09 abril 2026

No tengo imágenes de Brno

Tal como anunciaba la pantalla del coche 27 del Budapest-Praga,
llegamos a Brno a las 3:41 de la tarde.

Todavía en el andén de la estación Budapest Nyugati, mientras esperábamos la orden de abordar el tren que acababa de llegar, pensé en Brno. Trataré de hacer la mayor cantidad posible de fotos, me dije. Después de revisar todas las paradas que haríamos, esa era para mí la más importante.
Había leído el nombre de la ciudad en las contracubiertas o las solapas de algunos de mis libros preferidos. De hecho, llevaba uno conmigo, con la intención de empezarlo a releer en cuanto el tren se pusiera en marcha. Intentaría acabarlo en el destino, donde estaríamos tres noches.
Brno, actual República Checa, 1929. Eso se lee al comienzo de las síntesis biográficas de Milan Kundera. Cuando yo todavía no había salido de Cuba, antes de poder conocerla en persona, nadie me explicó mejor la libertad que él. Era comprensible: él huyó de un país totalitario, yo nací en otro. 
Aunque padecía a diario la opresión, no fui de verdad consciente de ello hasta mi primera lectura de La insoportable levedad del ser. Allí los personajes eran sometidos al mismo horror que nosotros. Muchas de las cosas que yo veía como normales dejaron de serlo.
Quería retratar el paisaje de Brno, quedarme con imágenes de sus casas, sus árboles, sus andenes, todo lo que apareciera en la ventanilla. Cuando apareció como próximo destino en el vagón, retraté la pantalla. Poco después, una voz anunció, primero en checo y después en inglés, que estábamos llegando.
Me imaginé a Teresa y a Tomás en aquel escenario. Por fin podía ver, en persona, un paisaje como el que los rodeaba a ellos. Ya en Praga, descubrí que no había hecho ni una sola foto. Solo miré. No tengo imágenes de Brno. El pueblo de Kundera, como el mío, sigue siendo un recuerdo abstracto en mi cabeza.

07 abril 2026

María cumple 20 años

María retrata el puente de Carlos y el Moldava
desde lo alto de la torre. 

Una noche, de las primeras que pasamos en la Loma, cuando aún no teníamos ni uno solo vecino en aquella montaña y la propiedad estaba sin cercar, Laika no paraba de ladrar. Eran pasadas las dos de la mañana y hacía mucho frío, pero decidí salir a ver qué pasaba. 
En el medio del bosque vi un bulto. Era María, que había salido antes. Entonces todavía era una niña y le pregunté qué hacía allí.
—Vine a ver qué le pasa a Laika.
—¿Y no te dio miedo salir sola? —le pregunté desconcertado.
—Cuando tú estás cerca yo no tengo miedo —respondió y volvió a la casa.
Antes de ayer, mientras cruzábamos el puente de Carlos, en Praga, me miró retadora.
—¡Tenemos que subir juntos a la torre! —me ordenó.
Hoy cumple 20 años. Es una estudiante sobresaliente de periodismo y comunicación digital, pero cuando le preguntan qué quiere hacer cuando se gradúe, lo resume en una sola palabra: escribir.
Cuando ella está cerca yo tampoco tengo miedo, por eso mis rodillas lograron vencer los 138 escalones de la torre del puente de Carlos.
¡Felicidades, Pori!

27 febrero 2026

Incógnito por La Habana


Perdonen si no me ven aparecer por estos días, pero es que ando de incógnito por La Habana, tras las pistas que van dejando Ian Fleming, Norman Lewis, R. Hart Phillips y Ernest Hemingway, entre muchos otros personajes que reviven una ciudad que yo, francamente, daba por muerta. 
Avanzo, página a página, sin perder la esperanza de poder meter los pies en la piscina donde Ava Gardner se bañó desnuda. No recuerdo un viaje tan fascinante a Cuba desde mi última relectura de "Tres tristes tigres". Gracias, Antonio José Ponte, por eso.

