04 mayo 2022

La envidia de Chesterton


Justo ayer le comenté a Alejandro Aguilar el texto donde G. K. Chesterton, antes de correr tras su propio sombrero, confiesa que le produjo una “envidia casi incontrolable” enterarse de que Londres se había inundado en su ausencia y que, en su barrio, Battersea, se habían encontrado las aguas. 
“No hay nada tan perfectamente poético como una isla, y un barrio, cuando se inunda, se convierte en un archipiélago”, leí en voz alta. Luego le confesé a Alejandro que siempre estoy pendiente de los partes del tiempo de mi pueblo para imaginarme lo que está ocurriendo en él con mayor exactitud.
Todavía estábamos sumergidos en ese tema, cuando Mahe (la hijastra de Efraín, el proyeccionista del cine Justo) me envió una foto del atardecer en el Paradero de Camarones. Más que envidia, en ese momento se me hizo un angustioso nudo en la garganta. A duras penas logré que pasara un trago de Brugal.
Hace 10 años que no vuelvo a Cuba y, probablemente, nunca más lo haga. Por un lado, Diana y yo nos hicimos la promesa de no poner un pie allí hasta que el país no se libere de la dictadura. Por el otro, la inmensa mayoría de las razones por las que volvería a Cuba ya no existen.
A Chesterton le bastaba con volver a Londres y esperar la próxima inundación. No es mi caso, ni el de millones de cubanos que acabamos resignándonos (con la n detrás y delante de la g) a la idea de dar por perdido todo lo que dejamos atrás. Aún así, no puedo evitar el angustioso nudo en la garganta.
Cuando vivía en El Vedado, solía volver al Paradero de Camarones en un tren (el 11) que salía de La Habana a las 10:15 de la mañana y llegaba a mi casa (paraba justo frente a su puerta, esa es una de las maravillas de vivir en una estación de ferrocarril) a las 4:16 de la tarde.
A esa hora el cielo de mi pueblo solía tener una luz increíble. Gracias a la enorme llanura que rodea a la pequeña loma de La Rioja, las sombras de los árboles y de la torre del central Mal Tiempo se extendían más de la cuenta. A veces sacaba la cabeza por la ventanilla para apreciar bien el paisaje.
Ayer hice otra vez todo ese recorrido gracias a la foto que me envió Mahe. Dice Chesterton que el que ve una oportunidad para el disfrute en esas cosas es el auténtico optimista. Me consuela saber que en el fondo de este pesimista hay otro Camilo que no siempre reconozco.

02 mayo 2022

Aves de buen agüero


Desde la ventana del comedor mi abuela podía ver, con suficiente tiempo, quién se acercaba a nuestra casa. Unos 50 metros antes de que llegaran al andén (en las estaciones de ferrocarril las distancias se medían con facilidad gracias a los postes del telégrafo), Atlántida clasificaba a los que estaban por llegar.
“Un viajero”, decía si se trataba de un desconocido. Si los rostros le resultaban familiares, los anunciaba por su nombre. Pero había otros (no eran tantos, en honor a la verdad), que merecían una de sus más graves sentencias: “Ahí viene un pájaro de mal agüero”, soltaba mientras buscaba refugio en la cocina.
Esa expresión, que los cubanos heredamos de los españoles (Atlántida era gallega) y ellos a su vez de los romanos (el imperio más supersticioso que ha tenido la humanidad), viene de una de las palabras más hermosas del latín: augurium (a ella también le debemos inaugurar).
A Diana le encanta descifrar señales y se la pasa dándole significados a las cosas que suceden a nuestro alrededor. Así fue como descubrió las aves de buen agüero de la Loma de Thoreau. La primera llegó el mismo día que Ana Rosario. Era una cigua amarilla (Spindalis dominicensis) y se quedó a vivir en la cocina hasta que nuestra hija mayor volvió a Madrid.
La segunda, una cigua canaria (Icterus dominicensis), llegó a la Loma el mismo día que Mario José Sosa, un primo de mi Cucha que vive en Tennessee y que ella quiere como un hermano. No es común esa ave en estas alturas, pero se quedó en nuestra cocina hasta que Mario José regresó a Cookeville.
Ayer en la tarde íbamos a comer con Mayitín y Soraya en el pueblo. Pero era fin de semana largo y todos los restaurantes estaban abarrotados. Así que hice un arroz con chorizos y tiré unos solomillos a la parrilla. En el momento en que íbamos a hacer el brindis, entró una cigüita común (Coereba flaveola) a la cocina.
Acabó posándose en un vaso, como si quisiera integrarse a la conversación. Muchos dirán que solo se refugiaba del torrencial aguacero que estaba cayendo en ese momento. Pero Diana y yo ya conocemos bien a las aves de buen agüero de la Loma de Thoreau. Sabemos que ella, como sus antecesoras, vino a anunciarnos y a celebrar la llegada de seres queridos.

