18 diciembre 2011

Chico & Rita, una canción inolvidable*

Con Chico & Rita, Fernando Trueba por fin pudo exorcizar todos los fantasmas que el latin jazz le metió en la cabeza. Como algunos de sus protagonistas estaban muertos y su principal escenario irreconocible, le pidió a Javier Mariscal que los dibujara.
Solo así fue posible que La Habana volviera a ser La Habana sin tener que irse de La Habana. Solo así, Bebo Valdés pudo reencontrarse con Chano Pozo y Dizzy Gillespie sin tener que irse de este mundo. Lo demás, es una historia que ya no sabíamos de memoria, pero que nunca habíamos podido ver pasar en una pantalla.
Si Chico & Rita se hubiera hecho de cualquier otra manera, no sería esa película inolvidable que queremos repetir una y otra vez, como las canciones que más nos gustan, esas que tarareamos de manera inconscientes o que nos vienen a la cabeza incluso cuando ya se nos han olvidado.

*Mi querido Antonio José Ponte me pidió estos tres párrafos para el dossier "Lo mejor de tu año" de Diario de Cuba, donde debía recomendar un libro, una película o alguna música que me hubiera apasionado en algún momento de 2011.

13 diciembre 2011

Cada vez que caía la tarde

En la Cuba de los 80 la mayoría de las etiquetas eran horribles. El diseño gráfico de la Isla, que durante los 50 y los 60 gozó de tanta riqueza, acabó empobreciéndose de una manera insoportable a finales de los 70. Ese ron es de esa época.
Cada vez que caía la tarde, mi padre iba hasta la bodega más cercana y compraba un “sábado corto” o, si aún estaba cerca el día del cobro, una “piquilarga”. El primer trago se iba de un tirón y bajaba quemante, acompañado de un largo gesto que terminaba en un escalofrío.
Gracias a todas aquellas botellas de Ron Decano, me enteré de cosas y casos inimaginables. Con apenas dos tragos, Serafín se enardecía y no paraba de hablar. Durante un período de tiempo, que nunca se extendió por más de dos horas, se convertía en el hombre más simpático del planeta.
Luego, sin previo aviso, se tornaba denso y malhumorado. pero al final, afortunadamente, caía rendido. En la medida en que comencé a descubrir las etiquetas de los destilados más famosos, la de Decano se fue tornando más y más fea. Pero el día en que volví a dar con ella, en el Museo del Ron de La Habana, me produjo una alegría increíble.
Ese rectángulo de papel amarillento entraña demasiados recuerdos que quisiera no olvidar. Resulta curioso que todos empiezan en el mismo espacio y a la misma hora: en la Cuba de los 80, cada vez que caía la tarde.

Un inexplicable deseo*


A Sigfredo Ariel

La Habana era una ciudad para sentirse macho.
La madrugada de La Rampa
y las hileras de árboles que se encendían
con el impulso de las bicicletas,
le empavesaban el cuerpo
con agua de colonia.
Entonces era relativamente fácil
convencer a una de aquellas muchachas
que abrían las piernas
como si pelaran naranjas o tendieran sábanas al sol.

La Habana era una ciudad para andar suelto
y compartir las novias con los amigos,
después de pedirle a un tercero
que las dejara desnudas
en un parque, en un portal, en una funeraria
o en el andén sin luz
de alguna estación abandonada.

La Habana era una ciudad sofocada en alcohol
de la que aún no se había marchado nadie.
Ninguno de nosotros sabía a ciencia cierta
cómo gravitaban los atardeceres en Long Beach,
las tormentas de arena en Puerto del Rosario
o esa lluvia finísima que hiere los ojos en Dublín.

La Habana era una ciudad para sentirse macho,
aunque algunas noches,
sin importar la Luna que fuera,
un inexplicable deseo le haciera cambiar de idea.
En honor a la verdad
ocurría en contadas ocasiones,
pero siempre de la misma manera:
Se zafaba el cinto y daba la espalda
después de besar como una mujer
el final de una frase muy sórdida.
Entonces,
con mucha paciencia,
se relajaba para evitar el dolor,
como si pelara naranjas o tendiera sábanas al sol.

*Este poema está inspirado en otro poema (mucho mejor que el mío) que Sigfredo Ariel publicó en  el número 4 de la revista Amnios. Esa es la razón de la dedicatoria.

