15 abril 2019

El pozo de Felo López

La casa de familia de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones tenía un pozo. Fue construido en 1914. Los ingenieros de la Cuban Central Railways acertaron un manantial de gran caudal. Por eso nunca, ni siquiera en las peores sequías, se secó. 
Pero a mi abuelo Aurelio no le gustaba el agua. “Ahí abajo hay un tipo de roca que le da un mal sabor”, decía como excusa. Por eso prefería llenar la tinaja con el agua del pozo de Felo López, que también había sido construido por la Cuban Central, en la casa que originalmente fue del Reparador de Vías.
Justo al lado del brocal, creció una ceiba. Cuando yo era niño, ya era el árbol más alto del pueblo. Mi abuela Atlántida, que conocía a Aurelio como nadie, siempre supo cuál era la verdadera razón: “Es por la ceiba. Las raíces mantienen el agua fría fría, como si estuviera en un Frigidaire”. 
Cada vez que el cielo del Paradero de Camarones se cerraba, mi abuela revisaba la tinaja. “Hay que ir a casa de Felo antes de que empiece a llover”, advertía. De niño, me encantaba acompañar a mi abuelo. Aunque él cargaba los cubos, me dejaba llenarlos. Eso hacía que me creyera muy importante.
Mientras yo bombeaba, los ancianos recordaban la época de oro del Ferrocarril, del Paradero de Camarones y del país. En cada una de aquellas conversaciones aprendí algo. Prestaba tanta atención, que a veces me entretenía y mi abuelo tenía que alertarme: “¡Cambia el cubo!”. 
Un querido amigo de la infancia, Rigoberto Aguiar (El Chiqui), volvió al Paradero de Camarones recientemente. Le pedí que fuera a casa de Felo López y averiguara si el pozo aún existía. Cuando volvió a Naples me envió una foto. ¡Todavía tiene la misma bomba!
Hace unos días, el cielo de Santo Domingo se cerró y fui a revisar los botellones. “Hay que pedir agua al colmado antes de que empiece a llover”, dije. Diana me miró desconcertada y se encogió de hombros. Ni yo tenía conciencia de ese reflejo condicionado. 
La culpa es del tipo de roca que hay debajo de la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, pensé.  

13 abril 2019

Martí fija el rumbo

Hace 19 años que vivo en República Dominicana. Entre Santo Domingo y una loma con vistas al valle de Jarabacoa, se han ido volando mis 6.708 días en esta media isla. Me cuesta creer que ya he estado aquí más tiempo que en el Paradero de Camarones y casi el doble que en La Habana. 
En todos estos años, nunca me he separado de los Diarios de campaña de José Martí. Por esos apuntes llegué al Cibao y conocí a su gente incluso antes de verlo en persona. Infinidad de veces me ha sorprendido el amanecer entre Santiago y La Vega. Cada vez que eso ocurre, la descripción de Martí se impone a la mía.
Entre el 14 de febrero y el 17 de mayo de 1895, mientras convocaba cubanos, preparaba una guerra y se incorporaba a la acción en la manigua, José Martí escribió lo que para Guillermo Cabrera Infante (y para mí, por supuesto) es “su obra maestra absoluta”. 
Esas casi 100 páginas de pequeños y apresurados apuntes contienen la mejor obra literaria escrita en Cuba en el siglo XIX. En una sola línea escrita el 9 de abril, “Lola, jolongo, llorando en el balcón. Nos embarcamos”, comienza la literatura cubana del XX.
Cuando Diana Sarlabous y yo alquilamos el primer espacio que compartimos, colgué un fragmento de los Diarios en la pared. Corresponde al 10 de abril. Como estamos por esos días, lo compartí ayer en Facebook:
“Salimos del Cabo —Amanecemos en Inagua. —Izan el bote. Salimos a las 11. Pasamos rozando a Maisí y vemos la farola. Yo en el puente. A las 7 ½, oscuridad. Movimiento a bordo. Capitán conmovido. Bajan el bote. Llueve grueso al arrancar. Rumbamos mal. Ideas diversas y revueltas en el bote. Más chubasco. El timón se pierde. Fijamos rumbo. Llevo el remo proa.”
“Es una secuencia cinematográfica, a puro plano cortado”, escribió José M. Fernández Pequeño en un comentario. ¿Son los Diarios, también, nuestro primer guión de cine?, me pregunté al leerlo. Ha empezado a amanecer en el Cibao. Miro el valle y acabo en una línea de Martí: “y era un bien de alma, suave y profundo, aquella claridad”.
Una vez más, la descripción de Martí se impone a la mía, fija el rumbo.

