siguiendo el rastro de un artesano
que vendía gorros de piel,
dimos con un local
donde se exhibían
condecoraciones comunistas,
insignias, charreteras
y gorras del viejo ejército,
juguetes del “campo socialista”,
radios VEF y hasta una zunka
—un bolso militar soviético—
que estuve tentado de comprar.
Diana, molesta, me preguntó
si sería capaz de salir a la calle
con “eso tan viejo y feo”.
El vendedor, tratando
de convencerme, la abrió
para mostrármela por dentro.
—Tuve una —le aclaré.
—¿Cubano? —acertó
a preguntar.
No dijimos nada más.
Nos despedimos con un gesto
cómplice,
una especie de santo y seña
del pasado que compartimos
y que ahora él remataba
en una tienda de recuerdos.
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