| Tal como anunciaba la pantalla del coche 27 del Budapest-Praga, llegamos a Brno a las 3:41 de la tarde. |
09 abril 2026
No tengo imágenes de Brno
07 abril 2026
María cumple 20 años
| María retrata el puente de Carlos y el Moldava desde lo alto de la torre. |
Una noche, de las primeras que pasamos en la Loma, cuando aún no teníamos ni uno solo vecino en aquella montaña y la propiedad estaba sin cercar, Laika no paraba de ladrar. Eran pasadas las dos de la mañana y hacía mucho frío, pero decidí salir a ver qué pasaba.
27 febrero 2026
Incógnito por La Habana
Perdonen si no me ven aparecer por estos días, pero es que ando de incógnito por La Habana, tras las pistas que van dejando Ian Fleming, Norman Lewis, R. Hart Phillips y Ernest Hemingway, entre muchos otros personajes que reviven una ciudad que yo, francamente, daba por muerta.
01 febrero 2026
Talín, Camilo y Estrella
28 enero 2026
La Burra de Pico Blanco
27 enero 2026
El día que Oriana Fallaci me vio desnudo
El dolor era cada vez mayor. La voz del profesor sonaba como un martillazo en mi cabeza. Tenía un libro en la mano y hablaba de él apasionadamente. Lo abría, lo cerraba, hacía sonar las hojas al pasarlas hacia adelante y hacia atrás como si fueran un manojo de cartas. ¡Crrrrsh! ¡Crrrrsh! ¡Crrrrsh!
Cada uno de esos sonidos retumbaba en mi sien de manera estremecedora. Intentaba sobreponerme a aquellos profundos latidos para escuchar la presentación de Oriana Fallaci, la periodista, escritora y reportera de guerra italiana.
—Era incisiva, apasionada, personal hasta la insolencia —subrayó el profesor—. Sus entrevistas se leen como si fueran obras de teatro.
Luego, mientras comentaba su labor como reportera de guerra, hizo sonar otra vez las páginas del libro. ¡Crrrrsh! ¡Crrrrsh! ¡Crrrrsh! Dijo que los reportes de Oriana para la revista italiana L’Europeo son clásicos del género, porque su periodismo era narrativo, literario, subjetivo.
—Cubrió la guerra de Vietnam —detalló el profesor—, el conflicto en Oriente Medio, la matanza de Tlatelolco en México, donde fue herida de bala, y la guerra indo-pakistaní.
—También la invasión soviética de Checoslovaquia —le recordó Chinea, uno de mis compañeros de aula.
El profesor no supo cómo manejar aquel dato y prefirió hacer sonar otra vez el libro. ¡Crrrrsh! ¡Crrrrsh! ¡Crrrrsh! Luego, cuando se apagaron los murmullos, recalcó que el periodismo de Fallaci era profundamente comprometido, y que en sus crónicas mezclaba hechos, emociones y reflexiones filosóficas.
El dolor era ya insoportable. Había comenzado la presentación de las personalidades incluidas en Entrevista con la historia. Aquellos nombres sonaban como un tambor dentro de mi cabeza. Sentía unos latidos muy fuertes en la encía, como si el corazón estuviera enviando toda mi sangre hacia allí.
Henry Kissinger, ¡pum!, Nguyen Van Thieu, ¡pum!, el general Giap, ¡pum!, Norodom Sihanuk, ¡pum!, Golda Meir, ¡pum! Yasser Arafat, ¡pum! George Habash, ¡pum!, Hussein de Jordania, ¡pum!, Indira Gandhi, ¡pum!, Zulfikar Ali Bhutto, ¡pum!, Mohamed Reza Pahlevi, ¡pum!, Hailé Selassié, ¡pum!
No pude más, tuve que taparme los oídos con las palmas de las manos. El profesor me preguntó qué me pasaba y hundí mi dedo índice justo donde acababan mis muelas y comenzaba aquel dolor que ya se extendía al oído, el cuello y la sien. El sol me molestaba tanto como los sonidos.
En la enfermería de la residencia me dieron una pastilla para el dolor. Subí al albergue y me cubrí la cabeza con la almohada. Me dormí profundamente durante tres horas, porque ya eran pasadas las doce del mediodía cuando me despertaron.
La luz que entraba por la ventana me cegó, y por eso tardé en reconocer el rostro de Dania.
—¿Qué haces aquí?
—Ya ves qué bien funciona mi red de espionaje —dijo, mientras se sentaba en el borde de mi cama—. Me dijeron que te dolía una muela.
—Parece que es una del juicio.
—Vamos para el dentista.
—De la enfermería me avisarán cuando consigan el turno.
—Ya lo conseguí.
—¿Dónde?
—¿Vas a dejar que me ocupe o no?
El odontólogo nos estaba esperando y, después de hacerme una radiografía, comprobó lo peor. Se trataba de un cordal retenido y era necesario hacerme un procedimiento quirúrgico para extraérmelo. Aunque no había anestesia disponible para los pacientes, él me puso una de las que tenía reservadas para “casos como el mío”.
