12 mayo 2020

¿Para qué escribo?

Antes de entrar al primer año de clases en la Escuela Nacional de Arte, nos enviaron a un campamento en el campo. Estaba en El Cano, en las afueras de La Habana, y debíamos cultivar flores. Algún dirigente de la agricultura debió establecer esa asociación: artistas = flores.
Esos días, que traté de evitar con más de una excusa, acabaron siendo inolvidables para mí. Allí conocí algunos de los seres más extravagantes con los que he tropezado en mi vida, hice amigos entrañables y me refugié en las noches de muchachas preciosas, que luego serían mis compañeras de aula.
Miriam Izada, una de nuestras profesoras, decidió tirarnos las cartas para adelantarnos el futuro que tendría cada quien. “Tienes una gran sensibilidad —me dijo—, pero no para el teatro. Serás escritor”. Esa frase, que en su momento me indignó, todavía me retumba en el cabeza. Sobre todo por las consecuencias que tuvo.
Hoy, conversando por WhatsApp con Renay Chinea, nos preguntamos por enésima vez para qué uno escribe. Entonces él me comentó que Ileana Medina Hernández había dicho que los muros de sus amigos en Facebook eran las mejores publicaciones del mercado, porque nadie condicionaba lo que decían.
Hace tiempo, poco después de llegar al exilio, renuncié a mi sueño de ser escritor. Aunque nunca paré de escribir, dejó de interesarme participar en ferias del libro, enviar a concursos y ser parte de ese agotador activismo. Solo he aceptado ser parte del jurado de Casa de Teatro por una cuestión de amor, no de principios.
Desde entonces escribo por placer y, sobre todo, para dejar testimonio. Eso que hizo Thoreau, le comenté a Renay, de anotar todo lo que ocurría a su alrededor, me parece más interesante que producir para un mercado. Sobre todo porque lo único que tiene un mercado seguro en el futuro es la tecnología y la pornografía.
Al final de la conversación, justo antes de que Elina y Diana reclamaran nuestra presencia, le pedí a Renay que averiguara con su hermano Piringo, el último de los Chinea en Mal Tiempo, las fechas exactas en que se preparan las tierras, se siembran y se cosechan el arroz, los frijoles, el maíz y la malanga en nuestra tierra.
Escribo por eso, para que ninguna de esas cosas no se me olvide.

Quién soy y de dónde vengo

He aprovechado estas semanas de cuarentena para organizar mi espacio de trabajo. Puse en su lugar los libros que he comprado en los últimos meses y que todavía andaban deambulando. También me deshice, debo ser honesto, de los que cayeron en mis manos en contra de mi voluntad y que nunca leeré.
Reorganizar libreros es algo que disfruto tanto como caminar por el monte. En el fondo, son actividades que se parecen muchísimo. Además de ser tremendamente agotadoras, te hacen recordar, imaginar, crear. Esta vez advertí algo en lo que no había reparado: tengo una enorme colección de libros de viajes.
Hace unos meses, tratando de arreglar una de las lámparas del techo, le di un golpe al librero de la esquina con la escalera. Se me ocurrió cubrirlo con un marco de Ikea que ya no sé por qué compré y que aún estaba envuelto en su plástico. Podía poner cuatro imágenes y decidí elegir cuatro portadas.
Desde niño, los libros han sido mi más importante posesión. He perdido tres bibliotecas y una de ellas, al irme de Cuba, en su totalidad. Pero siendo del todo honesto, hoy tengo conmigo (salvo algunas pérdidas irreparables) a los libros y los escritores que me han hecho como soy.
Por eso, puesto a elegir, escaneé cuatro portadas de cuatro de los autores que más me han influido en mi vida. Winesburg, Ohio y Sherwood Anderson me enseñaron que el Paradero de Camarones no era el pequeño pueblo donde yo me había criado sino mi lugar en el mundo. 
Con El ruido y la furia y William Faulkner aprendí que el mundo interior es tan importante como el mundo exterior, que juntos conforman el paisaje por el que te mueves. Así fue que el río Arimao se convirtió en mi Mississippi y puede hacer, a mano alzada, el mapa de mi propio Yoknapatawpha.
Con los cuentos de Carson McCullers y después con sus novelas, entendí que los personajes más insignificantes a veces son los más importantes. Que la mayoría de las historias se equivocan al elegir a sus protagonistas. Desde entonces, mi fijo más en esas personas que suelen pasar inadvertidas.
Mea Cuba y Guillermo Cabrera Infante me ayudaron como nadie a decidir lo que realmente quería y a decirlo de la manera más simple y directa. Gracias a ellos dos, empecé a quitarme de encima ese enorme peso que significa nacer y crecer dentro de una dictadura. Soy mucho más libre desde que los conocí.
Ahora, cada vez que entro a mi espacio de trabajo, lo primero que veo son esas cuatro portadas. No están ahí por los libros a los que pertenecen sino para recordarme quién soy y de dónde vengo.

