26 diciembre 2024

La Habana, año cero

Lectura de La capital del sol, de César Pérez, en la librería
Arenales de Madrid.

Cada 31 de diciembre, los cubanos en el exilio prometían que el próximo fin de año lo celebrarían en Cuba. Eso ya no es posible. No por el exilio sino por Cuba, el país al que ellos anhelaban volver ya no existe. Donde estuvo ahora hay una extensión de ruinas que incluye cada centímetro de la cubanidad.
Si uno recorre la isla desde el cabo de San Antonio hasta la punta de Maisí, o como propone la canción, a través de aquellas seis lindas cubanas que eran Pinar del Río, La Habana, Matanzas, Las Villas, Camagüey y Oriente, sólo hallará poblaciones oscuras, en ayunas y sin la más mínima esperanza.
La inviabilidad y el terror impuestos por los militares al mando, no dan cabida a la más mínima ilusión. Imperan el desencanto y los desmentidos a las canciones que en la Nueva Trova, artífices de la banda sonora del régimen, urdieron para convidarnos a creer en un futuro que nunca llegó.
Ahora sabemos que la revolución siempre debió escribirse en minúsculas y no fue más que un eufemismo para no llamar a un régimen totalitario por su nombre. Ya también se puede afirmar que no ha existido Cuba peor que la que comenzó a  instaurar Fidel Castro en 1959, ninguna empobreció más a los cubanos.
Hace unos días asistí a la lectura de La capital del sol, una indispensable obra de teatro de César Pérez, en una librería de Madrid. El sitio estaba colmado de jóvenes cubanos. La tragicomedia los hizo reír de principio a fin, pero nunca había visto risas más tristes.
Esos muchachos debían estar en La Habana, creando y aportando para la Cuba del futuro. Pero su propio país los escupió, sólo por pensar diferente, los amontonó en aquella librería, donde podían verse y oírse las diversas caras e ideas que merecían verse y oírse en nuestro país en 2024. 
En lugar de ellos, unos infames y caricaturescos barrigones se aseguran de mantener lo suficientemente reprimida a la hambreada población. Todas sus energías las concentran en  impedir que nadie se atreva a decir en voz alta lo que de verdad piensa… o la Cuba que desea.
Este 31 de diciembre, como aquellos cubanos exiliados, pediré que la Navidad que viene la celebremos en lo poco que queda de nuestra nación. Que sea por el año cero de una Habana de la que los jóvenes no tengan que volver a marcharse. Que la isla entera se convierta en la verdadera capital del sol.
A lo mejor para el año que viene, por primera vez lo creo, por fin llega lo que tanto hemos esperado. Es cierto que el país ya está totalmente destruido, pero nadie mejor que esa generación que vi amontonada en una librería para reconstruirlo. En ellos, en los que escupieron, empieza el futuro.

25 diciembre 2024

El hombre y su nueva tierra


(Texto de Alfonso Quiñones sobre Estación del Norte, ya disponible en todas las tiendas de Amazon)

La madurez ha llegado con versos donde el paisaje y la mujer amada son la cella, eso que llamaban los antiguos griegos al espacio interior de forma rectangular, que constituía el núcleo de la construcción. 
Camilo Venegas Yero se ha bajado de los trenes en marcha y de esa remota localidad cubana llamada Paradero de Camarones desde sus textos no sólo poéticos. Aprender a soltar parece haberle enseñado Diana Sarlabous, compañera de poemas y viajes, de vida y desvida. 
Sus versos, finalmente se han adentrado en ese territorio existencial que es el adueñarse del universo, más allá del Atlas que le regaló su abuelo. Estación del Norte llega después de su novela Atlántida, donde no ha inventado un Macondo, sino una nueva localidad que ha poblado el mapamundi real de la literatura.
Más que andar en trenes, Camilo hace el camino a Santiago de Compostela, y desanda el territorio español, su nueva geografía. Estos poemas han parido viñetas poéticas, que a su vez han dibujado un nuevo atlas, el íntimo que se ha ido armando, entre la animalia que conocimos con El hombre y la tierra, mientras se quita la piel de turista y fecunda las nuevas memorias, con versiones cada vez más redondas de la madurez. 
“Volver a estas piedras es mi destino”, parece decir con Brodsky. Camilo ha logrado, como pocos, el sosiego que le aporta el amor definitivo, y él nos devuelve ese fenómeno tan peculiar en versos breves, de corta respiración, con los cuales nos acostumbramos al nuevo fervor del poeta: el de la mirada universal y la profundidad del vuelo en picada del águila perdicera.

22 diciembre 2024

Lectura teatral de "La capital del sol"


Gracias a Esther María Hernández y Antonio José Ponte supimos de la lectura teatral de “La capital del sol”, una tragicomedia en tres actos de César Pérez, en la Librería Arenales. 
Los actores Beatriz Viñas, Rey Montesinos, Carlos Alejandro Halley, Raúl Capote, Grisell Monzón, Betiza Bismark, Claudia Muñiz y Michel Labarta, que pusieron la voz y las intenciones estuvieron excelentes. 
Aunque aún no ha sido estrenada, ese sagaz abordaje de la Cuba fallida y los despojos de una sociedad en ruinas, con recursos del teatro bufo y el teatro clásico español, es ya es una de las joyas del teatro cubano contemporáneo.


20 diciembre 2024

Estación del Norte: un libro que se escribió solo


Hay libros que nos toman años escribirlos y hay libros que se escriben solos, que uno descubre su existencia cuando ya están casi terminados. Ese es el caso de Estación del Norte, cuyos textos (poemas y viñetas) son producto de sucesivas estancias en España.
La primera y la última sección, "Estación del Norte” y "Finisterre", contienen textos que le he dedicado a la "tierra amarilla", como la llamaron Martí y Fina. La segunda, "Fauna ibérica", es un breve homenaje al niño que veía fascinado "El hombre y la tierra". Y la tercera, "Camino de Santiago", contiene los apuntes que fui haciendo durante la semana que anduvimos por Galicia, rumbo a la plaza del Obradoiro. 
Agradezco a Grisel Jaime Álvarez, Odette Alonso, Alfonso Quiñones y Leonardo Orozco la complicidad con esas doscientas veintiséis páginas. Diana Sarlabous, como digo en la nota introductoria, estuvo a mi lado de principio a fin.
Si todo marcha como hasta ahora, estará disponible en Amazon antes de que 2025 entre por la Puerta del Sol.