—Ay, muchas gracias, doctor —le dijo Dania cuando supo que no me harían el procedimiento a sangre fría.
—¿Y tus padres? —le preguntó el doctor mientras introducía una enorme aguja en mi boca.
—Anoche se fueron para España —respondió Dania mientras yo me sujetaba a los brazos del sillón como si estuviera a punto de descender en la montaña rusa del Coney Island.
—Oye, no se bajan del avión —dijo el doctor mientras me daba otro pinchazo y Dania se ocupaba de secarme los lagrimones que me corrían por la cara.
—Figúrate.
—¿Y cuándo vuelven?
—En quince días.
—Si trae un buen rifle escocés, dile que me invite.
—Seguro —respondió Dania mientras me pasaba la mano por la cabeza.
—Y recuérdale que ya le toca pasar por aquí.
—Tú sabes que hasta hoy tuvo el récord mundial de miedo al dentista.
—¿Tuvo?
—¿No estás viendo que se lo acaban de romper?
Ambos rieron mientras el doctor bajaba el sillón para que yo pudiera levantarme. Fui a darle las gracias al doctor, pero la lengua totalmente anestesiada no me lo permitió. Me indicó tres días de reposo y me recetó unas pastillas que no tuvimos que comprar, porque antes Dania le preguntó si el Nolotil funcionaba.
—Sí, eso es metamizol sódico, es decir, dipirona —precisó.
—Tengo un frasco en la casa, mis padres lo trajeron de España.
Durante las primeras veinticuatro horas debía hacer reposo absoluto, con la cabeza ligeramente elevada con dos almohadas para ayudar a reducir la inflamación y el sangrado. También debía ponerme bolsas de hielo durante diez o quince minutos cada una hora.
—No puedes beber alcohol ni fumar —agregó el doctor.
—Él no soporta ni que fumen cerca de él —comentó Dania con sarcasmo.
—Y, por supuesto, nada de sexo.
—Hasta donde sé, no tiene con quién —replicó ella con total naturalidad—. La que parecía que iba a ser su novia acabó con un pianista.
Volvieron a reír, yo apenas pude esbozar una adolorida sonrisa. Ya en la calle, le dije a Dania que me era imposible seguir el tratamiento porque solo tenía una almohada y en la residencia no había hielo. Ella me respondió que eso era demasiada mala suerte y sacó un cigarrillo de su cartera Christian Dior.
Tomamos un taxi. Cuando ella fue a darle la dirección de su casa al taxista, la interrumpí. Prefería ir directo a la residencia para acostarme lo antes posible. Ella le ordenó que no me hiciera caso y repitió su dirección. Su casa se parecía a la de Sergio, el protagonista de Memorias del subdesarrollo.
A pesar de la molestia que sentía y de los deseos de acostarme, no pude disimular mi asombro ante aquellos cuadros. Había varios desnudos de Servando, una catedral de Portocarrero, un gallo de Mariano, una cafetera de Acosta León y una naturaleza muerta de Amelia.
—¿Quieres acostarte o seguir viendo los cuadros?
—Ah, sí, bueno ¿me buscas las pastillas?
—Ven, anda.
Subimos unas escaleras que conducían a un recibidor. Dania abrió una de las puertas, era la de su habitación. Sacó de la cómoda un pulóver y un pantalón de pijama. Me ordenó que me los pusiera mientras ella iba a buscar agua para la pastilla. No sé si era por el efecto de la anestesia, pero me parecía haber entrado en otra dimensión.
Ante mi cara de desconcierto, me explicó que como sus padres estaban de viaje, podía hacer el reposo en su casa. Allí tenía las dos almohadas, la bolsa de hielo y la posibilidad de jugar a que yo era Frederic Henry y ella Catherine Barkley. Me preguntó si sabía quiénes eran. Le dije que sí con la cabeza, pero dudó.
—Adiós a las armas —respondí trabajosamente, con la lengua todavía medio dormida por la anestesia.
—Hay que reconocer que todavía en este país quedan estudiantes de periodismo con cierto nivel cultural.
Volvió con un vaso de agua en una bandeja donde también traía una edición en tapa dura de Entrevista con la historia, el libro que estábamos discutiendo en clase. Sacó un blúmer de otra gaveta de la cómoda y lo puso encima de la ropa que ya me había dado.
—Frederic Henry, por favor, cámbiese de ropa.
23 enero 2026
Alfredito Rodríguez
21 enero 2026
El Dodge Power Wagon de Serafín
08 enero 2026
Gracias otra vez, Iván Cañas
| Ferrocarriles de Cuba (1965), © Iván Cañas. Foto tomada en la antigua estación de Caibarién del ferrocarril Caibarién-Morón. |
oser, quería aprovechar su esqueleto como mesa. El documento tiene para mí un valor incalculable, pero no acababa de verse bien en la cubierta.
07 enero 2026
LOS MUDOS DE LA MONTAÑA ya está disponible en Amazon
Inspirado por Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, un joven periodista pide ser enviado a un lugar remoto por algunos meses. Lo destinan al Escambray, una región donde veinte años atrás hubo una guerra de la que ya no se habla. Su misión es escribir sobre la vida campesina, pero en las montañas descubre silencios, traiciones y lealtades que lo marcarán profundamente.
