31 diciembre 2020

2020, el año en que no nos separamos

2020 es un año que nadie se atreverá a olvidar. La pandemia hizo que muchas generaciones vivieran un mundo del que solo sabían por los libros de historia y algunos clásicos de la literatura universal. Pero por más que Daniel Defoe o Albert Camus nos prepararan para el confinamiento, el miedo y las muertes, fue muy difícil de asimilar.
Se dice que nunca más volveremos a vivir como vivimos hasta el 2019. Pero no todo en 2020 fue terrible, al menos para Diana y para mí. Es cierto que fue un año totalmente diferente al que habíamos planeado. Perdimos boletos de avión, reservas en hoteles y la posibilidad de conocer el verano de la laguna de Walden, en el bosque de Concord donde vivió Thoreau.
Tampoco pudimos volver, como queríamos, al lado francés de los Pirineos, donde Diana se proponía seguir buscando el rastro de los Sarlabous. Eso incluía, como ya era costumbre, una semana en Calella de Palafurgell, donde Renay y Elina. Iba a ser un año de constantes viajes. El mismo día que cerraron las fronteras dominicanas, Diana debía volar a Colombia.
A cambio de todo eso, tuvimos la posibilidad de no separarnos en 12 meses y de compartir los mismos metros cuadrados semana tras semana. Durante 365 días de aislamiento, pudimos comprobar que el modo de vida al que nos sometió la pandemia no está lejos de la que quisiéramos llevar siempre. Por eso nos concentramos en construir y sembrar en nuestra Loma.
El 18 de agosto de 1853 (Martí tenía meses de nacido), Henry David Thoreau advertía que la naturaleza nos incita y nos reprueba. “A qué tempranas alturas del año empieza a ser tarde”, se preguntaba. Hoy, 31 de diciembre de 2020, puedo asegurar que aún es temprano para nosotros. Si estamos juntos, siempre nos quedará tiempo. ¡Feliz 2021!

28 diciembre 2020

El país más lindo del mundo

Desde la primera vez que Elia Sosa, mi suegra, nos visitó en la Loma de Thoreau, me pidió que agregara otro pasamanos a la escalera que baja a las habitaciones. Ella tiene dificultades para caminar y necesita un doble apoyo. Para esta Navidad decidí complacerla.
Primero fui a la ferretería. Como ya tenía las piezas para fijarlos en la pared, compré un tubo de ¾, 6 codos y 6 niples. Ahora necesitaba cortar el tubo en tres y hacerle roscas en cada extremo. Sierra, el dueño, se ocupó en persona de contactar al herrero (somos sus clientes, siempre me envía un single malt por Navidad).
La herrería de Sterling está justo frente a la iglesia del Carmen (para colmo de coincidencias, es la patrona de Jarabacoa y Manicaragua. Nací en su día, el 16 de julio). El herrero dejó lo que estaba haciendo y me atendió. En una silla, no lejos de él, estaba su padre. De inmediato reconocí que el anciano padecía de Alzhéimer.
Desde que mi madre murió, evito cualquier referencia a esa enfermedad. Aún no sé lidiar con la tristeza que me cae encima. Pero al final, para que el hombre pudiera concentrarse en mis roscas, tuve que darle una mano con el anciano, que estaba empeñado en encender un torno inmenso.
—¿Tú eres cubano? —me preguntó con rara coherencia.
—Sí —le respondí con mi mirada más cándida—. ¿Cómo lo supo?
—Por el acento, chico.
—¡Ah!
—¿Y usted conoció a Cuba?
—Cuba fue el país más lindo del mundo.
—¡Anjá! —Exclamé con esa sobreactuación que se le habla a los niños— ¿Y qué le gustaba de Cuba?
—El torno, tengo que prender el torno.
No volvió a reparar en mí, de pronto me volví invisible para él. El herrero me cobró muy poco y, conmovido por su padre, quise dejarle una propina que rechazó. Cuando estaba fijando los pasamanos, después de conseguir todo con la ayuda de amables dominicanos, comencé a hablar conmigo mismo.
—Vivo en el país más lindo del mundo—, me dije.

Tiempo para mirar

Cuando construimos la primera cabaña de la Loma de Thoreau, que es donde vivimos, cada metro contaba. Como acabábamos de comprar el terreno y queríamos tener un lugar donde poder dormir lo antes posible, le pedimos al arquitecto Carlos Borrell que fuera estricto.
Aun así, seguimos quitamos elementos que no eran imprescindibles. En una última poda, eliminamos una terraza que nos permitiría caminar por los costados de la cabaña y apreciar mejor el paisaje. La decisión era dolorosa, pero necesaria para que el proyecto fuera viable en aquel momento.
Los días de las montañas, como la gente que las habita, avanzan lentos. Por eso a veces uno se siente como Alicia durante su caída en el pozo. Siempre tiene tiempo de sobra para mirar alrededor y hacerse preguntas. Las mías, a diferencias de las de Alicia, no siempre son sobre el futuro. 
El pasado es un lugar que disfruto tanto como el presente o lo por venir. Hay lugares a los que siempre tengo deseos de volver. De ahí que la Loma de Thoreau para nosotros sea también un camino de regreso. Aquí yo vuelvo al Escambray y Diana a las montañas que dejó de ver en su infancia, el día que se subió a un tren nocturno y amaneció en el exilio.
Cuando le pedimos a Carlos Borrell que diseñara la nueva cocina, aprovechamos para recuperar la posibilidad de caminar alrededor de la cabaña. Ayer descubrí a Diana mirando desde su nueva terraza, con la misma obsesión de Alicia por los detalles. Recuperaba por fin la experiencia de la que tuvimos que privarnos al principio. 
Ahora a ella, como al personaje de Carroll, le sobra tiempo para mirar.