01 febrero 2026

Talín, Camilo y Estrella



Talín era nuestro vecino más cercano. Su casa estaba del otro lado de las dos líneas que pasaban frente a la mía, que era la estación de ferrocarril del Paradero de Camarones. Todas las tardes él pasaba a conversar con mi abuelo. Entonces los vecinos solían reunirse al final del día.
A esa hora, mi abuelo y yo leíamos, un sillón al lado del otro. En esa época, también, los niños pasábamos mucho tiempo junto a nuestros adultos. A mi abuelo Aurelio no le gustaba que lo interrumpieran cuando leía, pero Talín gozaba del privilegio de poder hacerlo.
Luego me fui a estudiar a La Habana y mi abuelo murió, pero Talín se quedó con la costumbre de cruzar las líneas y pasar por mi casa cuando ya se había bañado, entalcado y puesto la ropa de por las tardes. Siempre que me encontraba, me pedía lo mismo: 
—Camilito, trata de conseguirme el libro de Camilo y Estrella, de Chanito Isidrón.
Se puso muy feliz el día que se lo regalé. Entonces, dejó de pasar por mi casa. Lo veía desde el andén, bañado, entalcado y sentado frente al pozo de su casa, leyéndole en voz alta a su esposa Mercedita, que a esa hora terminaba de cocinar y empezaba a poner la mesa:
Un campo maravilloso,
lindo sol que reverbera,
sublime brisa campera,
cielo azul y suelo hermoso.
Un valle verde y gracioso,
una montaña intrincada,
una límpida cañada
y una espléndida vivienda,
todo eso es la gran hacienda
de don Patricio Moncada.
El libro hoy está en manos de Dulce, la hija más linda de Marino Pérez, el pocero y curador de vacas (lo hacía tanto con medicinas como con rezos). Me hizo llegar una foto de la cubierta del libro y de mi dedicatoria. Me llama la atención lo escueto y respetuoso que fui. Así éramos entonces con los mayores.
Después que Talín murió, mi madre me decía que a veces escuchaba su voz ronca y estruendosa. Eso solía ocurrir en el Paradero de Camarones: cuando alguien dejaba de estar, los demás necesitaban oírlo, presentirlo, seguir creyendo que aún andaba por ahí. 
Gracias a Dulce, volví a oír a Talín.

28 enero 2026

La Burra de Pico Blanco


Mi padre me visitaba al menos dos veces al mes. Siempre llegaba con el maletero de su Dodge cargado de comida y regalos, pero aun así yo terminaba haciéndole algún encargo. Eso, a veces, lo incomodaba. Ya se acercaban los vientos de cuaresma y en el Paradero de Camarones comenzaba la temporada de papalotes.
—Necesito güines de Castilla —le pedí.
—El fin de semana que viene te recojo para ir a buscarlos juntos —me respondió.
Cumplió su promesa. El viernes siguiente pasó por mí y, después de convencer a la maestra Yayita de que me soltara antes de tiempo, salimos rumbo a los puentes de madera de Manicaragua. Al día siguiente madrugamos y, antes de que amaneciera, me vi a bordo de la Burra de Pico Blanco, una guagua armada sobre el chasis de un Zil 157, el camión de guerra de los soviéticos.
Nos sentamos junto a Aguilera, el chofer, viejo amigo de mi padre. Desde allí vi el trayecto como si fuera una película. Nos hundimos en lodazales, cruzamos ríos sin puentes, subimos cuestas empinadas y nos deslizamos por pendientes que provocaban en el estómago la misma sensación que una montaña rusa. 
El motor rugía, la carrocería crujía y uno tenía la impresión de que, en cualquier momento, algo iba a desprenderse. Llegamos hasta un pequeño riachuelo que, un poco más abajo, se convertía en el caudaloso Arimao. Allí nos detuvimos para cortar los güines de Castilla. 
Hicimos un enorme atado con el que luego fabriqué varios papalotes —con la ayuda de Juani, el hijo de Talín y Mercedita, que hacía los mejores del pueblo— y me alcanzó para regalarle algunos al Chiqui, quien le hizo una jaula nueva a sus tomeguines.
Pero aquellos güines tan resistentes —muy superiores a los de las cañas, que eran los únicos disponibles en el Paradero de Camarones— dejaron de ser lo más importante del viaje. Lo que más disfrutaba, cada vez que empinaba un papalote en el potrero de mi abuelo, era el recuerdo de la Burra.
No fue un viaje a Pico Blanco. Fue una mañana entera en un parque de diversiones: enormes sacudidas, ruidos estruendosos y la manera más temeraria de avanzar. Nunca más volví a montar en ella. Se lo pedí varias veces a mi padre, pero siempre me respondía lo mismo:
—¿Pero para qué tú te quieres volver a subir en ese cacharro?

27 enero 2026

El día que Oriana Fallaci me vio desnudo


Fragmento de la novela
Los mudos de la montaña, publicado por Diario de Cuba. El libro está disponible en todas las tiendas de Amazon.


El dolor era cada vez mayor. La voz del profesor sonaba como un martillazo en mi cabeza. Tenía un libro en la mano y hablaba de él apasionadamente. Lo abría, lo cerraba, hacía sonar las hojas al pasarlas hacia adelante y hacia atrás como si fueran un manojo de cartas. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  

Cada uno de esos sonidos retumbaba en mi sien de manera estremecedora. Intentaba sobreponerme a aquellos profundos latidos para escuchar la presentación de Oriana Fallaci, la periodista, escritora y reportera de guerra italiana. 

