19 noviembre 2021
Tres apuntes sobre el #15NCuba
14 noviembre 2021
Segunda declaración de la Loma de Thoreau
Hoy en la mañana, mientras estábamos parados en la escalera que baja a la cabaña, sopló un viento muy fuerte. La bandera que pusimos después del 11J, ondeó un largo rato. No solo nos dio tiempo a contemplarla, orgullosos, sino que pudimos buscar el celular y retratarla.
12 noviembre 2021
El hombre anfibio
En la matiné del domingo pasaron El hombre anfibio. Para salvarlo de una mortal enfermedad, su padre le hizo una operación quirúrgica. Ya no respiraba por la nariz sino por unas branquias, como las biajacas de la cañada o los guppies y los colisables que tengo en uno de los tanques del agua de lluvia.
Los tanques del agua de lluvia son dos enormes tubos de concreto que sobraron cuando reconstruyeron la alcantarilla de la línea principal. Aurelio los trajo con una yunta de bueyes y los puso al lado de la escalera del patio, justo donde cae el chorro de la canal que recoge gran parte del agua que se acumula en el techo.
Muchas veces le he pedido a mis abuelos que me dejen bañar ahí. Pero siempre me han respondido que no, porque con esa agua se ablandan los frijoles y se lavan las prendas de vestir más delicadas. Aun así, Atlántida no puso objeción a que yo echara los guppies y los colisables que Lérida me trajo de Cienfuegos.
Cuando Gutierre, la protagonista de la película, se lanzó al mar para evitar que el malo la besara, es atacada por un tiburón. Entonces Ictiandro, que así se llama el hombre anfibio, enfrentó al escualo cuchillo en mano. Después de matarlo, nadó hasta el fondo para rescatar a Gutierre y dejarla a salvo en un bote.
Muchos aplaudimos, pero el Venao y Carlos el de Pascualita dijeron que eso era un paquete. Salimos eufóricos al portal del cine. Allí mismo hicieron una competencia para ver quién podía contener la respiración por más tiempo. Ganó Diego, el hijo de Silvia Santillana, aunque por poco se desmaya.
—Estos muchachos son bobos —dijo Dulce, la hermana de María Isabel, que es mayor que nosotros, tiene pecas y cada vez está más linda.
—Tú no hagas esa bobería —me dijo Chena, amenazante, y tuve que hacerle caso.
Volví a la casa frustrado, porque había perdido la oportunidad de demostrar que Serafín me enseñó a nadar por debajo del agua y que soy capaz de aguantar la respiración por muchísimo tiempo.
Al llegar a la casa, encontré que Atlántida estaba en casa de Mercedita y Aurelio andaba haciendo cosas en el potrero. Era el momento. Me quité la ropa y me metí en calzoncillos en el tanque del agua de lluvia. Cuando abrí los ojos, guppies, colisables, renacuajos y gusarapos nadaban a mi alrededor.
Primero me imaginé que Dulce era Gutierre. Pero enseguida se convirtió en Basilia, mientras el malo era el hombre del Yugulí rojo. El más grande de los colisables era el tiburón. Lo perseguí un largo rato, hasta que las hojas que hay en el fondo del tanque se revolvieron y el agua se puso turbia.
Logré secarme a tiempo. Mis abuelos nunca supieron de mi incursión en las profundidades del tanque de agua de lluvia. Aunque al otro día amanecí con mucho dolor de garganta y 39º de fiebre. Como Ictiandro al final de la película, estuve muy enfermo. Esa semana solo puede ir dos días a la escuela.
—¿Dónde habrás cogido este catarro tan malo? —se preguntaba Atlántida cada vez que me quitaba el termómetro— ¡Sigues volado en fiebre!
Como tenía mucho frío, metía hasta la cabeza dentro de la colcha. Entonces me imaginaba que estaba otra vez debajo del agua y que nadaba, con Basilia tomada de la mano, sin que ninguno de los dos tuviera que salir a respirar. Siempre acababa tosiendo muchísimo.
