19 septiembre 2008

Hay algo peor

Un dicho muy popular en Cuba dice que la envidia es peor que la brujería. Hay algo peor que la envidia, la ignorancia. En la prensa dominicana hay tres o cuatro dinosaurios (no más de ahí, afortunadamente se han ido extinguiendo) que hablan de la realidad cubana con un desconocimiento absoluto. Su visión del vecino país se reduce a lo que leen en el Granma y lo que les cuentan en la embajada, cuando los invitan a tamales y Havana Club.
Uno de ellos publicó recientemente un artículo donde celebraba la decisión del pueblo cubano de rechazar la ayuda ofrecida por el gobierno de Estados Unidos. “(Eso es dignidad)”, acabó diciendo en un entre paréntesis tan disparatado como los siete párrafos que componen su columna. Además de ignorante, suena cínico. Porque ni para él debe ser un secreto que esa decisión la tomó un solo cubano.
El cien por ciento de esos dinosaurios son antibalagueristas acérrimos (creo es el único punto en común que tenemos. Ah, no, a uno de ellos le gustan las canciones de José Alfredo Jiménez). Durante sus últimos años, Balaguer siguió decidiendo cosas sin levantarse de la cama. Balaguer era ciego. Actualmente, Fidel tampoco se levanta de la cama y su poder de decisión es absoluto. Encima de eso, es sordo y mudo.
En la única oportunidad que Raúl Castro le ha dado la cara a los cubanos después del paso de Gustav e Ike, hizo una queja. “Hace falta que las personas sientan la necesidad de trabajar, y no la sentimos”, dijo en el municipio de Las Palmas, el sitio exacto por donde salieron al mar los dos huracanes, el 30 de agosto y el 9 de septiembre.
Por lo regular Raúl siempre le habla a los cubanos como si se dirigiera a una tropa. Es comprensible, se ha pasado toda su vida acuartelado. Los tres o cuatro dominicanos que aún hoy le escriben antiguas loas a la revolución, hablan de los cubanos como si fueran la tropa de Fidel y no un pueblo sumergido en una forzosa y humillante pobreza.
Raúl lo hace por instinto de conservación. Los tres o cuatro dominicanos por ignorancia… y por cinismo.

18 septiembre 2008

Las postales de Malay

Desde Cumanayagua y a través de Cuty, que nos ha servido de intermediario, Malay me ha enviado tres fotos de su pueblo: la estación de trenes, el Coppelia y el puente del Guajiro. De esos tres lugares tengo montones de recuerdos y ahora todos se rebobinan.
Como no sé si pueda regresar a ellos, me consuela el hecho de que en mí cabeza se conservan mucho mejor que en la realidad. En la estación de Cumanayagua empezaba mi viaje de regreso a Camarones, cuando bajaba de la Escuela Provisional 112, en El Nicho, o cuando venía de casa de mi padre, en Manicaragua.
Un viernes de enero, al volver de la escuela al campo, los varones nos tuvimos que bajar del camión para que pesara menos al deslizarse por una loma empantanada. Cuando llegamos a Cumanayagua todos estábamos llenos de lodo y para poder montarnos en el tren, tuvimos que cruzar la calle y pedirle a un mecánico de la base de taxis que nos lavara con la manguera a presión.
Esa fue la única vez que no me paré en la última puerta del último coche a esperar que pasaran los tres puentes de hierro que en el Guajiro cruzaban sobre el río Arimao. Me pasé todo el viaje doblado sobre el asiento, tiritando.
 

El Coppelia de Cumayagua parece un ESBEC inconcluso, algo que no se llegó a terminar por ninguno de sus extremos. Pero en aquel entonces cuando cualquiera de nosotros se tomaba un helado allí, lo contaba como si hubiera dado un viaje a La Habana. Siempre tuve 10 minutos para tomarme una ensalada sin que se me fuera el tren.
Las punzadas en la frente me duraban hasta Ojo de Agua o San Fernando. La estación ya no tiene línea y una cerca de alambre de púas impide el paso al andén. Pero en los años ochenta del siglo pasado era un lugar concurridísimo donde yo siempre descubría a mi padre, esperándome, antes de que el tren se detuviera en firme.
Cuando la locomotora del mixto daba los dos pitazos de salida y los coches Pionero se estremecían, todo los olores de aquel lugar eran reemplazados por los de Camarones.

La única vez que vi al poeta Luis Gómez le di un pie forzado: “En el puentes del Guajiro”. Esta décima fue su respuesta:
Ya le arrancaron la vía
a nuestro pueblo adorado
que era el transporte atrasado
que en otro tiempo tenía.
Sufre la melancolía
que muchos ojos no ven.
Y mi pueblo en su vaivén
que tanto quiero y admiro:
en el puente del Guajiro,
está esperando el tren.

Rituales de idiotas

En el delicioso update que Plinio Apuleyo Mendoza, Carlos Alberto Montaner y Álvaro Vargas Llosa le hicieron a su Manual del perfecto idiota latinoamericano, describen con lujo de detalles los rituales que caracterizan a esos personajes funambulescos con los que tenemos que lidiar a diario.
Las mejores páginas de El regreso del idiota están dedicadas al llamado “socialismo del siglo XXI”, probando el autoengaño de sus gestores, que presumen la vitalidad de algo que nació fosilizado. Pero las más divertidas se ceban en las manías de esos personajes que oyen a Pérez Prado con los ojos aguados y la mirada perdida en el horizonte de sus boberías.
Otra de las delicias del libro es la relación de títulos que nunca faltan en la mesita de noche del idiota: las viñetitas de Eduardo Galeano, los poemitas de Mario Benedetti y, aunque no los entiendan, los ensayos de Noam Chomsky. Plino, Carlos Alberto y Álvaro tienen razón, la idiotez de estos personajes es perfecta.