—Era incisiva, apasionada, personal hasta la insolencia —subrayó el profesor—. Sus entrevistas se leen como si fueran obras de teatro.

Luego, mientras comentaba su labor como reportera de guerra, hizo sonar otra vez las páginas del libro. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  Dijo que los reportes de Oriana para la revista italiana L’Europeo son clásicos del género, porque su periodismo era narrativo, literario, subjetivo.

—Cubrió la guerra de Vietnam —detalló el profesor—, el conflicto en Oriente Medio, la matanza de Tlatelolco en México, donde fue herida de bala, y la guerra indo-pakistaní. 

—También la invasión soviética de Checoslovaquia —le recordó Chinea, uno de mis compañeros de aula.

El profesor no supo cómo manejar aquel dato y prefirió hacer sonar otra vez el libro. ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  ¡Crrrrsh!  Luego, cuando se apagaron los murmullos, recalcó que el periodismo de Fallaci era profundamente comprometido, y que en sus crónicas mezclaba hechos, emociones y reflexiones filosóficas.

El dolor era ya insoportable. Había comenzado la presentación de las personalidades incluidas en Entrevista con la historia. Aquellos nombres sonaban como un tambor dentro de mi cabeza. Sentía unos latidos muy fuertes en la encía, como si el corazón estuviera enviando toda mi sangre hacia allí.

Henry Kissinger, ¡pum!, Nguyen Van Thieu, ¡pum!, el general Giap, ¡pum!, Norodom Sihanuk, ¡pum!, Golda Meir, ¡pum! Yasser Arafat, ¡pum! George Habash, ¡pum!, Hussein de Jordania, ¡pum!, Indira Gandhi, ¡pum!, Zulfikar Ali Bhutto, ¡pum!, Mohamed Reza Pahlevi, ¡pum!, Hailé Selassié, ¡pum! 

No pude más, tuve que taparme los oídos con las palmas de las manos. El profesor me preguntó qué me pasaba y hundí mi dedo índice justo donde acababan mis muelas y comenzaba aquel dolor que ya se extendía al oído, el cuello y la sien. El sol me molestaba tanto como los sonidos. 

En la enfermería de la residencia me dieron una pastilla para el dolor. Subí al albergue y me cubrí la cabeza con la almohada. Me dormí profundamente durante tres horas, porque ya eran pasadas las doce del mediodía cuando me despertaron.

La luz que entraba por la ventana me cegó, y por eso tardé en reconocer el rostro de Dania.

—¿Qué haces aquí?

—Ya ves qué bien funciona mi red de espionaje —dijo, mientras se sentaba en el borde de mi cama—. Me dijeron que te dolía una muela.

—Parece que es una del juicio.

—Vamos para el dentista.

—De la enfermería me avisarán cuando consigan el turno.

—Ya lo conseguí.

—¿Dónde?

—¿Vas a dejar que me ocupe o no?

El odontólogo nos estaba esperando y, después de hacerme una radiografía, comprobó lo peor. Se trataba de un cordal retenido y era necesario hacerme un procedimiento quirúrgico para extraérmelo. Aunque no había anestesia disponible para los pacientes, él me puso una de las que tenía reservadas para “casos como el mío”.

—Ay, muchas gracias, doctor —le dijo Dania cuando supo que no me harían el procedimiento a sangre fría.

—¿Y tus padres? —le preguntó el doctor mientras introducía una enorme aguja en mi boca.

—Anoche se fueron para España —respondió Dania mientras yo me sujetaba a los brazos del sillón como si estuviera a punto de descender en la montaña rusa del Coney Island.

—Oye, no se bajan del avión —dijo el doctor mientras me daba otro pinchazo y Dania se ocupaba de secarme los lagrimones que me corrían por la cara.

—Figúrate.

—¿Y cuándo vuelven?

—En quince días.

—Si trae un buen rifle escocés, dile que me invite.

—Seguro —respondió Dania mientras me pasaba la mano por la cabeza.

—Y recuérdale que ya le toca pasar por aquí.

—Tú sabes que hasta hoy tuvo el récord mundial de miedo al dentista.

—¿Tuvo?

—¿No estás viendo que se lo acaban de romper?

Ambos rieron mientras el doctor bajaba el sillón para que yo pudiera levantarme. Fui a darle las gracias al doctor, pero la lengua totalmente anestesiada no me lo permitió. Me indicó tres días de reposo y me recetó unas pastillas que no tuvimos que comprar, porque antes Dania le preguntó si el Nolotil funcionaba. 