Respirar fuera del agua me costaba cada vez más trabajo. Cuando iba al baño o caminaba hasta la mesa del comedor para tomarme la sopa, acababa muy fatigado. A lo mejor un par de branquias era la solución al grave problema en el que me había metido.
11 noviembre 2021
La fe hace tremenda espuma
09 noviembre 2021
Los cuentos de la oscuridad
Cuando el bombillo de 100 watts de la cocina se apagó, Atlántida pensó que se había fundido y salió para el cuarto de expreso a buscar uno de repuesto. Pero al pasar junto al interruptor del comedor, quiso cerciorarse de que estaba en lo cierto. “Ah, caramba —dijo en voz alta—, qué raro que la luz se fue un martes”.
Ese día estaba tan ajetreada, que no volvió a reparar en que seguíamos sin electricidad. Ya en la tarde, después de ponernos la ropa de por las tardes, Aurelio y yo buscamos los libros que estábamos leyendo y sacamos dos sillones para el andén. Él llevaba Las mil y una noches y yo los cuentos de O. Henry.
Como se había leído a O. Henry antes que yo, constantemente me preguntaba qué cuento estaba leyendo. No sé cómo se las arreglaba para abandonar a Simbad el Marino, Aladino o Alí Babá y preocuparse por Johnsy, la muchacha cuya vida pendía de la última hoja de un árbol, en un pequeño barrio al oeste de Washington Square.
—¿Ustedes se han dado cuenta de que no hay luz desde esta mañana? —nos interrumpió Atlántida—. ¿Será aquí nada más o en todo el pueblo?
La respuesta la teníamos delante de nosotros. Aunque todavía era de día claro, el bombillo del patio de Mercedita estaba encendido. Más allá, entre las matas del patio de Barbarita, también se veía una luz. Aurelio caminó por el andén hasta comprobar que el portal de Felo López también estaba encendido.
Le alumbré con una linterna para que él comprobara si los fusibles estaban bien. “Hay que esperar a mañana”, dijo dándose por vencido, mientras buscaba su viejo farol de los Ferrocarriles Unidos. Atlántida, por su lado, encendió el único quinqué que sobrevivió a todas las mudanzas de la familia.
Esa noche, después de comer, nos sentamos a oscuras en los sillones de la sala. Los tres hicimos un largo silencio hasta que Atlántida se preguntó por qué el quinqué ya no alumbra tanto como antes. Aurelio le respondió que alumbra igual, solo que ella ya se ha acostumbrado a la luz eléctrica
—No —insistió Atlántida—. Recuerda que todo en San Fernando se veía clarito y mira ahora la oscuridad que hay en esta casa.
Se pasaron toda la noche recordando los años que vivieron en aquella estación, que está a 10.8 kilómetros del Paradero del Camarones por el ramal Cumanayagua. Así fue que supe que tío Aldo dormía en el cuarto de expreso, que tenía una enorme colección de cómics y que se peinaba con Glostora.
A la mañana siguiente Aurelio se comunicó con los electricistas de los Ferrocarriles, quienes no demoraron en llegar en su motor de vía. Uno de ellos se subió al poste que está en el crucero y bajó con una mala noticia. No podía hacer nada, porque la avería estaba del lado que le pertenecía a la empresa eléctrica.
—¿Y no puedes hacer nada? —preguntó Aurelio.
—Lo siento, Yero, ellos no le permiten al Ferrocarril tocar sus cables.
Aunque Lérida, desde Cienfuegos, lo reportó esa misma mañana, no le pudieron decir cuándo vendrían. Según ellos, solo tenían un camión para atender todo el regional. Esa noche Atlántida y Aurelio recordaron la mudanza para San Andrés, una estación que está a 10.4 kilómetros de Placetas.
Había sido una fortaleza del ejército español durante la colonia, por lo que la casa de familia estaba independiente. En las noches, para entretenerse, jugaban a contar los vagones de los trenes de la Norte Cuba que pasaban por el cruzamiento de Casallas. Aurelio y Aldo siempre ganaban.