26 diciembre 2025
Agradecimientos por Los mudos de la montaña
| En las ruinas de la Escuela Secundaria Básica de El Nicho, uno de los escenarios de Los mudos de la montaña. |
25 diciembre 2025
Los mudos de la montaña
| El diseño de la cubierta y de toda la colección de Libros del Fogonero es de Leonardo Orozco. |
07 diciembre 2025
Es hora de empezar a dejar de ser un niño
En los encuentros familiares, cuando los primos nos reuníamos, mi abuela Atlántida siempre hacía notar cuánto yo cuidaba mis juguetes. Todos conservaban sus cajas intactas y no tenían ni el más mínimo rasguño.
19 noviembre 2025
Salvador
07 septiembre 2025
Dino
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| Le debía su nombre a Dino Buzzati, uno de mis escritores preferidos. |
Fue el miembro más mimado y dominante de los Venegas Sarlabous por 11 años. No es posible contar nuestra última década de historia familiar sin mencionarle. Iba con nosotros a todas partes y estuvo presente en cada acontecimiento. De hecho, muchas veces sus actos de fidelidad y valentía fueron el acontecimiento.
25 agosto 2025
Libros del Fogonero prepara su volumen 7: Carta de Porte
En un mundo que ya dejó bien atrás las promesas del siglo XX, este libro traza el recorrido de un viaje hacia el futuro que nunca llegó a la estación terminal. Camilo Venegas ha escrito una carta de porte —el documento que antes acompañaba a los bultos en tránsito— para declarar el contenido emocional y simbólico de un envío generacional: lo que se conserva, lo extraviado, lo que jamás llegó a despacharse.
Estos poemas, que atraviesan décadas y geografías con una voz íntima y contenida, cierran un tríptico iniciado en Estación del Norte y Extraños. Con su habitual precisión lírica, el autor registra pérdidas y hallazgos, convicciones y traiciones, en versos que no sólo hacen constar una vida, sino que también se despiden.
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| Imagen tomada de Cuba Material. |
NEVA
Con nombre de río y un filo
impredecible,
aquella cuchilla negra
empezó a cortarle
lascas al lunes.
Lo hacía con el mismo
cuidado que se le saca
punta a un lápiz.
Pusiste tus manos
hacia arriba
para que fueran
cayendo en ellas
las virutas de la tarde.
Olía a madera, a lluvia
y eran los últimos
días de abril.
Aunque faltaban
cuatro años
para que Leningrado
se volviera a llamar
San Petersburgo,
ya todo parecía estar
llegando a su fin.
Por eso,
mientras nos veíamos
reflejados
en el oscuro espejo
de aquella hoja,
empezamos
a despedirnos
de cada cosa
que teníamos
a nuestro alrededor,
luego lo hicimos
de nosotros mismos.
13 agosto 2025
Escrito en el inodoro
Nunca la ignorancia había tenido tanto poder como en en lo que va de siglo XXI. Por eso siempre que puedo vuelvo al XX. (Re)visito a mis héroes y me encierro con ellos hasta que tengo que salir a comer o a corregir (es decir, ir al baño).
12 agosto 2025
No podemos dejar entrar al viejo
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| Dino es atendido por la doctora Adriana Mieses en Neurocardiovet. |
Dino Buzzati nos acaba de dar un susto muy grande. Tuvimos que bajar con él de la Loma a las tres de la mañana. Pero al final solo fue eso, un susto.
31 julio 2025
Pinturita
No conocía otros pisos que los de tierra
ni otra luz que la que tenía olor a keroseno.
Todo a su alrededor ardía una vez al año,
cuando quemaban los cañaverales
para que hombres tiznados de pies a cabeza
los cortaran a machetazos.
Era su fiesta preferida y para la ocasión se ponía
vestidos de poliéster, brillantes y ceñidos,
de colores soviéticos, alemanes o búlgaros.
Aquella tela la hacía sudar tanto
como a los hombres que se enfrentaban
a las cenizas y el humo
de la paja que no dejaba de arder.
El rojo de sus labios y cachetes,
el azul de sus párpados
y las nubes de talco en el pecho y el cuello,
iluminaban el fantasmagórico paisaje.
Los hombres, aquellas exhaustas siluetas,
le llamaban Pinturita y, agradecidos,
celebraban el rubor de su cara
cada vez que aparecía
con una lata de aceite carbón llena de agua.
Su rostro y su vestido seguían teniendo color
hasta que las cenizas y el humo,
30 julio 2025
Dos preguntas sobre los nietos de la revolución
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| Las excentricidades de Sandro Castro, nieto del dictador Fidel Castro, han logrado más seguidores que las publicaciones de Miguel Díaz Canel, quien nominalmente aparece como líder del país. |
Daniel Lozano, periodista del diario español El Mundo, me hizo estas dos preguntas para un reportaje suyo sobre los nietos de los que han estado al frente de la dictadura cubana, justo esos que promovían el nacimiento de un hombre nuevo que fuera capaz de construir una sociedad superior.