11 mayo 2020

Las ovejas de los Yero

(Fragmento de la novela Atlántida)

Toda familia tiene una oveja negra. La de la mía se llamó Emerildo Gómez Yero. Casi nadie recuerda su nombre en el Paradero de Camarones. Pero si mencionas a La Fija, todos abren los ojos y ponen una cara que nunca se sabe si es miedo o admiración. En la sala de la casa de Nila y Mongo Yero hay un retrato suyo.
Nila y Mongo son hermanos de mi bisabuelo Claudio. Viven juntos desde que enviudaron. Nila está sorda y Mongo ciego. Entre los dos se las arreglan para ver y oír el mundo que les rodea. La Fija fue un bandido. Donde ponía el ojo, ponía la bala. Por eso le llamaban así. Mataba una tojosa al vuelo con un revolver 22.
Era un asaltante de caminos, junto a Polo Vélez y Castellón. La guardia rural los persiguió por toda la provincia de Las Villas hasta que tuvieron que refugiarse en Camagüey. Allá los emboscaron. Una ráfaga de ametralladora alcanzó a La Fija en las piernas. Le dijo a sus amigos que huyeran, que él los cubría.
Mató a más de 30 guardias antes de que otra ráfaga le destrozara los brazos. La guardia rural se negó a entregar el cadáver. Nadie sabe dónde yace enterrado Emrelido Gómez Yero, ese muchacho con sombrero alón y bigotes de Pedro Infante que mira a los ojos al que entra en la casa de Nila y Mongo.
Toda familia tiene una oveja negra. La mía, además, tiene una oveja rosada. En la misma pared donde está la foto de La Fija, hay otra de un muchacho disfrazado de charro. Es Oscar Yero, el hijo de Mongo. Él nunca quiso disparar como los hombres de las películas mexicanas, prefería cantar como ellos.
Pero tuvo la mala suerte de ser desafinado y tener una voz horrible. Se presentó en la Corte  Suprema del Arte, en la emisora de Cruces, y le tocaron la campana en cuanto abrió la boca. Los hombres del pueblo fueron a esperarlo a la parada para lincharlo. Pero él se tiró con la guagua andando en la Loma del Chino Piloto. 
Entró al pueblo por el callejón de La Flora, con la ropa destrozada por las cercas de alambres de púas. Estuvo una semana sin levantarse de la cama. Cuando se repuso de la depresión, huyó para Cienfuegos. Volvió meses después, con el pelo pintado de rojo y un juego de barajas. 
Desde entonces les tira las cartas a las mujeres de mi familia. Mi abuelo siempre se niega a darle la mano y me tiene prohibido que le de un beso, como a mis otros tíos. Después que Atlántida le abre los ojos y pone una cara, que nunca se sabe si es de vergüenza o de amenaza, Aurelio por fin la da la mano. 
Inmediatamente después, llena la palangana y se lava bien con jabón de calabaza hasta los codos. Cuando Oscar nos visita, mi abuela se pone feliz y mi abuelo se enfurece. Se sienta a la mesa de mal humor y todo le cae mal. Por eso, después del postre y el café, hay que prepararle un vaso con agua, bicarbonato y limón.
Siempre que voy a buscar el pan con mi abuelo. Él pasa a saludar a Nila y Mongo. La casa es oscura y está llena de humo, porque ellos nunca apagan el fogón de leña. Mientras Aurelio sigue hasta el fondo para saludar a sus tíos, yo me quedo en la sala a mirar a La Fija.
Aún no había cumplido los 30 años cuando lo mataron. Hace una mueca, la típica mueca de los Yero cuando les piden que sonrían. Mira a la cámara como si apuntara a una tojosa. Muy cerca de él, está Oscar Yero disfrazado de charro y con una guitarra cruzada en la espalda. 
En una misma pared los Yero exhiben a sus dos ovejas, la negra y la rosada. Cuando ya nos vamos, Nila me pasa sus manos arrugadas y frías por la cara. Dice que tengo los mismos ojos de Emerildo. Mongo pregunta qué edad tengo y mi abuelo le dice que once. No menciona a su hijo Oscar.
Entonces busca mi cabeza con su mano temblorosa y llena de callos para saber cuánto he crecido. Nila pregunta en qué grado estoy, pero no logra oír la respuesta y después de mucho insistir se da por vencida. Siempre se despide de mi con un beso que huele a humo, como todo en la casa. 
Como si hubiera estado un largo rato debajo del agua, Aurelio toma una gran bocanada de aire siempre que salimos. Nila está sorda y Mongo ciego. Entre los dos se las arreglan para ver y oír el mundo que les rodea, encerrados con el humo del fogón de leña y dos retratos. 

