24 mayo 2021

Los 67 de Marianela Boán

Aunque estudié en una escuela de arte, no conozco a tantos artistas. Creadores han sobrado a mi alrededor. Los he conocido buenos, regulares, mediocres, malos, malísimos… He tropezado con los más variopintos individuos. Pero un artista es otra cosa y como tuve tan buenos profesores, sé identificarlos.
Recuerdo con lujo de detalles la tarde en que Marianela Boán apareció en mi vida. Era rubia, joven y bellísima. Se movía como si el mundo fuera un escenario. Cada cosa que dijo, en aquella clase como profesora invitada, cambió mi vida. Sus palabras, desde entonces, predisponen a las mías.
El azar dispuso que, muchos años después, aquella rubia, joven y bellísima bailarina se convirtiera en mi cuñada. Mi hermano Alejandro Aguilar, en un vuelo de Cubana con destino a La Habana, quiso que así fuera. Desde entonces somos una familia donde el arte, debo reconocerlo, casi nunca es lo más importante.
Hoy, 24 de mayo de 2021, Marianela Boán cumple 67 años. Aquella muchacha que me deslumbró hasta la inconciencia, hoy es alguien que forma parte de mi vida cotidiana. Gracias a eso me vi, junto a ella y Ale, en un chat que unió las equidistancias entre Beja, Santo Domingo y la Loma de Thoreau.
En una pantalla dividida en tres (Diana no podía dejar lo que hacía) esperamos las 12 de la noche del 25 de mayo en Portugal. Ella en estos momentos crea una obra que se llama Óbice. Hoy, en este mundo tan cambiante, sigue siendo la muchacha que cambió mi vida y me predispuso de una manera incorregible.
Feliz cumpleaños, maestra, gracias por permitirme conocer en persona a un artista.

19 mayo 2021

Carlos el de Pascualita


Solo lo llamaban por su apellido, Guedes, cuando el maestro Gustavo Molina pasaba lista en el aula. El resto del tiempo su nombre completo era Carlos el de Pascualita. Aunque tenía más edad que el resto, era el más pequeño en la formación del matutino. 
Aun así, su fuerza era descomunal. Eso, como su carácter noble pero resabioso, me imagino que lo heredó de su abuelo Federico, un viejo canario cuya tozudez era proverbial en el Paradero de Camarones. Gruñía, literalmente, y cerraba los ojos del mal genio.
Carlos no siempre podía jugar con nosotros. La mayor parte del tiempo debía ayudar a su padre, Paco Guedes, en la siembra, guataquea o cosecha del arroz y los frijoles que alimentaban a su numerosa familia. Por eso ya en cuarto grado tenía manos de viejo campesino.
Jugaba al futbol descalzo (su único par de zapatos era para ir a la escuela), pero parecía que llevaba botas de acero. Todos le huíamos a sus pies cuando avanzaba detrás del balón hacia el espacio que había entre una mata de ateje y una de bienvestido, que era nuestra portería.
Se casó con Juana, una de las hermanas del Chiqui, y se convirtió en el vivo retrato de su padre. Siguió sembrando, guataqueando y cosechando para los suyos hasta que un carro lo hizo volar por los aires y lo dejó inválido. Ya dije que era de hierro. Logró volver a caminar, como un niño, desde cero.
Cuando ya volvía a valerse por sí mismo, un infarto lo agarró desprevenido. Ya sus reflejos no eran los mismos, no pudo esquivarlo como esquivaba las tapas de botellas de refresco que nos tirábamos con aquellas letales escopetas de tiras de goma. Con él desaparece otra porción del lugar al que pertenezco.

