19 abril 2022

El Tosco


En 1995, una amiga mexicana me llevó a conocer el Zócalo. Desde que salimos de su casa, junto al Parque Hundido, en su carro sonaba NG la Banda. Justo al entrar en la gigantesca plaza, empezó “Murakami Mambo”. Desconcertada, porque yo le prestaba más atención a la música que al monumento, mi amiga apagó el radio.
Dos discos de José Luis Cortés y esa increíble constelación que fue NG la Banda, Échale limón (1992) y La bruja (1994), no me soltaron del brazo durante mi difícil y precaria travesía por los años 90, esa década en la que Cuba tocó fondo para derivar en el país inviable que es hoy. 
Por aquellos años, Bladimir Zamora no se cansaba de repetir una experiencia que le había tocado vivir en una confronta. La Habana ya se había acostado a dormir y en aquella soñolienta 132 solo iban el Bladi y un borracho. Abracado a uno de los tubos de la Ikarus, el hombre solo levantaba la cabeza para repetir un estribillo.
—¡Échale limón! —decía antes de volver a hundirse. 
Luego sobrevenía un largo vacío que ocupaba el ruidoso motor del autobús. Pero en la cabeza del borracho y de Bladi, los metales del terror sonaban con furia hasta que llegaba el momento de repetir el estribillo. Entonces el hombre emergía del nudo en el que se había convertido y acompañaba a Tony Calá en los coros.
Según Juan Formell, José Luis Cortés fue el que aglutinó, amarró y concretó el boom de la salsa cubana. “Nosotros sembramos la base: Irakere y Van Van —aseguró—; pero El Tosco fue el genio que se encargó de inventar el motor sonoro que hizo a nuestra música bailable, internacional”.
Las pruebas de esa afirmación también se pueden encontrar en la huella que El Tosco dejó en esas dos agrupaciones cuando fue parte de ellas. No olvidemos que suyo es el mítico “Rucu rucu a Santa Clara”, una de las piezas que le permitió a Irakere entenderse de la manera más clara con los pies de los bailadores.
Todavía hoy acudo a esos dos discos de NG La Banda cuando la nostalgia me arrincona contra una esquina o me tumba. La flauta de El Tosco, la paila de Calixto Oviedo, las trompetas de Chapottin y El Greco, el bajo de Feliciano Arango, los saxos de Germán Velasco y Pérez Pérez, el teclado de Miguelito Pan con Salsa y el piano de Peruchin saben qué tocar para levantarme.
Hoy solo me queda echarle limón a la vida y darle las gracias por El Tosco, ese cubano que siempre me llena de alegría cada vez que me doy cuenta de que nací en el mismo lugar que él.
¡Ataca, Chicho!

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