05 marzo 2018

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BUZÓN DE QUEJAS Y SUGERENCIAS

Ayer Alejandro Aguilar me preguntó si veríamos los Oscars. Nunca he visto ni le hago caso a los Oscars, que me parecen los Giraloles Opina del cine. Evito que el espectáculo me deprima y terminar sintiéndome como si el Barça o las Águilas Cibaeñas hubieran perdido. 
En la tienda de iTunes hay una sección dedicada a los Oscars, donde se ofrecen casi todas las películas ganadoras. Es justo ahí donde encuentro menos cosas que me interesen. La muda y la claria (como Jorge Dalton bautizó a La forma del agua) se suma ahora a esa lista. Es imperdonable premiar a esa peliculita bonita teniendo al monumento de Dunkerke entre los nominados. 
Pero Guillermo del Toro ganó esos premios por las mismas razones que Jorge Luis Borges nunca ganó el Nobel. Fue un premio político, no artístico y la corrección política ya me tiene hasta los cojones. 
Nunca me interesará lo que dictamine la Academia, dejo esto en mi Buzón de Quejas y Sugerencias para explicarles por qué el año que viene ni ninguno por venir, perderé tiempo en esa bobería donde los premiados se tienen que llevar para sus casas un muñeco horrible y la duda de si en verdad lo merecen.


PEPE TRIANA

Murió José Triana (Hatuey, Camagüey, 4 de enero de 1931 - París, 4 de marzo de 2018). No pudo ver a la noche de Cuba libre de los asesinos.

01 marzo 2018

Odette Alonso: “Rara vez hablo de Cuba, no me interesa amargarme la vida”

Tengo un recuerdo idílico de la última vez que nos vimos. Fue la noche inaugural del BarTolo, un espacio que Bladimir Zamora, Omar Mederos y ella crearon en la Casa del Joven Creador de La Habana.
La principal excusa era rendirle homenaje a dos de los signos de identidad más imperecederos de Cuba: el son y el ron. Abría a medianoche, a la misma hora que, según Beny Moré, empiezan la vida y el amor.
Generoso Jiménez fue el primer invitado. Nos habló del Beny, de la Banda Gigante y de aquella Cuba que no alcanzamos a conocer. Cuando salimos a la Avenida del Puerto ya era de día. Seguramente nos dimos un abrazo de rutina, convencidos de que nos volveríamos a ver pronto.
Pero la Cuba en la que estábamos parados también se acabó de pronto, como la que nos había contado Generoso. Un día me dijeron que se había ido a México. Luego me enteré que no volvería. Gracias a las redes sociales nos saludamos casi a diario y nos mantenemos al tanto el uno del otro.
Pero nos debemos demasiados abrazos y rones. Esta entrevista se ha encargado de recordárnoslo. Con ustedes, Odette Alonso, una de las mejores escritoras de mi país y uno de los seres humanos más auténticos, honestos y buenos que he conocido.

Vives en México desde principios de los noventa. Ni las crisis, ni la violencia, ni los terremotos han logrado que te muevas a otro lugar. ¿Qué te ha atado a ese país por más de 20 años? 
26, para ser precisos. Creo que a veces no somos tan conscientes de lo que nos mantiene unidos a determinados sitios. Hace un par de años una médium, en plena consulta, me preguntó: ¿Alguna vez has pensado en irte de México? Le respondí que nunca y me dijo: Ni lo harás; tú tienes más que ver con México de lo que tú misma sabes.
Ésa es, tal vez, la respuesta más atinada.

Para los que nacimos y crecimos dentro de una dictadura, aprender a vivir en libertad acaba siendo un largo y difícil aprendizaje. Siempre he admirado la responsabilidad con la que tú eres libre. ¿Qué significa para Odette eso?
En México conocí la libertad, tal vez ésa es una de las razones más poderosas que me mantienen en este país. De sopetón y poco a poco, fui aprendiendo a tomar decisiones sin pedir permisos ni consultar ni preocuparme demasiado por lo que piensen los demás al respecto: si algo se llama libertad, es eso. En la vida como en la literatura.

Hace más de 20 años que no nos vemos. Para que no me tome de sorpresa el día que por fin nos reencontremos, ¿podrías advertirme qué se mantiene intacto de la Odette que conocí y qué ha cambiado radicalmente en ella?
Intactos, el humor, la risa, la picardía, el gusto por los buenos tragos y el amor por los amigos. Lo que ha cambiado es que rara vez hablo de Cuba, no me interesa amargarme la vida.

Sin embargo, vuelves a Cuba con cierta regularidad…
Cada diciembre llego a Cuba y me encierro en casa de mi mamá; a eso voy, a estar con la familia. En ocasiones coincido con algunos amigos de los que quedan allá y siempre es bonito reírnos y brindar.
Lo demás, comer frituras de malanga (que no hay en México), sentarme en el Malecón y sí, recorrer media Habana buscando las cosas que faltan en la casa o llevarlos a comer a los lugares que les gustan donde, por lo general, hay que zumbarse una cola del carajo.
Cuba, pues.

