21 julio 2021

De regreso a casa


Anoche soñé que la estación del Paradero de Camarones había esperado a que yo llegara para derrumbarse. Hace una semana que estamos en Chicago. Veo pasar trenes constantemente. Al final de las calles, por encima de nosotros, haciendo un enorme estruendo bajo nuestros pies. 
El ruido de los trenes sobre los viejos raíles y los travesaños empavesados en creosota, siempre acaban llevándome de regreso a casa. Ayer, mientras caminábamos por The Loop, nos paramos a mirar la imponente fachada del teatro Chicago. Pero, casi de inmediato, un largo tren distrajo mi atención.
Eso me ocurre constantemente en esta ciudad. De regreso al hotel, me puse a releer cuentos de Ray Bradbury (una exposición sobre él se exhibe en el The American Writers Museum). Y esas ficciones, que me son tan conocidas como mi pueblo, se fueron mezclando en mi cabeza con la realidad que hemos vivido aquí.
Acabo de abrir los ojos y estoy todavía en Chicago. Hace apenas unos segundos caminaba por el patio de la casa de mi tío Rao. Entonces oí el ruido de un tren sobre los viejos raíles y los travesaños empavesados en creosota. Me asomé al fondo del patio y la estación, todavía intacta, empezó a derrumbarse.
No dije ni hice nada. Me quedé paralizado hasta que el edificio se borró del paisaje. “Eso mismo me ha pasado con Cuba”, pensé ya despierto. Como a Douglas Spaulding, el muchacho del “El vino del estío”, me bastó levantarme y asomarme a la ventana para sentir la sensación de libertad que produce el verano.
Al final me alegra el haberme evitado la angustia de estar allí realmente y que todo no fuera más que una pesadilla. Aun así, una vez más compruebo que esos son los únicos caminos de regreso que me quedan. Ya solo a través de los sueños y de las palabras, mías o de otros, es que puedo volver a estar allí.

16 julio 2021

Mis 54 años


Cuando uno tiene menos de 40 años, está convencido de que nunca saldrá de ese círculo vicioso que es la juventud. A partir de ahí la cosa cambia, sobre todo después de la media rueda. Se los dice alguien que acaba de llegar a los 54. Por más resistencia que se ofrezca, se empieza a sentar cabeza.
He intentado madurar en lo indispensable (admito que no siempre lo consigo) y solo dejo de hacer lo que mi espinazo ya no resiste (heredé de mi padre una columna vertebral de vidrio). Pero, sobre todas las cosas, vivo la vida que siempre imaginé. Aprendí eso de Henry David Thoreau y lo llevo al pie de la letra.
Ayer, después de una difícil semana, aterrizamos en Chicago. Aunque los dos equipos de pelota de la ciudad están en la carretera, nos quedan la arquitectura, la exposición permanente del Instituto de Arte, los trenes, los clubs de jazz y el tentador olor a bourbon que sale de lo oscuro cuando uno abre sus puertas.
Me imagino que todos sentimos el mismo miedo a la vejez que yo tengo. Vi cómo Aurelio fue perdiendo su fuerza descomunal hasta quedarse totalmente desvalido. Estaba ahí cuando Atlántida y Lérida se marchitaron. Ya soy apenas 12 años más joven que mi padre.
Pero cada día que me despierto junto a Diana Sarlabous me hace un tilín más valiente. Aunque nuestra cama es grande, duermo en la estrecha franja de sábana que hay entre su abrazo y el abismo. Sé que, de aquí en adelante y hasta donde dé la cuenta, seremos los mismos. Al menos en eso no cambiaremos.
Ese es el secreto de la eterna juventud: envejecer feliz con uno mismo… y con la persona que elegiste amar.

12 julio 2021

11 de julio de 2021


La inmensa mayoría de los cubanos que se lanzaron a las calles ayer, no habían nacido cuando se cayó el Muro de Berlín. No conocieron la épica de la revolución, ni los años de bonanza por los subsidios soviéticos. Las canciones del Silvio para ellos hablan de un pasado remoto, como las de Compay Segundo.
Les tocó nacer en un país en ruinas y se criaron en la precariedad. Pero, a diferencia de sus padres, no están dispuestos a ser sobrevivientes por el resto de sus vidas. Quieren un futuro, tanto para ellos como para sus hijos. Por eso, tarde o temprano, ese estallido contra el inmovilismo acabaría ocurriendo. 
Los gritos de libertad llegaron por San Antonio de los Baños y se extendieron a toda la isla de manera espontánea. No hubo un líder, nadie dio una sola orden. La falta de esperanza los acabó esperanzando a todos. La dictadura ya había perdido los símbolos, ayer perdió al pueblo.