06 diciembre 2024

Taller Literario Batalla de Mal Tiempo


Renay Chinea y yo hemos fundado el Taller Literario Batalla de Mal Tiempo. No, nos referimos al combate de Gómez y Maceo con un regimiento de aterrados adolescentes canarios, sino al cañaveral donde ocurrió el hecho, que divide a su pueblo del mío.
Hace unas semanas trato de ponerle punto final a un cuaderno de poemas y viñetas que publicaré en enero. En “Estación del Norte”, reúno textos que he ido escribiendo durante nuestros viajes a España. Cada vez que tengo un texto más o menos terminado, lo comparto con Renay.
Ayer le mostré uno de los poemas que me ha costado más trabajo terminar. En él me refiero al libro “España, aparta de mí ese cáliz”, de César Vallejo. El texto empieza por el adolescente que fui, al que le fascinaba ese libro, y termina en el viejo que soy y la relación que sostengo hoy con esos versos.
Reacción de Renay: “Tengo la sensación de que, si le das un poco más de manigueta, te saldrá más largo. Vaya, que estás como Héctor Olivera: metiste una línea contra la cerca y te quedaste cómodamente en primera”.
Ahí empezamos a trabajar y al final logré acercarme a lo que él me decía. Pero anoche le di más vueltas y acabé cambiándolo totalmente desde la mitad hasta el final. 
Reacción de Renay: “Ganó mucho. Pero si lo metes debajo de colchón y lo sacas mañana, vas a ver que el betún le da más brillo. Si sientes que has peleado mucho con él, ignóralo un rato. ¡Y métele un yiti después, desprevenido!”.
En enero les comparto el libro. Pero desde ahora les anuncio que sus posibles aciertos se deben, en gran medida, a los consejos que me dieron en el Taller Literario Batalla de Mal Tiempo.

05 diciembre 2024

Palo Amarillo Consulting


Hace 12 años nació Ediciones Fogonero, una compañía que ofrece servicios de consultorías en estrategias de comunicación y producción de contenidos. 
A partir de enero de 2025, ese nombre sólo permanecerá para los proyectos editoriales de Libros del Fogonero. Las consultorías, cuyo alcance se ampliará, ya tienen un nuevo nombre.
Les presento a Palo Amarillo Consulting. Luego les ofreceré más detalles sobre la empresa. Ahora sólo cuento lo importante: es un homenaje a nuestro árbol preferido de la Loma de Thoreau.
Querido júcaro, el vínculo que nos une ya es contractual. Estamos muy agradecidos de nuestra sobrina Inés Sarlabous por la identidad que ha creado.

26 noviembre 2024

El Cordón de La Habana


Ya estamos acabando de recoger el café en la Loma de Thoreau. Esta cosecha ha sido mucho mayor de lo que esperábamos. Tendremos que llevar los granos a descarar al pueblo, porque por el volumen de la producción es imposible hacerlo manualmente. Tendremos suficiente para todo el año y para regalarle a los amigos. 
Hace seis años nos regalaron mil posturas en el vivero de Medio Ambiente. Las sembramos a la orilla de la cañada que baja en dirección al Yaque del Norte. Cada año producen más que el anterior y, lo más importante, me permiten recuperar recuerdos que mi infancia en el Escambray.
Nuestras mil matas demuestran por qué en Cuba no hay café. Nunca nadie nos ha limitado, prohibido, forzado, condicionado o impedido nada. Todos los frutos de este pedacito de montaña son nuestros y eso nos inspira a sembrar, cosechar y compartir. 
Justo por eso fracasó el Cordón de La Habana y tuvo éxito el de la Loma de Thoreau.

17 noviembre 2024

Bebiendo a pico de botella con El Rubio


Diana necesitaba algunas cosas en la cocina y me pidió que bajara al colmado de Juana Iris (el más cercano que tenemos en la Loma de Thoreau). Al llegar a la entrada de Quintas del Bosque, el custodio me hizo señas para que me detuviera. “El Rubio me tiró por la planta —me dijo—, dice que lo espere aquí”.
Apagué el buggie y me puse a escuchar el murmullo del Yaque del Norte, que pasa unos metros más abajo. Pocos minutos después apareció El Rubio en su camioneta. Antes de que el vehículo se detuviera del todo, me extendió una botella de Brugal Doble Reserva.
—¡Mi hermano cubano! —exclamó, mientras me convidaba a un trago.
El Rubio nació y se crio en La Lomita, una pequeña comunidad que está al final del camino que lleva a la Loma de Thoreau. La montaña, el béisbol y el ron nos hermanaron. Hubo un tiempo que nos juntábamos todos los fines de semana a jugar pelota. Yo me hacía cargo del center field y él de los batazos decisivos.
Hace unos años, en la víspera de la llegada de Renay Chinea, lo llamé para pedirle un favor. “Rubio, me llega un querido amigo cubano que quiere montar a caballo —le dije—. ¿Sabes quién me puede alquilar uno?”. “Si ese hombre es amigo suyo —concluyó—. es también mi amigo. Dígame el día y les traigo mi paso fino”.
Luego supe que él no permitía que ni sus hijos montaran en ese caballo. Hoy, mientras bebíamos a pico de botella, acordamos reunirnos en su casa para que “la doña” (su esposa) nos hiciera un sancocho. Un hermano de Alito que iba pasando se detuvo y, después de darse un buche, me dio dos duras palmadas.
—¡Don Camilo —le dijo a los demás—, el hombre que más ha sembrado en esta loma!
El tratamiento de don es, entre dominicanos, una señal de respeto con los hombres que pasan de los cincuenta. Pero, lo admito, el reconocimiento de sembrador me conmovió. En un abrir y cerrar de ojos se sumaron al coro dos más que pasaban a caballo. Nos despedimos con abrazos y un último trago. 
Seguí feliz mi camino. Agradeciéndole a Jarabacoa que me devolviera una de las cosas que perdí con el Paradero de Camarones: los buches a pico de botella, esa hermandad que producen la tierra, el béisbol y el ron. Entonces los rostros de aquellos viejos amigos, caídos o aún en pie, empezaron a desfilar por mi cabeza.

