08 noviembre 2020

Neblina para dos

Ayer sembramos seis robles australianos (Grevillea robusta). A Diana le encantan. Siempre que íbamos subiendo el camino de la cabaña, me echaba en cara que aún no teníamos ninguno. Los busqué por años en todos los viveros de zona hasta que por fin di con ellos en el Puerto del Tarro.
Quintas del Bosque, el desarrollo inmobiliario donde está la Loma de Thoreau, posee cinco bosques. Cada bosque lleva el nombre del árbol que predomina en sus vías internas: Caribea (Isla de Pinos y Pinar del Río se llaman así por él), Grevillea, Ciprés, Araucaria y Occidentalis (el nuestro).
En una esquina donde no se nos dieron unos cipreses (por el exceso de humedad) plantamos los robles. Si les gusta el terreno, crecerán rápidamente hasta alcanzar una altura de hasta de 35 metros. Sus hojas dentadas, que se asemejan mucho a la fronda de los helechos, crearán una hermosa música cuando sople el viento.
Poco después de sembrar los robles, comenzó a llover. La montaña pareció entender que necesitábamos su ayuda para que prendieran. La neblina, llegó poco después. Entonces abrimos una botella de vino y nos sentamos a escuchar el sonido de la lluvia cuando cae sobre el techo de zinc.
—Todavía nos caben dos más —me dijo Diana.
—Sí, todavía nos caben dos más —le respondí.
—Vamos a buscarlos mañana temprano —me propuso.
—Sí, vamos mañana temprano.
Más allá de las dos copas de un Rioja que nos encanta, la neblina estaba servida por el resto de la noche.

06 noviembre 2020

Dice Michel Houellebecq

Dice Michel Houellebecq que el hombre no está hecho para ser feliz en forma permanente. De la misma manera que creo que ya fui lo suficientemente vegetariano en mi otra vida (en Cuba, quiero decir), pienso que he sido lo suficientemente infeliz como para no intentar la felicidad de ahora en adelante.
Cada día encuentro razones más poderosas para encerrarme en nuestra Loma y olvidarme de lo que pasa en el “llano”. El mundo actual es tan patético y ridículo que me da pereza hasta tratar de entenderlo. Estoy harto de los justos, de los correctos, de los diversos y de todas esas siniestras trampas que nos tienden a diario con su superioridad moral. 
Como no puedo contener mis inclinaciones incorrectas y mi animadversión por la dictadura de los buenistas y de los que siempre están en lo cierto, me aíslo monte adentro. Los árboles, las aves del monte y la neblina que nos visita de ven en cuando me parecen los mejores vecinos a los que puedo aspirar.
Es viernes y llueve a cántaros. Pero no se preocupen, sé perfectamente a quién acudir.

05 noviembre 2020

Insilio

Mi hija Ana Rosario vive lejos. A veces, cuando Madrid hace que extrañe a su padre, registra en los rincones de su laptop para sorprenderme con un regalo. Hoy me hizo llegar esta foto que ni siquiera sabía que existía. Ahí estamos mi madre, ella y yo, en los primeros años de nuestra vida dominicana.
En mi casa, allá en la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, teníamos una tradición. Si se cocinaba algo rico, se le guardaba un poco al ausente. Los viernes, al volver de la beca, encontraba en el refrigerador pequeñas cantidades de las delicias que Atlántida había cocinado durante la semana.
El día que nos planteamos ese viaje sin regreso que es el exilio, mi única condición fue siempre que mi madre viniera con nosotros. Tenerla conmigo desde el principio, me dio unas fuerzas increíbles para empezar de cero. Nada de eso lo supe en aquel momento, al cabo de los años es que uno reacciona y lo advierte.
Entre 2004 y 2006, tuve que irme a trabajar fuera de Santo Domingo. Volvía los viernes en la tarde y, como en los viejos tiempos de la beca, encontraba en el refrigerador pequeñas cantidades de las delicias que Lérida había cocinado durante la semana. Eso, solo eso, me hacía sentir en casa.
La foto que me envió Ana Rosario es en el cuarto de servicio del primer apartamento que tuvimos. Estaba junto a la cocina y, como no teníamos empleada, lo usaba como estudio. A veces,  mientras Lérida preparaba el almuerzo, me llevaba una cuchara para que probara.
Cuando tienes la posibilidad de seguir disfrutando de las comidas de tu madre, no estás del todo en el exilio. De alguna manera sigues habitando ese espacio esencial del que saliste. Mi hija Ana Rosario vive lejos y hoy, después de extrañar a su padre, me mandó una foto de los primeros años de nuestro insilio.