¡Viva Cuba libre!


A Miguel Díaz-Canel ya solo se le puede llamar dictador. Ayer, en un acto de desesperada cobardía, llamó a los cubanos a pelear contra los cubanos. La revolución que cacareaba el ideal martiano "con todos y para el bien de todos", reconoció públicamente que no es más que un régimen opresor.
Mi mayor admiración por cada compatriota que se manifestó ayer contra "esa plaga infernal de gobernantes indeseables y de tiranos insaciables que a Cuba han hundido en el mal". Toda mi solidaridad con los que fueron brutalmente reprimidos. 
Ayer también se demostró que ellos siguen teniendo las armas y los esbirros, pero ya perdieron al pueblo "que sumido en su dolor se siente herido". Por primera vez una mayoría de cubanos salió a las calles a manifestarse contra el régimen y a gritar lo que habían sido obligados a callar por más de 60 años.
El 11 de julio de 2021 ya está escrito en la historia de Cuba con las mismas letras que el 10 de octubre de 1868. Miles de cubanos se liberaron ayer de la esclavitud. Es el principio de fin de una dictadura que solo ha sabido parasitar, destruir y oprimir. ¡Viva Cuba libre!

10 julio 2021

¡Han vuelto las manzanas!


Hace 18 años un querido amigo que aún vive en Cuba estuvo de visita en Santo Domingo. Entonces yo laboraba de editor en un diario y él, con asombro, me preguntó para qué un país donde no pasa nada necesitaba periódicos de 80 páginas. Se me ocurrieron tantas respuestas que me quedé callado.

Apenas habíamos estado dos años sin vernos y ya no lográbamos ser los mismos. Cualquier tema de conversación se convertía en un ladrillo más sobre el muro que, sin saberlo, habíamos estado levantando entre nosotros. Cuando me vio tan estresado por pagar las cuentas, me recordó que antes jamás me preocupaba por eso.

Era las vacas gordas del chavismo y el ALBA. En el stand de Cuba en la Feria del Libro, había tantas fotos de Hugo como de Fidel. Cuando le dije que estaba buscando un patrocinio para publicar un librito de poemas, me restregó que “allá a cada provincia le asignaron una imprenta y un triciclo Piaggio”.

Además, estaban pintando toda La Habana, habían llegado más de cien locomotoras de China (“¡A ti que te gustan tanto los trenes”), una nueva carretera acortaría la distancia entre Cienfuegos y La Habana, los cubanos ya podíamos ir a los hoteles, a Varadero se entra sin problemas…

Cada cosa que dijo me hizo sentir mal (a veces horriblemente mal). Lo único que quería, me dijo, era un par de botas Timberland. Lo llevé a la tienda y se las regalé (yo no tenía unas así en aquel entonces, todavía no me podía dar el lujo de elegir una marca en específico). Pagué con la tarjeta de crédito.

“El capitalismo es deuda”, subrayó. De regreso a casa pasamos por un supermercado a comprar un churrasco. Quería hacerle una parrillada en mi BBQ de entonces, que era el más enclenque del mercado. “¿Quieres manzanas?”, le pregunté. “Nooo… ¡Han vuelto las manzanas, siempre tengo en casa!”.

Hoy leí que había escrito el hasgtag #SOSCuba en Twitter y sentí un triste alivio por dentro. Aunque me duele mucho, muchísimo, la terrible situación que él y todos mis compatriotas están pasando; me alegra que mi hija no esté allí, haber pedido auxilio 20 años atrás.

Las dos horas y 15 minutos en que el tiempo se detuvo


(Fragmento de la novela Atlántida)

Todas las mañanas, después de abrir las dos puertas del salón de espera y las dos ventanas de la oficina, Aurelio se toma un tiempo en darle cuerda al reloj de la estación. Lo trata con mucho cuidado, como si su vieja armazón de madera o su fino cristal pudieran deshacérsele entre las manos.

