Por primera vez desde el 19 de agosto de 2006, día en que publiqué el primer post, estuve dos meses sin decir ni media palabra en El Fogonero. Durante ese tiempo, los Venegas Sarlabous nos batimos cuerpo a cuerpo con el Covid y celebramos, según las posibilidades de nuestra salud, la Navidad y el fin de año.
31 enero 2022
De regreso a las palabras
Por primera vez desde el 19 de agosto de 2006, día en que publiqué el primer post, estuve dos meses sin decir ni media palabra en El Fogonero. Durante ese tiempo, los Venegas Sarlabous nos batimos cuerpo a cuerpo con el Covid y celebramos, según las posibilidades de nuestra salud, la Navidad y el fin de año.
15 diciembre 2021
Mal Tiempo
La maestra Mary y Claudio Yero cuentan la batalla de Mal Tiempo de maneras muy diferentes. Solo coinciden en que ese día cambió el curso de la Guerra de Independencia. Como las películas sobre los mambises siempre son en blanco y negro, yo también me imagino ese día sin colores.
Claudio ya está ciego, pero abre bien los ojos cuando recuerda el 15 de diciembre de 1895. “Los trenes andaban como locos para arriba y para abajo —dice siempre—. Oír aquellos pitazos de alarma y ver tantos cañaverales ardiendo le ponían a uno los pelos de puntas”.
La maestra dice que, a pesar de que los soldados españoles superaban ampliamente en número a los mambises, la capacidad estratégica de Máximo Gómez y el gran valor de Antonio Maceo en el campo de batalla fueron decisivos para la victoria de los cubanos.
Claudio Yero, sin embargo, cree que los libros exageran o mienten y asegura que todo no fue más que un crimen. “Ahí lo que había era un batallón de quintos que acababan de traer de Canarias —insiste—. Eran niños que lo soltaron todo y se mandaron a correr muertos de miedo. Los mambises los alcanzaban y los tasajeaban”.
Mi abuelo tiene un marcador en la página 207 del primer tomo de las Crónicas de la guerra, el libro de José Miró Argenter. Con lápiz de tinta subrayó “¡entró la nave en alta mar!”, la frase que dijo Maceo poco antes de que el corneta tocara a degüello. Ha leído tanto esa parte que se ha desencuadernado.
“Todo el terraplén está empedrado de cadáveres. En un reducido espacio yacen más de un centenar de hombres mutilados y la tendalera sigue por todo el camino de Mal Tiempo”, leo. Busqué tendalera en el diccionario: “desorden de las cosas que se dejan tendidas por el suelo”.
“¡Entró la nave en alta mar!”, dije empuñando el libro. Al tratar de dar el primer machetazo con él, se me fue de la mano y las hojas que se le han soltado salieron volando. Las recuperé todas, pero no me dio tiempo a organizarlas. Hay algunas al derecho y otras al revés.
La maestra Mary dio un punterazo en el centro del mapa de Cuba, muy cerca de Cruces, más o menos por donde deben de estar Mal Tiempo, la loma de La Rioja, el Paradero de Camarones y los Mangos de La Flora. A ella le encanta andar con el puntero en la mano, incluso cuando no lo necesita.
—El combate de Mal Tiempo, que como ustedes saben ocurrió muy cerca de aquí —nos dijo—, tuvo un alto costo para los españoles, quienes perdieron a 147 hombres contra solo cuatro de los cubanos. Gracias a esa aplastante victoria de los mambises contra el ejército colonial, la guerra se extendió al occidente.
Claudio Yero siempre dice que ese día la historia pasó por la puerta de su casa. Él y Pequeña, la madre de Aurelio, vieron a la columna de hombres acercarse por el camino de la loma de La Rioja y salieron a esperarla. Máximo Gómez inclinó la cabeza y se tocó el ala del sombrero para saludarlos. Maceo miraba para otra parte.
“Después de los hombres uniformados, empezaron a pasar harapientos y al final negros desnudos —me contó mi bisabuelo—. Yo le dije a Pequeña que entrara para la casa, pero esa mujer era muy rebencuda. Iban con los machetes embarrados de sangre. Así mismo pelaban las cañas y se las comían. Un negro llevaba el brazo que le habían cortado y la cabeza del que se lo cortó”.