12 mayo 2021

12 de mayo


Desde niño solía celebrar el 12 de mayo por dos razones. A veces el cumpleaños de Mami caía domingo y entonces se convertía, además, en el Día de las Madres. Cuando eso ocurría, Lérida me exigía dos regalos: un beso en cada mejilla. Hoy hubiera cumplido 83 años.
A los pocos meses de conocernos, Diana y yo decidimos casarnos. Como el 12 de mayo estaba cerca, elegimos darle un nuevo significado. Celebramos la boda en casa, con los amigos más cercanos (que fueron testigos y cómplices de nuestro vertiginoso romance) y nuestros padres. 
Don Jorge ese día bailó sones y hasta se prestó para representar una pequeña obra de teatro que Elenita nos tenía preparada. Doña Elia estaba recién operada y Mami, aunque empezaba a quedarse sin memoria, me dijo que podía morirse tranquila porque me dejaba “con una buena mujer”.
Como en República Dominicana a las esposas les endosan de segundo apellido el primero de su esposo, desde hace 9 años vivo con Diana de los Ángeles Sarlabous de Venegas. Aunque no estoy de acuerdo con esa arcaica imposición, asumo la responsabilidad que significa. 
En un rato volveré con dos enormes ramos de girasoles, uno para Lérida y otro para la buena mujer con la que he compartido ya 3287 días con sus noches, convirtiéndose en mi casa, en mi pueblo, en mi país y en el único territorio que deseo habitar de cualquier geografía.

Los primeros tres capítulos de ATLÁNTIDA


En los últimos días, amigos que siguen los adelantos de la novela
 Atlántida, se han quejado de que la página dedicada a ella en el blog estaba desactualizada. Complaciendo peticiones, como dirían los antiguos locutores de CMHW, he subido los tres primeros capítulos íntegros.

Atlántida tendrá 12 capítulos de 11 viñetas cada uno. Comienza el 1 de enero de 1978 y acaba el 31 de diciembre de ese año. Ya está muy adelantada y espero tenerla lista antes de que se acabe 2021. Además de compartirla íntegra en El Fogonero, publicaremos el libro físico y digital.

Quiero agradecerle a Grisel Jaime Álvarez su invaluable colaboración en la revisión de estos textos. Cada vez que comparto algo, de inmediato me llega un mensaje suyo con una relación de mejoras. Siempre he creído que la labor del editor es tan importante como la del escritor. Gracias a Grisel, no he estado desamparado.

Hace mucho tiempo que entendí que la literatura no era para mí una vocación sino una necesidad. Esa es la razón por la que disfruto tanto compartir fragmentos de este libro apenas unos minutos después de ser escritos. Lo único que quiero demostrar con él es que no fui capaz de olvidar de donde vengo y quien soy.

Mientras las palabras me sirvan para recuperar todo eso, no habré perdido nada.

 

Para leer los avances de Atlántida haga click aquí.

11 mayo 2021

La primavera rumana de la señora Basilia


(Fragmento de la novela Atlántida)


Hace una semana que un tren de carga dejó una casilla rumana en el apartadero. Le oí decir a Aurelio que tenía problemas con el aire. “Antiguamente esto no pasaba —agregó lamentándose, mientras revisaba los calzos de madera del vagón—, los guardafrenos siempre llevaban mangueras de repuesto”.  

La casilla tenía una de sus puertas ligeramente abierta. Me subí en el estribo para verla por dentro. Su piso de madera y estaba cubierto por un polvo blanco. Le pregunté a mi abuelo qué era. “Eso debe ser harina de trigo”, me respondió mientras apuntaba unos números en un libro.

—¿Cuántos sacos de harina de trigo caben en una casilla?

—¡Bájate de ahí!

Según el Itinerario, las casillas rumanas tienen una capacidad de carga de 60 toneladas, una capacidad volumétrica de 94,4 toneladas métricas, su velocidad máxima autorizada son 70 kilómetros por hora, la distancia entre los enganches es 16,18 metros y su tara es de 23 toneladas.

Mientras la casilla rumana permanezca en el apartadero, no se pueden efectuar cruces de trenes en Camarones. Eso tiene muy preocupado a Aurelio, por eso a cada rato se asoma en la oficina de la estación y mira en dirección al vagón diciendo que no con la cabeza.

—Es increíble —murmura—. Todo esto por no llevar mangueras de repuesto.

Ayer en la tarde, cuando ya estaba oscureciendo, Gustavo el maestro pasó caminando por el apartadero. Llevaba la cabeza baja y procuraba no hacer el más mínimo ruido con las piedras, como si se estuviera ocultando de alguien o no quisiera que lo vieran. 