10 noviembre 2024

El día que Marta Valdés nos descubrió a Gonzalo Rubalcaba


(Entrevista publicada originalmente en Diario de Cuba)

Gonzalo Rubalcaba es hoy uno de los más grandes músicos cubanos de todos los tiempos. Su monumental obra discográfica constituye uno de los mayores aportes de Cuba a la historia del jazz. Ya no es posible hablar de nuestra gran tradición pianística sin mencionarle, junto a Lecuona, los Valdés (Bebo y Chucho) y una larga lista de virtuosos que universalizaron los ritmos de nuestra identidad.
Pero en 1981, Gonzalito apenas tenía 18 años y aún estudiaba en el Conservatorio de Música Amadeo Roldán. Ese año, las autoridades cubanas habían levantado la veda que pesaba sobre Marta Valdés, quien había sido sacada de todos los medios de difusión masiva y permaneció confinada en un grupo teatral, en un fecundo refugio donde compuso algunas de sus mejores piezas.
La EGREM, el único sello discográfico que existía en la isla en ese momento, por fin accedió a producirle un disco que acabó incluyendo en la serie Nuestros Autores. Para la grabación, la compositora seleccionó cuidadosamente a los que iban a cantar y tocar las once canciones que aparecerían en el álbum. 
En los créditos, junto a Miguelito Cuní, Elena Burke, Pablo Milanés, Frank Emilio, Emiliano Salvador, Alina Sánchez, Guillermo y Argelia Fragoso, Miriam Ramos, Jorge Aragón, Lucía Huergo, Eduardo Ramos, Frank Bejerano y Manuel Varela, aparece un muchachito al que todavía le chiqueaban el nombre.
“Una felicitación especial a Gonzalito —escribió Marta en la contracubierta—, que a los 18 años, debuta brillantemente en discos”. 
43 años después, recordamos aquí aquel suceso.
 
¿Cómo te llegó la invitación para participar en aquel exclusivo proyecto?
En esa época Marta pasaba mucho por la casa donde nací y crecí, en el corazón de Cayo Hueso. En aquella zona de La Habana vivía muchísima gente que tenía que ver con la música, el teatro y el arte. Yo vi pasar a Marta muchas veces por la acera de enfrente. Siempre iba con el estuche de la guitarra y siempre saludaba, porque conocía a mi papá [Guillermo Rubalcaba].
Ella había estado muchos años fuera de la escena musical. No por su voluntad, sino por decisión del oficialismo. Pero esa ausencia no la desvinculó nunca de lo más exigente del gremio musical, especialmente de la gente del filin, el mundo del jazz, la música clásica y los mejores exponentes de la canción cubana. Eso la mantuvo con un nivel altísimo que quedó en evidencia en el disco, donde todos los que participaron asumieron aquello como un acto de reivindicación.
No puedo precisar cómo me llegó la invitación. Yo era vecino de Guillermo y Argelia Fragoso. Además, entre las glorias invitadas estaba Frank Emilio, alguien que en casa se escuchaba mucho y que para mí era un referente desde muy pequeño. Por cierto, uno de los momentos épicos de ese disco, a nivel musical y de interpretación, es la versión que Frank Emilio y Elena hacen de “En la imaginación”.
En esa época conocía también a Lucía Huergo y a Miriam Ramos, quienes ya conocían lo que yo hacía y me habían reconocido públicamente. Creo que la idea de que me sumara pudo venir de alguno de los participantes en el proyecto. Aunque tomando en cuenta que Marta decidió cada cosa que se hizo dentro de ese disco, desde quién hacía los arreglos, quién tocaba, quién cantaba, las intenciones, los matices, todo, especulo que fue ella quien me lo dijo. 
 
¿Recuerdas los detalles de la grabación?
Fui con el uniforme de la escuela, que en ese momento era el de camisa blanca con pantalón mostaza. Tuve que salir entre turnos de clase y caminé desde el Amadeo Roldán hasta la EGREM. Llegué, grabé el piano de “Y con tus palabras” y luego me pusieron a hacer otras cosas. También toqué el piano y el platillo en “Canción del año nuevo” y el clavicémbalo y la lira en “José Jacinto”. Es decir, que contribuí con algunos colores que requerían los arreglos.
Tiempo después me di cuenta de que Marta me había dado la oportunidad de tocar una de sus piezas más emblemáticas, quizás la primera que la puso en el club sagrado de los grandes compositores de canciones. Yo no era muy consciente en ese momento de la gran responsabilidad que significaba grabar el piano de “Palabras” y es mejor que fuera así. Porque siendo tan joven a lo mejor no hubiera tenido la capacidad de llevar correctamente el enorme peso del proyecto, no hubiera logrado tocar con naturalidad y completamente desnudo, que es lo que pasa ahí, lo que se oye ahora.
Tuve total libertad a la hora de tocar. Por supuesto, había una guía, un arreglo con una estructura, y me dijeron: dale, toca. Se hizo una sola toma y sucedió en un ambiente muy relajado. Yo percibía un entusiasmo, un compromiso y una alegría tremenda entre los que estaban allí. Todos parecían poseídos por el estado anímico de aquel sentido homenaje a Marta, de un auténtico reconocimiento a su obra y a su persona.
 
En el disco “Nocturnal”, que grabaste con Charlie Haden en 2001, incluyen una canción de Marta. ¿De quién fue la idea de hacer una versión de “No te empeñes más”, de Charlie o tuya? ¿Por qué la eligieron? 
Todo empezó una noche que Charlie me llamó preocupado, porque tenía que entregarle un último disco a la compañía disquera con la que él estaba en ese momento y no sabía qué hacer. “No quiero grabar otro disco de jazz puro —me dijo—, quiero otra cosa y estoy trabado. ¿Tienes alguna idea de qué debo hacer, me puedes ayudar”. Le pedí que me dejara pensar y le prometí que lo llamaría en cuando se me ocurriera algo.
Por esos días me habían regalado un cofre con la discografía de Pablo Milanés y yo estaba escuchando aquellos discos, sobre todo los que él le dedicó al filin. En algunas canciones el piano lo tocaba Emiliano Salvador y en otras Frank Emilio. Aquellas versiones me parecían realmente extraordinarias y de pronto me pregunté qué tan dispuesto estaría Charlie a tomar ese camino, abordar el universo de la canción, sobre todo del filin cubano y el bolero mexicano.
Lo llamé, le expliqué y me pidió que le enviara un CD con las piezas que yo entendía podían estar en el disco. Le quemé uno con 22 canciones y se lo envié. Tres o cuatro días después me llamó. “Este es el disco —me aseguró—. Vamos a hacerlo y yo te entrego la producción musical”. Le propuse un grupo más reducido de canciones entre las que estaba “No te empeñes más” y él las aceptó todas.
Esa es la historia sobre cómo volví a Marta.
 