Cerca de la casa de Claudio y Pequeña, según cuenta, había un corte de caña del ingenio Hormiguero y un ferrocarril portátil llegaba hasta él. Después de coger todas las cañas que quisieron, los negros que iban al final de la columna volcaron los pequeños vagones y les prendieron fuego.
Mi bisabuelo recuerda que un oficial ordenó que no tocaran la casa y se quedó mirando a Pequeña, esperando a que ella le diera las gracias. Pero mi bisabuela no lo hizo. Con las manos entrelazadas en la espalda, temblando de frío y envuelta en una nube de polvo, se mantuvo parada hasta que pasó el último hombre.
“Yo no me fijé en el caballo de Maceo, pero supongo que era el famoso caballo blanco —dice siempre—. El de Gómez era inmenso y mantenía el paso con una elegancia que jamás he vuelto a ver en una bestia. A la legua se veía que aquel era el mejor caballo de la tropa”.
Como ya está ciego, dibuja en el aire las cosas que va diciendo. Con sus brazos fue describiendo al caballo. Por eso supe que tenía una cola larguísima. A la mañana siguiente fue al pueblo a dar el parte de los vagones quemados. Entonces se enteró que habían acampado en La Flora y que la zafra, que aún estaba por empezar, ya se había acabado.
“Ese día ardieron muchas fortunas por aquí —repite—. La mayoría de los ingenios desmontaron sus máquinas y lo dieron todo por perdido. No molieron ni Hormiguero, ni Andreíta, ni San Agustín, ni San Francisco, ni Dos Hermanos, ni Santa Catalina, ni Parque Alto, ni San Lino… Aquello fue el fin del mundo”.
Durante la clase sobre Mal Tiempo, la maestra Mary nos prometió que haríamos una visita al Monumento. Caminaba por toda el aula blandiendo el puntero con si fuera un machete. Ella trataba de que nos imagináramos a la caballería mambisa, pero muchos estábamos más pendientes de su cara y de sus senos que del ataque del ejército libertador.
Claudio Yero, además de quedarse ciego, tuvo gangrena en una pierna y se la amputaron. Ya no se levantaba de la cama, pero todavía tenía a mano las botas y el machete. Cada vez que le hacíamos la visita, se enderezaba y pedía que le alcanzaran el sombrero para inclinar la cabeza y tocarle el ala.
Como tenía más de cien años, la memoria le había empezado a fallar. A veces olvidaba el nombre de algunos de sus hijos y no reconocía que se había quedado ciego. “Ahorita, cuando me despierte —decía con los ojos apretados—, voy a ir al patio a tumbar unas guayabas para que Atlántida te haga una mermelada”.
Después tanteaba el aire en busca del machete y las botas. Le ponía de muy mal humor verse desvalido. “¿Yo te he contado que tuve delante de mí a Máximo Gómez y a Antonio Maceo? —me volvía a preguntar—. Ese día la historia pasó por la puerta de mi casa”.
Igual que las páginas desencuadernadas del libro, algunos recuerdos le salían al derecho y otros al revés. No siempre lograba terminar los cuentos. Poco a poco se iba hundiendo en el bastidor hasta que empezaba a roncar. Entonces Aurelio y yo salíamos de su cuarto tratando de no hacer ruido.
—Aquello fue el fin del mundo —le oímos decir un día, entre ronquidos y ronquidos.
11 diciembre 2021
How I Met Your Mother
Una amiga me preguntó cómo lo estábamos pasando. Le di la vuelta a la cámara del celular. Cuando María vio su rostros demacrado en la pantalla, se tapó la cabeza. Ya yo había apretado ese círculo que hace la función del obturador. Hoy, al repasar las fotos de aquellos días, di con ese momento.
07 diciembre 2021
Dark Side
03 diciembre 2021
Uno de los Villalobos
28 noviembre 2021
La linterna de Angelina
(Fragmento de la novela Atlántida)
“¡Cum cutá cotocotico cocoteco toco tum cutá cotocotico cocoteco toco tum!”, repetíamos todos. Emocionados, saltábamos en los asientos. Mientras, el director seguía dándole instrucciones a los músicos. Después que el baterista se quedó haciendo “¡Cum cutá cotocotico cocoteco…”, le dijo al del bajo lo que tenían que hacer.