27 diciembre 2020

La luz del domingo

No hay luz como la luz del domingo. Por eso, esté donde esté, siempre salgo a buscarla. A mis 53, colecciono domingos de toda índole: inolvidables, terribles, bellísimos, horrorosos, excitantes, aburridos… Pero todos, sin distinción, tuvieron una luz fuera del alcance del resto de los días de la semana.
Anoche, en la madrugada, me levanté a orinar (ya admití que tengo 53 años) y las luces de Jarabacoa no se veían al final de la oscuridad. Eso quería decir que la neblina había regresado. Salí a la terraza y escuché el murmullo de la llovizna. Me alegré por las azaleas y los cipreses que sembramos ayer.
Pero, después de tantos días lluviosos, deseaba un día soleado. A las 8 de la mañana ya me habían complacido. Ahí estaba esa luz que he hallado en territorios tan distantes como Las Villas, Jalisco, Castilla, Georgia o el Cibao. Sin importar la latitud ni la época, el domingo siempre se las arregla para sorprenderme. 
No hay luz como la luz de la mañana de domingo. Eso lo comprobé escuchando el piano de Emiliano Salvador en esos dos minutos y dieciocho segundos que dura una de sus piezas más hermosas. Antes, lo reconocí viendo al domingo irse, en el último tren de la tarde, del Paradero de Camarones.

En los 53 años de Renay Chinea

Hoy es el cumpleaños de mi hermano Renay Chinea, uno de los tipos más lúcidos y buenos que he conocido en mi vida. Nacimos y nos criamos a unos pocos kilómetros de distancia. Él en Mal Tiempo y yo en el Paradero de Camarones. Pero la geografía no nos ayudó, solo coincidimos ya éramos viejos. 
Por años, tuvimos que oír el uno del otro. Los que me hablaban de él y los que le hablaban de mí, coincidían en que éramos idénticos. Parientes, conocidos, amigos, ex novias y hasta enemigos no se cansaban de señalarnos puntos en común. Por fin nos encontramos en septiembre de 2018. 
Entonces descubrimos que en verdad nos parecíamos muchísimo, desde la forma de ser y pensar, hasta la manera de joder y burlarnos de todo (empezando por nosotros mismos). Recuerdo que Elina y Diana se hicieron la misma pregunta: “¿Cómo se van a reconocer en la estación de Girona, en medio de tanta gente?”
“Los guajiros de Las Villas somos inconfundibles”, respondimos los dos por separado. No puedo celebrar su cumpleaños sin brindar por el enorme privilegio que significa para mí ser cuñado de Elina y tío de Pipo y Lucas. Un abrazo grande, compay. Este Brugal va por ti.

26 diciembre 2020

La mirada salvaje de un cazador

El día que Buck se sumó a nuestra familia fue muy tenso para todos. Jack ya vivía en la Loma con Laika (ella lo cuidó desde cachorrito, por eso aún hoy es un labrador que se comporta como un bóxer). Pero nuestra querida perra ya estaba vieja y enferma, cada vez que volvíamos a la Loma la encontrábamos peor.
Diana y yo lo habíamos comentado más de una vez. Teníamos que buscar una cachorrita para que Jack no se quedara solo cuando Laika ya no estuviera. Entonces fui al supermercado con una pequeña lista de cosas que comprar y pasé junto a la tienda de mascotas. Allí estaba él. 
Su mirada fue irresistible. Tuve que entrar y meter mis dedos en la jaula para acariciarlo. Era una devolución (por eso sobresalía del resto) y estaba en descuento. Una humillación para un animal tan hermoso. Logré un descuento aún mayor y me aparecí con él en casa. 
“¡Todavía no era el momento!”, protesto Diana. Discutimos un largo rato. Ella y yo no separamos nada, desde el dinero hasta las decisiones. Por eso le molestó tanto que me apareciera con aquel perro que, nada más entrar, empezó a derribarlo todo y se lanzaba contra las puertas de cristales.
Hubo que sedarlo para traerlo a la Loma. Todo el camino durmió en el regazo de Ana Rosario. Pocos días después Laika murió y en apenas unas semanas Buck se convirtió en el jefe del territorio. Aunque me relaciono con ellos sin distinción, debo admitir que él siempre se las arregla para estar a mi lado.
Por eso ve todo lo que hago. Cada vez que he atrapado un ratón. Él me acompaña a buscar el cubo de agua para ahogarlo y me avisa cuando deja de ver las burbujas. Hace unos días, me vino a buscar y me llevó a su tina de agua. Había un ratón ahogado. Luego dos. Después otro.
Hoy en la madrugada me extrañó que no estuviera en la puerta esperándome y salí a buscarlo linterna en mano. Estaba en la tina, ahogando a un ratón que acababa de atrapar. No me saludó hasta que dejó de ver burbujas. Aunque su mirada sigue siendo irresistible, en ese momento era la mirada salvaje de un cazador.