¿Si tuvieras que explicarle a alguien que no la conoce quién es Marta Valdés, cómo lo harías?
Creo que una de las cosas más valiosas de Marta Valdés es lo fiel que siempre fue a un arte puro. Nunca fue seducida ni se sintió obligada a tener que hacer nada que rompiera o fuera en contra de sus necesidades como creadora. Y eso lo corroboran los años que estuvo silenciada, fuera de escena. Cuando la volvimos a ver, era una Marta todavía más fuerte, más profunda, más determinada a seguir haciendo el arte que ella quería hacer. Mucho más depurada y definida desde todo punto de vista. Ese es el modelo de artista que yo siempre he defendido. Ese es el modelo de artista que yo siempre he aspirado a ser. 
Los artistas viven situaciones muy similares al resto de las personas. Sufren pérdidas, tienen desamores o problemas económicos, se ven afectados por la política y las ideologías, y todo esto los puede llevar a situaciones muy desfavorables. Marta siempre fue muy sincera y su obra es tan sincera como ella.
Supo entender perfectamente la historia y el hilo conductor de la cancionística cubana y la llevó a un nivel de creación y de expresión muy alto, pero además muy personal.
Deslumbró, porque además era una de las pocas mujeres que estaba al mismo nivel del grupo de hombres que siempre dominó ese ámbito. Fue muy auténtica y se preocupó por mantenerse siempre en una constante evolución. Y otra cosa muy valiosa de ella: no tenía ningún problema para reconocer dónde estaba el talento, lo nuevo, la frescura. Ella entendía, se daba cuenta, advertía dónde estaba la innovación y se acercaba sin prejuicios.
Todo eso sin dejar de ser nunca Marta Valdés. En el primer compás, el primer sonido, la primera nota, la primera sílaba de una canción suya tú reconoces que se trata de Marta Valdés. Esa quizás sea una de las cosas más difíciles de lograr por un artista.
 
¿De todas las interpretaciones que se han hecho de la obra de Marta, cuáles son para ti las que con mayor profundidad logran llegar a su esencia?
Yo me inclino a pensar en tres. Hay mucho más que lo han hecho muy bien, pero hay tres de las que estuve muy cerca y pude apreciar la seriedad con la que asumían esa gran responsabilidad que es interpretar a Marta Valdés. Uno es Pablo Milanés, la otra es Elena Burke y la otra es Miriam Ramos.
Esta es una de esas preguntas que siempre te ponen en desventaja, porque al más mínimo fallo de la memoria te cae todo el mundo encima. Pero esos tres nombres que mencioné no quisieron cantar una canción de Marta, sino que se propusieron abordar en sus interpretaciones la obra de Marta. Ellos tocaron todas las aristas de Marta, buscaron dónde está la sombra, dónde la luz, se propusieron conocer de verdad el mundo interior de la autora. Eso es otra cosa muy diferente, va más allá de todo.
Recientemente, Gema Corredera y Haydée Milanés también han abordado la obra de Marta con mucha seriedad y compromiso. Gema estuvo muy cerca de ella durante un largo tiempo y Haydée me imaginó que, en la intimidad de su hogar, oyó muchas veces a Pablo descargar con canciones de Marta. Así que esa pasión en ella es algo genético.
Pero en el momento en que me hiciste la pregunta, yo me ubiqué en mi niñez y mi juventud, en los años previos y posteriores a mi participación en el disco, cuando empezaba a tener conciencia de la trascendencia de todos estos personajes de los cuales tuve la suerte, la dicha, la bendición de estar cerca de una manera o de otra. Ellos formaban parte del mundo musical con el que crecí y le hicieron aportes esenciales al músico que he sido.
 
Gracias, Gonzalo, por esta conversación. Mi intención era que fuera muy breve y se ha extendido…
Déjame extenderla un tilín más para agregar algo muy importante sobre Marta. La música de Marta tiene una condición que no siempre encuentras en los compositores de canciones. En Marta es tan importante la letra como la música. Tú le quitas la música a una letra suya y te quedas con un texto impecable. Le quitas el texto a la música y te quedas con una exquisita composición musical. Eso pasa con muy pocos autores. 
Hay muchas canciones muy conocidas que si le quitas la letra te quedas sin nada. Y descubrimos que su música es muy humilde y sencilla, apenas un apoyo a lo que se va diciendo. En el caso de Marta, no es así. Todas sus canciones tienen una música tan bien elaborada como sus letras. Ella logra que tanto la parte instrumental como la parte lírica tengan un peso tremendo, consigue un balance entre esos dos mundos que siempre me ha impresionado.
Cuando uno se propone hacer música instrumental de canciones muy conocidas, lo primero que tiene que hacer es buscar cuáles de ellas funcionan sin la letra. Hay muchas canciones que cuando le quitas la letra se quedan en muy poquita cosa. En el caso de Marta tú puedes coger cualquiera de sus canciones, quitarle la letra y van a seguir teniendo el mismo peso, la misma importancia, el mismo impacto. Todas resultan ser piezas instrumentales de una riqueza increíble.
Eso prueba el gran valor de la Marta músico. No sólo era la compositora de grandes canciones, también era un gran músico. Imagínate el agradecimiento que tiene con ella aquel muchachito que, con uniforme de escuela, se escapó del Amadeo para ir a la EGREM a grabar el piano de “Palabras”… No tengo palabras.

06 noviembre 2024

Azúcar negra


a Bladimir Zamora

El 11 de julio de 1993, a las 22:30, en la plaza de toros de Las Ventas, Celia Cruz se paró delante de nosotros y nos hizo una reverencia. Vestida de verde desde el cuello hasta los pies y con una larga capa blanca, dijo ser dulce como el melao, alegre como el tambor y traer el rítmico tumbao de África en el corazón.
“¡Azúcar, azúcar negra, ay, cuánto me gusta y me alegra!”, le respondimos a coro. Poco a poco, los cubanos presentes nos fuimos reagrupando a los pies de la reina. Entonces ella, que hasta ese momento le cantaba a la oscuridad de los tendidos, empezó a distinguir rostros y a fijar su mirada en ellos.
Recuerdo que por una fracción de segundo, Celia Cruz y yo nos miramos a los ojos. Me quedé un largo rato paralizado. Ni siquiera los empujones y los golpes de los que bailaban consiguieron que me movieran. Luego le pidió a sus compatriotas que levantaran la mano y el mar de brazos la hizo llorar.
Puedo asegurar, sin temor a equivocarme, que es la única vez que la he oído decir “¡Azúcar!” con tristeza. Se llevó las dos manos, con los dedos entrelazados, al pecho. Luego guardó un largo silencio que tuvieron que romper los tambores de la orquesta. 
“Quiero que todos ustedes me permitan cantarle a mi tierra —dijo todavía conmovida—. Pinar del Río, Habana, aaayyy mi bandera cubanaaaaa, Matanzas, Santa Clara, Camagüey y Orieeeeente… ¡Cuba qué lindo son tus paisajes, Cuba, qué lindo son!”.
Cada uno le fue diciéndole a los que tenía alrededor de dónde era. Se escucharon los nombres de Artemisa, Cárdenas, Remedios, Bayamo, Trinidad, Batabanó… Como Paradero de Camarones es muy largo y casi siempre precisa una explicación, dije Cienfuegos. Alguien a mis espaldas dijo que también era de allá.
Entonces, no puedo decir cómo, apareció una enorme bandera. Extendida, pasó sobre nuestras cabezas hasta llegar al escenario. Con mucho trabajo, lidiando con el vestido verde, la larga capa blanca y los elevados tacones, Celia se arrodilló.
“Ya esto no es Madrid —dijo el poeta a mi lado— la plaza de toros de Las Ventas esta noche queda en Cuba”. Nos abrazamos con una mano, mientras con la otra sosteníamos uno de los extensos bordes de la bandera. Cantamos hasta quedarnos sin voz, bailamos hasta llenarnos los zapatos de tierra.
Nunca le pregunté a qué Cuba se refería: a la de Celia, a la que nos tocó a nosotros o a una como aquella noche, ya borrosa y pixelada para siempre, donde todos pudiéramos reencontrarnos.

