15 febrero 2021

Moby Dick


(Fragmento de la novela Atlántida)

La cañada se ha empezado a secar. El temporal que pasó en diciembre la convirtió en un brazo de mar. Pero después de tantas semanas sin llover se ha ido reduciendo hasta convertirse en un hilo a lo largo del potrero y en un pequeño charco debajo del puentecito que hay al final del andén.
Hace unos días, el Chiqui y yo tratamos de pescar biajacas. Hicimos los anzuelos con alfileres y les pusimos lombrices de carnada. Nos pasamos la mañana entera mirando hacia abajo y moviendo lentamente el nylon, para que las biajacas creyeran que las lombrices estaban vivas.
—¿Cómo van las cosas en el Pquod? —Nos preguntó mi abuelo desde la punta del andén.

El Chiqui se encogió de hombros y yo le expliqué que ese era el nombre del barco ballenero del Capitán Ahab. El Chiqui se volvió a encoger de hombros y le hice un gesto que quería decir que después le explicaba. Entonces volvió a mirar hacia abajo, donde también estábamos nosotros dos mirando hacia arriba.

—Si le dan caza a la gran ballena blanca me avisan —nos dijo Aurelio mientras volvía a su oficina.

Mi abuelo se ha leído dos veces la novela de Hermann Melville. Se sabe de memoria los nombres de todos los tripulantes del Pequod y los países de donde son. Se los he oído decir tanto que yo también me los sé. “¡Pueden ustedes llamarme Ismael!”, dice Aurelio a veces, en el momento menos esperado.

Hace como un año pasaron la película en el cine. Fuimos los primeros en llegar al pequeño portal y mi abuelo iba tan eufórico que ni siquiera saludó a Chena. Apenada, Atlántida le abrió los brazos al mejor amigo de Aurelio. “Tú lo conoces mejor que yo”, le dijo y Chena soltó una de sus carcajadas.

Mi abuelo fue mirando las fotos de la cartelera una por una, como si quisiera encontrar en ellas algo que no aparece en la película. “Ojalá que no venga más nadie”, le dijo a Rufino, el portero, mientras le entregaba las papeletas. Aunque las luces aún estaban encendidas, Angelina, la acomodadora, nos siguió con su linterna.

—¡Efraín, lámpara! —gritó Chena. Ese era el aviso al proyeccionista para que apagara las luces de la sala y comenzara la película.

Después del rugido del león de la Metro Goldwing Mayer y de los créditos, apareció un muchacho caminando por el campo. Llevaba un bastón en una mano y un bolso en la otra. Su ropa y su gorra se parecían a la de el Ruso. Se acercó, levantó el bastón hasta apoyarlo en su hombro y miró en dirección a nosotros, como si fuera a decirnos algo.

—¡Pueden ustedes llamarme Ismael! —Dijo Aurelio antes que el muchacho dijera exactamente lo mismo.

—¡Ssshhh! —Esa fue la primera vez que Atlántida lo mandó a callar. Fueron muchas, porque Aurelio no se pudo contener y siempre se le adelantó al Capitán Ahab en sus frases preferidas.

—¿Qué se hace cuando se ve una ballena, hombres?

—¡Ssshhh! 

—Todos los vigías, escúchenme, deberán buscar una ballena blanca. Una ballena tan blanca y grande como una montaña de nieve.

—¡Ssshhh!

—Es un día tranquilo, Starbuk. Cielo tranquilo. En un día así maté mi primera ballena.

—¡Ssshhh!

El Chiqui y yo seguimos intentando pescar biajacas por varios días. Aunque picaban, nunca conseguíamos que se quedaran ensartadas por los anzuelos hechos de alfileres. Una tarde, después de hacer las tareas, saqué un par de lombrices y me fui solo al puentecito. Lancé el nylon y me senté en el carril.

—¿Por qué veo decepción en su rostro? —hubiera dicho Aurelio adelantándose al Capitán Ahab— ¿No está ansioso por caza a Moby Dick?

Oí los golpes de las grandes ventanas de la oficina cerrándose. Eran las cinco y Aurelio estaba retirando de servicio a la estación. En cuestión de minutos Atlántida me llamaría para que fuera a bañarme. Al charco le quedaba poco. En cuestión de días la cañada estaría totalmente seca. El tiempo se acababa.

Entonces sentí un tirón. Después otro y finalmente uno que por poco me arranca el nylon de las manos. Comencé a tirar hasta que la saqué del agua. Era la biajaca más grande que había visto en mi vida. Mientras la iba subiendo, escuchaba claramente el batir de las olas y la música de la película.

—¡Papá! —Comencé a gritar— ¡Papáaa! ¡Papáaaaa!

Aún si me hubiera escuchado no habría podido verla. Cuando ya la tenía delante de mí, dio un coletazo tan grande que logró zafarse del alfiler. Cayó entre las piedras y los travesaños. La atrapé entre las dos manos y traté de inmovilizarla, pero sus espinas se encajaron en mis dedos.

Un duro pinchazo me hizo soltarla. De un coletazo saltó sobre el carril y de otro cayó al vacío. La vi caer en cámara lenta, como lo hacía la enorme ballena blanca. En ese momento, el tranquilo charco de la cañada me pareció el enfurecido mar del Cabo de Hornos y las garzas del potrero de Felo López gaviotas que sobrevolaban un naufragio.

Nunca le conté a nadie, ni siquiera a el Chiqui, que llegué a sacar a la biajaca del agua. Me daba vergüenza tener que reconocer que la perdí después de tenerla entre las piedras y los travesaños de la línea. Los pinchazos de los dedos se me infectaron, pero los escondí hasta que estuvieron del todo curados.

Poco después el charco se secó por completo. El Chiqui y yo nos metimos descalzos en el lodo para atrapar pequeños camarones. Encontramos sus restos en la parte más honda, que fue la última en quedarse sin agua. Ya había perdido los ojos y olía mal. Una larga hilera de hormigas entraba y salía por su boca.

—Esta es la biajaca más grande que he visto en mi vida —me dijo el Chiqui—. ¿Tú te imaginas que la hubiéramos podido pescar?

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