09 abril 2019

El Comején promete carne de avestruz, jutía y cocodrilo

El comandante Guillermo García Frías es un hombre de pocas comparecencias y todavía menos palabras. Aunque siempre fue una de las cinco figuras principales de la dirigencia cubana (junto a Fidel, Raúl, Almeida y Ramiro), rehuyó de cámaras y micrófonos.
Cuenta la leyenda que, en los festejos por el triunfo de la revolución, alguien le dio a probar whisky. Después de hacer una mueca, escupió la bebida. “¡Esa mierda sabe a madera!”, dijo mientras se limpiaba con su traje verde olivo. Esa afirmación le costó que años después lo bautizaran como El Comején.
Además de su predilección por los destilados escoceses, se sabe muy poco de él. Hombre de campo, prefirió la cría de gallos finos al protagonismo. Por eso en la mayoría de las fotos en la que aparece, casi siempre está escuchando y nunca hablando.
Eso hace que resulte más extraña aún una reciente comparecencia suya, donde expone un ambicioso plan que lleva a cabo.  “La jutía tiene una carne con un nivel de proteína superior a todas las carnes. El cocodrilo igual. Estamos cultivando también el avestruz. Esta ave produce más que una vaca”, explica. 
“Parece mentira. Pone 60 huevos y se gozan 40 pichones. Esos 40 pichones al año tienen 4 toneladas de carne, a 100 kilos cada pinchón”, abunda. Al igual que su Comandante en Jefe, García Frías se resiste a tener una vejez ociosa y le promete a los cubanos carne de sus singulares granjas. 
El Comején dejó de comportarse como un avestruz y ha sacado la cabeza. Aunque todo parece ser fruto de la senilidad, no luce tan descabellado como las últimas ocurrencias de Fidel. Cualquiera de esos animales sabe mejor que un plato de moringa.

08 abril 2019

“Kitipún”, los desconcertantes latidos del corazón de Juan Luis

El jueves pasado me encontré con Alfonso Quiñones, ese querido poeta que siempre tiene un chiste inteligente o una frase demoledora para soltar en el saludo. Él fue quien me anunció que ese mismo día saldría “Kitipún”, el primer single del nuevo disco de Juan Luis Guerra.
A propósito, nos pasamos un largo rato hablando de la obra de Juan Luis, de lo que representaba para nosotros —de manera individual— y de su incontestable universalidad. Los dos coincidimos en que Ojalá que llueva café (1990) y Bachata rosa (1991),son dos de los más grandes discos grabados en el Caribe hispano jamás.
“Son el Pedro Páramo y El llano en llamas de nuestra música”, afirmó Quiñones (a los cubanos nos encantan escandalizar con las analogías) y yo estuve totalmente de acuerdo. Lleno de ilusiones, al cabo de tantas obras tan inmerecidos para el artista, nos frotamos las manos en espera de “Kitipún”.
Cuando por fin cayó en mi pantalla el video, me pasó lo mismo que con la mayoría de las producciones recientes de Juan Luis. En la medida que avanza el tema, me voy desesperando. Me angustia que ya no esté ahí el artista que tanto admiro y al que tanto le debo.
Aquel hombre que antes llegaba por sus propios pies y con toda naturalidad a la esencia de la identidad dominicana, para sacar de allí versos y ritmos que definen a varias generaciones; ahora parece viajar en un artefacto que va en reversa. ¿Será que mira a su alrededor por un espejo retrovisor?
Ninguno de los recursos del pasado funciona en “Kitipún”. Es como si uno asistiera a un espectáculo de magia del que ya se sabe todos los trucos. Es muy probable que sea un éxito, tanto el single como el álbum (con esa única intención parece estar hecho). 
Pero ya solo es la voz y el sonido del genio, falta la esencia que lo hizo imprescindible en nuestras vidas. Mario Dávalos compartió hoy en la mañana un texto que acaba con un deseo: “Ojalá que vuelva Juan Luis”. Después de oír los desconcertantes latidos de “Kitipún”, a mí me bastaría que no se siga alejando.