05 noviembre 2024

Cremà

Calle Dr. Antonio Muñoz, Alfafar.
Foto: Eduardo Lozano

Aquel enorme edificio que Lozano señaló durante el recorrido que nos dio por Valencia, ardió en las noticias. En poco más de dos horas las llamas lo abrasaron todo. Las condiciones meteorológicas y el revestimiento de aluminio y polietileno no dieron tiempo a nada. Diez fallecidos y quince heridos.
El coche de mi amigo, el Citroën C-Elysée 2019 en el que nos llevó a conocer el cauce original del Turia, fue arrastrado por la gota fría de 2024. Acabó bajo otros cinco coches, junto a las vías, con los vidrios destrozados y anegado en lodo. Bajo ellos aún corría el agua.
“¡Estamos vivos!”, exclamó Lozano cuando le llamamos. Alcanzamos a oír gritos y voces desesperadas. Luego me envió las imágenes del momento de la tragedia. El Turia había pasado por su calle, que ahora era un río de chatarra y de personas desesperadas que intentaban escalar por aquellos muros de acero y plástico.
Hemos visto el final del Citroën C-Elysée 2019. Una grúa lo mantuvo en alto y luego lo dejó caer en un vagón lleno de escombros. Desde su balcón, mi amigo le dedicó unas últimas palabras. Hasta el momento, las autoridades reportan 215 fallecidos. Los desaparecidos aún no pueden cifrarse con exactitud.
Sigo sin entender por qué Valencia se ha empeñado en quemar o destruir nuestros recuerdos de aquel día. He llamado a Lozano para preguntarle por la playa de Las Arenas. Afortunadamente sigue ahí. Tendremos que volver a ella para reconstruirlo todo.

23 octubre 2024

La camarera del Abastos


Ella todavía no conoce Madrid,
ni cree que le haga falta,
y sigue sin entender
por qué en Galicia
tiene que llover todo el año.
Aún no sabe cómo cerrar
los paraguas y eso la desespera.
Tampoco se explica por qué aquí
los vecinos no se conocen
y los extraños
no saben mirarse a los ojos.
Se pregunta qué le encuentran
a los percebes
y extraña el sabor
de la comida dominicana,
el aroma de las verduritas,
las habichuelas
como sólo las sabe
guisar su madre
y la telera, el único pan
que de verdad sabe a Navidad.

No le gusta el caldo gallego
porque, asegura, no existe
nada más desabrido.
Le repugna el olor a pescado
y a eso es a lo que huelen
sus manos
desde el día que llegó.
La sorprende la llovizna
camino de la mesa más lejana
y enseguida se cubre el cabello.
Le brillan los ojos
cuando mencionamos
a Bonao, La Vega, Jarabacoa…
Le decimos que pasamos
todos los fines de semana
por su pueblo y la nostalgia
la deja sin fuerzas.
Se deja caer en una silla,
nos cuenta lo feliz que era
y las razones por la que vino.
Nos pide que repitamos
otra vez aquellos nombres.
La complacemos:
Bonao, La Vega, Jarabacoa…
Se vuelve a cubrir el cabello
y regresa a la última mesa,
donde le han pedido
más percebes.

Nos señala el cielo cerrado
de Santiago de Compostela
y se encoje de hombros.
Sigue sin entender
por qué en Galicia
tiene que llover todo el año.

21 octubre 2024

Presa número 6*

La presa número 6 retratada por Ana Rosario Venegas.

Este espejo nos llevará aguas abajo,
como antes se llevó 
la sangre del antiguo Matadero
y el hedor que vertía aquí 
el Madrid de los Austria.
Mira bien esos rostros 
porque pronto 
nos perderemos de vista.
Eso que ves ahí 
es lo que hemos acabado siendo.
Borrosos, fugaces, 
como los gansos 
que huyeron del Nilo
y acabaron 
quedándose para siempre.
Míranos bien, 
porque pronto 
la Presa Número 6
quedará atrás 
y ya será imposible
volver a dar con nosotros.

Este espejo nos llevará aguas abajo,
primero por el Jarama 
y después a través de esa Castilla
que amasaban en Cuba
antes de llevarla al horno 
durante toda la noche.
Esos cansados rostros 
que dejamos caer al agua 
pronto llegarán al Tajo.
Borrosos, fugaces,
como los gansos del Nilo,
esa especie invasora
que nunca será considerada
parte de la fauna local.

Mira bien esos rostros,
porque puede llegar el día
en que ninguno de los dos 
logre saber quiénes eran.

*El Manzanares fue represado para que Madrid simulara tener uno de los grandes ríos de Europa y no un riachuelo que medra por Castilla. Frente a nuestro balcón están las compuertas de la presa número 6.