Durante las ocho horas que se mantiene atento a los teléfonos y al movimiento de los trenes, mira incontables veces la esfera para comprobar la hora exacta. Al oír que alguien desde otra estación da el paso de un tren, él lo contrasta con las enormes manecillas que tiene delante.

El reloj es el más grande del Paradero de Camarones. Vino de Inglaterra en 1899, cuando la Cuban Central Railways puso uno en cada estación. Su esfera tiene grandes manchas de humedad y se ha empezado a borrar, pero todavía puede leerse claramente “20 Moorgate Street, Londres”. 

A las 09:10, Aurelio recibió una llamada de Cruces. Una tolva de azúcar se había descarrilado en el enlace del ramal Santo Domingo, impidiendo el paso hacia Camarones. Aurelio, después de comprobar que el reloj de la estación tenía esa misma hora, preguntó cuán grave era el accidente.

—Solo se le cayó un truck—aseguró Ucha, el operador de la estación vecina—.

—All right —respondió Aurelio. 

Eran las 09:12. Se paró en la ventana de la oficina que da a la ventana del comedor a través del andén de Cumanayagua y le comentó a Atlántida que no había paso por un pequeño accidente en Cruces. Calculó que tardarían unas tres horas en levantar la tolva y restablecer el paso.

De regreso a su mesa, volvió a mirar el reloj. Eran las 09:15. En la matiné del cine Justo, hace como tres o cuatro domingos, pasaron comedias silentes. Cuando Harold Lloyd, después de escalar por las paredes de un edificio alcanzó un enorme reloj, Carlos el de Pascualita saltó de su asiento.

—¡Miren el reloj de la estación! —gritó mientras todos reían a carcajadas.

Los tranvías, los carros y los transeúntes se veían pequeñitos allá abajo, mientras el Hombre Mosca se agarraba del minutero para no caerse. Al final, la maquinaria del reloj no pudo soportar su peso y acabó zafándose. Entonces Harold, sin que ni siquiera se le callera el sombrero, quedó colgando hacia el vacío.

Las palmadas, las risas y los gritos del cine Justo fueron tantas, que Chena tuvo que encender su linterna y pedirnos que nos calmáramos. Eso mismo tuvo que decirle Atlántida a Aurelio cuando mi abuelo la llamó alarmado. Casi una hora después de que lo mirara por última vez, el reloj todavía tenía las 09:15.

Estuvo un largo rato con las manos en la cabeza. No puedo decir cuánto duró porque ya no había manera de medir el tiempo. Luego mi abuela le trajo la pequeña latica de aceite de su máquina de coser Singer y Aurelio atinó a bajar el reloj de la pared.

Su maquinaria no se parecía al de la película. Tenía varias ruedas dentadas y una pieza larga que, según Aurelio, se llama vástago. Primero sopló cada pieza y luego les puso aceite. Después de atornillarlo de nuevo a la armazón de madera, le dio cuerda. Con un gesto nos pidió que hiciéramos absoluto silencio.

Se mantuvo así hasta que escuchó el primer tic tac. Entonces llamó a la estación de Cruces y le preguntó qué hora era. Las 10:30, se le oyó decir a Ucha. Luego llamó a San Fernando y Hugo Lois le dijo lo mismo. Desde la saleta, después de sintonizar Radio Reloj, Atlántida lo confirmó.

Feliz, se recostó en su asiento y permaneció con la vista fija en la esfera del reloj hasta que el minutero alcanzó las 10:31. Al final fueron dos horas y 15 minutos. Ese fue lo que duró detenido el viejo reloj inglés. El sonido de sus engranajes y su volanta ya marcaba otra vez el compás de la mañana.

Cuando pasó el primer tren, Aurelio saludó al maquinista eufórico. Pepe Guerén respondió el saludo muy animado también. Es probable que pensara que mi abuelo estaba así porque se había restablecido la circulación entre Cruces y Cienfuegos. Pero yo sé que la razón era otra.

En el momento que Harold Lloy llegó a los brazos de su novia, después de perder el sombrero y quedarse colgando por un pie de una cuerda, todos aplaudimos. Eso hicimos también Atlántida y yo cuando vimos a Aurelio de regreso a su mesa, después de recuperar la confianza en las manecillas del reloj.

Gracias al aceite de la máquina de coser Singer, el tiempo nunca más volvió a detenerse en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones.