04 junio 2013

El muro interminable


Hace 114 años que los cubanos construyen el muro del Malecón de La Habana. El primer tramo llegó desde el Paseo del Prado hasta la calle Crespo y estuvo listo en 1902. En 1921, ya alcanzaba el Monumento al Maine (donde estaba el águila que fue derribada para poner la paloma que nunca mandó Picasso).
En la década de 1930 llegó hasta la Avenida de los Presidentes (el punto G del Vedado). Luego, entre 1948 y 1952, se extendió hasta la desembocadura del río Almendares. Sin embargo, al cabo de 8 kilómetros, nada indicaba que ese era su fin. Simplemente daba una vuelta en redondo y se esfumaba dentro de un túnel.
Cuando la revolución dividió a la familia cubana e impidió que sus ciudadanos viajaran con libertad, el muro del Malecón comenzó a tener un nuevo significado. Se convirtió en un cercado, en los balaustres donde los habaneros se aferraban para mirar el horizonte del mundo exterior.
61 años después de su última ampliación, los cubanos le han dado continuidad al muro del Malecón. Como en La Habana ya no se construye nada, prosiguieron 90 millas al Norte, del otro lado del Estrecho de la Florida, frente a la bahía de Biscayne.
El nuevo muro es usado para lo mismo. En el exilio también parece tener balaustres y en ellos se aferran los que están del otro lado. Un cartel prohíbe lanzar cenizas humanas sin antes consultar a uno de los sacerdotes de la Ermita de la Caridad. Incluso después de muertos los cubanos son retenidos por el muro.
Fue construido con la intención de que fuera un paseo marítimo, capaz de contener al mar en uno de los puntos más fiero. Pero se convirtió en una frontera, en un límite entre generaciones y generaciones de cubanos. Por eso aún se le construye. De un lado o del otro, el cercado prosigue.

03 junio 2013

Old Smuggler

Cada vez que abro una botella de algún destilado, dejo caer un pequeño chorro al suelo. Antes de hacerlo, recupero en mi cabeza los rostros de mi abuelo y mi padre. Ese sencillo rito, en honor a Aurelio y Serafín, es lo menos que puedo hacer por los dos hombres a los que más le debo.
Mi abuelo murió en 1987 y mi padre en 1993. Aún recuerdo sus voces y sus gestos. Gracias a eso, reconstruyo muchos recuerdos como si estuvieran sucediendo otra vez. Sin embargo, hay cosas para las que ellos ya no tienen respuestas. El mundo ha cambiado tanto, que primero tendría que ponerme a explicárselos. 
Mi tío Aramís se fue de Cuba en 1970. Yo tenía 3 años. Solo conservaba un recuerdo mío, dice que iba en pañales, caminando torpemente por el andén de la estación del Paradero de Camarones. No nos reencontramos hasta 40 años después. 
Desde entonces nos hemos visto con cierta regularidad. La suficiente para atar todos los cabos que quedaron sueltos cuando la familia fue dividida por los odios de una revolución. Aramís ha tenido una vida de novela que en algún momento quisiera escribir. 
De ella me entero fragmento a fragmento, cada vez que él pone al conjunto de Félix Chappottin a todo volumen y empieza a cantar como si fuera Miguelito Cuní. Entonces, va hasta una nevera que tiene en su terraza y saca una botella de Old Smuggler. 
Ninguna de las tantas veces que me he sentado a beber con Aramís, he dejado caer el pequeño chorro de destilado al suelo. Cuando estoy con él, Aurelio y Serafín me acompañan de otra manera. Ni siquiera necesito recuperar sus rostros en mi cabeza. 
Mi tío Aramís se fue de Cuba en 1970, pero jamás abandonó su mundo, ese que ahora me permite regresar al mío.

01 junio 2013

La bachata, por más que la ignoren


(Escrito para la columna "Como si fuera sábado", de la revista Estilos)