—Era una estación muy solitaria—me dijo mi abuelo—. Tu abuela y tu mamá no se atrevían a quedarse solas allí.
Cuatro días después por fin vino el camión de la empresa eléctrica. Cambiaron un cable, pero no pudieron restablecer el servicio. Porque los electricistas de los ferrocarriles debían conectarlo del otro lado. “Cuando ellos hagan eso, nos llaman y nosotros venimos a terminar el trabajo”, dijo el que se subió al poste.
Todas las noches, a la luz del quinqué, Aurelio y Atlántida me siguieron haciendo cuentos de las estaciones donde vivieron, de cómo se mudaban en vagones, cargando con los muebles y los animales (vacas, cerdos y gallinas). San Fernando y San Juan de los Yeras fueron las preferidas de Atlántida.
—Pero el sueño de tu abuelo siempre fue volver a su Paradero de Camarones —dijo mi abuela con resignación, mientras abría los brazos hacia la oscuridad.
—¿Qué culpa tiene el pueblo de esto? —protestó Aurelio—. Es una avería, pudo ocurrir en cualquiera de las otras estaciones.
Una semana después regresó el camión de la empresa eléctrica. Atlántida empezó a aplaudir cuando vio encendido otra vez el bombillo de 100 watts de la cocina. En la tarde, Aurelio volvió a interrumpir su lectura de Las mil y una noches para hacerme preguntas sobre el cuento de O. Henry que yo leía.
Estábamos felices de poder volver a ver la televisión. En un pequeño receso entre dos programas, le pregunté a Aurelio cuántos trenes de viajeros pasaban por San Andrés. Se puso de pie y apagó el televisor. Atlántida también se puso de pie y apagó la luz de la sala. Seguimos haciendo cuentos de la oscuridad por una o dos semanas más.
08 noviembre 2021
La caída del piano
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| Aurelio, Atlántida y mi prima Lucy, cuando tenía la edad en que le compraron el piano. |
(Fragmento de la novela Atlántida)
Lo vi caer en cámara lenta, como si fuera una hoja seca o una pluma y no un pesado armatroste. Armando Hernández, el jefe de estación de Cumanayagua, le pidió a mi abuelo que se quedara al teléfono. Aurelio lo había llamado para decirle que el mixto acababa de internarse en el ramal.
Aún se escuchaba el ronroneo de la locomotora y el chirriar de los coches mientras bandeaban sobre los oxidados raíles. Tenía que ser algo muy serio, porque Aurelio puso su cara de pocos amigos. Después de disculparse con Armando y de agradecerle su paciencia, le dijo que se lo despachara de regreso.
—Lo espero hoy mismo —insistió.
—¿Qué pasó, viejo? —preguntó mi abuela desde la puerta que da a la casa.
—El piano.
—¿Qué pasó con el piano?
—¡Hace seis meses! —dijo Aurelio muy molesto—. ¡Hace seis meses y aún no lo ha ido a buscar!
—¿Y qué vas a hacer?
—Armando Hernández no quiere cobrarme la estadía. Le dije que no puede hacer eso, porque si va un inspector a su estación se va a buscar un problema.
—¿Y qué vas a hacer?
—¡Hace seis meses!
—¡Qué barbaridad! —dijo Atlántida mientras se llevaba las manos a la cabeza.
Cuando entré a la casa, la encontré hablando en voz baja con la Virgen de la Caridad. Los tres ocupantes del bote la escuchaban atentamente. “¡Qué no haga una locura, virgencita, qué no haga una locura!”, le decía mientras arreglaba los girasoles que le trajo Hugo Lois de San Fernando.
Acompañé a mi abuelo el día que llevamos el piano a Cumanayagua en el mixto. Mi prima Lucy le había asegurado que esa misma semana Popi, su esposo, iría a buscarlo en un camión. Aurelio le recordó que los paquetes pagan estadía si se quedaban más de un mes en una estación y ella le prometió que lo recogerían.