—Sí, eso es metamizol sódico, es decir, dipirona —precisó.

—Tengo un frasco en la casa, mis padres lo trajeron de España.

Durante las primeras veinticuatro horas debía hacer reposo absoluto, con la cabeza ligeramente elevada con dos almohadas para ayudar a reducir la inflamación y el sangrado. También debía ponerme bolsas de hielo durante diez o quince minutos cada una hora.

—No puedes beber alcohol ni fumar —agregó el doctor.

—Él no soporta ni que fumen cerca de él —comentó Dania con sarcasmo.

—Y, por supuesto, nada de sexo.

—Hasta donde sé, no tiene con quién —replicó ella con total naturalidad—. La que parecía que iba a ser su novia acabó con un pianista.

Volvieron a reír, yo apenas pude esbozar una adolorida sonrisa. Ya en la calle, le dije a Dania que me era imposible seguir el tratamiento porque solo tenía una almohada y en la residencia no había hielo. Ella me respondió que eso era demasiada mala suerte y sacó un cigarrillo de su cartera Christian Dior.

Tomamos un taxi. Cuando ella fue a darle la dirección de su casa al taxista, la interrumpí. Prefería ir directo a la residencia para acostarme lo antes posible. Ella le ordenó que no me hiciera caso y repitió su dirección. Su casa se parecía a la de Sergio, el protagonista de Memorias del subdesarrollo. 

A pesar de la molestia que sentía y de los deseos de acostarme, no pude disimular mi asombro ante aquellos cuadros. Había varios desnudos de Servando, una catedral de Portocarrero, un gallo de Mariano, una cafetera de Acosta León y una naturaleza muerta de Amelia.

—¿Quieres acostarte o seguir viendo los cuadros?

—Ah, sí, bueno ¿me buscas las pastillas?

—Ven, anda.

Subimos unas escaleras que conducían a un recibidor. Dania abrió una de las puertas, era la de su habitación. Sacó de la cómoda un pulóver y un pantalón de pijama. Me ordenó que me los pusiera mientras ella iba a buscar agua para la pastilla. No sé si era por el efecto de la anestesia, pero me parecía haber entrado en otra dimensión.

Ante mi cara de desconcierto, me explicó que como sus padres estaban de viaje, podía hacer el reposo en su casa. Allí tenía las dos almohadas, la bolsa de hielo y la posibilidad de jugar a que yo era Frederic Henry y ella Catherine Barkley. Me preguntó si sabía quiénes eran. Le dije que sí con la cabeza, pero dudó.

Adiós a las armas —respondí trabajosamente, con la lengua todavía medio dormida por la anestesia.

 —Hay que reconocer que todavía en este país quedan estudiantes de periodismo con cierto nivel cultural.

Volvió con un vaso de agua en una bandeja donde también traía una edición en tapa dura de Entrevista con la historia, el libro que estábamos discutiendo en clase. Sacó un blúmer de otra gaveta de la cómoda y lo puso encima de la ropa que ya me había dado.

—Frederic Henry, por favor, cámbiese de ropa. 

Ella no se movió del lugar y no tuve alternativa, empecé a desnudarme. Siendo del todo honesto, cuando estuve sin nada, en ningún momento miró. Pero la Oriana Fallaci de la portada, sí. Aquellos ojos sagaces, a los que no se les escapaba nada, me miraron fijamente.

23 enero 2026

Alfredito Rodríguez


Hablé con él una sola vez. Fue durante una cena en casa de unos amigos comunes. En un momento nos quedamos solos en la sala y no nos quedó más remedio que ponernos a conversar. Me preguntó qué hacía y fui escueto, tratando de que el intercambio no se extendiera.
Pero él ahí encontró un hilo del que tiró con gracia, tino y elegancia. Poco después, ya yo estaba disfrutando muchísimo la charla con aquel hombre con el que, presuntamente, no tenía nada que ver. Cada tema de conversación que fuimos poniendo sobre la mesita, donde también estaban nuestros tragos, fue una delicia.
No recuerdo que habláramos de música. Ni siquiera le reconocí que a mi abuela Atlántida le brillaban los ojos cuando él aparecía en la borrosa pantalla de Juntos a las 9. Pero fue una maravilla oírlo recordar la Cuba de su infancia y una Habana, que ya no era la que vivíamos, pero de la que él seguía perdidamente enamorado.
—¡Que ciudad tan fascinante, chico! —dijo, y no me atreví a preguntarle si lo decía en presente o en pasado perfecto.
Repito lo mismo que han dicho ya muchos, de diferentes maneras, en estos días: aunque me perdí su música —por culpa de esa estrechez estética en la que fuimos educados—, estoy totalmente convencido de que fue uno de los artistas más honestos, consecuentes y valientes que ha tuvo Cuba desde 1959 hasta hoy.
Aunque no era un país para baladas, él nunca se dio por vencido y se las cantó siempre a esa inmensa mayoría que lo prefirió por encima de todos y de todo. Ya no me quedaba casi nada del país donde nací y crecí. Sin Alfredito Rodríguez, queda aún menos.