01 mayo 2022

Quienes realmente queremos ser


La Loma de Thoreau no es el lugar donde pasamos los fines de semana, sino el espacio que nos permite llevar el estilo de vida que preferimos. A Diana le quedan muy pocos recuerdos de los cinco años que vivió en Cuba. Pero por más borrosos e inexactos que sean, no olvida la vida que llevaban sus abuelos en El Cristo.
Aunque siempre vivió en ciudades después que sus padres se la llevaron al exilio, nunca perdió el deseo de volver al campo. Algo muy parecido me pasaba a mí. Cuando nos conocimos, yo acumulaba ya veinte años entre dos ciudades, diez en La Habana y diez en Santo Domingo. 
En todo ese tiempo, fui extraviando el sabor de los huevos criollos, de la leche recién ordeñada y acabada de hervir o de los dulces caseros, hechos con los frutos del patio. Ayer en la tarde, Diana cosechó un jarro de moras (de los de cinco libras, como les llamábamos en el Paradero de Camarones).
Siguiendo una receta que encontró en Internet, dejó las moras en agua con limón durante toda la noche. Esta mañana, en cuanto se levantó, se puso a hacer la mermelada. Yo volvía a la cocina (estaba echándole la comida a los perros), cuando la vi asomada, con una rodaja de pan y una cucharita de mermelada.
Saqué el celular para hacerle una foto. Cuando miré la escena por la pantalla, descubrí que una pequeña cigua (parecida al tomeguín del pinar cubano) acababa de posarse en uno de los bebederos que les tenemos. Lamentablemente, el ave fue más rápida que yo y no salió en la foto.
Pero me quedé con lo más importante, que es Diana asomada en la cocina de la misma manera que lo hacían su abuela y la mía, disfrutando lo rico que le había le había quedado lo que acababan de cocinar. Esa es la explicación de por qué este lugar nos hace tan felices.
Aquí, de verdad, podemos ser quienes realmente queremos ser.

30 abril 2022

El toque de las piedras


A la salida del pueblo de Jarabacoa, cerca del río Yaque del Norte, están desarrollando un proyecto inmobiliario. Para poder trazar los solares y las calles, han tenido que remover enormes rocas. Gracias a eso, hemos podido hacer un jardín de piedras cibaeñas en la Loma de Thoreau. 

Nino, un amigo tractorista de Pinar Quemado (Diana sigue sin entender por qué soy tan poco sociable en la ciudad y hago tantas amistades en el campo), me las ha ido subiendo una a una. Cada vez que la Loma de Thoreau le hace camino, me avisa: “¡Voy loma arriba con un peñasco!”. 

Ayer, para aprovechar un viaje con la retroexcavadora, cargó con dos enormes rocas. Al llegar a la última pendiente, la piedra que iba en la pala delantera se le fue y rodó loma abajo. Como ya había visto tantas veces esa escena en Indiana Jones, me produjo un ataque de risa.

El tractorista permaneció con las manos en la cabeza hasta que la roca por fin se detuvo. Todavía estaba pálido cuando logró recuperarla. “Don Camilo —me dijo cuando por fin pudo hablar—, esta locura no la podemos volvei a hacei”. Celebramos con un Brugal Extra Viejo una vez que las dejamos en su lugar.

Ya había oscurecido y me quedé un largo rato disfrutando del nuevo paisaje que acabábamos de crear Nino, Alito y yo. Ahora la Loma de Thoreau me recuerda cada vez más a El Nicho, el lugar del Escambray donde me convertí a la religión de las montañas.

Cuando ya se iba, Nino me preguntó por qué me gustaban tanto esas rocas enormes. “Son mis piedras de toque”, le dije. “Ombe —dijo mientras se tragaba el último Brugal y ponía en marcha la retroexcavadora—, e’ veidá que al jaidín le viene bien el toque de las piedras”.


El momento en que Nino recuperaba la piedra que rodó
loma abajo, como en Indiana Jones.

