31 agosto 2020

Un día perfecto para otra vida por vivir

Ayer Diana y yo tuvimos una larga discusión. Francamente, ya no recuerdo por dónde empezó todo. Solo sé que convertimos a nuestra pequeña habitación en una larguísima tendedera donde empezamos a colgar, de un lado y del otro, pequeños trapitos sucios. Al final dije una animalada.
De la misma manera que el doctor Jekyll no podía evitar los desastres del señor Hyde, el guajiro que llevo dentro a veces acaba dominándome. Mientras dormíamos, alguien recogió todo lo que había en la tendedera. Despertamos con una sonrisa, nos dimos un beso y hablamos de la nueva tormenta que se avecina.
Como cada lunes, me tocaba ir al supermercado y... ¡a la librería Cuesta! A Diana le compré un libro sobre la cocina portuguesa y para mí elegí Otra vida por vivir, un librito de Theodor Kallifatides. Ayer en la tarde, no tenía ni la más mínima idea de este escritor griego radicado en Suecia.
24 horas después, no logro separarme de su libro. Está escrito por un hombre de 77 años (ahora tiene 82), que sigue buscando un sentido para su existencia y la manera de reconciliarse con la vejez. Por eso empieza como acabé yo anoche, con una discusión con su esposa.
Apenas he soltado el libro dos veces y ha sido para hacer apuntes que prefiero no reproducir aquí. Por mi propia experiencia, creo que lo mejor es enfrentarlo totalmente desprevenido. Solo me atrevo a asegurar que ya no soy el mismo Camilo que discutió con Diana anoche.
Aunque sigo teniendo a un guajiro adentro, que a veces me obliga a decir idioteces, he descubierto que yo también tengo otra vida por vivir. Theodor Kallifatides me estaba esperando en la librería para demostrármelo. Ese es el verdadero lujo de escribir o leer, que el tiempo que le dedicas vale a eso por dos.
Ahora solo espero que Diana me haga una de las recetas de bacalao del libro sobre la cocina portuguesa. Cuando eso suceda, el día de hoy acabará siendo perfecto.

La respiración de las locomotoras

Eso lo aprendí de mi tío Rafael Serralvo. Él era el esposo de mi tía Cary. Al llegar a mi familia se convirtió en ferroviario. Fue, durante muchísimos años, jefe de patio en Cienfuegos Carga. Me pasaba horas junto a su mesa, mientras él armaba los trenes que partían hacia el oriente o el occidente de Cuba.
“Las locomotoras de vapor nunca se apagaban”, me dijo en una de sus tantas lecciones ferroviarias. Así fue que supe que un fogonero se ocupaba de mantener encendidas las calderas de aquellos monstruos dormidos. Según Rafelito, su “respiración” retumbaba en el silencio de la ciudad.
El tren de caña del central Mal Tiempo fue el último que pasó por el Paradero de Camarones con locomotora de vapor. A veces tardaba horas en lograr que lo autorizaran a salir del ramal Cumanayagua a la línea de Cienfuegos a Santa Clara. Desde mi casa se oía la respiración de la locomotora. Luego, ya de grande, fui a una fiesta en el central Hormiguero.
Convencí a Gabi y a Evián, quienes iban conmigo, de que me acompañaran al taller de locomotoras. Encontramos cinco máquinas de 1895, todas “respiraban” como si en verdad estuvieran dormidas. Un anciano con la cara negra del aceite y el hollín, salió a saludarnos. Él era quien las mantenía encendidas.
Le brindamos cerveza y nos contó la vida íntima de aquellas máquinas centenarias. Hablaba de ellas como si en verdad tuvieran sentimientos. En 2011, cuando volví con Diana Sarlabous a Cuba, la llevé a la estación de Cienfuegos Carga. No hallamos nada. El edificio se había derrumbado y no quedaba ni rastro de las vías.
Curiosamente, donde antes estuvo el patio de carga, encontré a las locomotoras del central Hormiguero. Estuve un largo rato mirándolas. No pude evitar el recuerdo del anciano que sabía, con lujo de detalles, sus interioridades. Me dio mucha tristeza reencontrarlas en ese estado. Ya no respiraban.