Atlántida, desde su panóptico, fue la primera en descubrirlo. Al ver que ella le estaba prestando tanta atención a algo, Aurelio se le paró detrás y yo hice lo mismo detrás de mi abuelo. Al llegar a la casilla rumana, se bajó de la línea para poder seguir. Pero nunca lo vimos salir del otro lado.

Atlántida miró a Aurelio con cara de extrañeza y Aurelio me miró a mí con cara de regaño. Al poco rato, otra vez desde su panóptico, mi abuela descubrió que Basilia también iba caminando por el apartadero. Como Gustavo, llevaba la cabeza baja y procuraba no hacer el más mínimo ruido con las piedras, como si tampoco quisiera ser vista.

Al llegar a la casilla rumana, se bajó de la línea y desapareció detrás del vagón. Al igual que Gustavo, nunca salió del otro lado. Atlántida miró otra vez a Aurelio con cara de extrañeza, pero yo no le di la oportunidad a mi abuelo de que me mirara con cara de regaño porque antes me alejé disimulando.

—Pobre muchacho —murmuró Atlántida camino de la cocina, mientras hacía como si se estuviera secando sus manos en el delantal. A veces, cuando ella prefiere callarse algo, empieza a secarse las manos en el delantal. No importa que ya las tenga secas, lo que importa para ella es el gesto.

—¡Ni una palabra de eso a Chena! —dijo Aurelio enjuagándose sus manos en el aire.

—¡Tú estás loco! —respondió Atlántida desde la cocina, mientras empezaba a machacar ajos.

Al cabo de un largo rato, Basilia reapareció. Nunca llegó a salir del otro lado de la casilla rumana. Volvió por donde mismo había venido. Seguía con la cabeza baja pero caminaba muy rápido, como si quisiera alejarse lo antes posible. Cada vez que se sacudía la blusa o el pantalón, levantaba una nube de polvo blanco.

Gustavo hizo lo mismo minutos después. Sus nubes del polvo blanco eran enormes y llegaban a envolverlo completamente. “Pobre muchacho”, dijo Atlántida sin necesidad de asomarse a su panóptico, mientras otra nube, con un fuerte olor a sofrito, la envolvía a ella.

—La primavera rumana de la señora Basilia —murmuró Aurelio con tono burlón.

Esa frase me pareció conocida, pero no fue hasta dos o tres días después que recordé que podía ser el título de una película. Busqué en la libreta donde anoto fichas técnicas y sinopsis y ahí estaba.

La primavera romana de la señora Stone es un filme norteamericano de 1961 dirigido por José Quintero y basado en una obra de teatro de Tennesse Williams. La fotografía es de Harry Waxman, la edición Ralph Kemplen, la música de Richard Addinsell y los protagonistas son Vivien Leigh y Warren Beatty.

Si tengo la ficha técnica es porque la pasaron en el cine Justo. Si mis abuelos no me llevaron a verla es porque debe ser para mayores de 16 años. Seguro que fueron un fin de semana, que es cuando Lérida viene y se queda conmigo mientras ellos pueden ir a ver películas prohibidas para menores. 

—Papá, ¿Vivien Leigh era muy linda?

Al parecer mi pregunta desconcertó a Aurelio, porque estuvo un largo rato pensando con cara de intriga. Al final abrió los ojos, como hace cuando le encuentra la solución a un problema o por fin se da cuenta de algo. Sin responderme, entró en la estación y cerró la puerta.

—¡Delante de este muchacho no se puede decir nada! —le oí exclamar del otro lado.

Después de tanto insistir, mi abuelo consiguió que un tren con tanques de combustibles vacíos se detuviera, le cambiaran la manguera al vagón averiado y se lo llevaran. La locomotora era la 30802, no sé por qué no se me ha olvidado su número, como tampoco el momento en que la casilla rumana se fue alejando justo detrás de ella. 

10 mayo 2021

Auxilio mayor


(Fragmento de la novela Atlántida)

Aunque parecería que los timbres de las estaciones suenan siempre igual, Aurelio es capaz de descifrar algo que Atlántida y yo no podemos. Entre los timbrazos cortos y largos, entre el sonido y el silencio, él intuye el carácter de las llamadas. Mi abuela dice que les presta atención hasta dormido.

