27 diciembre 2020

En los 53 años de Renay Chinea

Hoy es el cumpleaños de mi hermano Renay Chinea, uno de los tipos más lúcidos y buenos que he conocido en mi vida. Nacimos y nos criamos a unos pocos kilómetros de distancia. Él en Mal Tiempo y yo en el Paradero de Camarones. Pero la geografía no nos ayudó, solo coincidimos ya éramos viejos. 
Por años, tuvimos que oír el uno del otro. Los que me hablaban de él y los que le hablaban de mí, coincidían en que éramos idénticos. Parientes, conocidos, amigos, ex novias y hasta enemigos no se cansaban de señalarnos puntos en común. Por fin nos encontramos en septiembre de 2018. 
Entonces descubrimos que en verdad nos parecíamos muchísimo, desde la forma de ser y pensar, hasta la manera de joder y burlarnos de todo (empezando por nosotros mismos). Recuerdo que Elina y Diana se hicieron la misma pregunta: “¿Cómo se van a reconocer en la estación de Girona, en medio de tanta gente?”
“Los guajiros de Las Villas somos inconfundibles”, respondimos los dos por separado. No puedo celebrar su cumpleaños sin brindar por el enorme privilegio que significa para mí ser cuñado de Elina y tío de Pipo y Lucas. Un abrazo grande, compay. Este Brugal va por ti.

26 diciembre 2020

La mirada salvaje de un cazador

El día que Buck se sumó a nuestra familia fue muy tenso para todos. Jack ya vivía en la Loma con Laika (ella lo cuidó desde cachorrito, por eso aún hoy es un labrador que se comporta como un bóxer). Pero nuestra querida perra ya estaba vieja y enferma, cada vez que volvíamos a la Loma la encontrábamos peor.
Diana y yo lo habíamos comentado más de una vez. Teníamos que buscar una cachorrita para que Jack no se quedara solo cuando Laika ya no estuviera. Entonces fui al supermercado con una pequeña lista de cosas que comprar y pasé junto a la tienda de mascotas. Allí estaba él. 
Su mirada fue irresistible. Tuve que entrar y meter mis dedos en la jaula para acariciarlo. Era una devolución (por eso sobresalía del resto) y estaba en descuento. Una humillación para un animal tan hermoso. Logré un descuento aún mayor y me aparecí con él en casa. 
“¡Todavía no era el momento!”, protesto Diana. Discutimos un largo rato. Ella y yo no separamos nada, desde el dinero hasta las decisiones. Por eso le molestó tanto que me apareciera con aquel perro que, nada más entrar, empezó a derribarlo todo y se lanzaba contra las puertas de cristales.
Hubo que sedarlo para traerlo a la Loma. Todo el camino durmió en el regazo de Ana Rosario. Pocos días después Laika murió y en apenas unas semanas Buck se convirtió en el jefe del territorio. Aunque me relaciono con ellos sin distinción, debo admitir que él siempre se las arregla para estar a mi lado.
Por eso ve todo lo que hago. Cada vez que he atrapado un ratón. Él me acompaña a buscar el cubo de agua para ahogarlo y me avisa cuando deja de ver las burbujas. Hace unos días, me vino a buscar y me llevó a su tina de agua. Había un ratón ahogado. Luego dos. Después otro.
Hoy en la madrugada me extrañó que no estuviera en la puerta esperándome y salí a buscarlo linterna en mano. Estaba en la tina, ahogando a un ratón que acababa de atrapar. No me saludó hasta que dejó de ver burbujas. Aunque su mirada sigue siendo irresistible, en ese momento era la mirada salvaje de un cazador.

20 diciembre 2020

Un minuto y dieciséis segundos donde mi padre aparece

Mi primo Lazarito era lo primero que me venía a la cabeza cuando escuchaba la palabra Habana. Luego recordaba el sabor del queso crema, las galletas de soda y de aquella delicia que mi tía Sixta nos hacía antes de irnos a dormir. Muchos años después supe que la manera correcta de escribirlo era Quaker.
Los Venegas siempre fueron muy unidos… hasta que hubo que declararlos en grave peligro de extinción. Ya no queda ninguno de la segunda generación y los sobrevivientes de la tercera estamos desperdigados por el mundo. Lazarito, el único que permanece en La Habana, me manda besos y regaños a cada rato.
Primero me dice que me extraña mucho y, casi a reglón seguido, me reclama que la familia es la familia (se comporta como un descendiente de sicilianos y no de guajiros de General Carrillo). La última vez que nos vimos estuvimos abrazados por un tiempo que, según mi Cucha, fue interminable. Llorábamos, llorábamos.
Este video me lo envió él. Es la fiesta de 15 de una prima. Cuba, años 80 del siglo pasado. Todos aún estábamos vivos. Un minuto y dieciséis segundos donde mi padre aparece. Nunca sospeché que lo volvería a ver en movimiento, que recuperaría sus gestos… y sus besos (los Venegas somos muy besucones).
Primero aparece con Nori, su cuñada, la esposa de mi tío Cipriano. Después con Maricela, la más bella de mis primas. Papi mira a la cámara y sonríe. Hace 27 años que no veo esa sonrisa, pero sé perfectamente que se debe a una mezcla perfecta de felicidad con ron.
Mi primo Lazarito ahora es lo primero que me viene a la cabeza cuando escucho la palabra Cuba. Comprobé eso cuando vi un minuto y dieciséis segundos donde mi padre aparece y luego, casi al final, él baila con mi tías Sixta y Ramona.