20 octubre 2024

La luna imposible


Este fue un fin de semana de luna llena. La Loma de Thoreau resplandecía. Hasta en la cañada, el sitio donde la noche se cierra más, todo se distinguía con claridad. Cuando nos acostamos, después de ver dos capítulos de una serie que acabó defraudándonos, Diana me pidió que le hiciera una foto a lo que se veía por la ventana.
Me di la vuelta (porque siempre me duermo de su lado) y me impresionó la imagen que tenía delante. En primer plano, la penda que crece junto a nuestra cabaña. Luego, los pinos y el palo amarillo, que siempre se las arregla para ser el protagonista, mire donde se mire. De fondo, las luces del pueblo.
Y en lo alto, entre unas dramáticas nubes, estaba la luna rotunda, absoluta. Traté de captar aquella imagen más de diez veces, jugué con todas las posibilidades del iPhone, pero al final todo fue en vano. Lo que veía en la pantalla no guardaba ninguna relación con la impresionante escena que tenía delante.
Justo en ese momento me llegó un mensaje de un amigo que vive en Cuba. Me reprochaba que, en medio de la crisis que vivía la isla, yo me ocupara de celebrar cosas “tan frívolas como una orquídea o un aguacate” (sic). No le respondí. Él ya tiene suficiente con la realidad que le toca vivir, pensé.
Pero eso no impidió que me quedara rumiando aquella frase un largo rato. En el año 2000, cuando tomé la decisión de irme de Cuba, renuncié a 33 años de vida y a un territorio sin el que nunca me imaginé. Muchas de las cosas que les dieron sentido a esas tres décadas se quedaron atrás y aún hoy lamento su pérdida.
Empezar de cero es no tener nada con lo que hacer ni la más mínima suma. A eso me enfrenté por años. Tener que subsistir en el exilio, aún con el viento a favor, te llena de miedos, incertidumbres, predisposiciones… Jamás culpé a nadie por mi circunstancia.
Encima de mis problemas, de mis preocupaciones por llegar a fin de mes y sustentar a mi hija y a mi madre, traté en la medida de mis posibilidades de contribuir, con mi testimonio y mi opinión, a una Cuba más libre y próspera. Es decir, a un país diferente a la que nos tocó vivir. Justo el mismo amigo criticó entonces mi “radicalización”.
Llegó un momento —que no puedo precisar con exactitud— en que di a Cuba por perdida. Entonces me di a la tarea de crear mi patria particular, un mínimo territorio donde poder aterrizar todas las cosas que tenía en el aire. La Loma de Thoreau fue eso, como lo son las orquídeas y los aguacates.
Incluso la luna imposible, esa luz que no pude captar pero que igual me llevó de regreso a casa. Cada uno debe asumir las oscuridades de su circunstancia y eso hago desde hace 24 años. Seguir considerándolo mi amigo es la mayor prueba de que todo mi resentimiento se lo dedico a los que de verdad se lo merecen.

Geo Ripley, de las sombras a la luz


El jueves pasado volvimos a Baní, cuna de Máximo, el dominicano que enseñó a los cubanos a cargar al machete. Nuestra visita fue pacífica. Se trató de un pacto zanjado con nuestros primos Mary y Marcos, quienes estuvieron al frente de la exposición que celebró los 60 años de vida artística de Geo Ripley.
“De las sombras a la luz” resume, en dos ámbitos, la desorbitante creatividad de un caribeño esencial y universal. El Centro Cultural Perelló (iniciativa privada de la familia que produce Café Santo Domingo) vio lo que al estatal y miope Ministerio de Cultura se le escapó, abriéndole de par en par las puertas a un artista invencible.
Geo Ripley descubre lo que se quiere cubrir, reafirma lo que se niega, celebra lo que a otros acompleja, se concentra en lo esencial en un mundo cultural donde prima cada vez más los obsoletos códigos del espectáculo televisivo y la bobería. Esa es una de las razones por la que disfruté tanto ese acto de fe.
Las comunidades vecinas trajeron sus deidades y las razones por las que creen en ellas y en el artista. Las paredes soportaron seis décadas de constante búsqueda de una identidad… o de muchas, porque Geo son muchos Geo y su obra, en consecuencia, parece pertenecer a varios individuos y no a uno solo. 
Gracias, Mary y Marcos. Gracias, Baní, por nuestra independencia y por la exposición. Gracias, Geo, por tu obra y por los abrazos de los que Diana y yo nos sentimos tan orgullosos.




16 octubre 2024

De Pello al Taiger

Fotograma de una escena de Memorias del subdesarrollo
(Tomás Gutiérrez Alea, 1968) con música de Pello el Afrokán.

El caso del Taiger me avergonzó, porque demostró mi cada vez mayor desconocimiento de la Cuba actual. El país donde nací ya no existe y, a tres años de cumplir los 60, no me queda vida para sentarme a esperar por la reconstrucción de una nación y una sociedad que hoy están en ruinas. 
No puedo precisar cuándo di a Cuba por perdida, pero lo cierto es que ya le presto mucha más atención a los territorios que habito. Por eso no sabía quién era el Taiger ni había oído jamás nada suyo. Desde semejante ignorancia, me resulta imposible juzgar su obra. 
Dejo eso a los entendidos y a los que les dice algo eso que él hacía. A mí, francamente, me resulta ajeno, irrelevante. Y con esto no le estoy restando importancia a él sino a mi juicio. Aunque juzgar lo que se desconoce es uno de nuestros deportes nacionales, sigo prefiriendo el béisbol.
Disfruto presumir de mi colección de música cubana. Ella es la suma de mis gustos con los de mis abuelos, mis padres y mis más queridos amigos. Casi todo lo que oigo de Cuba pertenece al siglo pasado y a artistas muertos. Con Marta Valdés perdí a uno de los pocos vivos que me van quedando.
Nunca me gustó Pello el Afrokán, pero por una cuestión nostálgica tengo un disco suyo que a veces suena en la emisora con mi nombre que me ha preparado iTunes. En el momento menos esperado, empiezan a retumbar a mi alrededor unos incesantes tambores y un coro que pregunta una y otra vez dónde está Teresa.
Cuando Pello se convirtió en el músico más popular de Cuba, casi todas las leyendas de nuestra música aún vivían. Pero eso no impidió que el ritmo mozambique, uno de los más pobres de todos los creados en la isla, se impusiera como la banda sonora de los primeros años de la revolución.
Quizás el Taiguer sea la banda sonora de su final. Y su música, como lo fue la de Pello en su época, el más genuino resumen del momento que se vive allí. De Pello al Taiguer, se podrá acotar en la línea de tiempo y ahí las dudas sobre la trascendencia de ambos quedarán despejadas.

13 octubre 2024

Otro avance de "Estación del Norte"

Consuelo Castañeda retratada por Carla G. Colomé, autora
de la entrevista a la que se refiere el poema.

Uno puede decidir cuándo se sienta a escribir un cuento o una novela. El poema, en cambio, es quien decide cuándo lo vas a escribir (si no los fabricas en ChatGPT). Estuve un largo tiempo sin que se me ocurriera ni un verso y de pronto, uno tras otro, han ido apareciendo poemitas. 
Escribí sin parar durante el Camino de Santiago y las semanas que estuvimos en Madrid. Quizás por eso todos tienen algo en común y parecen dialogar entre sí. Hace poco publiqué "Como la anciana de Baxoia" en Diario de Cuba. Según el orden del documento este vino justo después. 
Como el primer poema que escribí se llama Estación del Norte, ese nombre se le quedó al documento y hasta ahora parece que será el título de la colección. Algo curioso, no hay trenes en este librito. Al menos hasta ahora no pasa ninguno por ningún verso.