03 noviembre 2020

La muchacha con la que volví a Cuba

—El año que viene cumplimos 10 años —me dijo Diana después de pasarse un rato mirando a la luna llena. 
Acabé el último sorbo de ron que quedaba en el vaso y le di un abrazo. Como suelo hacer en esas circunstancias, llevé mi nariz lo más cerca posible de su cuello. Ese olor me gusta más que es el de la hierba recién cortada (¡que es mucho decir!). Ya hace 9 años que conocí a la muchacha con la que volví a Cuba. 
Yo era un rompecabezas que cada vez perdía más piezas y ella solo quería rearmar su vida. En el andén de la estación del Paradero de Camarones (20 de septiembre de 2011, 2:36 p.m.) ella empezó a encontrar los pedazos de mí que faltaban. En el andén de El Cristo (25 de septiembre, 12:09 p.m.) decidimos rearmarnos.
Luego, en una montaña de la Cordillera Central dominicana, hemos ido construyendo lo que ella tanto extrañaba de la casa de su abuela en Alto Songo y el lugar con el que siempre soñé en El Escambray. Tabla a tabla, árbol a árbol, hemos ido viviendo la vida que imaginamos.
Ahora solo esperamos la edad del retiro para pasar la mayor parte del año en la Loma de Thoreau. Creemos que, aun si Cuba se liberara hoy, ya estamos muy viejos para volver a empezar de cero. Reconstruir esa larga extensión de ruinas tomará décadas y nosotros no tenemos tanto tiempo.
—El año que viene cumplimos 10 años —me dije a mí mismo, después de servirme el segundo 1888. Bruce Springsteen estrenaba para nosotros “Letter To You”. La luna llena colgaba ya del último pino y un olor, que me gusta más que el de la hierba recién cortada, se fue acercando lentamente.

01 noviembre 2020

El monasterio cisterciense

Muy cerca de la Loma de Thoreau,
cruzando el arroyo Cercado,
hay un monasterio
que pende de una montaña.
En un punto que el sol
apenas alcanza
comienza el silencio del día.
Muy temprano en la mañana
y justo antes de que anochezca,
los monjes hacen sonar
sus campanas.
Llaman a callarse en un lugar
donde el sonido crece silvestre,
como esas flores que se marchitan
de solo tocarlas.

Hace unos días acompañé
a Diana al monasterio.
Uno de los monjes salió
a saludarnos.
Compartimos unos minutos
de silenciosa conversación.
Como campanas,
replicamos
nuestro mutismo
por la ladera de la montaña.
En el camino de regreso,
la luz de la tarde
reproducía su estruendo
a nuestro paso.
El día, ya apagándose,
se marchitaba de solo mirarlo.

Un campo lleno de cuerpos


Hoy en la mañana, ya junto al fuego
que encendí para que trajeras
a la mesa el primer día de noviembre,
supe que soñamos lo mismo.
Mientras los perros y la neblina
velaban por nosotros,
pasamos a través de un campo
lleno de cuerpos
que aún no logramos identificar.
No sabemos exactamente
dónde estuvimos,
pero ya estamos claros
de que se trató de una oscuridad
que compartimos mientras el viento
movía las cortinas que hay
en la cabecera de la cama.
Sea lo que sea, me alivia
estar de regreso
a tus manos pequeñas
y a este bosque
donde una larga mañana
recién acaba de empezar.
Ya no me asustan las pesadillas
si al final descubro que sigo a tu lado.