Se convirtió en el jefe de estación del Paradero de Camarones después
que mi abuelo se jubiló. Es el padre de Alexis (uno de mis mejores amigos de la
infancia. Fuimos inseparables por años). Todas esas canas le salieron un mismo día,
cuando el oculista le dijo que ya no podía seguir trabajando en las operaciones
ferroviarias.
Lloraba como un niño mientras recogía sus pertenencias: uno manojo
de lápices afiladísimos, una poderosa linterna de seis pilas y una regla con el
borde de acero (que había sido de su padre, un gallego que también perdió su puesto
de jefe de estación en el Machadato, cuando dejaron cesantes a todos los
extranjeros).
José Luis me enseñó a despachar bultos por el expreso, a conciliar
el boletinero después que pasaba el mixto de Cumanayagua y a dar las vías con
arco (lo cual tenía que hacer a escondidas de mi abuela Atlántida, porque los
trenes pasaban a mucha velocidad y las locomotoras soviéticas eran muy altas).
Lo encontré en el mismo lugar que lo dejé, a unas pulgadas del
televisor (sus problemas de la vista han empeorado), viendo alguna película, la
que sea. Mientras hablábamos se oyó el pitazo de una locomotora. No me volvió a
hacer caso hasta que cesó el ruido.
Desde su casa no se ve la línea, por eso tiene que intuir lo que
pasa leyendo el sonido de los hierros. Aunque hace más de veinte años que se
jubiló, la razón de su existencia sigue siendo el ferrocarril. Cuando no tiene
un tren delante, lo recuerda o se lo imagina.
No es que quiera irse a ninguna parte, es que necesita decirle
adiós a algo.
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