06 mayo 2020

Siempre que leo a Whitman

En enero de 2020, hace apenas cuatro meses, Renay, Elina, Diana, Pipo, Lucas y yo compartimos una semana en la Loma de Thoreau. Hacía mucho tiempo que estábamos planificando el viaje de los Chinea Cercós a República Dominicana y, sobre todo, al Cibao, esa Cuba que conseguí fuera de Cuba.
Nos bañamos en el Yaque del Norte, ese río que corre por una de las páginas más espléndidas del Diario de Martí. También bajamos hasta la cascada del arroyo Cercado y nos hicimos un asado, siguiendo el estricto canon rosarino. Con un machete a la cintura, Renay podó frutales, pinos y árboles de sombra.
Hicimos muchísimos planes para el resto del año. Diana y yo iríamos dos veces a Palafrugell, en verano y en otoño. Ellos harían todo lo posible, a pesar de las obras que harían en su casa, para volver en diciembre. Ni nos imaginábamos que una bestia microscópica, nacida y criada en China, acabaría confinándonos.
Como buen hombre de monte, Renay acabó teniendo una relación sentimental con el bosque de la Loma. Todavía me llama para pedirme fotos de un árbol en específico o de una zona del jardín. Un limonero, que pare unos preciosos limones criollos, es su preferido.
Lo encontró enfermo y con las ramas llenas de nudos. Le dedicó toda una mañana, hasta que por fin lo dejó con lo indispensable para comenzar una nueva vida. Ahora es una planta saludable, irreconocible. Se emocionó tanto cuando le llegó una foto suya, que le escribió un poema.
Siempre que leo a Whitman, me pongo en el lugar de sus amigos. ¿Cómo sería la convivencia con aquel hombre que solo habría la boca para decir versos, quizás los más grandes que se han dicho hasta hoy? Me perdí a Walt, pero encontré a Renay. Amigos como él te ayudan a vivir la vida que has imaginado. 