19 diciembre 2020

Escoger el arroz

Atlántida escogía el arroz oyendo danzones. Su minuciosa labor coincidía con un programa dedicado al “baile nacional cubano”, que ya en aquella época (años 70 del siglo pasado, estaba extinto). Muchas veces, de codos en la mesa y lo más cerca posible de ella, la ayudaba.
Fue así que, mientras sacaba machos (los granos que se habían quedado con la cáscara), basuras y piedrecitas, aprendí a distinguir “El cadete constitucional” de “El bombín de Barreto”. Mi abuela siempre escogía el arroz sobre un mantel blanco, blaquísimo, donde los gorgojos no tenían escape.
Cuando llegamos a República Dominicana y mi madre descubrió que no era necesario escoger el arroz, dio una de sus primeras palmadas de alegría en el exilio (ella tenía esa costumbre, cuando algo la hacía feliz, golpeaba al aire con sus dos manos). “¿Tú sabes lo que es no tener que escoger el arroz?”, dijo maravillada.
Entonces ninguno de los dos pensó que, gracias a aquellos paquetes empacados al vacío, perderíamos una vieja tradición familiar. Ana Rosario, su nieta, ya no tendría la oportunidad de perder ese precioso tiempo, mientras la ayudaba a apartar machos, basuras y piedrecitas.
“Mira bien —me decía Atlántida mientras hundía sus dedos en mi pila de arroz ya escogido—, que esa descascaradora a la que va tu abuelo está cada vez peor”. A veces acabábamos discutiendo, me molestaba que no confiara en mí y revisara todo lo que había hecho. “¡Ya ves!”, decía cuando por fin hallaba algo.
La orquesta de Antonio María Romeu no paraba de tocar hasta que Atlántida acababa de escoger el arroz. Entonces ella doblaba su mantel blanco, blanquísimo, y el silencio de la mañana volvía a la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones.

15 diciembre 2020

Los rincones

Siempre he preferido los rincones a los espacios que llaman la atención y se roban el protagonismo. Por eso les doy tanta importancia a los vericuetos, a lo que casi nadie ve, a lo que suele pasar inadvertido. Mi casa, la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, estaba llena de escondrijos.
En las puntas de los dos andenes, había sendos arbustos (uno de muralla y otro de salvia), que envolvían a los que llegaban hasta ellos. En el patio, entre los árboles y las flores de Atlántida, se abrían túneles por los que se podía recorrer todo de un extremo al otro.
Inspirado en aquel mundo, al que mi abuelo Aurelio siempre le encontraba un sentido, construí este rincón. Para ser del todo honesto, la solución se le ocurrió a Diana. Con los sobrantes de la obra, cncubrimos el tanque de la basura y sembramos un croto (nunca faltó uno en los jardines de mi pueblo).
Por último, pusimos una piedra del arroyo Cercado. Ese hilo de agua helada, que pende de la Cordillera hasta despeñarse sobre el Yaque del Norte, es nuestra actual salida al mar. Cerca, croto y piedra convivirán con nosotros en los próximos años, decidiendo eso que los antiguos llamaban vida cotidiana.

Un sancocho de despedida

Hoy me tocó despedir, en nombre de mi Cucha y mío, a todos los que trabajaron de manera intensa (y tan apasionada como nosotros) en la construcción de la “escambraica cocina” (así la hubiera llamado Martí) de la Loma de Thoreau. Todos querían un sancocho de Maribel. Y los complacimos.
Maribel trabaja con nosotros hace ya algún tiempo y, según los entendidos, tiene el mejor sazón de este lomerío. Ella misma escogió los víveres (auyama, yautía, papa, plátanos…) y la carne (pollo, res, masas de cerdo, chuletas ahumadas y longaniza). A petición mía, echó el doble de longaniza. 
Luis Abreu, el maestro constructor, trajo de su casa un caldero que está “curado”. Les propuse ponerlo encima de la parrilla del barbacue, pero Maribel me dijo que confiaba más en dos blocks y lo desmontamos todo para complacerla. Cuando el caldo empezó a hervir, el olor debió llegar al Pico Duarte.
Estamos muy agradecidos de Luis y sus obreros. Son campesinos de la zona, muchachos que trabajan en la construcción porque ya “el campo no dá”. Eduard, Stanley, Campio, Deivi, el Menor y todos los que trabajaron desde la excavación y los cimientos hasta el acabado. 
Julio el Haitiano (nunca quise preguntarle su verdadero nombre) y sus compatriotas, que hicieron los caminos de lajas y levantaron los encaches. Robert, el ebanista, y su tropa de carpinteros. Gracias a ellos pudimos adaptar los muebles de la vieja cocina al nuevo espacio.
Han sido dos meses de duro trabajo. Más de una vez perdí los estribos o monté un berrinche. Por suerte ellos saben que soy bueno y como bueno me supieron aguantar. Debo confesar que, durante el proceso, nos ha pasado por la cabeza que hubiéramos querido hacer todo esto en el Paradero de Camarones o en El Cristo.
Es por eso que estamos doblemente agradecidos de República Dominicana, Encima de que nos permite hacer realidad nuestros sueños, soporta esas infidelidades. Hoy fue un día largo, larguísimo. Estoy feliz y exhausto. Ese raro estado de ánimo que te excita, pero no te deja moverte.
Todo empezó cuando Maribel subió cargada del pueblo y un olor, el más exquisito olor a leña y especias que alguien pueda imaginar, llegó hasta mí.