Aunque te comportas como una mujer joven y tienes una pareja joven, ¿qué ha significado para ti ver la vida desde la altura de los 50 años?
Es bonito llegar a esta edad, a la que antes veíamos ancianos a nuestros antecesores, y sentir que estamos bien.
Es como tener 30 a los 50. A mí me encantan los jóvenes, supongo que porque he logrado mantener ese espíritu, aprendo muchísimo de ellos y creo que vale más hablar de los goces de la vida que de la postmenopausia.
No me ha ido mal en la vida, la verdad. ¿Y sabes qué? Ahora mismo soy feliz.

26 febrero 2018

El sonido del silencio


Llegué a La Habana en septiembre de 1983. Llevaba 20 pesos en el bolsillo. “Te tienen que durar todo el mes”, me había advertido mi padre. En la Escuela Nacional de Arte tenía albergue, desayuno, almuerzo y comida. Con el carnet de estudiante podía entrar a todos los cines y teatros a mitad de precio.
Me daba el lujo de ir a la cinemateca y a los cines de ensayo con regularidad. Una noche que llovía muchísimo, me fui al cine Rialto, en Prado y Neptuno. Ya no recuerdo la película que vi, pero sí una pequeña tiendecita que había en el lobby. Aunque no tenía dónde escucharlo, no pude resistir la tentación de comprarme un disco. Gasté en él la mitad del dinero que me había dado mi padre.
Era una selección de temas de películas cubanas que incluía obras de Leo Brouwer, Juan Márquez, Sergio Vitier y Roberto Varela. Tenía un vago recuerdo de algunas de aquellas piezas y eso era lo que escuchaba cada vez que miraba la carátula del álbum en mi taquilla.
Cuando por fin tuve un tocadiscos, no podía parar de oír música a todo volumen. Durante muchos años, siempre hubo canciones sonando alrededor de mis horas libres. De un tiempo a esta parte, sin embargo, valoro cada vez más el silencio. He llegado al colmo de conducir largos trayectos donde solo oigo el sonido de los paisajes.
Diana y yo llegamos a la Loma de Thoreau el viernes en la noche. Gracias a un feriado, podremos quedarnos hasta el martes. En todos estos días no hemos escuchado nada de música. Preferimos sembrar, cocinar, leer, coser, escribir y caminar sin otro sonido que no sea el del bosque.
El Camilo que llegó empapado al cine Rialto y se compró un disco sin tener dónde escucharlo, se asombraría de toda la música que acumulo en mi iTunes. También sé que se sorprendería de que cada vez la escucho menos. Dirá que me estoy poniendo viejo y tendré que darle la razón.
He llegado a esa maravillosa edad en que uno aprende a oír el sonido del silencio.

25 febrero 2018

Pegapalo


Sentimos un pequeño golpe en los cristales más altos de la cabaña. Eso sucede muy raras veces, pero ya sabemos lo que significa. Nos asomamos a la terraza y empezamos a buscar entre los helechos. Diana por fin lo encontró. Era un pegapalo. Estaba vivo, pero muy aturdido.
Bajé corriendo para que Laika no le hiciera daño. No hizo nada para escapar. Era tan pequeño que me cabía en los cuencos de las manos. El Mniotilta varia es un visitante no reproductor de la Loma de Thoreau. Vienen desde Ontario, Montana, Texas, Alabama o las Carolinas.
Puede que esté aquí desde finales de agosto y es capaz de quedarse hasta principios de mayo, aunque la inmensa mayoría llega en octubre y regresa al norte en marzo. Hurga en los troncos en busca de arañas y pequeños insectos. Su nombre dominicano se lo debe a esa manía suya de andar pegado a las ramas.
Lo pusimos en la terraza, en un sitio donde pudiera levantar el vuelo sin dificultad. “¿Crees que se salve?”, le pregunté a Mario Dávalos por WhatsApp. De todas las personas que conozco, él es el único que podría responder esa pregunta con fundamento. “Sí, déjalo descansar —me respondió—. Dale agua”.
Fui a la cocina a buscar algo donde darle de beber. Cuando volví al sitio donde lo dejé, ya no estaba. Es muy probable que pase la noche no lejos de nosotros, en un matorral que está justo al lado de la cabaña. Ahí suelo observarlos al amanecer. En ellos me entretengo mientras el Bustelo sube.
“Es increíble que algo tan ‘frágil’ cruce un continente para pasar el invierno”, me escribió Mario al final de la conversación. Pronto volverá a Ontario, Montana, Texas, Alabama o las Carolinas. Lo único que me quedará de él son los segundos que lo tuve entre mis manos. Me cabía en los cuencos.