UN LIMONERO EN LA MONTAÑA

Yo vi en Thoreau un limonero al viento,
su piel ennegrecida, 
sus ramas oxidadas.
Era de arbusto bien servido
e irrigado
por los canales ocultos de la antigua savia.
Un sol,
entretejido por las gimnospermas circundantes,
escamotea sus alimentaciones
y lo mantienen. 
El aire fugitivo que escapa a ras de la llanura,
la recia resistencia,
unas manos callosas
a la sombra de todas las batallas, 
fundida al acero de la constante pérdida 
y las lamentaciones
por la adorada Libertad. 
Y los fantasmas
de una ocasión transfigurada
en mil estirpes, 
en mil genealogías libertarias, 
¡Le acompañan!  
Yo vi en Thoreau un Limonero al viento.
Y el índice apuntar,
un centro diminuto entre la grama,
entre la cueva de un grillo
y otra frágil criatura: 
—¡Aquí es la Patria!
Decir con exigencia, 
Dictaminar rotundamente
donde ahora crece feliz,
camisa abierta, 
un limonero en la montaña.

RENAY CHINEA (Mal Tiempo, 1967)

01 mayo 2020

La plaza vacía

Para un reportaje del periódico El Mundo, de España, el periodista Daniel Lozano me preguntó qué opinión me merecía la Plaza de la Revolución del 1 de mayo de 2020. Esta fue mi respuesta:
Sus constructores le llamaron Plaza Cívica. Pero en 1959, antes de ser inaugurada, se convirtió en una tribuna totalitaria. Hace 61 años que es una plaza sitiada. No por el enemigo que señalaban los discursos, sino por el empecinamiento, el absolutismo y la egolatría de un solo hombre. 
Hoy, 1 de mayo, no hubo banderas rojas ni obreros descoloridos en la Plaza de la Revolución de La Habana. Lástima que sea por una pandemia y no por el fin de una dictadura que también se ha quedado vacía, sin relato ni sentido.

28 abril 2020

MABEL CUESTA: “Nunca pertenecí del todo a Cuba, siempre me faltó el aire”

La primera vez que vi a Mabel Cuesta fue en una Matanzas a la que le agradezco demasiadas cosas. Eran los años iluminados de Ediciones Vigía y en su viejo caserón se reunían escritores de todas las edades y calañas. A pesar de ser muy joven entonces, dialogaba, opinaba, discutía e interrumpía con la necedad de los mayores. Siempre admiré su inteligencia y su imperiosa necesidad de ser honesta.
Un día dejé de verla (eso tenía aquella Cuba, la gente se te extraviaba de un día para otro) y no la reecontré hasta muchos años después, en las redes sociales. Desde entonces, interactuamos a menudo, como si aún estuviéramos entre los que se daban cita junto al San Juan murmurante de Alfredo Zaldívar.
Le hice estas cinco preguntas con la intención de que dijera, con un cierto orden, las ideas que suele compartir a diario en sus interacciones con amigos y conocidos en Facebook, el lugar donde solemos reunirnos ahora a conversar. Como podrán ver, aún conserva su honestidad intacta, también la necesidad de opinar, discutir e interrumpir, incluso a ella misma.