El piano de Lucy se quedó en la casa cuando ella se casó y se fue a vivir a Manicaragua. Estuvo en la saleta hasta que llegaron los muebles de Nellina de La Habana. Como nadie más en la familia lo sabía tocar y ya no había espacio para él, mi abuela decidió enviárselo.
Fue la tarde más larga y tensa en la historia de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Nunca antes había visto a Aurelio y Atlántida pasarse tantas horas sin decirse ni media palabra. Yo tampoco hablé con ninguno de los dos. Busqué el libro que estaba leyendo, pero no lograba concentrarme.
Tenía que repetir los párrafos dos o tres veces para poder seguir al vapor Cáucaso en su descenso por el Volga. En él viajaban Miguel Strogoff y una joven livonia que él hizo pasar por su hermana. A pesar de que la novela me gustaba mucho, al llegar al embarcadero de Kazán abandoné la lectura.
Eran las 18:55. Ya el mixto debía haber pasado por Ojo de Agua y en diez minutos haría andén en San Fernando. Aunque estaba oscureciendo y la mesa ya estaba puesta, Aurelio aún no se había bañado para ponerse la ropa de por las tardes. Era la primera vez que ocurría algo así.
A las 19:30, bajó al patio, abrió la caseta de herramientas y sacó el hacha. Tres minutos después se empezaron a escuchar el ronroneo de la locomotora y el chirriar de los coches. Es probable que Atlántida hubiera podido impedirlo si rompía su silencio, pero prefirió seguir callada.
Ni siquiera salió de la cocina. Destapó la olla de presión y empezó a servir la sopa en la fuente. Si hubiera sido otra tarde cualquiera, ahora toda la casa olería a comino. Sin embargo, lo único que se percibía en el aire era el que salía de la piedra de amolar y el filo del hacha.
Mientras el mixto retrocedía, Aurelio se dirigió a la puerta de la calle. Salió en el momento exacto en que el tren se detuvo. Le dijo a León que tirara el piano para el andén. El encargado del Expreso se negó y le dijo que llamaría al resto de la tripulación para bajarlo.
Entonces Aurelio hizo un gesto de desesperación y aló el piano, que rodó por el piso de madera del vagón hasta caer por la borda. La tarde del Paradero de Camarones ya estaba tan oscura como el Volga por el que navegaba Miguel Strogoff. Solo que, en lugar de sargazos, todo estaba lleno de bichos de la luz.
Lo vi caer en cámara lenta, como si fuera una hoja seca o una pluma y no un pesado armatroste. Ninguno de los ocupantes del tren podía creer lo que Aurelio estaba haciendo. Pero, al igual que Atlántida, se mantuvieron callados. Ya hacía rato que el mixto se había ido y mi abuelo aún seguía dando hachazos.
Sacó las cuerdas como si fueran las tripas de un animal. Al lanzarlas para el patio, sonaron por última vez. Lucy sabría identificar la nota que se oyó. En unos días se convertirían en el escondite perfecto para la gallina gira, que se las arregló para hacer su nido entre ellas. Semanas después sacó doce pollitos.
Mientras mi abuelo destruía el piano, León me alcanzó la banqueta. Era hueca. El asiento funcionaba como la tapa de un cajón donde se guardaban partituras de la Biblioteca Clásica Musical de Schirmer. Aunque las rescaté y las guardé entre mis libros. Nunca más nadie las abrió.
Atlántida estuvo sollozando toda la comida. No volvimos a recuperar la normalidad hasta el día siguiente. Lo primero que hizo Lérida, el día que llegó de Cienfuegos, fue ir a ver el cadáver del piano. Estuvo un largo rato mirando los trozos de madera, el reguero de teclas, el esqueleto de hierro.
—¡Qué barbaridad! —dijo, mientras la gallina gira salía como una fiera de entre las cuerdas para tratar de proteger su nido.





