En esa esquina de ese sofá vacío ocurre la mitad de una novela que acabo de escribir. Es sobre un hombre que tuvo una vida de novela: Aramís González Yero. Y, cuando se tiene un tío con ese nombre y se le dedica un libro, no se puede llamar de otra manera.
He vuelto dos veces a esta casa y las dos veces lo más difícil ha sido enfrentarme al sofá vacío. En esa posición —fue alzado, no se sentaba, se apostaba; no miraba, vigilaba— lo vi por última vez, oyendo en la radio noticias que lo hacían feliz o lo «recondenaban».
Solía sentarme con él a hacerle preguntas sobre su vida: su infancia en una de aquellas casas contiguas que tenían los Yero en el Paradero de Camarones, sus meses en el Escambray —a las órdenes de William Morgan, el comandante americano—, sus años de prisión, su salida de Cuba.
También le preguntaba por su exilio en la España de 1970, la travesía que hizo desde Costa Rica hasta la frontera de México con Estados Unidos, su vida en Miami, sus dos viajes al Mariel y todas las novias que tuvo que tener para poder darse cuenta de que Miriam era la mujer de su vida.
Ahora mismo estoy frente al sofá vacío. En la pantalla tengo una lista de preguntas que no alcancé a hacerle. Afuera, en el lugar de su Mercury, está el Volvo que alquilamos. Me río, imaginándome to
do lo que me hubiera dicho por aparecerme en su casa en carro sueco.
—¿No había un Ford en el lugar donde fuiste a buscar ese tareco? —me hubiera preguntado.Justo al lado del Volvo está el Mercury. Estoy seguro de que él lo extraña tanto como yo.
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