Hace años que eres profesora universitaria en Estados Unidos, un ecosistema donde la corrección política es de uso obligatorio. Sin embargo, no sueles acomodar tu discurso y constantemente dices lo que piensas. ¿Eso te ha traído problemas? 
Al interior de la academia lo más duro ha sido navegar a esos sujetos que yo llamo “pro-Castros de jamón serrano”. Es una frase que me inventé justo cuando descubrí cuánto comían y qué sabroso esos mismos que alababan los logros de la revol-cadera cubana. Y a la par cuánto querían explicármela a mí. 
Curiosamente nunca me ha sucedido esto con un indígena en México o con una de esas rumanas que piden en las calles de Madrid. Y créeme, he tenido conversaciones con indígenas y con rumanas. Pero no, son siempre profesionales acomodados en sus casas de playa o del bosque, chupándolo todo del mismo sistema que dicen detestar. 
Yo me fui de Cuba, entre una larga lista de razones, para que mi abuela tome leche a diario y pueda hacer sus tres modestas comidas. Para que mis tías puedan pagar por esos alimentos en el mercado negro. Así es que a esos señores que me han querido explicar los logros de la revolución comiendo, bebiendo y hasta tirando los restos después, no los he respetado nunca. 
Y esa actitud mía, que ha encontrado muchos modos de expresión a lo largo de los años, creo que me ha dado una libertad que se puede resumir en aquel axioma martiano: “sin patria; pero sin amo”. Sin embargo, el precio más caro no lo he pagado al interior de la academia sino fuera. En estos ya casi 15 años de exilio he perdido a personas muy valiosas para mí, gente que venía de momentos entrañables de mi vida en Cuba. Y esas pérdidas se han desprendido de mi incapacidad para quedarme callada. 
Mi primera compañera de vida solía decir que a mí “no me funcionaba la llave de paso”. Y sigue sin funcionarme. Es un asunto de personalidad. Padezco de una ansiedad por la justicia que muchos no han sabido perdonarme y que, efectivamente, me ha impedido encontrar el camino para escuchar a otros si la batalla se ha dado en un terreno incompatible con mi sistema de valores. 
Me enervan el racismo, la homofobia y especialmente la desmemoria. Y los cubanos radicados en el extranjero padecemos toneladas de esta última. Siendo un pueblo tan abierto, tan dispuesto a subirse a cualquier barco que llegue o que se vaya (como casi todos los isleños); asimismo no nos detenemos para observarnos. 
De modo que sí, ha sido extenuante. A ratos, muchos, he sentido un estar en tierra de nadie que trae consigo amplias libertades; pero también hondos dolores si se te desdibuja el mapa de los afectos. 

Tu vida cotidiana transcurre en Houston, un lugar muy distante y diferente a la Matanzas donde naciste y creciste. Aun así, en las redes sociales reaccionas constantemente como cubana. ¿Cómo convive la Mabel texana con la matancera? 
¡Ay, la texana es un fantasma! Y fíjate que me gusta mucho mi vida aquí y estoy muy al tanto de las políticas nacionales y estatales; pero a mí me cogió el síndrome aquel de Lourdes Casal en versión matancera-neoyorquina-tejana. Con la excepción de que en mi caso dicho síndrome puede leerse solo hasta la mitad del verso. Un verso que en realidad es juego intertextual y se para aquí “demasiado matancera para ser texana”. 
Y recuerda que también por cinco años viví, estudié y trabajé en Nueva York y eso definitivamente impactó y cambió mi percepción del mundo. Lo mismo aplica para Houston. Hay una riña entre sociólogos para probar que Houston es ya más cosmopolita que Nueva York. Se hablan aquí 90 idiomas. En fin, todo eso circula por mi escritura, por el modo de enseñar mis clases, por mi manera de percibir el mundo mientras viajo. No hay duda. Pero lo de Cuba es una enfermedad incurable. 
Yo me fui vieja de Cuba. Aunque solo tenía 29 años, ya era vieja. Vieja para hablar como nativa una lengua nueva. Vieja para cargar con una etiqueta de nacionalidad que no fuera la del país natal y también muy henchida de memorias. En cada rincón de la ciudad en la que nací tengo algo que contar. Allí aprendí mucho y rápido. Allí me di golpes atronadores y también allí encontré a esos dioses que son los amigos y las primeras grandes pasiones del alma y del cuerpo. Todo está allí y mi memoria es una perseguidora indetenible.
Dicho todo lo anterior y sosteniéndolo con absoluta responsabilidad, paso al envés de esa narrativa y viene así: nunca pertenecí del todo a Cuba. Siempre me faltó el aire. A mí y a la mayor parte de mis amigos. Desde muy joven algo me olía a rancio. De ahí que si por un lado la persona que vive y trabaja en Houston no se reconoce como parte del entorno y será siempre un ser errante; por otro, solo puedo imaginar a Cuba como un espacio que me ayude a cerrar el círculo de la vida. 
Es decir, tengo esta fantasía medio estúpida de regresar para morir a la orilla del mar. O al menos es lo que siento en este minuto. Aunque, confieso, a veces coqueteo con otro escenario de regreso. Uno en el que no solo vuelvo yo sino también tú y todos esos que hemos aprendido dos o tres cosas por ahí. Regresamos y ayudamos a reconstruir el país con otros códigos. 
Pero esa fantasía me la pisotea Granma cada día. Así es que: si se me da el privilegio de morir en un sitio que sea mirando mi bahía. Pero si no, no pasa nada. No quiero llanto, porque he disfrutado un montón.