La bachata, por más que la ignoren, sigue siendo el sonido que más y mejor define a los dominicanos actuales. Si en el siglo XIX y en el XX el merengue fue el baile que delimitaba un concepto de nación en el lado oriental de la isla de la Española, el siglo XXI parece pertenecerle por entero a la bachata.
Nació en el campo y se crió en los rincones menos visibles y más menospreciados de las grandes ciudades. Hasta en eso se parece a la gente que representa. Nada retrata mejor a un dominicano actual que ese ritmo. Cuenta las historias que la mayoría prefiere repetir y saca de los bailadores sus signos más sensuales, honestos y enamorados.
Hace unas semanas se estrenó “Caribe Deluxe” en Bellas Artes. La obra, una coreografía de Marianela Boán, logra resumir en unos pocos gestos todo lo que significa la bachata para los dominicanos. No pocos caribeños también se verían reflejados en ese espectáculo que va directo a la esencia, sin disimulos ni concesiones.
Con una honestidad que estremece, Boán logra poner en escena, junto a las tragedias nacionales, el júbilo y la nobleza que el dominicano lleva consigo a donde quiera que va. Como en la bachata, la obra cuenta tristezas y alegrías, amores y desamores, silencios y estridencias.
Aunque Marianela es cubana, en esta obra piensa en dominicano. Escarba y escarba hasta dar con la raíz de una identidad que hace ya dos años la tiene fascinada. Justo por eso es que en la banda sonora de su espectáculo, concebida por el talentoso compositor costarricense Fabrizio Durán, la bachata juega un rol esencial.
En la Feria Cubadisco 2013, el más importante encuentro musical que ocurre en La Habana, el cantautor dominicano Víctor Víctor recibió el máximo galardón por su disco “Diez”, donde el creador cibaeño continúa explorando una forma de hacer bachata que ha merecido la complicidad de Joaquín Sabina, Joan Manuel Serrat, Silvio Rodríguez y Fito Páez, entre otros.
Llama la atención que, mientras eso sucede en Cuba, en Santiago de los Caballeros, la ciudad natal de Vitico, se han celebrado cinco ediciones del  Congreso Música, Identidad y Cultura en el Caribe (MIC) sin que la bachata merezca ser el tema central de ese trascendental evento.
El merengue, el son y la salsa, el bolero, el jazz, el folclore musical y danzario del Caribe… No cabe duda que esos son temas relevantes. Pero siendo República Dominicana la sede, merecía haber abordado una de las más auténticas y universales marcas que tiene el país: la bachata.
La próxima edición del MIC estará dedicada a la canción de autor. Los tres cantautores dominicanos más importantes, Luis Dias, Juan Luis Guerra y Víctor Víctor, también son bachateros por definición. Gracias a ellos, que tuvieron la valentía de ponerse del lado de los menospreciados justo cuando más se les menospreciaba, la bachata ahora también es poesía.
En las noches de Nueva York, Madrid, Roma, Londres, París, Tokio o Moscú hay decenas de miles de jóvenes que bailan bachata torpemente. Ellos darían cualquier cosa por saber moverse como un dominicano. Pero ese estado de gracia, que a veces resulta imposible de imitar, es la mayor riqueza que poseen la mayoría de los dominicanos que no tienen casi nada.
La bachata, por más que la ignoren, es uno de nuestros mayores valores. Incluso de los que la desprecian y se tapan los oídos, porque se resisten a admitir lo que son, todo por lo que admiran a su pueblo en el mundo.

29 mayo 2013

Una guerra fratricida


Renay Chinea definió los Play Off de la Serie Nacional de Béisbol en Cuba como una “guerra fratricida”. Villa Clara, Cienfuegos y Sancti Spiritus, los tres equipos que conformaban a Las Villas (el dream team de nuestra infancia) son los clasificados. Para colmo, el otro boleto lo obtuvo Matanzas, que es dirigido por Víctor Mesa, la Explosión Naranja, uno de los mayores iconos villareños.
De un tiempo a esta parte, en una esquina de Facebook, discuto de pelota con Renay, Amado del Pino y José Manuel Fernández Pequeño. Aunque estamos en cuatro esquinas muy distantes del mundo, nos juntamos todos los días a rescatar nombres, reconstruir hechos y a jugar a perder el tiempo de la manera que prefieren hacerlo los cubanos.
Hoy me despedí de ellos con una frase: “Los espero esta noche en la banda de tercera del Sandino”. Después que cerré el chat, caí en cuenta de que, tratándose de un juego entre Villa Clara y Cienfuegos, no sabría de qué lado sentarme.
Unos pocos meses antes de irme de Cuba, me invitaron, junto a Norberto Codina y César López, a ser jurado de un concurso literario en Santa Clara. Mientras César se quedaba en el hotel, hablando de poesía con los nuevos pinos, Norberto y yo nos escapábamos para el Sandino.
Hacíamos el trayecto a pie, sosteniendo conversaciones muy parecidas a las que ahora tengo con Renay, Amadito y Pequeño. Recuerdo que una de aquellas noches, cuando cruzábamos el túnel que desemboca en las gradas, le confesé a Norberto que ningún espectáculo, ni teatral, ni musical, ni de ningún tipo, me emocionaba más que el momento en que esa inmensa estepa verde aparece delante de uno.
Esta noche estaré frente al televisor, pendiente de todo lo que ocurra en esa guerra fratricida donde combaten los tres equipos de mi antigua provincia. Cada vez que la cámara enfoque a los espectadores, trataré de encontrarme, junto a Renay, Amadito, Pequeño y Norberto.
Allí los espero, les prometo que habrá espacio para todos. ¡Play ball!