Justo ayer le comenté a Alejandro Aguilar el texto donde G. K. Chesterton, antes de correr tras su propio sombrero, confiesa que le produjo una “envidia casi incontrolable” enterarse de que Londres se había inundado en su ausencia y que, en su barrio, Battersea, se habían encontrado las aguas.
04 mayo 2022
La envidia de Chesterton
Justo ayer le comenté a Alejandro Aguilar el texto donde G. K. Chesterton, antes de correr tras su propio sombrero, confiesa que le produjo una “envidia casi incontrolable” enterarse de que Londres se había inundado en su ausencia y que, en su barrio, Battersea, se habían encontrado las aguas.
02 mayo 2022
Aves de buen agüero
Desde la ventana del comedor mi abuela podía ver, con suficiente tiempo, quién se acercaba a nuestra casa. Unos 50 metros antes de que llegaran al andén (en las estaciones de ferrocarril las distancias se medían con facilidad gracias a los postes del telégrafo), Atlántida clasificaba a los que estaban por llegar.
01 mayo 2022
Quienes realmente queremos ser
La Loma de Thoreau no es el lugar donde pasamos los fines de semana, sino el espacio que nos permite llevar el estilo de vida que preferimos. A Diana le quedan muy pocos recuerdos de los cinco años que vivió en Cuba. Pero por más borrosos e inexactos que sean, no olvida la vida que llevaban sus abuelos en El Cristo.
30 abril 2022
El toque de las piedras
A la salida del pueblo de Jarabacoa, cerca del río Yaque del Norte, están desarrollando un proyecto inmobiliario. Para poder trazar los solares y las calles, han tenido que remover enormes rocas. Gracias a eso, hemos podido hacer un jardín de piedras cibaeñas en la Loma de Thoreau.
Nino, un amigo tractorista de Pinar Quemado (Diana sigue sin entender por qué soy tan poco sociable en la ciudad y hago tantas amistades en el campo), me las ha ido subiendo una a una. Cada vez que la Loma de Thoreau le hace camino, me avisa: “¡Voy loma arriba con un peñasco!”.
Ayer, para aprovechar un viaje con la retroexcavadora, cargó con dos enormes rocas. Al llegar a la última pendiente, la piedra que iba en la pala delantera se le fue y rodó loma abajo. Como ya había visto tantas veces esa escena en Indiana Jones, me produjo un ataque de risa.
El tractorista permaneció con las manos en la cabeza hasta que la roca por fin se detuvo. Todavía estaba pálido cuando logró recuperarla. “Don Camilo —me dijo cuando por fin pudo hablar—, esta locura no la podemos volvei a hacei”. Celebramos con un Brugal Extra Viejo una vez que las dejamos en su lugar.
Ya había oscurecido y me quedé un largo rato disfrutando del nuevo paisaje que acabábamos de crear Nino, Alito y yo. Ahora la Loma de Thoreau me recuerda cada vez más a El Nicho, el lugar del Escambray donde me convertí a la religión de las montañas.
Cuando ya se iba, Nino me preguntó por qué me gustaban tanto esas rocas enormes. “Son mis piedras de toque”, le dije. “Ombe —dijo mientras se tragaba el último Brugal y ponía en marcha la retroexcavadora—, e’ veidá que al jaidín le viene bien el toque de las piedras”.
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| El momento en que Nino recuperaba la piedra que rodó loma abajo, como en Indiana Jones. |
19 abril 2022
El Tosco
12 abril 2022
Mi primera vez
Siempre quise volver a General Carrillo, pero nunca lo logré (moverse en la última Cuba que viví, incluso entre municipios, era poco menos que un delito). Así que me dediqué a preguntarle a mi madre cómo era el pueblo donde nació mi padre y al que fui por última vez cuando tenía tres años.
Empezó, como era natural entre los Yero, por la estación de ferrocarril. De madera (como la casa de los Venegas) y con un salón de espera totalmente abierto. Por un costado se veían cruzar trenes de vía estrecha. Por la Norte Cuba, la línea que unía a Santa Clara con Morón y Puerto Tarafa, llegaban o se iban los viajeros.
Nuestro último viaje a General Carrillo como familia coincidió con las Zafra de los 10 Millones, me contó mi madre. Los pocos trenes que llevaban personas en lugar de caña o azúcar pasaban atestados. Desde Sagua, mi tío Aldo, que ya era despachador, le pidió a la tripulación que nos llevaran como fuera.
El único sitio que encontraron para nosotros fue en la locomotora. Serafín se quedó en el pasillo, pero a Lérida la invitaron a entrar en la cabina. Afuera, hacía frío. Dentro, un calor abrasador. Mi madre nunca se olvidó de mi cara, dice que lo miraba todo con mucho asombro. Feliz, pero impresionado, me mantuve despierto durante todo el trayecto.
Me gustaría pensar que el maquinista era el mítico Juanito Portales (su hijo Juan Carlos y yo nos merecemos esa coincidencia). El fogonero, apenado con aquella mujer con un niño en bazos, le cedió su asiento. Mi madre siempre recordaba con orgullo aquel gesto. “Eran ferroviarios de antes”, insistía.
No recuerdo absolutamente nada de aquel viaje. Todo lo que sé se lo debo a la memoria de mi madre (antes de que la perdiera) o a suposiciones. La locomotora, por ejemplo, con toda seguridad era una de las 70 húngaras que habían llegado a Cuba un año antes y que movían todos los trenes de esa región.
Al llegar a Santa Clara, me negué a bajarme de la locomotora. Mi padre, enfurecido (le molestaba mucho que siempre prefiriera los trenes a su Dodge), se lanzó al andén conmigo. A mi madre se la aguaban los ojos cada vez que me recordaba con los brazos extendidos, queriendo volver a la ruidosa máquina amarilla.
He pensado tanto en ese día, que más de una vez lo he soñado. Fue mi primera vez como fogonero.