30 agosto 2020

El tiempo es la distancia más larga

Tennessee Williams no pudo decirlo de una manera más clara: “El tiempo es la distancia más larga entre dos lugares”. Anoche me desvelé y, para no molestar a Diana con la luz de la pantalla, subí a la terraza. Hacía frío, la neblina había empapado la mesa. Tuve que secarlo todo para poder sentarme a navegar.

Antes, mis primeras lecturas siempre eran sobre Cuba. Entraba hasta en el periódico de mi provincia. Aunque era una publicación terrible, me gustaba leer “noticias” sobre Cruces, Abreus, Santa Isabel de las Lajas o Aguada de Pasajeros. Esa rutina se fue reduciendo hasta quedarse en lo esencial.

Hoy, a través de Diario de Cuba, fui a dar al muro de Facebook de un escritor y cineasta cubano. Aunque, relativamente, somos contemporáneos, habla como si perteneciera a otra época, usa una lógica que para mí es totalmente irracional y (lo peor) nada de lo que dice me concierne.

Por enésima vez compruebo que la Cuba a la que pertenezco quedó atrás. Esa debe ser la razón por la que, tratándose de mi país, prefiero buscar en un Atlas de 1979 y no en Google Map, como hago con el resto del mundo. Me deprimen tantas ruinas, prefiero las cartografías donde todo a lo que pertenezco aún existe. 

Cuando hablo de República Dominicana, lo hago en presente o en futuro (por eso me acabo de involucrar en un proyecto para sembrar 10 mil pinos en la montaña de Quintas del Bosque, donde está la Loma de Thoreau), cuando hablo de Cuba siempre me refiero a su pasado (porque me es imposible sembrar nada ahí).

Eso es doloroso, pero inevitable. Fue, como dice Tennessee, obra del tiempo.

29 agosto 2020

Mi barbera preferida

No tuve tantos barberos, apenas seis en 53 años. El primero fue Bravito, quien también pelaba a mi padre en su Manicaragua. Me encaramaba sobre una tabla que ponía encima de los brazos del sillón y, en un abrir y cerrar de ojos, reducía mi incipiente cabellera a un escueto moñito que con las puntas paradas.

Luego, en el Paradero de Camarones, Castellanos se esmeraba en hacerme un pelado perfecto… perfecto si estuviéramos en los años 50. Pero para la década del 70 aquel corte (que replicaba el de mi abuelo) era un desastroso anacronismo. Luego me fui a La Habana a estudiar teatro y me dejé crecer el pelo. 

No volví a ir al barbero hasta que llegué a República Dominicana. Primero, de la mano de Freddy Ginebra, fui al Chino. Aquella barbería de Plaza Naco olía como las de Manicaragua y el Paradero de Camarones. Luego Diana me llevó donde Massimo, su peluquero italiano. 

Por último, iba donde José Antonio, un aragonés que además de ser un excelente barbero es un gran conversador. Pero, con la llegada de la pandemia y la imposición del distanciamiento social, tuve que comprarme mi propia maquinita. Así fue que conocí a mi barbera preferida. 

Cada vez me gusta más poner mi cabeza en sus manos. Lo disfruto tanto, que he decidido que Diana Sarlabous sea quien me pele en lo que me quede por vivir. Espero que, como pide Calamaro en una de sus más hermosas canciones, eso sea mucho tiempo.

