24 feb 2021

La fiesta de la luz


(Fragmento de la novela Atlántida)

Todo empieza siempre con un discurso de Yuyo Serralvo, quien calcula los años que hace que se detuvo aquí el primer tren. Luego menciona una fecha exacta, 15 de diciembre de 1895, y señala un punto en el horizonte. La multitud se apartan para dejarle el camino libre el dedo índice de Yuyo.

—Por ahí pasó la caballería de Máximo Gómez y Antonio Maceo después de la batalla de Mal Tiempo —dice—. No olvidemos nunca que la historia acampó en el Paradero de Camarones esa noche, debajo de las matas de mangos de La Flora.

Después de un emotivo aplauso, Yuyo recuerda todos los años de oscuridad que vivió el pueblo hasta que el Patronato Pro Luz, presidido por Pedro Pis Prieto, trabajó sin descanso para que en cada casa hubiera al menos un bombillo encendido cuando cayera la noche.

Si con el segundo aplauso Yuyo se emociona demasiado, suele gritar “¡Urraaaaaa!”. Aurelio siempre ha dicho que Yuyo es de los comunistas de verdad, de los de antes, de los que lucharon contra Machado, y que si por él fuera en el Paradero de Camarones caería nieve como en Leningrado. 

Al finalizar el discurso comienza un desfile que encabezan los combatientes. La mayoría lleva una medalla en el pecho, pero hay algunos que tienen dos o tres y a Yuyo ya no le alcanza la camisa y se pone algunas en la gorra de miliciano. Al pasar frente al cine, le dan un aplauso a Chena.

Desde la ventana del proyeccionista, el mejor amigo de mi abuelo le devuelve el saludo a la multitud. El mismo día que llegó la luz al pueblo, Chena abrió por primera vez las puertas del cine Justo. Lo armó con las bustacas viejas del cine Luisa de Cienfuegos y con una pequeña pantalla en la que no cabían las películas en cinemascope.

Atlántida no olvida el momento en que la pantalla se alumbró y John Wayne se paró frente a todos. “¡A la gente le dolían las manos de tanto aplaudir!”, recuerda.

Como la mayoría de los canarios que habían venido del campo no sabían leer, muchos se fueron sin entender la película. 

—¡Vuelvan mañana! —Les repetía Chena—. ¡Les prometo que voy a resolver ese problema! 

Al día siguiente, John Wayne se presentó de nuevo. Lo aplaudieron otra vez, pero ya les resultaba un viejo conocido. Desde la última butaca, Chena leyó la película completa. Cuando la revolución le nacionalizó el cine, aceptó ser el taquillero por tal de no renunciar a su costumbre. 

Todavía hoy sigue leyendo las películas. Incluso las soviéticas, aunque la lengua se le enrede con los nombres. Este año, además de la carrera de caballos, el palo encebado y un juego de pelota, organizaron una competencia de baile. Joime, el hijo de Maño, imitó a Michael Jackson y cuando empezó a caminar para atrás la gente empezó a empujarse entre sí para poderlo ver bien. 

Un hombre de Marsellán le dio un codazo a Reimundito, el hijo de Marino Pérez, y después de discutir un rato se fueron para la línea a “resolver el problema”. Alguien gritó “¡broncaaa!” y el liceo se quedó casi vacío en cuestión de segundos. Todos siguieron a los dos hombres que se iban quitando las camisas.

En una esquina, cerca del escenario, estaban Basilia y el hombre del Yugulí rojo, quien participó en la Fiesta de la Luz en representación del Partido y las organizaciones de masas. Frente a ellos, en la otra esquina, estaba Gustavo el maestro. En las bocinas empezó a oírse “Qué será de ti”, de Roberto Carlos.

Justo en ese momento, el largo mechón de Basilia le cayó sobre la frente y ella echó la cabeza hacia atrás para quitárselo. Lo hizo en cámara lenta, como en las películas. Después miró hacia el techo, como hace la gente cuando una canción las pone muy triste pero no puede evitar tararearla.

El hombre del Yugulí rojo tomó del brazo a Basilia y le hizo una seña para que lo siguiera. El maestro Gustavo también estaba mirando para el techo y cuando bajó la cabeza ella ya no estaba del otro lado. Afuera, la multitud volvía de la línea, contaban cada detalle de la pelea entre el hombre de Marsellán y Reimundito.

Desde el portal de la escuela, Yuyo Serralvo seguía hablándole a la gente. Agobiado, trataba de que volviera el orden a la Fiesta de la Luz. Pero ya nadie le prestaba atención. Los que no estaban hablando de Joime y su imitación de Michael Jackson, comentaban la pelea. 

—Por ahí pasó la caballería de Máximo Gómez y Antonio Maceo después de la batalla de Mal Tiempo —repetía Yuyo—. No olvidemos nunca que la historia acampó en el Paradero de Camarones esa noche, debajo de las matas de mangos de La Flora.

En el bar Arelita, el hombre de Marsellán y Reimundito, con las camisas desechas y los ojos hinchados, se empinaron dos vasos de ron y se dieron un abrazo. Para celebrar que los contrincantes habían hecho las paces, la multitud empezó a dar aplausos y ovaciones. 

—¡Urraaaaaa! —Gritó Yuyo emocionado.

3 comentarios:

salva33125 dijo...

Disfruto tu forma de decir, esas memorias del pueblo. Gracias siempre Camilo

Unknown dijo...

sin palabras.... un abrazo.

Anónimo dijo...

¿Cuándo publicas la novela, quiero leerla en papel?