21 enero 2026

El Dodge Power Wagon de Serafín


Mi padre, Serafín Venegas, tuvo uno igual a este. En él subí por primera vez la Loma del Sijú, en la carretera de Manicaragua a Trinidad, que fue la más peligrosa de toda mi infancia. 
Tengo una marca en la cara que data de aqellos trayectos. Había sacado la cabeza, para ver el final del lago Hanabanilla en Guanayara, y una abeja me picó.
—Luego vemos qué te hizo —me dijo mi padre al verme adolorido—. Ahora mira lo lindo que se ve el lago allá abajo.
Esa frase no se me olvida, como todo lo que aprendí cada vez que el Dodge de mi padre me llevaba a enamorarme de las montañas.

08 enero 2026

Gracias otra vez, Iván Cañas

Ferrocarriles de Cuba (1965), © Iván Cañas. Foto tomada en la
antigua estación de Caibarién del ferrocarril Caibarién-Morón.

Les presento la cubierta de Carta de porte, mi nuevo libro de poemas y última pieza del tríptico que también componen Estación del Norte y Extraños. Ayer por la tarde, después de dar por concluidas las labores en Los mudos de la montaña, Leonardo Orozco —el diseñador de la colección— y yo admitimos que no estábamos conformes con lo que teníamos para Carta
Era el recibo del envío que hice, desde Camarones hasta mi casa en La Habana, de la máquina de coser Singer de mi abuela. Ya incapaz de c
oser, quería aprovechar su esqueleto como mesa. El documento tiene para mí un valor incalculable, pero no acababa de verse bien en la cubierta.
—Yo sé que tú encontrarás lo que va ahí —me dijo Leonardo—. Busca bien a tu alrededor.
Inmediatamente di con ella. La tenía justo a mi lado. Fue un regalo que me hizo Iván Cañas: una foto inédita suya de un furgón de expreso de los Ferrocarriles de Cuba. El día que me la dio, nos dimos todos los abrazos que nos debíamos y nos bebimos una botella de Brugal en el muellecito que él tenía en Miami.
Antes, otra fotografía que Iván me había regalado sería la portada de Contratiempo, un libro de poemas que nunca publiqué y que acabó formando parte de Papel carbón. Me hace muy feliz poder saldar esa vieja deuda con uno de los fotógrafos cubanos que más admiro.
Gracias otra vez, Iván Cañas. Cuánto me gustaría celebrar esto contigo en el muellecito.

07 enero 2026

LOS MUDOS DE LA MONTAÑA ya está disponible en Amazon


Inspirado por Fitzcarraldo, la película de Werner Herzog, un joven periodista pide ser enviado a un lugar remoto por algunos meses. Lo destinan al Escambray, una región donde veinte años atrás hubo una guerra de la que ya no se habla. Su misión es escribir sobre la vida campesina, pero en las montañas descubre silencios, traiciones y lealtades que lo marcarán profundamente.
A la vez, asistimos a la vida que, antes de viajar, compartía con su novia en una Habana luminosa y febril. Allí convive con figuras de la cultura y jóvenes artistas que se refugian en el arte y la creación para escapar de la realidad y la épica oficial. Entre la intensidad habanera y los secretos del monte se trenzan memoria, deseo y pérdida.
Los mudos de la montaña transcurre en la Cuba de los años ochenta, cuando el derrumbe era ya inminente, en vísperas de la caída del Muro de Berlín y el fin de la Unión Soviética. Es el retrato de un país al borde de una mutación irreversible y de quienes, sin advertirlo, sostenían allí utopías individuales y colectivas.

(Para comprar el libro en Amazon, haga clic aquí)

26 diciembre 2025

Agradecimientos por Los mudos de la montaña

En las ruinas de la Escuela Secundaria Básica de El Nicho,
uno de los escenarios de Los mudos de la montaña.