Luego al guitarrista, el pianista, el flautista, el clarinetista, el del fagot y el del violonchelo, a quien regañó fuertemente. Cada vez que El Hombre Orquesta venía al Paradero de Camarones, el cine se abarrotaba. Aunque ninguno de nosotros sabía francés, tarareábamos perfectamente junto a Louis de Funes.
Era tanta la algarabía que acabábamos provocando, que la luz de la linterna de Angelina se pasaba toda la película recorriendo el pasillo del cine para arriba y para abajo. Carlos el de Pascualita, el Chiqui, el Venao Ortega, y yo nos sentamos esta vez en la primera fila.
—Si no se tranquilizan —nos amenazó la acomodadora—. Se lo voy a decir a Chena.
—¡Angelinaaa! –se oyó a alguien desde el medio del cine— ¡Alumbra la última fila!
Estalló una carcajada general que los que estábamos adelante no entendimos. El Chiqui conmigo y Carlos el de Pascualita con el Venao, imitamos la coreografía que hacen con las cabezas el Hombre Orquesta y el que está grabando la música en una cinta. Lo hacemos igualito.
Juana Granados y Marita salieron un momento al pasillo del cine para bailar el principio de la coreografía. Pero se tuvieron que sentar enseguida porque la luz de la linterna ya venía a toda carrera para tratar de darles alcance. Nadie las denunció, todos guardaron silencio.
—¿Quiénes eran las que estaban bailando? —volvió a preguntar.
—¡Angelinaaa! –se oyó otra vez a alguien— ¡Alumbra la última fila!
Estalló otra vez la carcajada general y nosotros seguíamos sin saber qué pasaba. El Venao no pudo más y se puso de pie para ir a averiguar.
—¡Idalberto Ortega, siéntese! —se oyó a Angelina desde el final del cine.
El Venao agachó la cabeza y volvió a su lugar, pero no se dio por vencido. Le preguntó al que estaba detrás, quien se encogió de hombros y le preguntó al de más atrás. Así estuvieron hasta que alguien supo y le respondió al oído al que estaba delante. La respuesta recorrió el mismo camino que la pregunta.
—¡Angelinaaa! –dijo el Venao poniéndose de pie— ¡Alumbra la última fila!
Esta vez no hubo una carcajada sino un murmullo general. La linterna se encendió justo al lado del Venao. Angelina había bajado con ella apagada para sorprender a los que estaban haciendo bulla. Le tuvo que prometer que se iba a portar bien y suplicar que no se lo dijera a Cheo, su papá. Angelina le dejó bien claro que esa era la última oportunidad.
Después de imitar a Louis de Funes haciendo la pantomima de coserse la boca, llegó el momento que todos estábamos esperando. Me atrevo a asegurar que Angelina fue la única que no participó en el coro de: ¡Piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaaaa!
En el mejor momento de la coreografía, la pantalla se empezó a poner blanca y una pequeña mancha oscura fue creciendo hasta que ardió y oímos cómo el rollo se soltó. “¡Efraín!”, le gritábamos todos al proyeccionista. La algarabía era tanta, que tuvieron que encender la luz de la sala.
Todos aprovechamos para mirar para la última fila. Ahí estaban el maestro Gustavo y Basilia abrazados y dándose un beso. “¡Míralo ahí, míralo ahí!”, gritó uno. “¡Ataja!”, gritó otro. “¡Eeeeeeehhhhhh!”, dijeron muchos. Avergonzada, Basilia se levantó y se fue. Gustavo le cayó atrás.
Al otro día, cuando llegamos al aula, nos encontramos que todas las persianas que daban para la calle estaban cerradas. Algunos intentaron abrirlas, pero el maestro Gustavo les gritó que no las tocaran. Eso no impidió que a cada rato pasara alguien cerca y gritara.
—¡Gustavo —decían—, ¡piti piti paaaaa!
La primera vez nos reímos todos. Pero el maestro nos dijo que el que se volviera a reír tendría que hacer quinientas líneas con la frase “debo portarme correctamente en clases”. Del próximo grito que oímos desde la calle solo se rio Tito Migollo, quien tuvo que bajar la cabeza hasta que se acabara la clase.
No fueron quinientas líneas sino mil, porque se siguió riendo con la cabeza entre los brazos. Cuando tocó el timbre, las hembras salieron del aula haciendo la coreografía del cuerpo de baile del Hombre Orquesta. “¡Piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaa, piti piti paaaaa!”, gritábamos todo, incluso Tito Migollo.