Por eso esta madrugada, cuando oyó la manera en que la estación de Cherepa llamó a la de Cruces, se tiró de la cama. “¡Pasó algo!”, dice Atlántida que susurró, mientras caminaba a tientas en dirección a la puerta de la oficina. Sin encender ninguna luz y aún en pijama, se enganchó el auricular del teléfono en la cabeza.

—Hubo un descarrilamiento en el kilómetro 35.3 —dijo al volver a la casa—. Es de auxilio mayor.

Esa situación kilométrica, según el Itinerario, es entre el cruzamiento de la vía estrecha y la estación de La Flora, un apeadero en el que ya ningún tren se detiene. Desde el andén no alcanza a verse nada, pero Aurelio se mantiene con la vista fija en un punto imaginario que está en dirección al desastre.

A mi abuelo no le gusta dar muchos detalles sobre los accidentes. Solo se refiere a ellos cuando ha pasado mucho tiempo y la historia ya no puede perjudicar el honor del algún ferroviario. El maquinista del tren descarrilado es un viejo amigo suyo. Esa es la razón por la que se ha pasado el día cabizbajo y de muy mal humor.

—En ese tramo hay una precaución —le dijo a mi abuela tratando de que yo no lo escuchara—. Por ahí hay que pasar a 25 kilómetros y parece que iban a más de 50.

—Los pobres —dijo Atlántida cabizbaja—. ¿Tú crees que los separen?

—Como están las cosas…

Como no hay paso por el accidente, hoy ha sido un día silente en el Paradero de Camarones. Desorientada, la gente pregunta la hora constantemente. Talín, el esposo de Mercedita, trató de averiguar con mi abuelo qué había pasado. Sin dejar de mirar en dirección a La Flora, Aurelio solo le hizo una mueca de fatalidad.

Talín no insistió. Desde el interior de su casa, se oyó a Mercedita preguntando si ya debía haber pasado el tren de Cienfuegos. “¡Hace rato! —le respondió alguien—. ¡Son casi las doce!”. “Pues hoy se va a almorzar tarde en esta casa —voceó Mercedita—, porque estos frijoles no se ablandan”.

Chena se llevó las manos a la cabeza cuando mi abuelo le dijo que no pasaría el expreso. Eso quería decir que la película que esperaba no llegaría y la que debía devolver no se iría. “Todos los cines van a tener que repetir la cartelera de anoche —dijo alarmado—. Y la que tenemos aquí es un paquete yugoeslavo”.

Un señor que va todos los jueves a Cabeza de Toro a buscar una cantina de leche, le dio una patada al poste del semáforo y dijo que se cagaba en la madre de todos los santos. “Ya pagué esa leche —dijo—. Si no la voy a buscar se corta”. Aurelio solo repitió la misma mueca que le había hecho a Talín.

Durante la tarde la gente siguió igual de desorientada. En casi ninguna casa del Paradero de Camarones hay reloj. Son los trenes los que van marcando el tiempo a lo largo del día. Por eso, cuando se atrasan o dejan de pasar, provocan una gran confusión. Todo se hace antes o después, pero nunca en el momento adecuado. 

Ya había oscurecido cuando mi abuelo nos llamó para que viéramos pasar al auxilio mayor. Iba tan despacio que ni siquiera pitó en los cruceros. La vieja locomotora alemana le devolvió al pueblo un sonido que todos esperaban ansioso. Aunque la enorme grúa todavía dice Sagua, ahora duerme en Santa Clara.

En las planchas, sobre ruedas y pedazos de vagones, iban los hombres de la brigada que habían trabajado en el descarrilamiento. Más que un tren, el auxilio mayor parecía un fantasma. Todavía no nos habíamos acostado cuando Aurelio escuchó un timbre. “¡Ya hay paso!”, dijo sobreponiéndose.

Al otro día todos los trenes circularon con normalidad. Nadie en el Paradero de Camarones tuvo necesidad de preguntar la hora.