La mayoría de los escenarios de Los mudos de la montaña son reales, algunos de sus personajes también. Hay hechos que, aunque ocurrieron con años de diferencia, aquí coinciden en un mismo espacio de tiempo. Otros fueron cambiados de lugar por necesidades de la trama. 
Fui uno de los niños que inauguraron la escuela de El Nicho. Hice los mismos viajes de Mario a través del lago Hanabanilla. Solo que tuve que esperar mucho más que él para poder escribirlos. Algunas de las situaciones que le ocurren, me sucedieron a mí.
En la novela, el mundo de la escuela ya aparece en ruinas. Pero en los aguaceros, el frío y la neblina hay un homenaje a los que estrenaron conmigo aquel desamparo. Volví a El Nicho en 2011. Habían pasado 30 años del septiembre en que el barco Escambray me dejó allí por primera vez. Ese día se me ocurrió esta historia. 
Agradezco a Esther María Hernández, Grisel Jaime Álvarez, Arturo Arango y Tania Costa, los primeros lectores de este libro, cada comentario, opinión o reclamo. Todo el tiempo que le dedicaron al manuscrito fue muy valioso, tanto para los personajes como para mí. 
Una última cosa: cualquier coincidencia que el lector encuentre aquí puede no ser casual.
La Loma de Thoreau, diciembre de 2025

25 diciembre 2025

Los mudos de la montaña

El diseño de la cubierta y de toda la colección
de Libros del Fogonero es de Leonardo Orozco.

Creo que al fin pude encauzar esa manía campesina de madrugar. Durante casi todo 2025, me levanté a las cinco de la mañana a escribir. Gracias a esa disciplinada costumbre y a que en Madrid el día empieza demasiado tarde, logré concentrarme en escribir este libro. 
Atlántida (2023), mi primera novela (algunos ponen en duda que lo sea), me tomó demasiados años, más de veinte si mal no cuento. A esta (que ya no creo que deje dudas sobre su género) apenas le dediqué unos pocos meses. Sin embargo, sus personajes y su fábula estuvieron dentro de mi cabeza desde mucho tiempo atrás.
Los mudos de la montaña es un homenaje al niño que llegó a El Nicho con apenas once años y a todo lo que me enseñó el Escambray. Pero también es una ofrenda para los que perdieron o desperdiciaron sus vidas intentando ser más libres o, al menos, no ser prisioneros de la realidad.
En este libro aparecen personajes de ficción de los que me ha costado mucho trabajo despedirme. También actúan cubanos reales de los que estoy muy agradecido: Bladimir Zamora, Sigfredo Ariel, Salvador Lemis, Vicente Revuelta, Tomás Gutiérrez Alea, Mario Coyula, Marianela Boán, Eduardo Lozano y Renay Chinea, entre otros.
En febrero será presentada en Santo Domingo y en marzo en Madrid. Para los escasos de paciencia, pronto estará disponible en Amazon. Están todos invitados a navegar conmigo por el lago Hanabanilla y a pernoctar en El Nicho, un lugar al que le debo mi pasión por las montañas, el hecho de que prefiera el arroyo de la sierra al mar.

07 diciembre 2025

Es hora de empezar a dejar de ser un niño


En los encuentros familiares, cuando los primos nos reuníamos, mi abuela Atlántida siempre hacía notar cuánto yo cuidaba mis juguetes. Todos conservaban sus cajas intactas y no tenían ni el más mínimo rasguño.
Años después me diagnosticarían un TOC. Un siquiatra dominicano explicó el esmero que ponía aquel infante cubano en que trenes, carritos y granjitas parecieran sin estrenar.
De viejo, seguí cuidando juguetes. Los 25 años que he tenido acceso libre a jugueterías me han permitido coleccionar muchos carritos. Todos están impecables, pero una gran amenaza se cierne sobre ellos: David Aurelio.
Por eso he decidido despedirme antes de que caigan en manos de mi nieto. Hoy los guardé en una caja hasta que él tenga edad para destrozarlos. Pronto cumpliré 60 años, es hora de empezar a dejar de ser un niño.

19 noviembre 2025

Salvador


Fue la primera persona a la que le oí decir la palabra "paradójico". La decía constantemente en aquella época (Habana, primera mitad de los años 80). Desde entonces, me la paso persiguiendo paradojas. Nunca más volví a ver al mundo igual después de que lo conocí.
—Personas como tú y yo, merecíamos haber nacido en un país donde cayera nieve —me dijo un día, después de ver una película de Bergman.
Su negativa a vivir en la realidad, su obsesión por permanecer en las nubes, me hizo entender al acto creativo de otra manera. A lo mejor hubiera acabado escribiendo, pero empecé a escribir porque él me hizo entender que yo era, fundamentalmente, un escritor.
A él le debo, entre muchísimas cosas que son esenciales para mí hoy, la primera lectura de Orlando, la novela de Virginia Woolf. Fue el primer regalo que me hizo y ese libro, como él, me cambió la vida.
Nos vimos por última vez a finales de los años 80, pero todo lo que me enseñó me ha seguido influyendo. Nunca dejaré de aprender de Salvador Lemis. Siempre buscaré sus lecciones lejos de la realidad, entre las nubes.