POR CONSUELO CASTAÑEDA

Te gustaría pensar así,
ser como la artista
astigmática,
hipermetrópica,
que todavía no sabe
cómo en verdad
se ve la luna.
Esa que dice no tener
tiempo ni vida
para seguir
cargando
con todo aquello.
Te gustaría no decir
nunca más
la palabra exilio,
escapar de los lugares
y las personas
que hoy te obligan
a seguir siendo 
tú mismo.
Huir
hasta que no tengas
ni la más mínima
necesidad de recordar
la última vez 
que viste a la luna
encima 
de aquella casa,
alumbrando
como si fuera de día
la única forma de ser
que creías tener,
el rostro por el que 
aún respondes
cada vez que te llaman.

09 octubre 2024

Réquiem por Armando de Armas


Cuando nos conocimos, él era asesor literario de la Casa de la Cultura de Cienfuegos. “¿Te has leído el Amadís de Gaula? —fue la primera pregunta que me hizo—. Todo lo que hace falta saber está en las novelas de caballería”. Elegía muy bien sus amigos y presumía de tener dos listas: una de afectos y otra negra.
Caminaba por el boulevard con un pañuelo blanco en la mano. Siempre lo mantenía perfumado. Con él secada el sudor de su cuello y de la frente de las mujeres que se detenían a saludarlo. Alberto Yarini era su héroe y los interpretaba a cabalidad. Andando con él conocí un Cienfuegos suburbial, clandestino.
Una tarde me invitó a “darnos unos cañangazos”. Fuimos hasta el hotel Jagua. Allí nos esperaban Chema Castiñeira (un actor que había cumplido una larga condena por participar en un complot para asesinar a Fidel Castro) y tres lindas cubanas. Ese día bebí por primera vez whisky.
Una de las mujeres era una bellísima dirigente cultural con cuyo esposo habíamos compartido más de una vez. Mandy notó mi asombro. “Todas tienen una fantasía —me dijo al oído—. Cuando descubres cuál es, son tuyas”. Luego notó que yo consultaba el reloj constantemente y me preguntó qué pasaba. 
“Es que se me va a ir la última guagua para Cruces” le dije. “Tengo un amigo taxista que me debe un favor —dijo mientras se secaba el cuello con el pañuelo blanco—, él te lleva a tu San Nicolás del Peladero”. Al salir del hotel, ya de madrugada, ahí estaba su amigo taxista.
Manifestaba abiertamente que era de derechas (hablo de los años 80 del siglo pasado) y no escondía su admiración por los alzados del Escambray (su padre había colaborado con ellos). Osvaldo Ramírez era su unidad de medida para la valentía. “Ya en Cuba no quedan hombres como él”, advertía constantemente.
Tenía una vasta cultura y era uno de los más voraces lectores que he conocido.  Pero prefería regirse por los códigos de la guapería cubana. No perdonaba las flaquezas ni las traiciones. Pañuelo blanco en mano, discutía de pie y vociferando, lo mismo de literatura que de historia o política. 
Hace unos años le pedí para El Fogonero un texto sobre la estación de Cienfuegos Carga. “Sigues en la lista de mis afectos”, puso al final de su envío. Tú también, Mandy. Algún día nos reencontraremos, entonces espero que me presentes a Amadís, Palmerín, Felixmarte, Cirongilio y, por supuesto, a Osvaldo Ramírez.

04 octubre 2024

Como la anciana de Baxoia*


Escoger, siempre pudimos escoger.
Apartar lo vano,
soplar las cáscaras,
quitar pequeñas piedras o terrones
siempre estuvo permitido.
Cada tarde, después de sintonizar
alguna distracción en la radio,
nuestras mujeres se sentaban a la mesa.
Primero la cubrían con un hule,
luego vertían en ella el arroz sucio.
Encima de aquellos motivos eslavos
(rombos, flores silvestres,
aves de colores inexplicables)
comenzaban a separar
la luz de las tinieblas.
Como la anciana de Baxoia,
aquella del delantal a cuadros,
la que nunca 
levantó la cabeza de las habas,
nuestras esposas, madres y abuelas
hundían sus frentes
en los últimos minutos de la tarde.
Así permanecían hasta que por fin 
podían ponerse a cocinar
lo poco que había quedado.
Escoger, siempre pudimos escoger.
Lo que no se nos permitía allí
era elegir.
Eso lo aprendimos
una vez que conseguimos largarnos.

*Este poema, escrito durante el Camino de Santiago, en septiembre de 2024, fue publicado originalmente por Diario de Cuba.

03 octubre 2024

Tú no sospechas, Marta Valdés, todo lo que te debo


Todavía no me explico qué vio Marta Valdés en mí. Lo cierto es que un día, después de escucharme leer un poema, se me acercó. Caminó despacio, con las manos tomadas en la espalda. Me miró de arriba abajo con una expresión atemorizante y, después de un silencio que se me hizo eterno, por fin habló.
—¿Es cierto que eres graduado de dirección teatral? —me preguntó.
—Sí —le respondí con un intimidado hilo de voz.
—¿Te gustaría dirigir mi Peña en la casona de Teatro Estudio?
No sabía de qué se trataba, pero acepté sin pensarlo. Entonces me explicó que era un espacio donde ella cantaba, acompañada por Gema Corredera y Pavel Urquiza. Además, actores invitados decían poemas y representaban monólogos o pequeñas escenas de obras.
Todos los sábados, dos horas antes de que empezara la Peña, debía sentarme junto a ella a revisar el guión. A lápiz, con una punta afiladísima, apuntaba los cambios. Aunque siempre acabábamos improvisando, necesitaba que todo estuviera previsto hasta en los más mínimos detalles.
—Sólo se puede improvisar —me decía—, cuando se sabe muy bien lo que se quiere hacer.
Fundamentaba cada instrucción o corrección. Eso convertía sus comentarios en valiosas lecciones. Sus conocimientos de música, literatura y cultura cubana acababan avasallándome. Esas dos horas que compartí con ella, sábado tras sábado, para mí cuentan como una carrera universitaria. 
Con el tiempo advertí que aquella expresión atemorizante, no era más que la armadura con la que se protegía uno de los corazones más nobles y generosos que llegaría a conocer en mi vida. Gema y Pavel, que la acompañaron nota a nota en aquella aventura, no me dejarán mentir. 
El día que se enteró que me casaría con la madre de mi hija Ana Rosario, me exigió que la boda fuera en la Peña y que todos nos disfrazáramos con los vestuarios de las obras de Teatro Estudio. Luego me preguntó qué regalo quería. Le pedí algo que creí imposible: que Elena Burke cante.
Cuando llegamos al patio del caserón ya ella estaba disfrazada, guitarra en mano. A su lado, Elena Burke empezaba a impacientarse con el calor que le daban aquellos tules. Fue la única vez que todo fue totalmente improvisado. Aún hoy no puedo escuchar sus canciones sin verla delante de mí, mirándome de arriba abajo, con las manos tomadas en la espalda, intimidándome.
Tú no sospechas, Marta Valdés, todo lo que te debo.