05 abril 2019

Alberto Cortez me enseñó a ser cursi

No valoré los días de radio junto a mis abuelos, en las noches sin luz del Paradero de Camarones, hasta que estuve cerca de cumplir los 20 años. Solo entonces asimilé danzones, trovas y todos esos ritmos de la Cuba del ayer que llevaba por dentro. 
Hasta que eso no sucedió, solo un artista logró que mis gustos y mis oídos se entendieran con los gustos y los oídos de los mayores. Por mucho tiempo creí que solo Silvio, Pablo o Serrat eran capaces de componer grandes canciones. Mi postura al respecto era tan radical como ingenua y —sobre todo— ignorante.
Fue entonces que Alberto Cortez me hizo cambiar de parecer. Vestido de traje y corbata (lo cual, para mí, era una inequívoca señal de decadencia) y con los mismos gestos de los cantantes del pasado, decía cosas conmovedoras, tanto para mis abuelos como para mí. 
Más que a Vallejo, Villena, Guillén, Machado o Miguel Hernández, los versos que aquel argentino cantaba y recitaba, parecían tangos o boleros. Con una sagacidad, hasta entonces desconocida para mí, era capaz de complacer tanto a los conservadores como a los revolucionarios (sigo hablando de música, eh).
Un día le comenté todo eso a Raúl Eguren (un querido maestro de la Escuela Nacional de Arte y un inolvidable actor del teatro y el cine cubano). “Tendrás que estar siempre agradecido de Alberto Cortez —me dijo—, porque te liberó de muchos prejuicios absurdos y te enseñó a ser cursi”. 
Hoy lo he buscado en Google Map y todavía está ahí. En la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones, en el límite del patio, donde termina la casa, hay un árbol que plantamos mi madre y yo. Ahora es un enorme eucalipto, pero en algún momento fue apenas una rama.
Gracias, Alberto Cortez, por todo lo que te debo. A mí también se me ha ido un amigo.

02 abril 2019

Un mar de cañaverales

Vivir durante toda tu infancia en una estación de trenes te hace diferente. Las cosas a tu alrededor siempre están en movimiento (llegan, se van o pasan), mientras tú permaneces en el mismo lugar. También te hace reconocer a los pueblos de otra manera.
Yo, por ejemplo, medía su tamaño por la cantidad de cambiavías. El mayor error de cálculo que cometí fue con Esperanza. En mi cabeza no cabía que un pueblo con tres estaciones (Esperanza Cuban Central, Esperanza Unidos y Esperanza Norte) fuera más pequeño que Ranchuelo, que solo tenía una.
Uno de los momentos más emocionantes de mi infancia fue el día que mi abuelo Aurelio me llevó a ver el cambia vías automático que había en Cherepa. Tanto los trenes que circulaban por Línea Sur como los que venían por la de Santa Clara, podían seguir para Cienfuegos sin tener que tocar las agujas.
Aunque Cherepa era un páramo rodeado por un mar de cañaverales, ese solo artefacto me hacía verlo como un lugar muy importante. Hace dos años, viajé con Diana Sarlabous a Saint Louis, Missouri. No perdí la oportunidad de conocer Union Station, la más grande y concurrida del mundo en la época de oro del ferrocarril.
Caminé por los andenes, crucé las carrileras, me subí a los vagones en exhibición, toqué los antiguos cambiavías. Recordé mucho a mi abuelo. Me hubiera encantado hacerle saber que por él estaba allí. Pero mentiría si les dijera que me emocioné tanto como el día que él me llevó a Cherepa.
Ver al Budd de La Habana seguir de largo para Cienfuegos, sin tener que cambiar las agujas, oír el trac trac de las ruedas y apreciar el trayecto de aquella bala plateada hasta que se perdió de vista, fue una experiencia inigualable. En Saint Louis me faltaba algo, quizás un mar de cañaverales.