19 abril 2022

El Tosco


En 1995, una amiga mexicana me llevó a conocer el Zócalo. Desde que salimos de su casa, junto al Parque Hundido, en su carro sonaba NG la Banda. Justo al entrar en la gigantesca plaza, empezó “Murakami Mambo”. Desconcertada, porque yo le prestaba más atención a la música que al monumento, mi amiga apagó el radio.
Dos discos de José Luis Cortés y esa increíble constelación que fue NG la Banda, Échale limón (1992) y La bruja (1994), no me soltaron del brazo durante mi difícil y precaria travesía por los años 90, esa década en la que Cuba tocó fondo para derivar en el país inviable que es hoy. 
Por aquellos años, Bladimir Zamora no se cansaba de repetir una experiencia que le había tocado vivir en una confronta. La Habana ya se había acostado a dormir y en aquella soñolienta 132 solo iban el Bladi y un borracho. Abracado a uno de los tubos de la Ikarus, el hombre solo levantaba la cabeza para repetir un estribillo.
—¡Échale limón! —decía antes de volver a hundirse. 
Luego sobrevenía un largo vacío que ocupaba el ruidoso motor del autobús. Pero en la cabeza del borracho y de Bladi, los metales del terror sonaban con furia hasta que llegaba el momento de repetir el estribillo. Entonces el hombre emergía del nudo en el que se había convertido y acompañaba a Tony Calá en los coros.
Según Juan Formell, José Luis Cortés fue el que aglutinó, amarró y concretó el boom de la salsa cubana. “Nosotros sembramos la base: Irakere y Van Van —aseguró—; pero El Tosco fue el genio que se encargó de inventar el motor sonoro que hizo a nuestra música bailable, internacional”.
Las pruebas de esa afirmación también se pueden encontrar en la huella que El Tosco dejó en esas dos agrupaciones cuando fue parte de ellas. No olvidemos que suyo es el mítico “Rucu rucu a Santa Clara”, una de las piezas que le permitió a Irakere entenderse de la manera más clara con los pies de los bailadores.
Todavía hoy acudo a esos dos discos de NG La Banda cuando la nostalgia me arrincona contra una esquina o me tumba. La flauta de El Tosco, la paila de Calixto Oviedo, las trompetas de Chapottin y El Greco, el bajo de Feliciano Arango, los saxos de Germán Velasco y Pérez Pérez, el teclado de Miguelito Pan con Salsa y el piano de Peruchin saben qué tocar para levantarme.
Hoy solo me queda echarle limón a la vida y darle las gracias por El Tosco, ese cubano que siempre me llena de alegría cada vez que me doy cuenta de que nací en el mismo lugar que él.
¡Ataca, Chicho!

12 abril 2022

Mi primera vez


Siempre quise volver a General Carrillo, pero nunca lo logré (moverse en la última Cuba que viví, incluso entre municipios, era poco menos que un delito). Así que me dediqué a preguntarle a mi madre cómo era el pueblo donde nació mi padre y al que fui por última vez cuando tenía tres años.

Empezó, como era natural entre los Yero, por la estación de ferrocarril. De madera (como la casa de los Venegas) y con un salón de espera totalmente abierto. Por un costado se veían cruzar trenes de vía estrecha. Por la Norte Cuba, la línea que unía a Santa Clara con Morón y Puerto Tarafa, llegaban o se iban los viajeros.

Nuestro último viaje a General Carrillo como familia coincidió con las Zafra de los 10 Millones, me contó mi madre. Los pocos trenes que llevaban personas en lugar de caña o azúcar pasaban atestados. Desde Sagua, mi tío Aldo, que ya era despachador, le pidió a la tripulación que nos llevaran como fuera.

El único sitio que encontraron para nosotros fue en la locomotora. Serafín se quedó en el pasillo, pero a Lérida la invitaron a entrar en la cabina. Afuera, hacía frío. Dentro, un calor abrasador. Mi madre nunca se olvidó de mi cara, dice que lo miraba todo con mucho asombro. Feliz, pero impresionado, me mantuve despierto durante todo el trayecto.

Me gustaría pensar que el maquinista era el mítico Juanito Portales (su hijo Juan Carlos y yo nos merecemos esa coincidencia). El fogonero, apenado con aquella mujer con un niño en bazos, le cedió su asiento. Mi madre siempre recordaba con orgullo aquel gesto. “Eran ferroviarios de antes”, insistía.

No recuerdo absolutamente nada de aquel viaje. Todo lo que sé se lo debo a la memoria de mi madre (antes de que la perdiera) o a suposiciones. La locomotora, por ejemplo, con toda seguridad era una de las 70 húngaras que habían llegado a Cuba un año antes y que movían todos los trenes de esa región.

Al llegar a Santa Clara, me negué a bajarme de la locomotora. Mi padre, enfurecido (le molestaba mucho que siempre prefiriera los trenes a su Dodge), se lanzó al andén conmigo. A mi madre se la aguaban los ojos cada vez que me recordaba con los brazos extendidos, queriendo volver a la ruidosa máquina amarilla.

He pensado tanto en ese día, que más de una vez lo he soñado. Fue mi primera vez como fogonero.