. Delante de sus ojos tenían a la Orquesta Gigante del Mago de las Teclas tocando “Tres lindas cubanas”.

Atlántida seguía sin encontrar entre los músicos a nadie parecido a Rodolfo Valentino. Trató de ponerse de pie para ver mejor, pero Aurelio la tomó por el brazo para se volviera a sentarse. Le dijo que si se paraba no iba a dejar que los de atrás vieran.

Entonces un negro alto como una torre empezó a cantar. No se movía, ni siquiera gesticulaba, pero su voz de oro era inconfundible. Aunque desde el principio estuvo parado delante de la orquesta, ella no lo había visto. Empezó a sudar frío y sitió un insoportable olor a platanitos maduros fritos.

—Ah, mira, ese es Barbarito Diez —le dijo Aurelio.

—Me quiero ir.

—Eh, ¿y por qué tú estás llorando?

—Creo que estoy embarazada otra vez.

Una semana después fue al médico. El guardafrenos del tren era Pablo Ortiz, el Caballero del Carril, un negro tan alto como Barbarito Diez que era famoso por su amabilidad con las pasajeras. Atlántida siempre se había hecho la distraída para no tener que darle la mano.

Pero esta vez, además, se dejó ayudar para subir al estribo del coche. Pablo Ortiz le preguntó por Yero, que es como todos los ferroviarios llaman a Aurelio. Atlántida dijo que estaba en Caibarién, de jefe de estación relevante y que volvía el martes de la próxima semana.

Pablo Ortiz, después de sorprenderse con tantos detalles, sopló su silbato y le dio salida al tren. Dos hombres hablaban de la guerra en el asiento de atrás. Primero mencionaron un lugar llamado Dunkerque, después se lamentaron de la rendición de Francia y al final se alegraron de que Gran Bretaña hubiera roto relaciones con Vichy.

Entonces Atlántida recordó que 1940 era un año bisiesto y sintió un insoportable olor a platanitos maduros dentro del vagón. Pero a pesar de los escalofríos y de las náuseas, en su cabeza no dejó de sonar la Orquesta Gigante del Mago de las Teclas. 

La flauta, el piano y la voz de oro se oían por encima del ruido del tren. 

24 mayo 2021

Los 67 de Marianela Boán

Aunque estudié en una escuela de arte, no conozco a tantos artistas. Creadores han sobrado a mi alrededor. Los he conocido buenos, regulares, mediocres, malos, malísimos… He tropezado con los más variopintos individuos. Pero un artista es otra cosa y como tuve tan buenos profesores, sé identificarlos.
Recuerdo con lujo de detalles la tarde en que Marianela Boán apareció en mi vida. Era rubia, joven y bellísima. Se movía como si el mundo fuera un escenario. Cada cosa que dijo, en aquella clase como profesora invitada, cambió mi vida. Sus palabras, desde entonces, predisponen a las mías.
El azar dispuso que, muchos años después, aquella rubia, joven y bellísima bailarina se convirtiera en mi cuñada. Mi hermano Alejandro Aguilar, en un vuelo de Cubana con destino a La Habana, quiso que así fuera. Desde entonces somos una familia donde el arte, debo reconocerlo, casi nunca es lo más importante.
Hoy, 24 de mayo de 2021, Marianela Boán cumple 67 años. Aquella muchacha que me deslumbró hasta la inconciencia, hoy es alguien que forma parte de mi vida cotidiana. Gracias a eso me vi, junto a ella y Ale, en un chat que unió las equidistancias entre Beja, Santo Domingo y la Loma de Thoreau.
En una pantalla dividida en tres (Diana no podía dejar lo que hacía) esperamos las 12 de la noche del 25 de mayo en Portugal. Ella en estos momentos crea una obra que se llama Óbice. Hoy, en este mundo tan cambiante, sigue siendo la muchacha que cambió mi vida y me predispuso de una manera incorregible.
Feliz cumpleaños, maestra, gracias por permitirme conocer en persona a un artista.

19 mayo 2021

Carlos el de Pascualita


Solo lo llamaban por su apellido, Guedes, cuando el maestro Gustavo Molina pasaba lista en el aula. El resto del tiempo su nombre completo era Carlos el de Pascualita. Aunque tenía más edad que el resto, era el más pequeño en la formación del matutino. 
Aun así, su fuerza era descomunal. Eso, como su carácter noble pero resabioso, me imagino que lo heredó de su abuelo Federico, un viejo canario cuya tozudez era proverbial en el Paradero de Camarones. Gruñía, literalmente, y cerraba los ojos del mal genio.
Carlos no siempre podía jugar con nosotros. La mayor parte del tiempo debía ayudar a su padre, Paco Guedes, en la siembra, guataquea o cosecha del arroz y los frijoles que alimentaban a su numerosa familia. Por eso ya en cuarto grado tenía manos de viejo campesino.
Jugaba al futbol descalzo (su único par de zapatos era para ir a la escuela), pero parecía que llevaba botas de acero. Todos le huíamos a sus pies cuando avanzaba detrás del balón hacia el espacio que había entre una mata de ateje y una de bienvestido, que era nuestra portería.
Se casó con Juana, una de las hermanas del Chiqui, y se convirtió en el vivo retrato de su padre. Siguió sembrando, guataqueando y cosechando para los suyos hasta que un carro lo hizo volar por los aires y lo dejó inválido. Ya dije que era de hierro. Logró volver a caminar, como un niño, desde cero.
Cuando ya volvía a valerse por sí mismo, un infarto lo agarró desprevenido. Ya sus reflejos no eran los mismos, no pudo esquivarlo como esquivaba las tapas de botellas de refresco que nos tirábamos con aquellas letales escopetas de tiras de goma. Con él desaparece otra porción del lugar al que pertenezco.

12 mayo 2021

12 de mayo


Desde niño solía celebrar el 12 de mayo por dos razones. A veces el cumpleaños de Mami caía domingo y entonces se convertía, además, en el Día de las Madres. Cuando eso ocurría, Lérida me exigía dos regalos: un beso en cada mejilla. Hoy hubiera cumplido 83 años.
A los pocos meses de conocernos, Diana y yo decidimos casarnos. Como el 12 de mayo estaba cerca, elegimos darle un nuevo significado. Celebramos la boda en casa, con los amigos más cercanos (que fueron testigos y cómplices de nuestro vertiginoso romance) y nuestros padres. 
Don Jorge ese día bailó sones y hasta se prestó para representar una pequeña obra de teatro que Elenita nos tenía preparada. Doña Elia estaba recién operada y Mami, aunque empezaba a quedarse sin memoria, me dijo que podía morirse tranquila porque me dejaba “con una buena mujer”.
Como en República Dominicana a las esposas les endosan de segundo apellido el primero de su esposo, desde hace 9 años vivo con Diana de los Ángeles Sarlabous de Venegas. Aunque no estoy de acuerdo con esa arcaica imposición, asumo la responsabilidad que significa. 
En un rato volveré con dos enormes ramos de girasoles, uno para Lérida y otro para la buena mujer con la que he compartido ya 3287 días con sus noches, convirtiéndose en mi casa, en mi pueblo, en mi país y en el único territorio que deseo habitar de cualquier geografía.