28 agosto 2020

Las biajacas

Llegaban en la época de lluvia. Cualquier día, entre mayo y octubre, alguna podía picar en aquellos anzuelos que hacíamos con imperdibles, alfileres y agujas de coser. Como carnadas siempre usábamos lombrices de tierra. El Chiqui y yo nos pasábamos mañanas enteras en el puentecito del potrero de Felo López.
La mayor emoción de nuestra infancia era ese momento en que sentíamos el jalón. Nos veo en cámara lenta. Descalzos, sin camisas, con los cuerpos empinados hacia delante y los pies anclados en los raíles de la línea de Cumanayagua. Luego, sobre las piedras y los travesaños, las biajacas daban sus últimos coletazos.
Una vez corrí con una hasta el tanque de agua de lluvia de mis abuelos. Fue mi mascota por un largo tiempo. Mi abuela me dio varios plazos para sacarla de allí. Atlántida era muy escrupulosa y usaba el agua de aquel tanque para ablandar los frijoles. Un día me hizo un almuerzo riquísimo. Congrí y filete de pescado empanizado.
Aurelio no podía contener la risa mientras yo, con un apetito feroz, no paraba de comer. Varias veces le pregunté de qué se reía, pero no me lo confesó hasta que dejé el plato limpio. “Te acabas de comer tu biajaca”, me dijo mi abuelo y soltó otra de sus estruendosas carcajadas.
Me dicen que ya no hay biajacas en el Paradero de Camarones. Las largas sequías y las clarias (ese monstruo que ha provocado una catástrofe en las cuencas cubanas) están a punto de extinguirlas. Me sé su nombre científico desde que lo descubrí en un libro de texto de primaria.
Nandopsis Tetracanthus, me decía a mí mismo cuando las veía nadando por el arrozal de Aurelio. En nuestro pequeño mundo, ellas parecían enormes. Si las comparábamos con los guajacones y los renacuajos, eran ballenas, ¡leviatanes! 
Llegaban en la época de lluvia. Nunca faltaron a su cita con nuestra imaginación.

La cocina de Daniel Peñate

La casa de Daniel Peñate, el mejor amigo de mi padre, era (al menos para mí) la más linda del Escambray. Desde su terraza se veía gran parte del valle de Jibacoa. En el secadero, la despulpadora y el almacén de café jugué incontables veces. Allí me imaginé las más hilarantes aventuras.
En cada una de ellas, encarné a un héroe imbatible que siempre luchaba contra enemigos invisibles (era el único niño en varios kilómetros a la redonda). Fui, indistintamente, el Zorro, Enrique de Lagardere, Robin Hood, el prisionero de la Máscara de Hierro, Sandokán...
Pero mi sitio preferido de aquel lugar, rodeada de montañas y neblina, era la cocina. Estaba a un lado de la casa. En el centro tenía un fogón de leña que nunca vi apagado. Algo siempre se cocía en él. Un caldero de leche y una jarra de café estaban disponibles a toda hora para el que ya no pudiera aguantar el frío.
Juanita, la esposa de Daniel, no salía de la cocina. Su vida transcurría entre el humo de la leña y los olores extremos de adobos, sofritos y postres. Cuando estábamos concibiendo la cabaña donde vivimos en la Loma de Thoreau, pensamos en hacer la cocina aparte. Pero en aquel momento resultaba inviable.
Como consecuencia de la nueva normalidad que ha impuesto la pandemia, pasamos mucho más tiempo en la Loma. Eso hizo que retomáramos la idea de separar la cocina de la cabaña y crear un nuevo espacio que sirviera de transición. Le pedimos a Carlos Borrell, el arquitecto del conjunto, que asumiera ese reto.
“Queremos que parezca parte del diseño original”, puso como condición Diana. Ya empezamos la excavación. Esperamos inaugurarla en Navidad. Entonces nuestra vida transcurrirá entre el humo de la leña y los olores extremos de adobos, sofritos y postres. La cocina de Daniel Peñate para ese entonces quedará bien lejos del valle de Jibacoa. 
Pero en esencia seguirá siendo el mismo sitio: un lugar donde a toda hora habrá algo para los que ya no puedan aguantar el frío.