En la Estación del Norte estamos acuartelados. Mi hija Ana Rosario ya rompió aguas y está en el hospital, donde han comenzado a inducirle el parto. Mi nieto David Gault Venegas esperó el Día de San David para hacer su primer intento de asomarse al mundo. Les he enviado a la Virgen del Rosario para que los proteja.
01 marzo 2025
Boletín #1
En la Estación del Norte estamos acuartelados. Mi hija Ana Rosario ya rompió aguas y está en el hospital, donde han comenzado a inducirle el parto. Mi nieto David Gault Venegas esperó el Día de San David para hacer su primer intento de asomarse al mundo. Les he enviado a la Virgen del Rosario para que los proteja.
28 febrero 2025
Los vagones abandonados del Gran Circo Santos y Artigas
Nunca más los volvieron a mover,
permanecieron apartados
hasta que la hierba y el salitre
los borraron del paisaje.
Después de llevar
asombro, sustos y alegría
por toda la isla,
aquel tren fosforescente
fue ocultado en una vía muerta
al final de la ensenada.
Con tantas metas que cumplir
como tenía el país,
no había lugar para la recreación.
Los pueblos aplaudían eufóricos
cuando lo veían pasar,
la locomotora pitaba sin cesar
mientras desfilaban jaulas
con fieras,
caballos,
focas
y elefantes.
Luego pasaban los coches
donde vivían
trapecistas,
domadores,
payasos,
magos,
tragafuegos,
enanos
y la solitaria mujer barbuda.
Todos iban diciendo adiós
con medio cuerpo
fuera de las ventanillas.
Por último, el caboose,
donde un vigía
se aseguraba
de que el convoy
estuviera completo y ninguna
de las atracciones saltara,
ni las bestias
ni los monstruos.
Los que llegaron a ver al circo,
siguen llamando a la alegría,
al asombro y a los sustos
por su nombre.
Los que le dijeron adiós
a los artistas,
nunca más
aplaudieron tanto
por nada que los hiciera
de verdad tan felices.
Como a los vagones abandonados
del Gran Circo Santos y Artigas,
la hierba y el salitre acabaron
por borrarlo todo.
Nunca más hubo lugar
para la recreación,
incluso cuando tampoco
quedó meta que cumplir,
24 febrero 2025
Ponte llega a las 19:00
(De Estación del Norte, Libros del Fogonero, 2024)
Puntual, albariño en mano, Ponte llega a las 19:00.
Se sienta de espaldas a Madrid y rara vez
vuelve a reparar en ella.
Puestos al día, repartidos los encargos
y servidos los abrazos,
nos alistamos para irnos a La Habana
o perdernos en una de aquellas seis provincias
que acabaron siendo borradas de los mapas.
Porque el destino,
en un principio,
siempre será aquel país
del que tanto se habla y tan poco queda.
El polvo de las ruinas acaba cayendo
sobre los versos de un poeta,
portugués posiblemente,
inglés si viene al caso,
ruso si resulta inevitable.
Pasa lista.
Alaba,
inculpa,
celebra,
condena,
rinde honores.
Pero a lo que más tiempo dedica
es a modificar el pasado,
a establecer el relato
de lo que no ocurrió,
de lo que pudo haber sido,
esa página en blanco a la que también
debemos llamar nación cubana
para no quedarnos con las manos vacías.
Se pone de pie para decir el nombre
de José Alfredo Jiménez,
quita una canción de un manotazo
y pide que la Lupe suba por fin a escena.
Entre bolero y bolero demuestra alguna tesis,
luego se queja de la pobreza
de los postres de Castilla
o canta en italiano una balada de amor.
Lola Flores puede hacerlo llorar
si promete, con Celia Cruz como testigo,
que jamás volvería.
También llora si se imagina el regreso
y cae en cuenta de que Sigfredo Ariel
no estará allí para esperarnos.
Invocamos por última vez
a la delicada isla,
no la de Borges sino la íntima,
la nuestra,
esa que por perder
acabó perdiéndonos.
Ya de madrugada,
si Elena decide cantar lo sentimental,
un vecino puede tocar
para hacernos entender la hora que es.
Llegado el momento de irse
por fin vuelve a mirar a Madrid,
lo hace como si tratara
de recordar cómo vino
a parar aquí,
cómo aprendió a orientarse
sin esa brújula que es el mar.
La mañana entonces está por llegar
y ya sabemos que, en esta ciudad,
espera hasta el último minuto
para hacerlo.
Nos asomamos a la terraza para verlo ir.
Camina de prisa,
como si siguieran esperando por él.
Siempre me queda la duda
si en verdad se dirige a la Estación del Norte
o aún va del Vedado a La Habana Vieja.
Le preguntaré eso la próxima vez,
cuando llegue puntual, albariño en mano, a las 19:00.
23 febrero 2025
La vi caer
La tarde yace del otro lado del río,
la vi caer poco después
de una llovizna que nos obligó
a recoger todo
lo que habíamos tendido.
La tarde en blanco y negro,
ligeramente desenfocada,
se tumbó sobre la tierra.
La lluvia arreció,
ya Madrid parecía lista
para enfrentar
otra noche difícil.
Fue entonces que abrí
el libro de Robert Capa,
justo en la foto
del pesado cañón
emplazado en los trigales.
Los sublevados estaban
en las puertas
de la ciudad
y la tarde,
justo delante de ellos,
se daba por vencida.
A diferencia
del bando perdedor,
no ofrecía
la más mínima resistencia.
Al parecer ella conoce mejor
que nadie a esta ciudad,
sabe muy bien cuando
llega el momento
de llevarse las manos
a la nuca,
tumbarse en el suelo
y rendirse.
13 febrero 2025
Bajo el incomprensible sol de la Florida
El viaje de Inés y Miguel
acabó aquí,
junto a esas flores
que su nieta
les acaba de poner,
después de lavar
delicadamente
el bronce
de su lápida.
Nacieron
en Gran Canaria
(él en 1892,
ella en 1901)
y se conocieron
en Cuba,
donde tuvieron
hijos, una finca,
una mina,
una gasolinera
y un Willys.
Querían morir allí,
pero una revolución
(que ellos mismos
contribuyeron
a sufragar)
se los quitó todo.
Esa es la razón
por la que su viaje
acabó aquí
(el de él en 1979,
el de ella en 1987),
tan lejos
de Gran Canaria
y de Cuba,
bajo el incomprensible
sol de la Florida.
Aun así,
no parecen extraños.
Uno al lado del otro,
en un lugar
del que no tendrán
que irse
y donde ya nadie
podrá quitarles nada.
08 febrero 2025
La burra de Marlow
Esperamos por ella en el andén
de la estación de Maidenhead,
mientras veíamos pasar,
uno tras otro,
esos apurados convoyes
que buscan el mar
al final de la niebla.
Retrocedió perezosamente
y esperó la hora exacta
para volver a internarse.
La burra de Marlow
no busca el mar
sino los recodos del río,
esos que le van señalando
los cisnes salvajes
y las reses que permanecen
hundidas en el agua.
Aquel viejo tren,
lento y soñoliento,
supo llevarte de regreso.
Aún no sé cómo se las arregló
para que el caudaloso Támesis
se pareciera tanto
al moribundo Arimao.
Pero lo cierto es que logró
convencerte,
sentiste exactamente
lo mismo
cuando cruzaron el puente
y, con la misma ilusión
que solías decirlo,
te pusiste de pie
para avisarle a Diana