Muchos de los amigos que se dejan en Cuba suelen quejarse de los cambios que uno experimenta, en todos los sentidos, en el exilio. Eso, inevitablemente, va generando un distanciamiento. Porque, desde afuera, uno se asombra de que años y décadas después, ellos sigan siendo los mismos. ¿Te ha pasado? ¿Puedes decir lo que piensas de esa doble incomunicación a partir de tu experiencia? 
Esta pregunta duele como daga caliente en el cuello porque sí, claro que me ha pasado. Y es extremadamente difícil de navegar porque entonces me sale el mayoral propio y me lleva a un cepo que hay en mi cabeza, porque cómo se me ocurre usar mis privilegios (educación en centros de alto rendimiento a nivel mundial, información, viajes, algo de dinero, etc.) para venir a “mirarlos” o “reeducarlos” o básicamente “interpelarlos” de modo que aflore su inmovilidad mental. A veces su oportunismo. 
Y mientras todos eso van sucediendo en mi interior, aparece también la otra, la que no tiene llave de paso, y me pregunto y les pregunto cómo no son capaces de defender el país en donde han decidido quedarse a hacer sus vidas. Por qué no pierden el miedo de una buena vez y entre todos procuramos el añorado cambio. Es en definitiva un caos mental al que solo puedo conciliar ayudándome con esta idea: todos somos víctimas. Y me corrijo de inmediato para aclarar que no me interesa acomodarme en ese espacio. Es decir, todos somos víctimas, así como todos somos responsables. 
Hay una anécdota que siempre me hace reír mientras me da un tremendo sentido de responsabilidad histórica. Un amigo, nacido a principios de los 70’s, se exilió en Miami a mediados de los 90’s porque su padre había sido un preso político. En una cena de bienvenida, comenzaron a acusarlo de haber sido un pionero comunista y de que todo lo que pasaba en Cuba era culpa de su generación. Mi amigo no los confrontó, pero ya lastimado por tantas acusaciones, les preguntó: ¿me pueden volver a recordar en qué año llegó Fidel al poder? 
Creo que ese cuestionamiento a quienes desde el exilio siguen acusando a aquellos que permanecen en la isla, inmóviles, puede resolver parte de lo que a ratos resulta irreconciliable. Y con eso trabajo. Más que complacerme o dar la espalda a esa incomunicación que efectivamente pervive, intento romper todos y cada uno de los binarios que nos alejan. 
Por eso regreso. Por eso los sigo amando, aunque no los entienda. También para ellos debo ser otra, acaso menos noble. Ojalá, ya te dije que padezco de fantasías estúpidas, alguna vez nos podamos hablar de frente y sin que una de las partes esté convencida de que tiene toda la verdad. En eso trabajo desde ya. 