06 diciembre 2011

Luisito

A Luis Alberto García lo conocí la noche en que Carlos Varela estrenó “Memorias”. Fue en la antigua casona de El Caimán Barbudo, donde un grupo de jóvenes creadores habíamos sido convocados por Bladimir Zamora para compartir versos y trovas (recuerdo también a Carlos Javier Bello, Norge Espinosa, Teresa Melo, Sigfredo Ariel y Ramón Fernández Larrea).
Allí advertí que Luisito no solo lloraba en las películas. El final de una buena canción o un verso demoledor también podían hacer que se le salieran las lágrimas. Luego coincidimos en muchos sitios, “con licores y damas, más de eso quien se acuerda”. Creo que la última vez fue en Bauta, en casa de Emilio Ichikawa.
Aunque estuvimos 10 años sin vernos, nunca dejaron de llegarme noticias suyas. Jamás perdimos el contacto, nunca faltaron los mensajes y el cariño. Poco antes de volver a Cuba, disfruté muchísimo la entrevista que le hizo Amaury Pérez en Con dos que se quieran.
Fue ahí, a través de la pantalla, que me reencontré con el Luisito que más yo extrañaba. El abrazo y el beso que nos dimos después, fue el pretexto para seguir compartiendo rones y ponernos al día. Justo en el programa de Amaury, él enumeró algunas cosas que lo hacen permanecer en su país.
Ya parece poco probable que Silvio y Pablo vuelvan a cantar juntos. Con todas las fuerzas de mi corazón, quisiera que Industriales nunca más gane un campeonato. Pero aún así, me gustaría que Luisito me esté esperando cada vez que yo vuelva a La Habana.
Es que ellos dos se entienden demasiado. A pesar de la gran diferencia de edad, parecen estar hechos el uno para el otro.

05 diciembre 2011

Los fotógrafos del Capitolio

A los guajiros  siempre nos exigían una prueba de que habíamos estado en La Habana. Por eso acabábamos parándonos delante de un fotógrafo ambulante. Frente a un sol irresistible, con el Capitolio de fondo, mirábamos fijo hacia una caja de madera que tenía un tubo negro en el centro.
El paisaje que rodea al celebérrimo escenario se ha desintegrado en los últimos 10 años. Al cascarón del teatro Campoamor le han crecido árboles en las paredes. El interior de otro edificio cercano, también en ruinas, se ha convertido en un cementerio de viejas locomotoras de vapor.
Los jardines que acaban por sumarse al Parque de la Fraternidad también están abandonados. La mala hierba se ha tragado a casi todas las plantas exóticas que la República sembró allí. Manadas de perros callejeros se pelean por las ofrendas que la gente deja en el tronco de las ceibas. Todo parece descomponerse, todo menos los fotógrafos.
Por más de medio siglo ellos no se han movido del lugar. Los rostros de todas las generaciones de cubanos han salido de allí en blanco y negro, impresos en una cartulina húmeda. Es cierto que los cuerpos comienzan a borrarse desde el mismo día de la instantánea, pero nunca desaparecen del todo. Siempre queda algo reconocible en cada uno de ellos.
Los fotógrafos del Capitolio son parte de la resistencia habanera. Ellos, como la ciudad, se aprovechan del milagro de la estática y se aferran a su lugar, sin tiempo ni espacio, tratando de que no se olvide lo que ya nadie recuerda.

El arte de brindar por La Habana

No es lo mismo ser escritor que comunicador. Aunque ambos trabajan con las palabras, las usan para fines muy distintos. El primero puede darse el lujo de hablar por sí mismo. El segundo, en cambio, no hace nada si no dialoga. En República Dominicana, durante estos diez años, he tenido el privilegio de vivir de comunicar.
Ese oficio lo aprendí con algunos de los mejores maestros que pueda haber. En las redacciones de los periódicos, en las oficinas corporativas y en las diferentes consultorías, he tenido la suerte de encontrarme con gente excepcional. Frente a ellos, siempre preferí hacer silencio para asimilar lo mejor posible sus más importantes lecciones.
Hace algunos años tuve la fortuna de conocer a Luis Concepción. Al cabo del tiempo nos hicimos amigos. Pero eso no hizo que dejara de verlo como un maestro del que aprendo algo cada día. Luis no puede vivir sin enseñar, lo hace a todas horas y con todos los que le rodean. Gracias a eso he cometido muchos menos errores y he logrado algunos aciertos.
33 años atrás, en el verano de 1978, Luis llegó a La Habana como parte de la delegación dominicana al XI Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes. Desde entonces, su amor por esa ciudad no para de crecer. No hay una conversación suya que no acabe paseando por el Malecón o busque la sombra de un árbol en el Parque Central.
La tarde que esperamos el anochecer en el Castillo del Morro, brindamos por muchas cosas. Por fin habíamos podido compartir un Brugal Extra Viejo bajo el cielo de Cuba. Mencionamos logros, proyectos y hasta sueños. Pero en el fondo los dos sabíamos que solo estábamos celebrando a La Habana, esa novia imposible que tendríamos que abandonar en las próximas horas.