07 septiembre 2025

Dino

Le debía su nombre a Dino Buzzati, uno de mis escritores preferidos.

Fue el miembro más mimado y dominante de los Venegas Sarlabous por 11 años. No es posible contar nuestra última década de historia familiar sin mencionarle. Iba con nosotros a todas partes y estuvo presente en cada acontecimiento. De hecho, muchas veces sus actos de fidelidad y valentía fueron el acontecimiento.
Con una temeridad propia de las razas más fieras, cuidó de nosotros y de sus espacios (que eran los nuestros) aunque tuviera que pagar un alto precio por ello. El doctor Marino Piantini, su veterinario, solía decir que era el perro alfa más alfa que él había conocido.
Todos los días a las cinco de la mañana, la hora en la que suelo levantarme, él me esperaba de pie junto a mi lado de la cama. Si por alguna razón me quedaba dormido, se ocupaba de despertarme. A partir de ahí empezaba una larga rutina que los dos hacíamos con precisión y obediencia mutua.
Hoy fue la primera vez que tuve que hacer todo sin él y parezco un fantasma. He tenido muchos perros y a todos los he querido, pero a ninguno como a él. Llegó a la familia en contra de mi voluntad (porque entonces teníamos a Laika y yo, que siempre he preferido las razas grandes, no veía la necesidad de tener también a un faldero).
Dos semanas después sólo se dormía si lo acostaba a mi lado y ya empezaba a dominarnos, porque una mirada suya bastaba para que le perdonáramos la más grave de las travesuras. Hemos sembrado en su tumba los anturios que tanto orinaba para marcarlos como suyos. 
Los Venegas Sarlabous siempre vamos a cuidar cada palmo de tu territorio, Dinito, esa será la mejor manera de recordarte. Y cada mañana andarás a mi lado, porque de lo contrario seré incapaz de llevar a cabo la larga rutina de todos los días. Sin ti no puedo.

El día que llegó a nuestras vidas.

La despedida de María, el día que ella tuvo que volver a Madrid.

25 agosto 2025

Libros del Fogonero prepara su volumen 7: Carta de Porte

 

En un mundo que ya dejó bien atrás las promesas del siglo XX, este libro traza el recorrido de un viaje hacia el futuro que nunca llegó a la estación terminal. Camilo Venegas ha escrito una carta de porte —el documento que antes acompañaba a los bultos en tránsito— para declarar el contenido emocional y simbólico de un envío generacional: lo que se conserva, lo extraviado, lo que jamás llegó a despacharse.

Estos poemas, que atraviesan décadas y geografías con una voz íntima y contenida, cierran un tríptico iniciado en Estación del Norte y Extraños. Con su habitual precisión lírica, el autor registra pérdidas y hallazgos, convicciones y traiciones, en versos que no sólo hacen constar una vida, sino que también se despiden.

Porque quizá, como en toda carta de porte, lo más importante no sea el destino final, sino la fidelidad con que se declara el contenido.



Imagen tomada de Cuba Material.

NEVA


Con nombre de río y un filo 

impredecible,

aquella cuchilla negra 

empezó a cortarle 

lascas al lunes.

Lo hacía con el mismo 

cuidado que se le saca 

punta a un lápiz.

Pusiste tus manos

hacia arriba

para que fueran

cayendo en ellas

las virutas de la tarde.

 

Olía a madera, a lluvia 

y eran los últimos 

días de abril.

Aunque faltaban

cuatro años

para que Leningrado

se volviera a llamar

San Petersburgo,

ya todo parecía estar

llegando a su fin.

Por eso,

mientras nos veíamos

reflejados

en el oscuro espejo

de aquella hoja,

empezamos
a despedirnos 

de cada cosa 

que teníamos

a nuestro alrededor,

luego lo hicimos

de nosotros mismos.

13 agosto 2025

Escrito en el inodoro


Nunca la ignorancia había tenido tanto poder como en en lo que va de siglo XXI. Por eso siempre que puedo vuelvo al XX. (Re)visito a mis héroes y me encierro con ellos hasta que tengo que salir a comer o a corregir (es decir, ir al baño).

12 agosto 2025

No podemos dejar entrar al viejo

Dino es atendido por la doctora Adriana Mieses en Neurocardiovet.