01 octubre 2024

La última carta que recibí de Aurelio



Mi abuelo Aurelio Yero Alonso, el jefe de estación, acostumbraba a enviarme cartas cuando yo no estaba en casa. Recibí muchas en las diferentes becas (con ese eufemismo llamaban en mi país a los internados). Algunas de ellas estaban escritas al dorso de las vías para los trenes, porque no había otro papel en el P
aradero de Camarones.
Durante los dos años que estudié en El Nicho, una escuela que estaba en las montañas del Escambray, me contaba las películas que me había perdido. Sobre todo, las que pasaban en Historia del cine, un programa que ponían después de las diez de la noche, hora en que apagaban la planta eléctrica y teníamos que irnos a dormir.
Además de mantenerme al tanto de las incidencias en el ferrocarril, me adelantaba noticias del pueblo. Su descripción sobre un accidente, en el que una locomotora le cortó los dedos de los pies a Vilo Pérez, se convirtió en una de las viñetas de Atlántida.
Cuando enfermó sus cartas se hicieron cada vez más esporádicas. Esta fue la última. La recibí en Moa, durante los meses que estuve allí haciendo mi tesis de graduación. Luego mi madre me contó que hizo un gran esfuerzo para terminarla. Murió cinco meses después.


Camarones 4 – 11 – 1986
 
Camilito: 
Querido hijo, que te encuentres bien en unión de tus compañeros son nuestros deseos, aquí bien todos. Perdona esta letra tan mala, yo tenía otra mejor se la di a guardar a tu mamá y cuando se la pedí para hacer esta carta no la encontró. Tú sabes que ella tiene mala memoria.
Nos dijeron que estabas estudiando mucho eso nos alegra sobremanera. Este es tu último año de estudiante después a trabajar y a estudiar, así labrarás tu futuro y el de tu familia. Estudiando mucho con interés con perseverancia, que tú seas el orgullo nuestro. Aprende sobre las obras que te trasmiten la sabiduría de los grandes autores, el pensamiento y la literatura que ellos te hagan llegar a través de los libros. Nosotros viviremos felices con tu actuación en la vida.
Nada de cigarros, ni bebidas alcohólicas. El cigarro causa las manchas en los pulmones y más tarde el cáncer. El alcohol te enferma el hígado y te atrofia el cerebro, y no puedes asimilar lo que tú estudias. Oye este consejo, que un alcohólico vale menos que el pensamiento de un borracho.
Te diré que Alexis* cogió la hemorrágica y lo trajeron en una guagua de Santa Clara y ya está mejor. Pero dice que no le va a pasar como a Villaverde cuando salió del hospital, porque cuando el mal es de indigestar no valen guayabas verdes.
El jardín de tu mami y de tu mamá está prosperando, han fijado su fecha de inauguración para julio del año que viene. Ya tú estarás aquí, para que hables en el acto de apertura. Ya tu mamá guarda su granito de comino.
Bueno, Camilito, pórtate como un hombre, mucho fundamento, mucho interés en el estudio, no a las malas compañías, que las malas compañías te traen malas situaciones. Vuelvo a repetirte, mucho estudio mucha formalidad.
Tenemos muchísimos deseos de verte, que estés aquí con nosotros después del deber cumplido.
Nuestro saludo para tus compañeros todos. Tú recibe muchos besos de tu mami, tu mamá y uno de tu papá
Aurelio
 
*Se refiere a Alexis Rodríguez, uno de mis mejores amigos de infancia y también hijo de un ferroviario, quien había contraído la conjuntivitis hemorrágica. En aquella Cuba, si te sorprendían en la calle con los ojos rojos te aislaban de inmediato.

Los meses de Moa

Junto a Danny Jacomino, con  la bahía de Baracoa de fondo.

Entre 1985 y 1986, me fui a Moa junto a tres compañeros de aula en la Escuela Nacional de Arte de Cubanacán. Miguel Pérez, Francisco Oliveros, Pedro Valdivia y yo viajamos 815 kilómetros en un autobús yugoeslavo para integrarnos al Grupo de Teatro Tierra Roja, fundado por José Oriol. Teníamos el propósito de dirigir allí la puesta en escena con la que nos graduaríamos.
En vísperas de aquel largo viaje, Salvador Lemis me regaló "En mi oreja creció un arbolito", una obra para niños que acababa de escribir. Gracias a la complicidad de Danny Jacomino y a su actuación junto a dos niñas de la comunidad, la puesta en escena mereció Diploma de Oro. Honor que compartí con Raúl Martín.
Estas dos fotos son las únicas que conservo de aquella experiencia. No fueron hechas en Moa sino en Baracoa. Habíamos ido hasta allí en una avioneta An-2 que hacía tres viajes al día entre esas dos ciudades del oriente cubano. Por cierto, aquella expedición en un artefacto con las alas de tela, fue el primer vuelo de mi vida.
De Moa se fue un Camilo totalmente diferente al que llegó. Allí los días contaban como semanas y los meses como largos años. Nunca olvidaré aquellas jornadas de polvo rojo, creación frenética y libertad absoluta en un entorno tan hostil. El Camilo actual, de una manera o de otra, siempre trata de seguirle los pasos al que fui entre 1985 y 1986.

En Duaba, Baracoa, conociendo el lugar por donde desembarcó
el general Antonio el 1 de abril de 1895.

30 septiembre 2024

La despedida de Enrique Ponce de Las Ventas


—Esta es la única obra de teatro en la que se muere de verdad —dijo alguien a nuestras espaldas.
Miguel Grillo y yo, al escucharlo, nos miramos. Era la despedida de Enrique Ponce de Las Ventas y Madrid estaba lista para rendirle toda la pleitesía que el matador se merece. La muerte, como anunció el espectador, estuvo presente. También el arte. 
Nunca más usaré el pañuelo con el que pedí dos orejas para Ponce y una para Samuel Navalón, quien, después de sufrir un volterón que aterró a Diana y Rebeca, cargó la suerte una y otra vez. Enrique Ponce salió por la puerta grande y nosotros por un último brindis.
La primera vez que estuve en Las Ventas fue para ver a Celia Cruz. Salí sin voz, feliz de haber estado en una Cuba que desconocía. Allí también vi a B. B. King y a su amada Lucille. En ese ruedo el arte siempre me espera. 
Gracias, Miguel y Rebeca, por esta tarde madrileña. La próxima, como acordamos, será en la Loma de Thoreau.

Rebeca, Diana, Miguel y yo disfrutando el arte desde los tendidos.

Enrique Ponce, en hombros, a punto de salir por la puerta grande.