A propósito de quedarse o irse, ¿alguna vez te has puesto a pensar en cómo sería Mabel hoy de estar todavía en Cuba? ¿Qué es lo que más le agradeces al exilio? 
No tengo que pensarla, converso con ella en cada uno de mis regresos. De manera simbólica e introspectiva; pero también real. Hay un par de personas en Cuba a quienes considero una suerte de alter ego. Nuestra afinidad fue suprema allá lejos y hace tiempo. Mentes brillantes ambas. Y allí se han quedado a pesar de que piensan del gobierno y sus desmanes totalitarios lo mismo que tú y que yo. 
Su cotidiano es un intento desesperado de no sacrificar sus respectivas dignidades. Lo anterior, lo procuran a través de gestos bien significativos dentro del contexto que las apabulla: no van a marchas, ni a tribunas, ni a mesas redondas, no le ríen los chistes obscenos al último director provincial de Educación o de Cultura; pero hacen un silencio atroz. 
Han negociado el poder iluminado que podrían ser sus voces a cambio de su paz y las de sus familias. No son censoras abiertas, pero no denuncian las censuras que comenten otros. Sobreviven el horror que les rodea a cambio de sus propias “vidas desnudas”, como diría Agamben, cuando en realidad solo cargan con una “vida dañada” que es aquello que mejor nos explicó Adorno. 
Esa sería yo. Agradezco al exilio la posibilidad de no serlo. Pero sin que pueda adjudicarme la menor vanagloria por ello. Solo pude saltar fuera del cerco; pero mientras lo hacía, miré atrás (que de mujer de Lot tengo la desobediencia) y vi cómo otras no tenían el mismo empuje, cómo el miedo las paralizaba. 

Uno siempre tiene en la cabeza un libro que le quita el sueño porque no ha podido, por la razón que sea, escribirlo. En tu caso, ¿cuál es ese libro?
Tengo un libro que ha sido de ensayos, que ha sido de testimonios y que ahora se cree novela que es sobre la vida amorosa, las relaciones amistosas y los viajes exílicos de Lydia Cabrera. Vivo obsesionada con esa “cabrita” (así la llamaban sus amigas íntimas). Lydia fue un motor de energía a quien no hemos hecho ni la cuarta parte de justicia que merece.
He pasado años compilando sus cartas (las que recibió y algunas, pocas, de las que escribió), sus fotos, sus agendas decoradas con tortugas y otros seres marinos y un sinfín de papelería que está a muy buen recaudo en la Universidad de Miami. He entrevistado a las pocas personas que quedan vivas y que fueron sus amigas y protectoras y cada vez me fascino más. Pero es una fascinación que crea a la par un efecto de terror. ¿Cómo decir a Lydia completa y con justicia?
Cabrera no solo fue esa gran etnógrafa a quien debemos la más fidedigna información sobre los ritos, cantos y producciones culturales de herencia africana de las que solemos jactarnos en Cuba, sino que además era una mujer con un sentido del humor espléndido que le ponía nombretes a todos y cada uno de sus amigos, que se metió a vivir en una Quinta habanera en plena década de los 40’s con otra mujer, que anduvo siempre carente de amor materno, que hacía vírgenes de piedras, que se marchó de La Habana a París en los 20’s para poder ser lesbiana sin permiso y que luego se volvió a marchar en 1960 cuando se dio cuenta de lo que venía. 
Lydia era un ser tan libre y tan decente que nunca aceptó las ayudas de la seguridad social norteamericana porque decía que, si ella y María Teresa no habían trabajado en este país, no podían hacer uso de esos beneficios. En consecuencia, se dedicó a hacer cuánto estuvo a su alcance para ver a la isla libre otra vez y nunca dejó de escribirle cartas a su amiga Amelia Peláez porque Amelia y su hermana Nenita contestaban. Sin reproches de ninguno de los dos lados, solo tristeza. 
Lydia fue una mujer tan apasionada y tan olvidada del qué dirán y sus consecuencias que cuando Teresa de la Parra convalecía de tuberculosis en Suiza, se dedicó a escribir para ella sus Cuentos negros de Cuba, un libro juguete-ofrenda de amor. Y cuando cincuenta años después moría su Titina, hubo que ingresarla grave en un hospital de Miami sin que los médicos pudieran determinarle una dolencia específica. Ese mismo Miami en donde ambas descansan y al que ella llamara con todo desparpajo en sus cartas “la ciénaga cementada”.
Quiero escribir todo eso un día. A ver.