16 septiembre 2008

Cuenta pendiente

Encuentro en la Red acaba de publicar “Las cuentas malas”, un excelente artículo donde Rebeca Montero cita algunos ejemplos que demuestran la perversa manía de Fidel Castro por falsear cifras a su favor. “Las malas cuentas son como las malas compañías: pervierten el entendimiento”, comienza diciendo Rebeca.
En su edición de hoy, el diario Granma por fin publica la “Información oficial de datos preliminares sobre los daños ocasionados por los huracanes Gustav e Ike”. Más allá de las manipulaciones que puedan tener esas cifras, dejan en claro la dimensión de la catástrofe. Desde un extremo hasta el otro, la Isla ha sido devastada.
Además de “Las malas cuentas” que Rebeca Montero ha traído a cuento, hay otra pendiente: la de los daños ocasionados económica y socialmente por el huracán Fidel a lo largo de un interminable medio siglo. Sólo un ejemplo. Gustav e Ike derrubaron 63 mil 249 viviendas y dejaron más de 444 mil sin techo o con daños severos.
La inmensa mayoría de ellas ya formaban parte del patrimonio que el gobierno revolucionario heredó en 1959. ¿Cuántas de esas casas deberían contársele también a Fidel? ¿A qué ciclón se debería cargar el estado precario en que se encontraban todas las infraestructuras del país?
Como en aquel cuadro de Dalí donde una niña levanta el océano como si fuera una sábana, Gustav e Ike sólo quitaron la piel de la Isla para que todos se enteraran de lo que en verdad había ahí adentro.

14 septiembre 2008

Un infeliz editorial

Llegué a República Dominicana el 30 de noviembre de 2000 y al día siguiente comencé a trabajar en el periódico El Caribe. No olvido ningún detalle de aquella mañana. Freddy Ginebra me dejó en manos de María Virgen Gómez, a quien ya había conocido en mi primer viaje al país, un año atrás. En ese entonces el viejo edificio aún se reconstruía, pero ya la redacción se había transfigurado a la imagen y semejanza de los diarios más modernos del mundo.
En la redacción de ese periódico conocí a personas muy entrañables de las que nunca podré desprenderme: Fausto Rosario, Vianco Martínez, Mabel Caballero, Gina López y Martha Sepúlveda, entre muchos otros. Con ellos, empecé a entender el verdadero significado de la palabra libertad y me deshice de los temores y las autocensuras que, inconscientemente, uno incorpora dentro de una dictadura.
Recuerdo que una de las cosas que más me llamó la atención fue un cuadro en la pared. Era una reproducción de una de las portadas del diario durante la era de Trujillo. “El Caribe bajo censura”, decía. Al leer con pavor el editorial “Interrogantes”, que el periódico publicó el pasado lunes 1 de septiembre, recordé aquel facsimilar que colgaba en el salón donde nos reuníamos los editores, como un recordatorio del precio que tiene la libertad.
En su inexplicable editorial, El Caribe se pregunta cómo se pueden controlar o depurar los blogs y las publicaciones en la red. “¿De qué manera se puede evitar que esta formidable y dinámica herramienta del ciberespacio sea usada como un vertedero semejante a un basurero para la retractación alegre y desconsiderada, sin que esto implique censura o autocensura?”, se pregunta la voz omnisciente del diario.
En lugar de hacerse esas interrogantes absurdas (al menos en un país democrático como República Dominicana), el periódico El Caribe debe preguntarse como seguir siendo útil en el futuro inmediato. Cada vez son menos los que acuden a las publicaciones tradicionales en búsqueda de información, porque ya son incontables las formas que hay de mantenerse al día sin tener que darle quince pesos a un canillitas.
La blogsfera y los medios alternativos dominicanos están entre los espacios más interesantes, dinámicos y creativos del país. Son sitios abiertos y participativos donde no hay otro interés de por medio que no sea decir lo que se quiere decir. Las regulaciones las pone la misma Internet, que es tan democrática que cada quien decide qué ver y qué no ver.
El reto de los medios tradicionales, insisto, es sobrevivir en esas circunstancias. No hay ley que pueda regular la posibilidad de que alguien tenga un blog y diga lo que piensa. Intentarlo sería, además de absurdo, una vergüenza.

Las lecciones de Junot

Junot Díaz, el escritor dominicano que acaba de ganar el premio Pulitzer con la novela La breve y maravillosa vida de Óscar Wao, dio varias lecciones en la excelente entrevista que Joan Prats le hizo en Estilos.
La primera, que los temas culturales no son exclusivos de esas publicaciones aburridísimas que nadie lee; sino que también pueden ser atractivos en espacios dedicados a un público mucho más amplio. Todo depende de la gracia y la inteligencia con las que se aborden. La segunda, sobre la bobería del nacionalismo.
Cuando Joan le pregunta por qué escogió a una traductora cubano-americana y no una domínico-americana, Junot explicó el proceso que se siguió, haciendo una prueba ciega entre varios traductores y la razón por la que se inclinó por Achy Obejas: "En vez de ser nacionalista, escogí a la mejor persona", dijo.
La tercera, sobre los lectores. La mayoría de los escritores que nadie lee se la pasan quejándose de que no los promueven y se inventan las más inusitadas e inútiles excusas para culpar a otros de su incapacidad. "Tenemos que cultivar lectores y la mejor manera es pasándole a una persona un libro que cambie su vida", propuso Junot.
Siguiendo su consejo, les recomiendo leer La breve y maravillosa vida de Óscar Wao. Mientras se escriban libros como ese, los lectores tendrán la necesidad de seguir existiendo.