12 abril 2022

Mi primera vez


Siempre quise volver a General Carrillo, pero nunca lo logré (moverse en la última Cuba que viví, incluso entre municipios, era poco menos que un delito). Así que me dediqué a preguntarle a mi madre cómo era el pueblo donde nació mi padre y al que fui por última vez cuando tenía tres años.

Empezó, como era natural entre los Yero, por la estación de ferrocarril. De madera (como la casa de los Venegas) y con un salón de espera totalmente abierto. Por un costado se veían cruzar trenes de vía estrecha. Por la Norte Cuba, la línea que unía a Santa Clara con Morón y Puerto Tarafa, llegaban o se iban los viajeros.

Nuestro último viaje a General Carrillo como familia coincidió con las Zafra de los 10 Millones, me contó mi madre. Los pocos trenes que llevaban personas en lugar de caña o azúcar pasaban atestados. Desde Sagua, mi tío Aldo, que ya era despachador, le pidió a la tripulación que nos llevaran como fuera.

El único sitio que encontraron para nosotros fue en la locomotora. Serafín se quedó en el pasillo, pero a Lérida la invitaron a entrar en la cabina. Afuera, hacía frío. Dentro, un calor abrasador. Mi madre nunca se olvidó de mi cara, dice que lo miraba todo con mucho asombro. Feliz, pero impresionado, me mantuve despierto durante todo el trayecto.

Me gustaría pensar que el maquinista era el mítico Juanito Portales (su hijo Juan Carlos y yo nos merecemos esa coincidencia). El fogonero, apenado con aquella mujer con un niño en bazos, le cedió su asiento. Mi madre siempre recordaba con orgullo aquel gesto. “Eran ferroviarios de antes”, insistía.

No recuerdo absolutamente nada de aquel viaje. Todo lo que sé se lo debo a la memoria de mi madre (antes de que la perdiera) o a suposiciones. La locomotora, por ejemplo, con toda seguridad era una de las 70 húngaras que habían llegado a Cuba un año antes y que movían todos los trenes de esa región.

Al llegar a Santa Clara, me negué a bajarme de la locomotora. Mi padre, enfurecido (le molestaba mucho que siempre prefiriera los trenes a su Dodge), se lanzó al andén conmigo. A mi madre se la aguaban los ojos cada vez que me recordaba con los brazos extendidos, queriendo volver a la ruidosa máquina amarilla.

He pensado tanto en ese día, que más de una vez lo he soñado. Fue mi primera vez como fogonero.

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