Dino Buzzati nos acaba de dar un susto muy grande. Tuvimos que bajar con él de la Loma a las tres de la mañana. Pero al final solo fue eso, un susto. 
Como a su padre, le dan unas crisis de entusiasmo cada vez que se ve en la montaña y quiere andar por el monte todo el tiempo. Eso le provocó una bronquitis y un tumbao al caminar parecido al de Sindo Garay.
Ayer, en la veterinaria, lo ingresaron como un paciente geriátrico y eso lo deprimió. Pero le recordé una frase de Clint Eastwood que le dio mucho ánimo: "Por más achaques que tengamos, no podemos dejar entrar al viejo". 
Esta mañana ya me preguntó cuándo volvemos a subir.

31 julio 2025

Pinturita


Vivía en una sombría casa, en un camino desolado.

No conocía otros pisos que los de tierra

ni otra luz que la que tenía olor a keroseno.

Todo a su alrededor ardía una vez al año,

cuando quemaban los cañaverales

para que hombres tiznados de pies a cabeza

los cortaran a machetazos.

Era su fiesta preferida y para la ocasión se ponía 

vestidos de poliéster, brillantes y ceñidos,

de colores soviéticos, alemanes o búlgaros.

Aquella tela la hacía sudar tanto 

como a los hombres que se enfrentaban 

a las cenizas y el humo

de la paja que no dejaba de arder.

El rojo de sus labios y cachetes,

el azul de sus párpados

y las nubes de talco en el pecho y el cuello,

iluminaban el fantasmagórico paisaje.

Los hombres, aquellas exhaustas siluetas,

le llamaban Pinturita y, agradecidos,

celebraban el rubor de su cara

cada vez que aparecía 

con una lata de aceite carbón llena de agua.

Su rostro y su vestido seguían teniendo color

hasta que las cenizas y el humo, 

con la ayuda de la noche, apagaban al país.

30 julio 2025

Dos preguntas sobre los nietos de la revolución

Las excentricidades de Sandro Castro, nieto del dictador Fidel Castro,
han logrado más seguidores que las publicaciones de Miguel Díaz Canel,
quien nominalmente aparece como líder del país.

Daniel Lozano, periodista del diario español 
El Mundo, me hizo estas dos preguntas para un reportaje suyo sobre los nietos de los que han estado al frente de la dictadura cubana, justo esos que promovían el nacimiento de un hombre nuevo que fuera capaz de construir una sociedad superior.
Sin embargo, cada vez llama más la atención que sus propios hijos acabaran pariendo individuos que niegan, uno por uno, todos los principios que ellos le impusieron a los cubanos.

Cuba languidece por todos lados, pero los nietos de la elite castrista se pasean por las redes sin ningún pudor. ¿Son incontrolables para el poder revolucionario pese a las muchas críticas? ¿Quiénes son las principales caras de esta dolce vita más allá de los tres más famosos (Sandro, el Cangrejo, Anido…)? ¿No es una temeridad y más con el verano de apagones y protestas que se presenta?
No es que sean incontrolables, es que esa terrible maquinaria de la represión que mantiene a once millones de cubanos maniatados no se atreve a tocarlos, porque fue concebida para protegerlos. Pero para mí lo más importante de individuos como Sandro, el Cangrejo o Anido es que ellos son el hombre nuevo que parieron las más altas instancias de la revolución.
En Cuba se fusiló, se envió a campos de concentración y se condenó a la muerte civil a cientos de miles de personas para que dentro de la revolución no tuvieran cabida individuos como Sandro, el Cangrejo o Anido. Que Fidel Castro tuviera un nieto como Sandro y Raúl uno como el Cangrejo, es probablemente el mayor símbolo del fracaso de los ideales de la revolución cubana.
No es que ellos sean temerarios, es que se saben impunes y, como están totalmente desconectados de la realidad que viven los cubanos, porque ni les ha tocado vivirla ni han estado en contacto con ella jamás, no miden las consecuencias de sus actos.
Durante el fidelismo en Cuba mandaba el que estaba al frente del país nominalmente. Fidel fue un dictador, sin dudas, pero las instituciones existían. Ahora no, hay un títere de los militares fungiendo como gobernante y las instituciones son cascarones vacíos. Ya no se finge. Sandro, el Cangrejo o Anido tampoco lo hacen. 

¿Cuáles serían entonces los otros nietos del sistema que también se pegan la vida padre?
En Cuba lo único que está vivo hoy son los negocios de los militares, lo demás es ruina y pasado perfecto. Los nietos de esos militares que controlan el poder, los órganos represivos y los negocios, viven en un gueto próspero, no conocen ni una sola de las carencias que tienen que superar cada día esa masa empobrecida en que se ha convertido la sociedad cubana… 
A menos que tengan que atravesar en algún momento a La Habana oscura, solo así se enfrentan a la realidad. Los otros nietos, los de aquellos que se creyeron al pie de la letra cada consigna y renunciaron a todo por tal de construir el socialismo y “una sociedad más justa”, son zombies sin futuro.